Capítulo 12

 

 

El encuentro de "tres extraños"

 

Cuando Xavier bajó finalmente de su nube, dejó con cariño "De Belén al Calvario" junto a la taza de café y se percató del libro que tenía su vecino de mesa.

-¿Cree usted que María, la madre de Jesús, era virgen? -preguntó Xavier, sin pensarlo dos veces.

-Señor -respondió amablemente el sacerdote que estaba sentado en la mesa contigua-. Yo no hago conjeturas. Creo lo que hay escrito en los libros aceptados por la Santa Iglesia. Y en todos se dice que la madre era virgen, aunque para mí, no sería de mucha importancia, pues lo que se nos ha trasmitido de más valor, es el mensaje de amor de Jesucristo.

- Permítame que me presente. Me llamo Xavier y soy de Barcelona. Llevo estudiando religiones comparadas y diversas filosofías desde hace más de treinta años, y la verdad es que no he encontrado ninguna que dé todas las respuestas oportunas a las personas inteligentes que hoy pueblan nuestro pequeño planeta. También he estado estudiando durante más de tres lustros en la Escuela Arcana de Ginebra, practicando asiduamente la meditación, llevando predominantemente un régimen alimenticio que podríamos denominar ovo-lacto-vegetariano.

-Es, pues, un místico –dijo el cura.

-Sí, así es. Si bien podría decirse que me acerco más al esoterismo, en el sentido de que además de una profunda devoción y admiración por el sacrificio que hizo Jesús el Cristo, intento compaginarlo con la razón y la discriminación.

-Entendido.

-He tenido –continuó Xavier- una gran cantidad de experiencias psíquicas. Comprenderlas y aceptar las consecuencias derivadas de las mismas me ha costado bastante esfuerzo. He obtenido gran cantidad pruebas de todo tipo, muchas de las cuales he podido constatar de forma fehaciente, por lo menos para mí, pero difíciles de demostrar de forma pública, aunque pretendo hacerlo parcialmente algún día.

Ambos se levantaron casi al mismo tiempo.

–Soy el padre Francisco -y extendió su mano izquierda.

-Encantado... ¿Es usted zurdo?

-Sí. Lo cierto es que siempre intento dar la mano derecha, pero en ocasiones, la izquierda se anticipa a mis pensamientos y no puedo evitarlo -dijo sonriendo.

Todavía estaban disfrutando de la espontánea alegría que había salido de sus corazones, cuando se acercó a ellos un tercer hombre. Había permanecido expectante en una mesita cercana. Parecía tener unos sesenta y cinco, quizás setenta años.

-Disculpen.

-¿Sí? –contestó Xavier.

-Me encantaría participar en su conversación.

Ambos le miraron sorprendidos

-¿Saben? Tuve el honor y la inmensa suerte de ser uno de los miembros del equipo de investigadores al que el propio Vaticano autorizó para examinar la Sábana Santa. Eso sí, siempre y cuando no se sacara ni un solo hilo del lienzo. El proyecto se llamó "La sábana de Jesús"

Los rostros de Xavier y de Francisco se iluminaron.

-Me llamo Charles Duward -se presentó mientras les daba la mano.

-¿Nos sentamos? –sugirió Xavier.

-Estupendo -añadió el padre Francisco.

-Creo que es una buena idea. Mis piernas ya no son las de hace veinte años. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! -dijo Charles sonriendo y feliz como un niño.

-Tiene acento, diría yo, que americano -continuó Xavier.

-¿Todavía se me nota?

-Un poco. También se expresa con un ligero acento catalán -añadió Xavier.

-Soy de San Francisco, California, pero hace ya casi quince años, desde que estoy jubilado, que resido en Castelldefels, a veinte minutos de Barcelona.

-Sin duda fue afortunado- afirmó el padre Francisco.

-Sí. Así es. Aunque, cuando acudí al Vaticano en representación de la Universidad de Massachusetts, lo hice con el propósito oculto de descalificar lo que para mí no era nada más que un montaje publicitario, un lavado de imagen propiciado por la misma Iglesia.

-¿Y? –preguntó el padre Francisco con temor a una respuesta que pudiese menoscabar su fe en Cristo.

-A pesar, como les comento, de que era totalmente agnóstico, la investigación arrojó ciertas evidencias que me convencieron de que la sábana de Jesús parecía confirmar una realidad, digamos sobrenatural innegable y si me lo permiten, algún día les expondré algunas pruebas.

El padre Francisco abrió los ojos como si fuese un niño que contempla el juguete más maravilloso del mundo. Xavier vislumbró instantáneamente que la "casualidad aparente" era sin lugar a dudas "la causalidad más evidente".

-Hoy se nos ha hecho un poco tarde-comentó Xavier-. Tal vez podríamos quedar un día a la semana o al mes, aquí o donde deseen. ¿Qué les parece cada sábado o el primer sábado del mes?

-Estupendo dijo Charles -pero por favor vamos a tutearnos.

-Yo sería el hombre más feliz de la Tierra -añadió Francisco-. Lo que ocurre es que algunos sábados no podré venir desde Zaragoza.

-Por mi parte no hay problema si algún día quedamos allí. Y tú Charles ¿qué opinas?

-Iría encantado.

-Entonces no se hable más -confirmó Xavier. El sábado que no puedas venir, iremos nosotros a verte.

-Estupendo, así os enseñaré el Seminario. Es un bello edificio.

-Bien -continuó Xavier-. Si no ocurre algún imprevisto, nos vemos la próxima semana para que no se enfríe esto. Aquí mismo, en la cafetería, a las cinco de la tarde.

-¡Qué maravilla! -se expresó con enorme júbilo el sacerdote.

-Ya lo creo-terminó la conversación Charles.

Una noche oscura y fría había cubierto las calles de Barcelona, pero, paradójicamente para nuestros tres amigos, ellos sólo percibían el calor que daba nacimiento a una profunda amistad y una aventura que les elevaría hacia la luz más incluyente. No podían ni imaginar lo que la causalidad les estaba deparando. Alguien, en un lugar de sus mentes les había orientado. Una Conciencia, por la que los tres "extraños" sentían profunda reverencia en lo más profundo de sus almas, ayudaba con su ojo omnipresente en la ejecución de un propósito oculto. Ninguno de los tres se sentía obligado. Eran sus propias esencias inmortales las que respondían "al llamado" de Quien permanecía detrás de la escena.

Observado el asunto desde el punto de vista humano era casualidad.

Mirado desde el punto de vista de la Psicología, un profesional de la misma se atrevería a denominarlo como sincronicidad.

Desde el punto de vista del espíritu era causalidad.

 


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