Capítulo 13

 

 

El sacerdote del corazón de oro

 

 

Francisco fue ordenado sacerdote el día ocho de diciembre. Justamente el día en el que se celebra la Inmaculada Concepción, señora de su devoción. Debería salir del Seminario para incorporarse a una parroquia, pero tuvo dispensa especial, de seis meses, del Arzobispo de Zaragoza. No en vano había sido tan famoso. Su anhelo era traer a su madre, para vivir con él, desde la bella ciudad turolense de Albarracín, y conseguir plaza como profesor de Teología.

Tenía todo a su favor: inteligencia, amigos influyentes en toda España, incluso en Italia, donde estaba su compañero de curso José Pérez, representante del Vaticano y que venía muy a menudo a verle. Juntos aprovechaban largos días de verano para recorrer el Pirineo. Conocían casi todos los pueblecitos perdidos entre las inmensas montañas.

–Son maravillosos estos paisajes –solía decir su amigo Pérez.

-Ya lo creo –respondía Sauras.

Muchos días viajaban a Ansó, y acampaban en el hermoso valle de Zuriza. Allí fue donde escucharon por primera vez a algunos pastores, que desde hacía muchos años se veían luces extrañas descendiendo por el otro lado del Pirineo, en la parte francesa. Pero no les prestaron mucha atención. La incultura –se decían los dos teólogos- era la fiel compañera de todos aquellos rincones, separados de la civilización por las enormes laderas de la Sierra de Alanos. Ni siquiera habían pasado de la enseñanza primaria.

Uno de esos atardeceres en los que la luz del sol se oculta reflejándose en la atmósfera saturada de perfumes, y tiñendo de blancos resplandecientes la parte alta de los grandes cúmulos, y azules grisáceos la zona baja de tan enormes nubes, Francisco se expresó por primera vez con una bella poesía.

 

Divino Padre,

Tú que con tu poder

colmas de aroma el atardecer,

que las nubes haces resplandecer,

concédenos el profundo Saber.

Y al igual que en el cielo refulges,

enciende en nuestros corazones,

del amor, las eternas luces.

Bendito Señor,

Creador de todos los seres,

muéstranos el sendero

para serte siempre fieles.

Virgen Inmaculada,

ruega por nosotros,

otórganos la gracia

de permanecer para siempre

en un rincón de tu Alma.

Y si algún día, amada madre,

de ti, nos olvidamos,

acaricia nuestro corazón

con tus dulces manos.

El corazón de Francisco se expandía en ondulaciones a través de los bosques de hayas, deslizándose por el zigzagueante río, y colmando de amor cada uno de los corazones que se encontraban a su paso.

El joven sacerdote era extremadamente sencillo y bondadoso. Similar a todos los grandes místicos que le habían precedido a lo largo de tantos siglos.

En ese preciso instante no sabía que su corazón dorado y algunas "adversas" circunstancias serían las semillas que le apartarían de su brillante porvenir como teólogo oficial.

Su alma necesitaba expandirse sin ser absorbida por el brillo deslumbrante de una fama efímera, aunque éste renombre fuese conseguido bajo la protección de su amada Iglesia Católica. Siempre había sido acogido en su seno, y, en muchas ocasiones, mimado entre algodones por quienes adivinaban el gran potencial que se encerraba tras la dulzura de su rostro.

El mes de Junio posterior a su ordenación, fue la última vez que ambos amigos hicieron el viaje juntos. Regresaron hasta Ayerbe andando. Caminaron de Ansó a Hecho, dejando a un lado el barranco Teride. Durante los tres días siguientes bajaron hacia Puente de la Reina, ascendieron el puerto de Santa Bárbara, y llegaron a los Mallos de Riglos, escuela de grandes montañeros, y refugio de antiguos guerreros medievales.

La vida sonreía. Eran jóvenes, fuertes e inteligentes y el futuro estaba a sus pies.

 

 


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