Capítulo 15

 

La vida trunca un brillante porvenir

 

Cuando los dos amigos volvieron de las montañas, el padre Francisco tenía sobre la mesa de su habitación una carta. Debía presentarse lo más rápidamente posible en el Palacio Arzobispal. Al día siguiente, el joven sacerdote se vistió elegantemente. Es decir, se puso el traje más nuevo que tenía, pues todos eran iguales. Se repeinó y mirándose al espejo sonrió. Muy pronto ejercería de profesor. Probablemente, el primer año le asignarían algún curso de religión en el Seminario Menor, y al siguiente ejercería como profesor de Teología. Todavía continuaba con la sonrisa en los labios. Nunca había dejado de ser un gran soñador. Dentro de muy pocos años estaría en el Vaticano entre los más ilustres y afamados teólogos. Terminó de enfundarse la chaqueta y salió al largo pasillo. Todos sus antiguos compañeros estaban de vacaciones. Él había pensado tomarse un día para descansar y seguidamente ir a ver a su madre a Albarracín.

Caminó felizmente. Pasó cerca de la Romareda. El Zaragoza vivía una de sus intermitentes rachas de esplendor. Estaba en pleno apogeo la época de los "cinco magníficos". Los trolebuses y tranvías, recorrían las calles sin gente a esa hora de la mañana de verano, y él era el sacerdote más feliz del mundo. Escribiría libros famosos. Enseñaría de una forma nueva a sus alumnos. Les hablaría sobre la belleza de las montañas. Les mostraría el espíritu del Pirineo. Harían más de una excursión y disertarían sobre Dios en unos interesantísimos ejercicios espirituales. Con los estudiantes más brillantes viajaría a Roma. Todo sería para mayor gloria de Dios.

Sin apenas darse cuenta, había caminado tres kilómetros y ya estaba al lado de la Basílica del Pilar. Atravesó la plaza en dirección a la catedral de La Seo, donde se encontraba ubicado el Palacio Arzobispal.

 – ¡Hombre, Sauras, cuánto tiempo sin vernos! -le saludó efusivamente Jesús Cortés, componente también del equipo de fútbol.

–Me ha llamado Monseñor.

–Espera un segundo. Le comunico que estás aquí.

Su antiguo condiscípulo golpeó la puerta con los nudillos de los dedos. Era gigantesca, de madera de cedro, Profusamente labrada con diversas escenas del Antiguo y Nuevo Testamento. En el centro de la misma, había dibujado un triángulo desde el que surgían múltiples rayos.

Cortés abrió la puerta e invitó a pasar a Sauras.

-Siéntate, por favor –le dijo Monseñor a la vez que le daba la mano y preguntaba cariñosamente-. ¿Qué tal estas Fran?

-Muy bien. He pasado unos estupendos días en el Pirineo.

-Me alegro mucho.

-¿Qué desea Monseñor?

-Sabes Francisco que siempre he estado a tu lado.

-Sí-contestó con el corazón impaciente.

-Desde que fui padre espiritual tuyo en segundo curso de Bachiller, te tengo en gran estima, y siempre te he considerado como un alma fuera de lo corriente.

-Gracias Monseñor.

-Tenía reservada para ti la plaza que ha quedado vacante para el próximo curso como profesor de Teología, pero al final no voy a poder asignártela.

Sauras se quedó helado. Parecía que la vida era maravillosa, su futuro inmensamente prometedor, y en dos segundos todo se había esfumado.

-Me han dado instrucciones, nada menos que desde Roma, para que ocupe ese cargo un hermano nuestro de Ávila. De verdad que lo siento.

El recién ordenado sacerdote apenas escuchó la última frase. Y automáticamente respondió.

-No se preocupe Monseñor. Como a veces decimos, el hombre propone y Dios dispone.

-En mis manos sólo está que puedas elegir el pueblo que desees.

-Mil gracias Monseñor.

-Medítalo y me comunicas tu decisión.

-Tal vez me gustaría estar en un pueblo del Pirineo. No sé, Broto, Sallent, Hecho... Ansó.

-De acuerdo Francisco. Nada más que tenga algo te lo comunico. Mi corazón está contigo.

-Esta última frase hizo que unas lágrimas rodaran por el rostro de Sauras.

Monseñor Flordelis se levantó y dirigiéndose a Francisco le abrazó con el cariño de un hermano mayor.

-No se preocupe, los caminos del Señor son inescrutables.

El padre Francisco cerró la puerta, y después de dar la mano a Cortés, salió a la plaza.

En sus ojos no cabían más lágrimas. Se vertieron y rodaron por las mejillas.

A lo lejos sonaron las campanas del Pilar. Era la hora del Ángelus. Se dirigió como un autómata hacia su sonido, pero de improviso torció a mano izquierda y prefirió irse a la iglesia de Santa Engracia, donde permaneció casi una hora rezando. El dolor de su alma se transformó en alegría y gozo. Quizás era mucho mejor estar cerca de la gente y de la Naturaleza -pensó. Además -terminó de convencerse-, podría llevar a su madre a un pueblecito de la montaña y vivir relativamente tranquilos.

 


wigs for women wig types short wigs for black women human hair wigs for white women paula young wigs best wig types wig types < /div>