Capítulo 16

 

 

Nuevas exposiciones

 

-No sé Xavier, -comenzó la conversación Charles el tercer día de sus encuentros- creo que hablas muy convencido de todo lo que ves. Incluso me quedé sorprendido por la expresión de tu rostro que, me atrevería a afirmar, fue luminosa. Pero tal vez, todo es producto de las reacciones químicas del cerebro y aunque esas visiones sean un beneficio para el hombre que las tiene, siempre dudo de que estén relacionadas con algo externo al cuerpo físico que es, digámoslo crudamente, la cárcel del cerebro, por muy portentoso que éste pueda ser.

-Parece, amigo Charles, que no te acabas de creer las posibilidades telepáticas, de clarividencia o de clariaudiencia, pero te voy a contar una serie de experimentos que hice con mis hijos cuando eran unos niños.

 Mi hijo tenía entonces once años, mi hija había cumplido los siete. Ambos eran magníficos clarividentes, aunque su forma de mirar y de ver era diferente y quizás complementaria. Mi hijo veía las dimensiones sutiles con los ojos abiertos y mi hija con los ojos cerrados; pero su acierto era siempre del orden del cien por cien. Siempre veían lo mismo en el mismo lugar.

 

En el volumen VI página 251 de la monumental obra La Doctrina Secreta, de Madame Blavatsky -continuó Xavier-, ella afirmaba que unas frecuencias de sonido determinadas correspondían a ciertas notas musicales y que esas mismas frecuencias se correspondían a colores.

 

49 ciclos= nota Sol =color azul

98 ciclos= nota La = color añil

147 ciclos= nota Si = color violado

196 ciclos= nota Do= color rojo

245 ciclos =nota Re= color anaranjado

294 ciclos= nota MI= color amarillo

343 ciclos= nota FA =color verde

 

Tenía un amigo ingeniero al que expliqué las cualidades de mis hijos pues le interesaba mucho el tema, y como además poseía un oscilador digital que generaba frecuencias desde 20 Hz hasta 200.000 Hz, hicimos varias tandas de pruebas ayudados con una calculadora en la mano.

El resultado fue que mi hija siempre acertaba y nos decía el color que concordaba con la frecuencia recién emitida.

(Nosotros podemos oír frecuencias entre 50 y 12.000 Hz. Más allá de eso, podríamos decir que somos sordos a los infra y ultrasonidos.)

Llegamos a conclusiones un tanto variopintas, pues creímos que de forma inconsciente o telepática le estábamos comunicando los resultados, incluso antes de usar los seis potenciómetros del oscilador o la calculadora. Quisimos descartar esta vía de comunicación y colocamos el oscilador bajo unas mantas para que ni ella ni nosotros pudiésemos ver cómo manipulábamos esos potenciómetros. Así pues, ella nos decía el color, y luego comprobábamos la frecuencia que habíamos puesto "a ciegas".

Ella seguía viendo exactamente el color de las frecuencias sónicas emitidas.

Tuvimos que admitir que la clarividencia y la clariaudiencia eran exactas, captando la información por el órgano adecuado para ello. El ojo informaba al cerebro del color y el oído del sonido.

Podríamos haber llamado a la televisión y a algunos científicos para que quedara constancia del experimento, pero mi esposa estimó más prudente no hacer de nuestros hijos unos payasos de feria o conejillos de laboratorio.

–dijo Charles.

-Te diré algo. Parece extraño, pero no sentí ninguna satisfacción o emoción por el descubrimiento. Fue más bien una fría confirmación de nuestra hipótesis de trabajo.

-Creo que entiendo de eso, Xavier-contestó Charles. A veces cuando trabajaba en el acelerador de partículas de la universidad, me sentía así. Se efectuaba el experimento y una vez terminado el tiempo asignado al mismo, acudíamos a comprobar el log, lo revisábamos, y eso era todo. Más me habría gustado encontrar un ser etéreo y angelical que me tomase del brazo y me dijese. Amado Charles, tus padres están bien, míralos. Y yo... habría sido más feliz que con el éxito de un experimento complejo, largamente elaborado y calculado.

-También entre ellos -continuó Xavier- funcionaba la telepatía al cien por cien en los casos en que el niño era el emisor y la niña la receptora. Sin embargo, cuando el experimento era al contrario, es decir la niña era quien emitía y su hermano era quien recibía, los aciertos parecían puro azar. Los éxitos de los experimentos descendían bruscamente a un veinticinco por ciento.

-Es decir, que tu hija era una excelente receptora telepática mientras que tu hijo era el emisor ideal.

-Así es. Elena Petrovna Blavatsky (autora de La Doctrina Secreta y de Isis sin velo) afirmaba que para comprender ese mecanismo, habría que aceptar la diferente polaridad de los cuerpos según los sexos.

El hombre, en el nivel físico, es positivo, masculino o emisor y la mujer negativa, femenina o receptora. Sin embargo, en el plano emocional o de los sentimientos, la mujer es positiva, masculina o emisora y el hombre negativo, femenino o receptor.

-¡Qué curioso! ¡Nunca lo habría imaginado! –exclamó Charles.

-Pues así lo parece. Y para terminar, en el plano de la mente, los hombres son positivos o emisores y las mujeres negativas o receptoras.

-Es como si afirmases algo evidente, pero que no habíamos definido tan sutilmente-dijo Francisco.

-Así es-continuó Xavier-. Creo que los servicios secretos de los diferentes países que están buscando espías telepáticos, ignoran estas propiedades y por ello no los encuentran.

Charles y Francisco permanecieron pensativos y en silencio durante unos minutos. -La telepatía siempre ha existido -continuó Xavier-. Especialmente entre madres e hijos. Todos hemos oído hablar de esos casos típicos en los que el hijo está en la guerra y a veces su madre recibe una determinada sensación o visión de la terrible situación del soldado.

-Es verdad –apenas susurró el sacerdote.

-En algunas personas que no tienen especialmente desarrollada la visión de imágenes provenientes del exterior, notan una molestia en el estómago, mejor expresado en el plexo solar, que es la parte más sensible a las ondas de información de cierto tipo. Hay otros individuos que ya tienen desarrollada la visión y que incluso pueden perfeccionar ese sistema gracias a la meditación y al estudio.

Xavier se quedó pensativo y volvió a hablar.

Tengo una experiencia curiosa a este respecto, si bien no es la primera, es la que me extrañó más, pues apenas tenía relación con los personajes en cuestión.

En cierto momento capté nítidamente el encuentro entre dos amigos lejanos. Ellos se reunían y conocían por primera vez en persona y seguramente pensaron en mí, que también les conocía de forma virtual –tema de contacto y chat a través de Internet-. Ellos hablaron de nuestra frecuente relación virtual. Fue un pensamiento tan claro que estuve a punto de llamarles a casa para verificar ese encuentro del que no me habían informado. La confirmación me llegó al cabo de dos días, con fotografías del encuentro incluidas. No sé a través de qué cuerpo o si fue del alma de la que recibí ese impacto telepático, pero la imagen percibida en la mente era nítida y contundente.

-Tal vez tengas razón Xavier –dijo por fin Charles. Como científico, a veces soy demasiado cerrado a todas estas cosas. ¡Hay tanto charlatán! Pero, algo tiene que haber de cierto cuando tantas personas afirman esa parte de la realidad. Sé que no es totalmente científico expresarme así, pero tengo que admitir que el estudio de la sábana de Jesús hizo tambalearse algunos de mis prejuicios hacía estos temas tan proclives a la manipulación.

-Os voy a contar algo extraño que me ocurrió –añadió Francisco- cuando era el párroco de un pueblecito del Pirineo. Ahora que recuerdo... en algún libro tengo guardados unos apuntes de aquella época. Si los encuentro, os los traeré. Además conocí a una catequista... bueno...de eso ya hablaremos otro día.

Charles y Xavier le miraron con curiosidad y sorpresa. Poco a poco los tres dialogaban fluidamente y comenzaban a romper las barreras defensivas de cada una de sus personalidades, producto de su vida y educación.

-De vez en cuando, un chico francés que se llamaba Jacques venía de vacaciones. Le recuerdo perfectamente porque apenas llegaba a medir un metro y medio. Supongo que sería un poco más, pero claro, no iba a ir con el metro y medirle.

Los tres sonrieron la broma del cura.

-Bueno, espero que me perdonéis esta pequeña broma. Por entonces, yo era muy joven, pues apenas hacía un año que había cantado misa y tenía unas inmensas ganas de hacer cosas en beneficio del pueblo. Y una de ellas fue acondicionar una vieja casa para que los niños y jóvenesde la aldea tuviesen un lugar de reunión. Compramos unos futbolines, unas mesas de ping-pong, un billar... Hasta teníamos nuestro equipo de fútbol que competía con varios equipos de otros pueblos.

-Vamos, padre -dijo Charles-. A este paso nos va a contar toda su vida.

-Muy gracioso Charles -sonrió el cura-. Jugaríamos la final del pequeño campeonato, y yo ya me veía levantando la copa que me habían dedicado los chavales del pueblo.

El día anterior vino Jacques por el club, y mientras jugábamos al ajedrez dijo con una seguridad aplastante: "Lo siento padre, pero no ganarán".

-Me quedé mirándole durante unos segundos. No le di mayor importancia, pero, efectivamente, no ganamos. Y recordé esa frase. En treinta años no se me han olvidado ni las palabras, ni la forma de decirlas.

-Creo, Francisco –contestó Xavier-, que te encontraste de frente con algo extraño. Algo que, sin saber exactamente la causa, fue una verdadera premonición.

El sacerdote del corazón de oro habría contado más hechos relacionados con el tema, pero prefirió ser prudente, y continuó.

-Sí. Eso es cierto. Estoy convencido de que aquel joven supo con antelación lo que iba a ocurrir. Pienso que de alguna forma extraña evaluó la situación de cada equipo y en una décima de segundo expuso un resultado de acuerdo a lo que había en el ambiente. Él no conocía a los otros futbolistas. Como veis, intento ser racional. Porque si no fuese así, tendría que admitir que había viajado al futuro, y había visto que nuestro equipo perdía.

-Tal vez le das demasiada importancia a esa frase- dijo Charles.

-Ya. También lo he pensado yo. Pero había algo extraño en la expresión de su rostro. Diría que algo parecido a lo que Xavier nos transmitió el otro día, con la luminosidad de su cara. Es algo que se escapa a las palabras, pero que aquel que ha sido testigo sabe sin lugar a dudas que ha ocurrido.

-¡Por Dios! –exclamó Charles.

-¿Qué te pasa? –preguntó con preocupación Francisco.

-He recordado algo.

-¿Qué?

-Me ha venido a la memoria, como un flash.

-¿Si?

-El día que murió mi madre. Yo estaba en el Instituto de Tecnología de Massachusetts. De pronto la boca del estómago me parecía un tambor. Era como si estirasen y encogiesen el mismo. Era como una palpitación del corazón. Algo rítmico. Estuvo así, casi media hora. No me preocupé excesivamente porque no me dolía. Era más bien una extraña molestia.

 

 -¿Y? –preguntó el padre Francisco.

-Poco después me comunicaron el fallecimiento de mi madre. Una vecina había llamado a la ambulancia, pues mi madre se encontraba mal. Y antes de una hora había fallecido de un infarto al corazón. Y ahora me pregunto si tal vez cuando mi madre estaba partiendo hacia el otro mundo, noté aquella extraña vibración.

Las lágrimas rodaron por el rostro de Charles.

-Lo cierto es que -habló Xavier- para nosotros la muerte es un tema sobre el que pasamos de puntillas, pero algún día tendremos que enfrentar de forma seria el cómo ayudar a la gente a comprender que la muerte en este plano físico, es el nacimiento en el plano del espíritu. Y al contrario, la muerte en el plano espiritual, lo que solamente es una expresión, es el nacimiento en esta vida física. De igual manera a cómo ayudamos a nacer a los bebés, también tendríamos que ayudar a morir a los enfermos. El miedo a la muerte debe desaparecer.

-Para ello se harán necesario varios requisitos-contestó Francisco- Uno de ellos sería, saber diferenciar entre los pensamientos producidos por nuestras mentes y los originados por otras mentes. Tal vez de esa forma sabríamos si alguno corresponde al plano del más allá.

-Parece muy razonable.

El sacerdote miró al reloj. No había más tiempo si deseaba tomar el último autobús.

-Lo siento. Tenemos que dejarlo por hoy...

-Ya seguiremos, Francisco, no te preocupes-le contestó cariñosamente Charles.

El científico comenzaba a intuir que parte de la certeza de sus amigos, llegaría a ser también suya. Puso la mano en el hombro de Francisco y simplemente dijo.

-Gracias, padre.

-¿Sabes, Charles? No necesitamos grandes milagros para llegar a convencernos de que la vida en el más allá es una realidad. Basta con pequeños acontecimientos... un sueño nítido, una brisa... algo muy sutil...pero que nos certifica que después de la muerte del cerebro ha ocurrido algo inesperado.

-Sabias palabras Francisco-expresó Xavier.

-Es más. Me atrevería a decir –se dirigió el sacerdote al científico- que en tu vida ha ocurrido algo, parecido al dolor de estómago previo a la muerte de tu madre, que se te ha pasado por alto. Y que te habría confirmado que la vida existe después de la muerte física.

Charles apretó con más fuerza su mano sobre el hombro de Francisco, y dejó deslizarse una lágrima, no de dolor, sino de gratitud por el contacto de sus corazones. Y si hubiese sido una persona mística, habría dicho que tal contacto se había producido en el mundo sutil. Ése que existe y del que a pesar de que cada día, en cada país, en cada región, en cada pueblo se expresa continuamente, no es reconocido. Ése que no es el producto de las células, solamente, sino un estado de felicidad y beatitud que cubre los corazones de los seres humanos. Sin ellos reconocerlo, cuando dejan de lado su pequeño mundo, cuando abandonan la más toscas, rudas e innecesarias identificaciones con cierto tipo de dolor, un destello de luz desciende desde sus almas y les indica que la calidez del amor es algo más que palabras.

Xavier, Charles y Francisco caminaron como si flotaran en el espacio. Sus almas se habían elevado y entre ellas se formó un triángulo de luz que fue el receptáculo necesario para albergar un descenso de energía caracterizada por la sabiduría, el amor y la voluntad que provenía de lugares lejanos y remotos. Desde las profundidades del Corazón de la Tierra, Alguien les observaba y les amaba, pues en realidad eran parte suya.

 ¿Por qué causa era tan difícil para los seres humanos experimentar la unidad del Espíritu que todo lo compenetra?

¡Cómo no habían sido capaces los científicos, todavía, de identificar las energías misteriosas que se extienden por toda la Tierra penetrando en lo más profundo de los corazones y de los cerebros, y haciéndoles reverberar como si de un sonido o luminosidad se tratase!

 


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