Capítulo 18

 

Un niño muy especial

 

Para Charles, aquellos días de invierno fueron especialmente bellos. Hacía ya mucho tiempo que se había "acostumbrado" a la dura soledad. Su esposa había fallecido hacía varios años y una vez que ella había desaparecido de este mundo, decidió marcharse de Boston. Atrás quedaban largos años de duro trabajo en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, interrumpido durante corto tiempo por su estancia en el SLAC, el acelerador lineal de Stanford. No deseó ubicarse tampoco en San Francisco, y su decisión de vivir en Castelldefels, rompiendo con toda su vida anterior, vino favorecida por la invitación de un conocido suyo, el catedrático Vicente Serrat de la Escuela Politécnica Superior.

Esperaba con ansiedad el momento de la semana en el que tomaba el tren de cercanías para encontrarse con sus nuevos amigos.

 

Desde su punto de vista, Xavier buscaba comunicar sus hallazgos en el estudio de Jesucristo. Sinceramente, creía que guardaba un secreto, que a lo mejor un día les revelaría a ellos. El padre Francisco necesitaba imperiosamente nuevas avenidas de luz y comprensión. Estaba claro que su semblante reflejaba amor. Su corazón debía de ser muy grande, pero daba la impresión de que le faltaba más. La comprensión del universo, de la creación. En eso, se parecían. Es por ello que cuando Xavier leyó aquella referencia al antiguo libro del Bhagavad Ghita, sus ojos miraron a lo lejos y expresaron su infinito anhelo de sabiduría.

 

Respecto a él mismo, tenía la sensación de que había perdido muchos años en el estudio de las partículas elementales. Estaba cansado de átomos, electrones, núcleos, protones, neutrones, neutrinos, gluones, quarks, bosones, leptones, mesones, teoría de las supercuerdas, big bang, big crunch, etc.

 

 

También recordaba un extraño experimento en el que creyeron demostrar que las partículas podían viajar más rápidas que la luz. Un buen día, estaban esperando la señal de partida de unas partículas en el acelerador, y nunca llegaron a su destino. Comprobaron el log de los eventos, y su sorpresa fue mayúscula cuando encontraron que las partículas habían llegado antes de salir.

Pero, a pesar de haber estudiado y experimentado, su alma se encontraba vacía. Su situación era similar a la de un estudiante que imprime los datos en su memoria sin asimilar y si bien es capaz de pasar el examen, sin embargo, nota que le falta algo: la sensación de plenitud que solamente es otorgada por la adquisición de sabiduría.

En última instancia sabiduría se podría definir como la dualidad conocimiento-amor, dicho de otra forma, comprensión. Y estas últimas palabras se podrían trasladar también a Francisco. En realidad, el sacerdote lo que necesitaba –pensaba él- era extender su alma sobre la creación, y sentirla como si fuese él mismo. Inconscientemente comprendía que el amor tampoco había sido suficiente para llenar su vida. Su sed era el profundo anhelo de sabiduría y comprensión que hacían que un ser humano se sintiese realizado y colmado en lo más íntimo de su ser. La fe no le bastaba. Lo que de verdad necesitaban el científico y el sacerdote del corazón de oro era aprehender la realidad. Tomarla en sus manos y comprobar cómo los ríos de amor y de luz unían cada acontecimiento de la vida aparentemente sin sentido de los humanos. En definitiva necesitaban sentir la íntima y mística unión entre el creador y su creación.

¡De qué le servía a un físico, como alma, estudiar las partículas si no las sentía! El placer del conocimiento era inmenso, pero a la larga faltaba el contacto de corazón a corazón que transmite la esencia de la vida.

¡De qué le servía a un sacerdote amar de corazón a corazón, si no conocía la existencia del corazón universal, si no había podido contactar con el corazón del sol, si estaba limitado a las tradiciones que alguien similar a él había tejido!

Ambos se necesitaban.

El calor del amor necesitaba el campo del conocimiento para expandirse en él.

Cuando Xavier comenzó a hablar de cosas sencillas y familiares, Charles sintió paz. La paz del que escucha y observa sin juzgar las vidas de los demás. Se sintió por unos segundos como el espectador que disfruta de una obra de teatro a la vez que se identifica con los actores. Y de esta forma percibió que su corazón reverberaba con las palabras de sus amigos. No exigió nada más, sino que bebió de cada frase, cada palabra y cada expresión del rostro de sus contertulios.

-Nací en el seno de una familia de clase media -comenzó Xavier-. Ya de pequeño daba muestras de originalidad en muchos aspectos. A los cuatro años sabía leer y escribir. También las cuatro reglas (sumar, restar, multiplicar y dividir) y ayudaba a mi madre cuidando de los párvulos del colegio en el que ella ejercía de maestra. Mis ansias de investigación me habían llevado a situaciones con las cuales mi padre no estaba de acuerdo.

 Recuerdo que teníamos una gallina que ponía huevos de dos yemas. Un día, viendo que estaba a punto de poner un huevo, ayudé al animal y estiré del huevo, ocasionando su reventón... por lo que mi padre me castigó severamente. Él era, entre otras cosas, guardia urbano y juez. (En la post-guerra era muy común tener varios trabajos, además éramos cuatro hermanos...) Su extrema seriedad conseguía que en mi casa hubiera paz y silencio. Nadie se atrevía a hablar cuando comíamos.

Una noche, por San Juan, tomé una sábana y me embadurné con fósforo del que se usaba para rascar en las paredes. Me escondí en la habitación, llamé a mi hermano y cuando pulsó el interruptor de la luz, le tomé la mano y con un alarido me hice visible. Seguramente que yo le parecí un fantasma. Él profirió un grito que llamó la atención de mi padre. Inmediatamente me propinó un nuevo castigo corporal con su cinturón. Yo era incorregible.

Mi inventiva me llevaba a edificar fábricas de todo tipo con las escasas piezas de construcción que tenía. Hacía poleas de transmisión con interminables derivaciones e incluso inventé algunas cosas, útiles para solucionar problemas que veía en mi casa o en el colegio.

 

Me gustaba investigar en los sótanos de la Sagrada Familia. Vivíamos a unos cien metros de la obra. Allí se veían luces de todo tipo y eso despertaba mi curiosidad hasta que el párroco me dijo que no volviera más por allí, que había una entrada al infierno.

-¡Que cara más dura la del sacerdote! -exclamó Francisco.

-Ya lo creo –añadió Charles-. Utilizó la idea del infierno para alejarte del lugar.

-¿Por qué os cuento eso?-siguió Xavier- Es una forma de expresaros que yo veía las auras. Algunas noches venían personas a mi casa, debido al trabajo de mi padre, que tenían un aura muy oscura y yo tenía miedo hasta el punto de llorar secretamente debajo de las sábanas.

-¡Pobre Xavier! –exclamó el padre Francisco.

 

-Esa capacidad se disipó con los años, pero volvió a los treinta y seis, cuando estuve estudiando unos cursos de esoterismo en la Escuela Arcana de Ginebra. Se impartían cursos de meditación, medicina alternativa, cosmología, angelología... Nos instruían acerca de la existencia de las almas que ya trascendieron la etapa humana y ahora son maestros que guían a los aspirantes más sensibles y así pueden ayudar a la humanidad a trascender las creencias, las supersticiones, etc.

-¿Estás sugiriendo –preguntó Francisco- que existen Maestros que guían nuestros pasos?

-Sí, así es. Si bien estos Maestros están por encima del plano mental, es decir que están en el plano donde normalmente trabaja nuestra mente superior o abstracta teniendo al alma como vehículo intermediario entre la mente y el cerebro. Otro día podemos hablar sobre este tema, si os apetece; pero diré como ejemplo que Buda y Cristo o Jesús ya pasaron la etapa humana y ahora nos ayudan desde sus elevados lugares.

-Veo que mencionas a Jesús y al Cristo como seres diferentes.

-Sí -dijo Xavier-, pero iremos tratando este tema pausadamente, ya que es algo abstruso.

-A mí, me encanta escucharos -añadió sonriendo Charles.

-Perdona la interrupción -se disculpó el sacerdote.

-No tiene importancia.

-Desearía saber –añadió Charles- si todo eso que nos explicas tiene que ver con el tema central de la conversación, es decir sobre el nacimiento y de la vida de Jesucristo.

-Efectivamente, tiene mucho que ver, pues fue durante esa etapa de disciplina en la que tuve una serie de experiencias y de entrenamientos que me sirvieron para penetrar más allá de las barreras del tiempo y del espacio. Durante tres años seguidos, cada noche a las cuatro de la madrugada me despertaba y empezaba a deambular de forma consciente por los planos del subconsciente y supraconsciente.

-¿Quieres decir que hay distintos planos o dimensiones de nuestra conciencia que pueden ser divididos y reconocidos?-preguntó el padre Francisco.

-Efectivamente. Por el contenido, luminosidad y calidad de los contactos puedes inferir el lugar o plano de conciencia en el que te hallas. Durante esos tres años, asistí a clases especiales en las que se entrenaba a discípulos a prestar atención a muchos aspectos de la vida tales como sanación a distancia, telepatía, criptografía, significado de los sueños, descifrado de los símbolos, discriminación del sonido y de las notas de cosas, personas o Maestros, ritmos, etc.

 

-Todo esto parece muy interesante -dijo Charles con enorme cariño-. ¿Has podido aplicar alguno de estos conocimientos a la vida real, a algún tema en concreto?

-Sí, así es.

-Tengo que tomar el tren -interrumpió la conversación, con pena, el padre Francisco.

-¡Cómo se ha pasado el tiempo! –exclamó Charles.

-Entonces, el próximo día continuamos.

-Sí, por favor -rogó el sacerdote.

-Ya estoy impaciente -dijo sonriente Charles.

Xavier y Charles acompañaron al padre Francisco a tomar el tren.

-Si un día puedes, te quedas en Barcelona y daremos un paseo. Seguro que te encantará -se despidió Xavier.

-Hecho -respondió el sacerdote.

-¿Padre? –preguntó Charles.

-¿Sí?

-Entonces... ¿Qué función ejerces en el Seminario? Pensaba que dabas clases de Teología.

-¡No! -respondió con una gran sonrisa- Ahora soy el "Padre espiritual" del último curso de bachiller, justo antes de pasar al Seminario Mayor.

Xavier le despidió con la mano.

Charles sintió un poco de tristeza. ¡Eran unas conversaciones tan bellas y profundas!

 


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