Capítulo 19

 

Síndrome de la parálisis del sueño

 

-Bueno, Xavier, el último día nos quedamos intrigados.

- Claro, es que si no, no tiene gracia.

-La verdad es -añadió con sorna el padre Francisco - que no acierto a pensar en qué terminarán estas "arengas" de Xavier. Yo creo que se piensa que es el único filósofo sobre la Tierra o que tal vez es Julio Cesar cuando hablaba a sus tropas para conquistar las Galias ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!

-¿Por qué creéis que os pago el chocolate con churros de esa forma tan generosa?

-No sé –preguntó el californiano con curiosidad fingida.

-Pues resulta que cuando comienzo a hablar en casa, primero, mis hijos desaparecen de la mesa, luego se escabulle sigilosamente mi mujer, y por último, el perro abre la boca de aburrimiento y se queda dormido.

-¡Ahora sí que ya lo sabemos! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! –rieron los tres.

Durante unas décimas de segundo el padre Francisco regresó a aquellos felices años en los que se reunían varios de sus amigos en la habitación asignada en el seminario y se hacían un café. Estaban contentos simplemente por el hecho de hacerlo. No había más truco. Luego acudían al cine del Seminario Menor, donde los alumnos de los cursos inferiores gritaban estrepitosamente cuando llegaban los "buenos". Con el tiempo se había ido dando cuenta de que aquellos momentos de felicidad no habían sido tantos.

- A lo que vamos -dijo seriamente Xavier.

-A la orden, jefe-añadió el padre Francisco, que irradiaba felicidad.

-Hace muchos años ya, estaba leyendo un artículo de la revista National Geographic que trababa sobre el sueño, sus ciclos y enfermedades. Me enfadé mucho. Se describía el síndrome de la parálisis del sueño, y para despertar a los que se habían quedado paralizados por ese síndrome, les inyectaban algún medicamento o bien les despertaban sin miramientos, sin considerar los daños colaterales de tal proceder, como podían ser el destrozo neuronal o muscular...

-No recuerdo que enunciasen los efectos secundarios de semejante "tratamiento de la enfermedad". Lo que más me enfadó fue que se calculaba en más de 17.000 muertes al año, sólo en los Estados Unidos.

-No tenía ni idea-dijo Charles.

-Armado de paciencia-continuó Xavier-, escribí un artículo respondiendo a la redacción de la revista, pero me lo devolvieron alegando que no admitían respuestas a sus artículos y que en todo caso podía dirigirme a los doce neurólogos y psiquiatras que firmaban el mencionado artículo. Supongo que los doce debían estar entre los más prestigiosos del mundo.

Con resignación busqué las direcciones de cada uno de ellos en la Librería Americana y los distintos consulados: alemán, francés, inglés y japonés. Les dirigí la misma carta que escribí a la National Geographic, acompañada de un dibujo realizado por Josep Cumí, profesor de Bellas Artes en la Escuela Massana de Barcelona y que ya hace años que dejó su cuerpo terrenal. En la ilustración se podía observar una persona durmiendo y cómo su espíritu abandonaba el cuerpo. A los pocos días recibí respuestas de agradecimiento de muchos de los profesionales incluso me dijeron que iniciarían experimentos con la finalidad de comprobar mi tesis. Recuerdo que el doctor japonés no recibió mi carta. La dirección era errónea.

Lo que más me sorprendió fue que, al cabo de unos dos meses, recibí una invitación de una doctora canadiense (a la que yo no había escrito) invitándome a un simposio sobre el sueño en la universidad de California; pero comprendí, de acuerdo a los términos en que se expresaba, que no había entendido mis sugerencias y por ello no acepté esa invitación.

Un par de meses más tarde volví a recibir otra invitación de la misma doctora. Me rogaba que asistiese a un nuevo simposio en la Universidad de Londres, más cerca de mi domicilio. Tampoco asistí. Consideré que era una especie de pantomima con soñadores lúcidos y que mi trabajo ya estaba hecho, pues tenía noticias de que algunos doctores trabajaban seriamente siguiendo mis sugerencias. Seguramente ya se habrán salvado algunos miles de vidas.

-Lástima que no te lo confirmasen -dijo Charles.

-Creo que no lo habría resistido mi vanidad -sonrió Xavier-.

-Seguro –contestó cariñosamente Francisco.

-El escollo principal -siguió Xavier- es que tienen que aceptar la existencia de un espíritu que habita en el cuerpo físico. Cuando nos dormimos, este espíritu abandona el cuerpo y repasa los acontecimientos del día en cada uno de los planos, físico, emocional y mental. Esto es, precisamente, lo que genera las diferentes fases REM por las que pasamos cada noche durante el sueño.

 

-¿Qué relación existe entre la velocidad rápida con que se mueven los ojos (REM) y los sueños?-preguntó Charles.

-Desde mi punto de vista, los ojos forman parte del repaso de las lecciones diarias y "visualizan" los acontecimientos del día. Van tan rápidos porque la conciencia se ha situado en un nivel en el que el tiempo apenas tiene significado alguno.

En cada una de las fases, se visualiza cada lección del día, según la percepción de los diferentes cuerpos que forman el pijama humano o lo que se llama la personalidad.

-Lo que no entiendo es –prorrumpió Francisco- la correlación entre el sueño, la fase REM y el síndrome de parálisis del sueño.

-Después de que se han repasado las lecciones del día, la actividad cerebral, que va cambiando de intensidades o frecuencias, se sumerge en un estado de descanso de sueño sin ensueños. Nuestros cuerpos también descansan y la actividad eléctrica neuronal, muscular, sanguínea, etc. están bajo mínimos diarios. Cuando es la hora de despertar, el espíritu regresa al cuerpo y para que no interfiera nuestro cerebro o nuestra conciencia cerebral en este proceso automático, el propio mecanismo "proyecta" una película muy interesante (sugestiva para la persona concreta) y la atención se centra en ese sueño, hasta que la entrada del espíritu ha finalizado completamente. En ese preciso momento los ritmos musculares retoman su actividad normal. La parálisis se produce cuando la entrada del espíritu no se ha efectuado del todo y el control del mecanismo del cuerpo ha sido retomado por el cerebro. Los músculos se encuentran rígidos y no se pueden mover, cada uno pesa una tonelada.

Para evitar eso, yo recomendaba que se inyectara algún tranquilizante para dormir al paciente y de esa forma permitir un reingreso del espíritu al cuerpo. Recuerdo que también les aconsejé que se impartieran esos conocimientos en las escuelas y las universidades, pues debido a que la humanidad es mucho más sensible que hace unos años, y vive penosamente estresada, los casos de parálisis corporal irán incrementándose.

A mí mismo me ocurrió en numerosas ocasiones hasta que llegué a dominar el cuerpo de tal manera que podía controlarlo, aunque mi espíritu estuviera fuera de él. La verdad es que requiere mucha disciplina y una ausencia total de miedo. El terror empeoraría mucho más nuestro estado e incluso podría provocar la muerte.

-Disculpa -interrumpió Charles-, ¿la muerte súbita tiene que ver con eso?

-Creo que es lo mismo, pero prefiero guardar silencio en este tema. Recuerdo que en una de mis salidas conscientes, quedé atrapado en el plano astral. Quizás hubo algún ruido en la casa que me asustó y entré demasiado deprisa y con un enorme sobresalto. El sueño con el que mi mente quiso regular la entrada en el cuerpo fue terrible. Alguien quería matar a mis hijos. Yo traté de interponerme entre la pistola asesina y ellos. Entonces, el criminal me apuntó directamente y quiso matarme.

Había miedo interno. También, externo. Me encontraba inmerso en un estado de puro pánico hasta que conseguí, con enorme esfuerzo, influir sobre mis cuerpos y me tranquilicé inmediatamente. Fue entonces cuando mi espíritu retomó su entrada en el cuerpo físico. Tuve la sensación de que era como una patata que es arrojada al aceite hirviendo.

A raíz de esa experiencia le dije a mi Maestro que no quería seguir con aquellos experimentos, y de verdad que cesaron.

Durante la noche siguiente me desperté, como de costumbre, a las cuatro de la madrugada y puesto que estaba aburrido sin hacer nada, solicité seguir experimentando. Efectivamente, continué, pero esta vez las excursiones eran diferentes, más sutiles. Permitidme que, de momento, no explique nada de la nueva etapa.

Por cierto, recuerdo también un informe dedicado por completo al cerebro en la revista Scientific American. Estaba escrita por unos seis eminentes neurofisiólogos y curiosamente llegaban a la frontera de lo paranormal. Sin embargo, ninguno de ellos se atrevió a dar el salto y aceptar que había algún elemento exógeno que hacía que las neuronas se portaran de forma aleatoria, aunque siguiendo unos patrones incomprensibles para ellos. Creo que es imprescindible que la ciencia dé ese salto y acepte la existencia de un espíritu o alma residente en el cuerpo que haga más aceptable las diferentes neuropatías, sus causas y sus posibles curaciones.

-Sin duda -dijo Charles, me has impresionado. Pero me gustaría más que nos contases algo de tus desplazamientos mentales en el tiempo.

-Para mí será estupendo poderte contar más experiencias.

-Gracias-añadió Charles. A lo mejor, puedo parecer demasiado incrédulo, pero es mi naturaleza.

-No te preocupes. Estás en tu derecho. Creo que comenzamos a ser amigos, y procuraré explicarte todo de acuerdo a como pienso que es. No cabe duda de que siempre estamos sujetos a espejismos, pero son parte de cualquier investigación.

El padre Francisco permaneció en silencio. Comprendía que las conversaciones con Xavier y Charles le estaban aproximando a pasos agigantados hacia el reino de la luz.

Hacía ya muchos años que había conocido a una mujer excepcional, su madre espiritual. Ella le había anunciado que aquellas conversaciones se producirían. Entonces no le había hecho mucho caso, pero ahora, no cabía la menor duda de que su visión estaba tomando forma. Importantes dudas seguían incrustadas en los recodos de su mente. No sabía cuáles podrían estar en los primeros lugares de una lista. A través de Xavier, se ponía a su alcance una constelación de conocimientos, y le habría gustado plasmar por escrito todas y cada una de sus vacilaciones. Tendría que meditar sobre ello y hacer una lista de tales dudas, que algún Maestro había definido como el mejor de los examinadores, pues nuestras mentes se veían espoleadas a buscar respuestas, fuesen cuales fuesen y estuvieren donde estuvieren. Comprendía debía aprender más de lo que ya sabía pues como decía un antiguo sabio "aquellos que creen que saben todo, ya están muy cerca del cementerio". Consecuentemente no podía permanecer en una actitud estática y de espera, que no llevaba sino a la muerte intelectual y espiritual. De esa forma alimentaba a su alma. Unas cuantas dudas siempre eran el combustible del motor interior que obligaba a avanzar.

 


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