Capítulo 20

 

El despertar del Corazón.

 

 

La excursión al Pirineo con su amigo José Pérez fue una señal de lo que iba a vivir durante cinco largos y también bellos años. La iglesia románica de Ansó fue el hogar del padre Francisco. Al lado estaba la casa donde su amadísima madre pasó los últimos años de su vida.

-¿Qué te ocurre mi pequeño? – le solía decir cuando llegaba cansado de su labor apostólica.

-Nada mamá.

Entonces él se acercaba a su madre, mucho más baja que él y la abrazaba muy fuertemente. Ella se tenía que poner de puntillas y por unos instantes tocaba el cielo. ¡Qué podía haber más grande para una madre que sentir el amor de su hijo! Luego, ella preparaba, como muchos días, una tortilla francesa para cada uno, y cenaban mirando esporádicamente a la televisión.

En verano, las abuelitas, vecinas, se sentaban en sus sillas de anea y terminaban de bordar con lindos colores algunas telas para el altar.

Cuando su madre enfermó, el sacerdote subía a su habitación, todo lo que le permitía la atención al culto, y le leía largos fragmentos de la Biblia, de los Evangelios y de cualquier obra literaria que tuviese a mano.

Fue durante la enfermedad de su madre, cuando Francisco experimentó un gran salto en su interior. Aunque no poseía ninguna teoría sobre la constitución del ser humano en lo que se refería a los siete centros de energía y cuerpo etérico, no fue impedimento para que pasase de sentir a través del plexo solar, como es tan normal y natural en la gente corriente, a percibir la belleza y el sentido de la vida a través del corazón.

 Sin saberlo había conseguido ser un iniciado en la "doctrina del fuego del corazón".

Puesto que es una etapa muy importante en la vida de todo ser humano que aspire a iniciarse en el mundo espiritual, en breves palabras diremos lo que le ocurrió.

Cuando su madre enfermó, el padre Francisco comenzó a sentirse mal del estómago. Los nervios se le apoderaban del mismo y eran un verdadero quebradero de cabeza para él. En ocasiones se enfurecía al ver postrada en la cama a quien le había dado la vida. Mas, paulatinamente fue resignándose, a la vez que extremó todos sus cuidados para con ella. Sin embargo, no fueron las atenciones físicas las que le llevaron a un nuevo estado de conciencia, sino los cuidados mentales, los pensamientos positivos y de sanación que le enviaba.

Muchos días tenía que desplazarse a Hecho para sustituir al párroco del pueblo vecino. Después, debía pasar varias horas esperando a que los feligreses se animasen a ejercer el sacramento de la confesión y que le abrieran sus obnubiladas almas.

Y ocurrió durante las largas horas que permanecía en el confesionario esperando pacientemente, cuando su mente se iba a visitar a su madre.

Pensaba que estaba a su lado y que le prodigaba toda clase de cuidados. Y fueron unas enigmáticas palabras las que le hicieron comprender que había ocurrido un pequeño milagro.

-Gracias mi niño -le dijo un buen día que regresaba de Hecho.

-¿Por qué mamá?

-Porque el amor de tu gran corazón ha llegado hasta mí, he sentido ese calorcito tan especial que me has enviado.

-No tiene importancia –contestó Francisco-.

Y tal vez debería haber sido un poco más curioso, y haber preguntado más, pero se conformó con saber que sus pensamientos habían llegado hasta su madre, y que al hacerlo, su plexo solar había traspasado y también transmutado su fuerza al punto que está justo detrás del corazón. Él no sabía que se denominaba centro cardíaco. Este proceso de elevar las energías desde el plexo solar al centro cardíaco, puede insumir varias vidas de arduo esfuerzo en personas normales. Se podría también definir este proceso como el salto desde la inestabilidad de las continuas reacciones sentimentales operadas por el plexo solar a la paz, que se afinca en el corazón al comprender que somos una parte minúscula del Todo. Este proceso implica tres puntos en el ser humano: El plexo solar, el centro cardíaco y el centro de visión denominado tercer ojo o chakra ajna, sito entre las cejas.

Si el padre Francisco necesitó menos tiempo, era porque reflejaba los éxitos, que como alma, había conquistado en una vida anterior.

Desde entonces, únicamente tenía que preocuparse de visualizar a su madre y sentía cómo un río de luz y vida brotaba de su corazón hasta el de ella.

Cuando se despidió de ella en el cementerio, las lágrimas fueron escasas. Tenía la absoluta certeza de que el alma de su madre fluiría como un manantial hacia el origen de todos los manantiales, el Sagrado Corazón de Jesús.

 

 

 


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