Capitulo 27

 

Mare Nostrum y Egipto

 

Almorzaron en una mesita del comedor del Seminario Menor. El padre Francisco deseaba que viviesen en primera persona la bella experiencia de escuchar el estruendo ensordecedor de los gritos de cerca de setecientos alumnos. Estaban a punto de finalizar el curso y el verano hacía hervir todavía más, si cabe, la vitalidad de aquellos niños y jóvenes. Xavier y Charles disfrutaban con el bullicio.

-¡Esto sí que es ambiente! -exclamó Xavier.

-Yo almorzaba en el instituto, pero apenas éramos unos cincuenta -siguió Charles.

-Cuando vivimos las experiencias cotidianas –continuó Francisco-, no somos totalmente conscientes de las mismas. Permanecemos inmersos en ellas y las damos por normales.

Pero, cuando han desaparecido, y un tiempo más tarde las recordamos, es entonces cuando las embellecemos, porque tal vez eran así. A veces, cuando estuve de párroco en la montaña, recordaba estos momentos, las bromas que nos hacíamos, la risa sin descanso, el enfado de algunos porque no les gustaba la comida, las regañinas esporádicas y merecidas, generalmente, de los profesores a sus discípulos...

 Y mientras el padre hablaba, algunos de sus alumnos acertaron a pasar cerca y le saludaron.

-Hola...padre Francisco.

Y luego marchaban a toda velocidad a continuar con sus travesuras.

Más cercanos a ellos estaban los mayores de dieciséis y diecisiete años, tranquilos y sosegados.

-Sin duda alguna, vivir en un internado debe de ser una bella experiencia. Es imposible que un niño que siempre ha dormido en su casa sea igual al que ha dormido con cincuenta compañeros. Nunca están solos. Y un mar de energía vital les rodea -expuso Charles.

-Sí –contestó Francisco-. Los muchachos aprenden a convivir. Se hacen más sociables, incluso más alegres.

-¡Helado de chocolate! –exclamó Xavier como un niño, cuando trajeron el postre.

En ese instante, un sacerdote dio la orden y los alumnos salieron disparados hacia los recreos. Todavía tenían una hora para hacer deporte.

-Vamos. Os enseñaré un poco las instalaciones.

 El colegio tenía forma cuadrangular, salvo la parte de atrás, la de la enfermería, que terminaba en un triángulo. Los amplios, largos y refulgentes pasillos con inmensos ventanales era lo que más les llamaba la atención. La luz y los colores entraban desde los cuatro jardines que tenía el edificio en su interior. Las puertas de las aulas de la planta baja eran de madera labrada con finos cuadrados y de unos cuatro metros de altura por tres de anchura. Encima, había otros dos pisos, cuyas clases eran más modernas, y también, más corrientes. En la última planta se hallaban ubicados los enormes dormitorios, cada uno con cien camas aproximadamente.

Al llegar a un rellano de la escalera, Francisco sonrió.

 -¿Sí? –le preguntó Charles.

 -Estoy recordando una broma.

 ¡Cuenta, cuenta!

 -Apagaron las luces del dormitorio. El tutor paseó por última vez, y creíamos que se había marchado a su habitación. Tres o cuatro alumnos esperamos un cuarto de hora y nos levantamos. Comprobamos que la víctima estaba dormida. Imagino que le pasaríamos la mano cerca de la cara o le diríamos algo. Como no hubo respuesta por su parte, calzamos cada pata de la cama con una zapatilla y la deslizamos desde el dormitorio, hasta este rellano. Cuando íbamos a despertar a nuestro compañero, y reírnos del susto que se iba a llevar, el tutor nos cogió con las manos en la masa. Nos hizo deslizar de nuevo la cama hasta el dormitorio, nuestro compañero ni se despertó, y dimos varias vueltas al campo de fútbol como castigo. Después de correr veinte minutos, permanecimos con los libros abiertos una hora más en el estudio.

 -¡Qué bueno!

 -Sí. Eso pienso ahora. Creo que nuestro tutor tendría algo gracioso que contar al día siguiente.

 Los tres descendieron por las escaleras de mármol blanco. Pasaron cerca de las mesas de ping-pong, abarrotadas de estudiantes, y entraron al despacho.

 -Creo que lo que has intentado aclarar esta mañana-dijo el sacerdote dirigiéndose a Charles- es que un representante de la iglesia no puede ser una persona cualquiera. Porque si habla de la comunión de las almas, de la transubstanciación o del misterio del corazón, debería demostrarlo con hechos.

 Xavier y Charles se quedaron sorprendidos.

 -Entonces, cuando un hombre santo explicase de una forma práctica el camino que lleva hacia lo que unos denominamos "Dios", otros denominan "Alma Universal" o "Leyes del Universo" y los que le escuchasen pudiesen comprobar que, efectivamente, a través de un período de aprendizaje y práctica, el camino hacia el cielo está expedito, entonces, se ganaría el respeto por parte de los muchos. Pero está claro que no sólo por el hecho de pertenecer a una congregación determinada se llega a ser santo. Se puede ser una bella persona, un sacerdote prudente y capaz de ayudar a los demás en muchos terrenos, pero en el momento definitivo de hablar de lo trascendente y de lo inmanente, pierde toda autoridad que le han concedido sus jerarcas respectivos.

 -Es un buen razonamiento -dijo Charles-.

 -Creo que esto podría enlazar perfectamente con lo que hoy venía dispuesto a contar -expresó con satisfacción Xavier. El aprendizaje del Maestro Jesús en Egipto. Espero que os resulte interesante.

 -Por supuesto, Xavier -aseveró Charles, que mostraba un interés progresivo, casi en forma geométrica, conforme transcurrían las reuniones.

 Francisco miró y sus ojos brillaron, como resplandece el Sol al filo del horizonte, en un atardecer totalmente diáfano, sin nubes, ni grandes cantidades de contaminación atmosférica. Estaba impaciente por averiguar lo que Xavier había podido investigar acerca de la juventud de Jesús. Y, confiando en que escucharía algo nuevo para él, preguntó.

 -Xavier, sé que no hay datos fiables de las andanzas de Jesús después de haberse ido de su casa. ¿Has podido rastrear los pasos dados por él?

 -Creo haberlo conseguido, pero me veo obligado a reseñar que ocurre algo muy insólito durante esos años. Intentaría explicarlo diciendo que aparece y desaparece de las escenas, como si se materializara y desmaterializara en los éteres.

 -¡No había escuchado una afirmación igual en toda mi vida! – Esgrimió Charles- Tal vez lo que nos intentas decir es que no has sido capaz de visualizar todos los acontecimientos.

 -En parte te doy la razón -condescendió Xavier-, pero me inclino más confirmar lo que acabo de decir. Me explicaré. Sé que los Maestros pueden construir, por el poder de su mente, cuerpos adecuados para los ambientes en los que quieren adentrarse y adoptar cualquier apariencia necesaria, e incluso hacerse invisibles a los ojos de los demás, y pienso firmemente que eso es algo parecido a lo que ocurrió. No obstante, he podido trazar un mapa de sus andanzas y con ello tratar de reflejar qué cosas atraían más su atención.

 -Sigue por favor-dijo Francisco-, que ardo en deseos de conocer más datos.

 -Estuvo –continuó Xavier- por muchos lugares y países diferentes tratando de aprender las viejas tradiciones, rituales y conquistas obtenidas en muy diferentes campos del saber humano.

 Las tradiciones de los rituales de la purificación de la sangre provienen de los misterios de Mitra, cuando el Sol transitaba por Tauro en el gran reloj cósmico, que el Sistema Solar tarda unos 26.000 años en transitar.

 Siguiendo la precesión de los equinoccios, el Sol entró en el signo de Aries, y la víctima propiciatoria era el "cordero" que era enviado al desierto.

 Cristo nació en el siguiente signo, Piscis y por ello celebramos su nacimiento comiendo pescado.

 Sus primeros pasos se dirigieron hacia Jerusalén. Allí proliferaban multitud de sinagogas y varias etnias impartían sus creencias a los concurrentes. La tradición hebraica había alcanzado su mayor apogeo. Los rabinos más ortodoxos se sentían orgullosos de su gran riqueza de ideas y tradiciones con más de dos mil años de historia. Allí, nuevamente, Jesús tuvo grandes debates con todos los asistentes. Los rabinos dejaban de lado la ortodoxia tradicional para escuchar y debatir con aquel joven, ya conocido por ellos, de una indudable cultura y formación. Su fama había llegado a sus oídos.

 Dejó Jerusalén y viajó siempre al abrigo de las caravanas, aunque como me he atrevido a sugerir, en algunas ocasiones debió tele transportarse. Convivió con camelleros y comerciantes de todo tipo, tuvo ocasión de hacer buenos amigos y, de paso, enseñarles aspectos de la historia y tradiciones que deberían sustituir un día a la arcaica y obsoleta cultura basada en la pureza de la raza judía, la ley de la tora, del talión y de la ley que daría origen al Talmud y a la Kabalah, etc.

Su primer destino en el extranjero fue El Cairo y las pirámides en la meseta de Giza. La ciudad de los muertos era una ciudad dentro de la gran ciudad. Era como un avispero de gentes apresuradas por vender su artesanía u obtener su alimento en las calles y mercados de la capital.

Posteriormente se desplazó a Alejandría en donde le interesó de sobremanera el estudio de las tradiciones de los antiguos faraones, cuya historia aún se conservaba en los archivos de la biblioteca.

Sin embargo, una visión del futuro le impulsó a tomar un velero hacia Creta.

 

 Pintura de Delwin Oliver del Parson

Quería ver la civilización minoica y cuanto había de cierto en el símbolo del Minotauro, ricamente pintado en las paredes de muchos templos y de casas particulares de cierto prestigio. Los dorios habían dejado bien patente su huella. Una civilización de guerreros y artesanos que había colonizado totalmente la isla, lugar estratégico para el tránsito de mercaderías por el Mare Nostrum.

El velero, con nueva carga que transportar hacia Italia, prosiguió costeando y tocó los puertos del bello Peloponeso, salpicado de ricos valles, protegidos por montañas, y cubiertos de olivares y viñedos. Allí se enamoró de las uvas pasas. Dijo que eran lo más dulce que había jamás probado.

Jesús navegaba a bordo del velero con bastante comodidad. Había pagado un buen precio por el transporte y además se había ofrecido a reparar los desperfectos del barco y lo que necesitase el capitán, incluso mejorar el sistema de equilibrio y navegabilidad del barco. Por ello era tratado con todo el respeto por parte de toda la tripulación, aunque algunos deseaban poner a prueba sus dotes de marinero y de carpintero cuando arreciaran las tempestades, tan frecuentes en aquellas aguas.

Una tarde, los marineros estaban muy apurados achicando el agua y retirando el velamen. El mar y el viento rugían con gran pavor para todos, pero él permanecía tranquilo observando el festival de los ángeles del viento (silfos) y los de las aguas (ondinas). Viendo que Jesús no se inmutaba por nada, el capitán le pidió ayuda ante el peligro de naufragar y que hiciera algo para ayudar a la marinería.

Jesús dio una orden en voz alta a los ángeles, e inmediatamente se calmó la tempestad.

Pintura de Simón Dewey

 

Rogó a todos que no mencionaran nada de lo visto y oído, ya que sólo quería preparar el camino para alguien más poderoso aún que él mismo. Su viaje serviría para sembrar la semilla de un futuro más luminoso para la Humanidad.

El periplo prosiguió rumbo a Sicilia. Pasarían sin miedo alguno por el estrecho de Mesina y luego se dirigirían a la bella Napoli, para visitar después la pequeña ciudad de Pompeya. Quería ver sus hermosas calles y especialmente su biblioteca central. Sabía que allí había una organización social bastante evolucionada. Sus gentes gozaban de un alto nivel de vida y tenía que tratar de hablarles de un Dios que gobernaba por encima de todos los dioses del Olimpo romano. Gozaban de un clima benigno y la bella presencia del volcán Vesubio realzaba el marco del ideal de una vida burguesa... poco se esperaban que esa compañía les iba a dar un susto mortal una madrugada muy cercana en el tiempo.

Dio una charla en el coliseo central ante numeroso público. Estaba prácticamente lleno. Sus palabras fueron contundentes. La gran cantidad de dioses de barro, de imágenes a las que rendían adoración no tenían nada que ver con el Dios único del que él era un hijo muy especial. Un Dios omnipotente, un Dios de amor que todo lo sabía.

Alguien de entre el público pidió en voz alta:

-"Si tu Dios es tan poderoso, pídele que nos de comida para todos, que nos harte de pescado fresco y de pan calentito y recién hecho".

-¡Tú lo has querido! ¡Sea tu voluntad!

 Al lado de cada asistente apareció pescado asado y pan horneado humeante. Nadie se atrevía a tocarlo; pero Jesús les dijo: "Hombres de poca fe, me pedís una prueba, os la doy, y ahora no sabéis si podéis tocarla; pero en verdad os digo que no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que emana de la boca de todos aquellos que han visto al Padre y Éste les ha pedido que den testimonio de su visión".

Paulatinamente empezaron a tocar aquella materialización y a comer el pan y los peces... Un gran vocerío salió del recinto. Todos le daban las gracias y pedían que les hablara más veces de ese Dios tan bueno y poderoso; pero Jesús tenía fijada su mente en llegar a Roma y partió nuevamente con el velero, que había repuesto víveres y agua para el viaje.

Arribaron a Roma y Jesús se despidió de toda la tripulación, con unas palabras similares a estas:

"Ahora sí que podéis dar testimonio de lo que habéis visto"... "Cosas más grandes podréis hacer vosotros mismos algún día"... "Aunque, el que viene detrás de mí, las hará mucho mayores"... "Permaneced atentos, pues él no se anunciará a los cuatro vientos, y sólo será reconocido por sus frutos"

Estuvo en muchos sitios de aquella vieja ciudad. Conoció a unos monjes de una comunidad que se llamaba esenia y con ellos hizo gran amistad. Su elocuencia no tenía límite, de tal manera que fue conducido ante el hermano mayor, quien al ver a Jesús se postró a sus pies y le pidió sus bendiciones.

Jesús le dijo que si bien él era digno de respeto, tendrían que preparar los caminos del Señor, ya que dentro de algún tiempo, él enviaría a sus discípulos a predicar un mensaje de amor del cual él no podía adelantar el contenido; pero que el núcleo central podría parecerse a la vieja ley de Moisés y sus diez mandamientos.

Una mañana, paseando con otros tres monjes por la Vía Apia, salieron de detrás de los cipreses varios malhechores, que pertrechados con cuchillos y una espada, quisieron atracarles. Jesús les recriminó esa manera de vivir. Muy seguros de sí mismos, y convencidos de que se encontraban en una posición de ventaja, exigieron a las víctimas que depositaran todas sus pertenencias en el suelo. Jesús les volvió a reprender diciéndoles que robar era indigno de los humanos. Como no hicieron el más mínimo caso, al contrario, se rieron desvergonzadamente y prosiguieron en su intento de atraco, Jesús los paralizó y los convirtió en estatuas.

Permanecieron así hasta que llegó una pequeña patrulla de soldados pretorianos. Se había reunido mucha gente a su alrededor y los soldados, atraídos por el tumulto, pidieron orden y exigieron saber el origen de todo aquel alboroto.

Los monjes explicaron todo lo ocurrido y cómo aquel chico joven y alto les había convertido en estatuas. Los soldados querían llevar presos a los ladrones y pidieron a Jesús que les devolviera la vida.

Jesús les dijo: "En vuestras manos está el poder de la fuerza, entregad al poder de la justicia a estos ladrones para que reciban su castigo"

Los soldados, percibieron tanta autoridad en sus palabras, que le rogaron que emitiera sentencia, y ellos tratarían de ejecutarla.

El hermano mayor respondió que en su orden monástica no tenían por costumbre hacer justicia, y que tal poder lo ejercían los jueces. Nosotros nos ocupamos de socorrer a los necesitados, curar a los enfermos y hacer oraciones para el bien de la comunidad y de la Humanidad.

Los soldados, insistieron en que dictaminara un castigo para esos delincuentes y Jesús, dijo que creía que era de ley que recibieran quince latigazos cada uno, si bien era necesario cumplir la ley Romana y no la suya, que era extranjero.

Los soldados le preguntaron

-¿A qué Dios sirves en tu país?

-Mi Dios, es también vuestro Dios -contestó-, pero vosotros le denomináis con muchos y diversos nombres. Para nosotros sólo hay un Dios. Un único Rector y Rey de toda esta tierra y de más allá de los mares.

-¿Cómo sabes tú todas esas cosas, si aún eres muy joven para ello? ¿O es que te crees enviado por Dios?

-En verdad os digo que ese Dios me ha enviado a mí y también a vosotros para que se cumpla la ley de la vida. También os digo que pronto vendrá otro, mayor que yo, y que hará milagros más grandes. Debéis estar atentos si lo queréis encontrar.

Los soldados, confundidos, optaron por retirarse con los presos que habían recobrado la movilidad y los curiosos se alejaron sorprendidos por lo que acababan de ver y oír.

Jesús se encontraba muy a gusto entre aquellos discretos monjes cuya misión era reclutar, con todo sigilo, nuevos seguidores. Estos deberían trabajar con la máxima prudencia y formar una comunidad testimonial que forzase al Parlamento Romano a reformar sus leyes y permitir mayor libertad de culto. No dependían de sus hermanos orientales, quienes tenían reglas que no siempre se pueden aplicar en todos los países.

Su trabajo era harto difícil, pues el Panteón romano estaba lleno de dioses para todas y cada una de las ocasiones de la vida.

Jesús partió al cabo de un par de meses hacia Egipto. El barco estaba bien provisto y era más grande que el velero que había tomado a la ida. Parece que los marineros del velero ya habían esparcido a los cuatro vientos lo acaecido durante su viaje y por su estatura enseguida le reconocieron. Guardaron silencio, pero sabían que si surgía algún contratiempo, estarían a salvo del peligro.

El barco tocó Cerdeña, Túnez, y Libia. Allí quiso conocer las bellas ciudades que formaban –Trípolis- Sabrata, Oea y Leptis Magna. Jesús quedó muy impresionado por la belleza de la construcción de esta última. Aunque, Sabrata y Oea eran unas ciudades muy bellas, Leptis Magna era extraordinaria, había valido la pena hacer ese viaje hasta esos puntos en el desierto líbico.

En el puerto de Leptis Magna prosiguió camino hacia Alejandría y desde allí se dirigió nuevamente a El Cairo.

Enseguida formó parte de la secta de los seguidores de Tutang Amón, conocido en Occidente como Tutankamon. Permaneció, aproximadamente, tres años aprendiendo meditación y disciplina, acompañadas de rituales de limpieza y oraciones a los antepasados egipcios.

 

Durante el primer año, sus compañeros fueron los aspirantes a los misterios terrenales. Iban vestidos con túnicas de color marrón. Las enseñanzas que aprendían eran muy estrictas.

Tuvo que pasar y dominar el hambre, así como todas las necesidades de su cuerpo físico. Aprendió a vivir con una jarra de agua al día. Las disciplinas consistían en ejercicios muy parecidos a los que hoy practican los yoguis hindúes como hatha yoga o yoga de las posturas corporales. También fueron adiestrados durante gran cantidad de horas en el arte de la inmovilidad física, bastante parecido a lo que hoy se conoce como Chikung o Tai Chi.

Una vez al mes era enterrado en la arena. Los asistentes le envolvían en una túnica y tenía que permanecer inmóvil siete soles.

Para Jesús, no era problema alguno. Dejaba que su cuerpo se durmiera, y su espíritu ascendía a los elevados lugares, que eran su estado de conciencia cotidiano.

 

 Allí se encontraba con Cristo, Quien descendía, a su vez, de un nivel de conciencia más elevado y conversaban sobre el cumplimiento del Propósito. Le exponía sus planes para el próximo futuro y, para los cuales él debería prepararse.

-¿Es eso posible? –preguntó Charles.

-Sí que lo es. Debo aclarar que existen diversos niveles de conciencia muy por encima del humano. Yo puedo afirmarlo hasta donde llega mi capacidad.

-Yo también estoy de acuerdo-dijo Francisco.

Charles y Xavier le miraron sorprendidos.

-Hace muchos años ya -continuó el sacerdote- hubo en mi parroquia una catequista. Era una mujer muy bella, tanto física como espiritualmente, a pesar de tener más de sesenta años.

Francisco se detuvo, sus ojos comenzaban a humedecerse y a brillar.

-Sigue, por favor-le rogó Charles.

-Varias veces, durante nuestras meditaciones y rezos, a pesar de la lejanía, era capaz de desplazarse mentalmente hasta la capilla donde yo solía orar.

-¿Qué ocurría?

-En mi caso, una afluencia mayor de luz, una elevación espiritual.

-¿Y en el de ella?

-También elevación de su alma, pero a la vez capacidad de percepción de la realidad que estaba lejos de su cuerpo, como me lo demostró en varias ocasiones... bueno... sigue Xavier, por favor. Solamente quería dejar constancia de que también, por propia experiencia, aunque no sea gran cosa, pienso que existe la capacidad de ser consciente en otros planos más sutiles.

-Al final de ese año –continuó Xavier-, Jesús pasó la prueba iniciática representada en la pirámide de Mikerinos. Deambuló como perdido durante tres días sin ver la luz, ni oír ningún sonido, Y siguiendo su instinto y la visión interna fue capaz de salir al tercer día por la puerta oriental.

Comenzaba la segunda etapa para los aspirantes que habían triunfado en la primera.

La revelación de los secretos del mundo de los deseos, del control de las emociones y de las influencias astrales.

Todos estaban vestidos con la túnica de color rosado oscuro.

Las lecciones tenían contenidos muy diversos, si bien el arte tenía un lugar preponderante. Tenían que dibujar con todo detalle los cuerpos de los otros monjes de la túnica marrón y también aprender a convivir con las mujeres ayudantes sin tener pensamientos obscenos o si los hubiere, saberlos dominar. Las mujeres eran expertas exhibicionistas, entrenadas para ese menester, sabían insinuar sus bellezas para que aquellos jóvenes monjes perdieran su aplomo. Con meditación y un control alimenticio vegetariano adecuado, las pruebas se iban superando lentamente.

Invertían muchas horas de adiestramiento en ejercicios de backti yoga o yoga devocional hacia las divinidades, hacia los antepasados y hacia los planetas (especialmente al Sol).

Esta oportunidad era aprovechada por Jesús para hablar del único Dios regente de la Tierra. Todos le escuchaban con mucha atención, pues nunca nadie había hablado de esa manera, con tanta fuerza en las palabras y con esas ideas tan innovadoras.

Se ejercitaban en el arte de la respiración. Controlaban sus cuerpos a base de alternar de forma conveniente la respiración por una u otra fosa nasal, las pausas de retención también eran importantes. Todo tenía que ser armónico y reflejo del cosmos, de la misma forma que lo eran las cíclicas mareas, los latidos del corazón o las fases de la luna.

Los alumnos transcurrían largas noches encerrados en sus cuartos con las paredes repletas de imágenes obscenas, y con sus pensamientos tratando de desbordar su imaginación, que daba paso a "las ayudantes de las alcobas", esos espíritus conocidos como súcubos, producidos por las necesidades fisiológicas suyas y retroalimentadas durante millones de años por toda la Humanidad.

Los días anteriores a su examen final, deberían de tener un control estricto de sus meditaciones, de la limpieza de sus vestiduras, de la higienización de sus frutas y verduras para poder expresar en el examen final sus impresiones y aspectos que hubieran podido aprender durante ese año.

Jesús fue muy escueto. Dijo en su escrito "creo haber aprendido todo lo que me habéis enseñado"•

Nuevamente tuvo que enfrentar los fantasmas de la oscuridad en la pirámide de Kefrén. Las piedras eran más pulidas, los pasillos más empinados, los laberintos más complejos de memorizar. Todo estaba en plena oscuridad. Pero, lo que para otros eran tinieblas, para él era Luz que le llevaría triunfante hacia la salida por la puerta oriental al cabo de tres días, más allá de los fantasmas de su controlada imaginación.

Y allí se detuvo Xavier.

-Ha sido muy emocionante -dijo el padre Francisco.

-Gracias.

-Entonces...

-¿Sí?

-¿Lo que has narrado se podría decir que fueron las dos primeras iniciaciones de Jesús?

-Así es.

-Pero... han parecido fáciles.

Xavier sonrió.

-¿He dicho algo gracioso?-preguntó Francisco.

-En realidad, cuando se pasan esas iniciaciones, es porque ya ha habido otras vidas anteriores en las que se ha estado preparando para ello.

-¿Si pasó dos iniciaciones en dos años significaba que ya las había alcanzado en otra vida anterior?

-Así es. Estaba "recordando" o "recapitulando" lo conseguido anteriormente.

-Estoy viendo –dijo Charles- que todo lo que nos cuentas no está comprobado científicamente, pero tal vez es porque nadie se ha preocupado hasta ahora, en lo que atañe al mundo científico, de estudiarlo en serio. Sin embargo da la impresión de que tenían sus propios métodos empíricos.

-Así es –respondió Xavier. Una afirmación no puede ser gratuita, o mejor expresado aún, el aspirante a la iniciación puede albergar dudas de la ley de causa y efecto, pero el iniciado que le supervisa, sabe perfectamente que a cada iniciación corresponden unos determinados atributos, poderes, dominios, controles...

-Preparaos -dijo solemnemente Charles.

-¿Qué ocurre?-preguntó, alarmado, Xavier.

-Me he comprado la Biblia y un ejemplar de los evangelios apócrifos.

Francisco y Xavier le miraron sonriendo.

-¡Brrrrrr, qué miedo! –le hizo una cariñosa burla Xavier.

-Sí, tú ríete, que me voy a transformar en un experto y prepararé una lista de preguntas.

-Pero ese día pagarás tú la cuenta -bromeó el padre Francisco.

-Ya puedes pedirle permiso al Rector, necesitarás tres noches seguidas para contestarlas.

Las conversaciones con sus amigos llenaban el corazón anhelante del científico, mostrándose cada vez más alegre. Lejos quedaban la muerte de sus padres y esposa y su corazón, que estaba rejuveneciendo, saltaba de gozo sabiendo que tenía dos grandes amigos.

-Vamos a perder el autobús a Barcelona-cortó Xavier.

-¡Es verdad! –Saltó de la silla Francisco- ¡Vamos!

El tiempo había transcurrido rápidamente, demasiado, y Francisco llevó a sus amigos a la estación, les despidió con la mano, observó cómo desaparecían en la oscuridad y sonrió. Era, simplemente, feliz.


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