Capítulo 28

 

La tentación III

 

 

No había encontrado el momento oportuno para hablar al señor marqués sobre el amor de Ángela y Juan. Y menos mal que no lo había hecho, pues tal y como había sugerido su superior, era una relación que el padre de la enamorada deseaba impedir a toda costa.

Y ahí estaba él, sumergido en la duda.

¿Debería aconsejar, e incluso sugerir, a Ángela que desobedecer a su padre no era propio de un alma cristiana?

¿Debería insinuar a la joven que muy probablemente sería infeliz en un matrimonio que había empezado con tan mal pie?

¿Debería hacer que creyese algo en lo que él mismo no creía?

¿Se debía traicionar a sí mismo para que la Iglesia consiguiese una hacienda tan importante?

¿Debería mentir o escamotear la verdad para bien de todos los futuros seminaristas o congregaciones que pudiesen beneficiarse de tan importante donación?

¿Estaba el poder de la Iglesia por encima del amor de dos jóvenes?

Aquella noche fue demasiado larga para el padre Francisco. Cuando eran las cuatro de la mañana pudo conciliar el sueño y a las siete salió de nuevo al encuentro de la naturaleza. Y lo vio todo claro. Él no era nada más que una pieza en el engranaje todopoderoso de la Iglesia. Debía obediencia a sus superiores. Y la sugerencia de monseñor era, simplemente, una orden. Por la tarde, rogaría a la joven Ángela que obedeciese a su padre. Eso es todo lo que podía hacer. Tampoco estaba en la Edad Media para amenazarla con el infierno y el fuego eterno.

Y con estas últimas frases se rió. No importaba en qué difícil circunstancia pudiera encontrarse, al final, en su cerebro, siempre aparecía algo gracioso. Y la verdad, las palabras "infierno" y "fuego eterno" le hicieron sonreír.

La misa transcurrió como siempre, y cuando se encontraba envolviendo la estola en la casulla escuchó una vocecita que le llamaba desde la puerta de la sacristía

-Padre...

-¡Ángela! -exclamó sorprendido el sacerdote.

-Hola -continuó la joven con voz tímida.

-¡Qué sorpresa!

-Me lo imagino, padre. Les presento a Juan y nuestros dos amigos José y Teresa.

El párroco dio la mano a los tres, y como una centella pasó por su mente el asunto al qué venían.

-¿Qué deseáis?

-Padre –dijo Ángela-. Deseamos casarnos.

El joven cura se sintió desarmado por la cara de Ángela. De nada valía todo lo que había meditado la noche anterior.

 

Muy lejos quedaba la conclusión que había extraído en su meditación matutina.

-¿Eres mayor de edad? –le preguntó casi por preguntar.

-Sí padre. Ambos los somos. Le hemos traído la partida de nacimiento y el certificado de bautismo.

-¿Sabes en qué lío nos estamos metiendo?

Ángela le miró, Juan le miró. El padre Francisco vio más allá de sus caras. Penetró en el fondo de sus ojos... y halló el diamante más hermoso que los humanos pueden encontrar en el fondo de su corazón. Percibió un amor como es cantado por los más grandes poetas y líricos. Supo que si hubiese estado Jesucristo en su lugar, lo habría aprobado. Visualizó cómo los fariseos se habrían ensañado con él.

Habían transcurrido treinta segundos de silencio, cuando Ángela le sacó de su profundo ensimismamiento.

¿Sí?

¿Padre?

¿Nos puede casar?

 


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