Capítulo 30

 

 

La tentación (IV)

 

 

 

El joven sacerdote recordó el río de luz que unió durante un tiempo el corazón de su madre al suyo. Sintió en su rostro el resplandor de la nieve en las cumbres al atardecer. Percibió el agua fresca de un manantial en sus manos. Recordó el color dorado del Sol. A su mente vino la imagen de su amada señora, la Inmaculada Concepción. Y por último llenó su alma con la imagen de Jesús salvando a una mujer de la lapidación. Y en ése preciso instante el resplandor de los ojos de su amado Maestro traspasó de una parte a otra su corazón.

 -Padre... ¿me escucha? –volvió a decir la bella Ángela.

 ¿Sí? –contestó por fin.

 -Si nos va a casar.

 -Por supuesto.

 - ¡Viva! -exclamaron los cuatro amigos, con júbilo.

 -Bien. Vosotros sentaos en el primer banco. Mientras, enciendo las velas y me preparo para la ceremonia. Lo haremos sencillamente, sin luces eléctricas.

 -¡Qué suerte! –se dijeron unos a otros los jóvenes.

 El padre Francisco salió de la sacristía. Al pasar por el centro del altar mayor se arrodilló, inclinó la cabeza y llegó hasta el atril.

 Los ojos de buey de la iglesia románica dejaban pasar tres impresionantes haces de luz que era atravesada por pequeños corpúsculos. Varias beatas que permanecían todavía rezando, escucharon lo qué iba a ocurrir y cantaron espontáneamente el Salve Regina. Ciertamente no era la música o canto que se debería escuchar, pero fueron sus voces las que atrajeron a los ángeles del amor, quienes crearon un ambiente mágico que envolvió a los asistentes.

 El sacerdote del corazón de oro leyó solamente un párrafo de la carta de San Pablo a los Efesios:

 "Maridos, amen a sus mujeres como Cristo amó a su Iglesia. Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para colocarla ante sí gloriosa, sin mancha, ni arruga, ni nada semejante, sino santa e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son.

 Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo. "Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne". Es éste un gran misterio; y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia. Sobrellévense mutuamente y perdónense, cuando alguno tenga quejas del otro.

 En una palabra, que cada uno de ustedes ame a su pareja como a sí mismo."

 -Acercaos, hermanos-rogó el padre Francisco a los jóvenes.

 Los cuatro se aproximaron justo hasta donde comenzaba el altar, y el sacerdote, una vez terminada la ceremonia de los anillos, impuso sus manos a unos centímetros de las cabezas de Ángela y Juan.

 -Yo os declaro: marido y mujer.

 Las tres beatas entonaron "Santo... Santo... Santo es el Señor"...

En ese preciso momento entraron, mejor expresado, se abalanzaron por la puerta de la iglesia Monseñor y el señor Marqués justo a tiempo de escuchar la fatídica frase, para él , y que paradójicamente, era la más dulce "canción de amor" para su joven hija y el carpintero.

El señor Marqués de Sotomonte no pudo contener su rabia, y con el bastón, de empuñadura de oro, partió en dos la figura de un monaguillo de madera, situada muy cerca de la pila del agua bendita.

Entre los cánticos de las beatas se escuchó un grito estentóreo

-Monseñor, despídase de la donación- y gritó como poseído por el demonio-: tú, Ángela, desde hoy ya no eres mi hija. Te repudio. Desde ahora, los dos pertenecéis a la misma condición social.

Las beatas continuaron cantando, y el padre Francisco comenzó a cantar con todas sus fuerzas también. A los pocos segundos, se unió a ellos la joven esposa y lo mismo hicieron Juan, José y Teresa.

-Vayamos a firmar en el libro -propuso el padre Francisco.

Monseñor se acercó a la sacristía y desde la puerta le espetó.

- ¡Francisco! Mañana mismo puede irse a Zaragoza. En breve tendrá noticias de su Superior.

El párroco apenas vio dos segundos a Monseñor, que desapareció tal y como había aparecido.

-Lo siento padre- le consoló Ángela.

-No tiene importancia. He hecho lo que me ha dictado mi corazón, y mi corazón es de Cristo. Es al único ante quien tengo que rendir cuentas.

Los cuatro amigos le miraron sobrecogidos. Intuyeron que estaban ante un hombre santo.

-¿Qué os parece si nos vamos a celebrarlo al valle de Zuriza?

-Sería el mejor regalo de nuestra boda, padre -respondió Ángela con lágrimas en el rostro.

-¡Pues vayamos!

 


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