Capítulo 31

 

 

Otra herida en el corazón de Charles

 

 

-Disculpadme si no estoy hoy muy centrado en la conversación -dijo Charles nada más sentarse en el café Moka.

-¿Qué te ocurre?-preguntó Xavier.

-Hoy hace años que perdí a mi esposa.

-Lo siento-dijeron a la vez sus dos amigos.

Hubo un silencio, después el científico continuó.

-Los matrimonios deberían pensarlo dos veces antes de separarse. Sinceramente, me pregunto si realmente saben lo que quieren.

-En muchas ocasiones, no-contestó Xavier.

-Nosotros estuvimos casados treinta y cinco años, y ahora me doy cuenta lo feliz que fui al lado de Emily.

-Entonces, fuiste afortunado.

-Sí. Así es. La conocí poco después de terminar la carrera en la universidad.

-Cuéntanos-rogó Francisco.

-Me gustaba salir a tomar un almuerzo rápido en un parquecito que había muy cerca del campus. Me sentaba en un banco, y observaba a algunas parejas que, jugando en el césped, sonreían por cualquier cosa. Me decía "vaya una estupidez que es eso del amor." Sin embargo, en el fondo, sentía envidia por la felicidad que desprendían sus ademanes, sus risas o sus gritos a los cuatro vientos para que todo el mundo supiese que eran felices.

-¡El amor! –exclamó Xavier.

-Y un buen día, la joven más hermosa que había visto en mi vida, y que llevaba un perro muy extraño para mí, me preguntó

-¿Puedo sentarme?

 

-¡Por... favor! –le dije, levantándome como si hubiesen colocado un resorte bajo mis posaderas.

-¿Quieres? –me ofreció unas patatas fritas de una bolsa.

-¡Gracias!

-¿Sabes? Hace muchos días que te observo, aunque tú nunca me has mirado.

Me quedé sorprendido sin saber qué decir.

-Sé que estudias o trabajas en la universidad, pues te veo entrar cuando paseo con mi perro.

Miré con temor al can, chato, feo y de ojos saltones. Ella sonrió.

-No te preocupes. Es un bóxer, uno de los perros más fieles, y con el que los niños pueden jugar mejor.

-¡Quién lo diría!

-Trae la mano.

Con miedo, dejé a Emily tomarla. Tal vez era la última vez que la veía -pensé.

Xavier y el padre Francisco sonrieron.

Ella estrechó con sus dedos blancos y alargados los míos. Yo temblaba de emoción, pues nunca me había tocado una mujer. Me dejé llevar, y mi piel rozó al mismo tiempo la suya así como el suave y blanco pelaje de la parte inferior del cuello del bóxer. Me sentí tan bien, que en aquel momento se unieron en mí, la belleza, la bondad y por así decirlo el encanto del mundo animal.

Ella me miró y me besó en la mejilla. Ni en un sueño podría haber ocurrido de una forma tan hermosa. Sé que parece de película, pero fue la vida real.

-Estaba claro que ella llevaba mucho tiempo observándote -dijo Xavier.

-Así era.

-Cuando se acercó a ti, ya sabía que tenías un gran corazón-añadió Xavier.

-¿Cómo lo podía saber? –preguntó el padre Francisco

-Según me contó después: por mi forma de andar, por la manera en que, en ocasiones, salía del trabajo con los compañeros; por mi comportamiento en la cafetería... Desde aquel día quedé prendado de su amor. Al poco tiempo nos casamos, y tuvimos un niño y una niña, que a veces vienen a verme.

-¿Cómo murió? –preguntó Xavier

-Todos los días me preparaba el desayuno y una bolsita con un sándwich. Me extrañó que una mañana del mes de julio, tal como hoy, no se hubiese levantado como de costumbre. Me acerqué a la cama pensando que se habría dormido, pero la realidad era muy distinta.

-Lo siento-dijo Francisco.

-¿Sabéis? Algunas veces se iba con sus amigas, y al principio me asaltaban los celos, pero desde un día que tardó más de lo habitual, sólo deseé que no le hubiese ocurrido nada. En el fondo de mi alma pensé que aunque hubiese conocido a otro hombre, lo más importante es que viniese a casa sana y salva.

-Sin duda eso era amor de corazón -dijo Xavier

-Así es. Enseguida me di cuenta de que amaba profundamente a mi esposa. Y cuando murió, creí que moriría yo también.

-¿Qué te salvó?

-Tal vez os cause sorpresa, pero creo que fue el recuerdo de la Sábana Santa.

Los dos se miraron.

-Sí. Así es. Recordé la pasión de Jesucristo y la posibilidad de que quizás existía muy cerca de nosotros. Desde ese mismo instante permanecí tranquilo y sereno, y ciertamente muy solo.

 

-¡Da la impresión de que no es casualidad que estemos los tres juntos! –exclamó Francisco.

-Sin duda -se expresó el esoterista-. Algo común nos está uniendo, y yo sinceramente pienso que es Cristo.

Charles y Francisco le miraron, pero no supieron qué decir.

-Yo –añadió Xavier -sigo pensando que nuestras almas han programado esta serie de encuentros y el complemento necesario para exponer por algún medio, tal vez literario, estos aspectos nuevos sobre la vida de Jesús el Cristo. Creo que exponiendo nuestros diferentes puntos de vista podemos llegar a hacer un cuadro más completo de esa aventura divina, de esa vida que "ya está escrita" en cada molécula del ser humano y que en una encarnación o en otra se verá impelido a recorrer por la fuerza de su propio destino o de su evolución, marcada por el dominio del alma sobre los cuerpos.

-¿Quieres decir que al final todos llegaremos a tener una vida más abundante, como decía nuestro Señor?-preguntó el sacerdote.

-Así es. En algunos lugares se dice que Buda fue el último ser humano de otra Humanidad anterior a la nuestra y Cristo el primero en alcanzar un estado de conciencia divina en esta oleada de vida. Él muestra el camino que nos conducirá a la montaña de la calavera, el Gólgota, en el cual deberemos crucificarnos, para renunciar al cuerpo humano, a todo lo terrenal y adquirir la divinidad consciente.

-Me da un poco de miedo-añadió Charles

-Te da temor –continuó Xavier que parecía un pozo de sabiduría- porque intentas comprender algo con tu actual estado de conciencia y vida, pero los acontecimientos externos van avanzando a la par que el desarrollo de nuestro Yo interno. Y no existe el sacrificio sin luz ni gozo. Nunca debemos olvidar que caminamos desde la oscuridad a la luz y de la muerte a la inmortalidad, tal como reza el Gayatri, una conocida plegaria hindú. Y esta frase no es un mero juego de palabras. En realidad nos están indicando que la materia más sutil, encerrada dentro de la oscuridad del cuerpo, llegará un día a ser tan radiactiva que necesariamente deberá expansionarse, y no podrá estar limitada a un cuerpo físico.

-Parecen promesas muy bonitas, pero tienes que comprender, Xavier, que como científico, las veo un poco difíciles de que se cumplan.

-Es natural que pienses así, si no has podido experimentar, o mejor expresado, si no te has dado cuenta de la influencia con que la luz de un alma puede modificar nuestro propio cuerpo-dijo Francisco.

Charles y Xavier le miraron sorprendidos. Al final resultaría que Francisco era un verdadero místico al estilo antiguo, en el sentido de que había experimentado algún aspecto de la realidad divina y trascendente.

-El fuego de un alma es como una especie de ola que entra en nosotros encendiéndonos como si fuésemos la resistencia de una estufa eléctrica. Sé que el término no es excesivamente elegante, pero pienso que un lenguaje poético sería más ambiguo, menos apropiado y no definiría exactamente la entrada de energías externas. Podría decirse que la radioactividad de un alma evolucionada es capaz de modificar nuestra propia materia, induciéndola a la radiactividad.

-Por Dios, padre. Me está dejando helado, aunque debería decir combusto -exclamó el científico.

Xavier miró al sacerdote de aspecto bonachón y gafas circulares. Sus palabras estaban expresando su actual situación. Quizás estaba ante un sacerdote a las puertas de la tercera iniciación. La transfiguración del cuerpo de materia oscura en un cuerpo mucho más luminoso y con una mayor cantidad de partículas radiactivas. Y así terminó la charla de aquel día.

-Hay algo que es totalmente común a todas las grandes religiones-continuó Xavier.

-¿Sí?-preguntó Francisco con gran interés.

-Es la consecución del cuerpo de luz. Algo en lo que todas están de acuerdo: en el nacimiento y transformación del cuerpo físico en un vehículo esplendoroso y refulgente que a su vez le sirve, a quien lo consigue, para alcanzar nuevos estadios de conciencia y sensibilidad.

 

-Está claro que, visto desde esta perspectiva, el sacrificio no es una palabra tan cargada negativamente, tal y como se ha utilizado comúnmente-dijo Charles.

-Así es-continuó Xavier-. Hay un momento en el que un ser humano sabe lo que le espera, que no es nada más ni nada menos que la vida del "Padre en los Cielos". Y que paulatinamente debe primero santificar o hacer radiactivos sus cuerpos y luego descartarlos para poder acceder a conseguir, tal y como decía Cristo, una vida más abundante. Renuncia a un bien por otro bien más preciado y para el que ha trabajado durante muchas encarnaciones. Está "destinado" irremisiblemente a ser "Luz". También es cierto que tiene la absoluta libertad de continuar en mundos de materia más densa.

-Creo que entiendo-dijo Charles-. ¡Ojalá que un día pueda experimentar y constatar, sin lugar a dudas, que las cosas son así!

-Seguro que un día sucederá algo que será, para ti, una prueba irrefutable de que el ser humano es algo más que un cuerpo físico. Probablemente, no lo podrás demostrar a los demás, pero será una confirmación tan rotunda para tu mente y tu corazón, que ya nada podrá detener tu avance hacia otro nivel de conciencia.

 


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