Capítulo 33

 

Un nuevo destino para el

 

sacerdote del corazón de oro

 

 

El joven párroco madrugó como todos los días, pero no fue a pasear. Ordenó con cariño y serenidad todas sus pertenencias. Unos ciento cincuenta libros eran su tesoro más valioso. Los empaquetó en varias cajas y las dejó preparadas para que las recogiera Santi el transportista.

El jueves las llevaría a Zaragoza.

Celebró la misa de las ocho de la mañana y se despidió de sus queridas beatas. Luego visitó a dos enfermos, y se detuvo en medio de la calle más de cuarenta veces. Los fieles le dieron extraordinarias muestras de afecto, respeto y profundo agradecimiento por los años de dedicación.

Entre tantas paradas, hubo una que le impresionó más que las demás, pero como era natural en él, no prestó toda su atención a la información recibida en unos pocos minutos de conversación.

-Hola padre.

-¡Hola! ¡Otro año más de vacaciones!

-Sí, padre, pero éstas son más tristes.

-¿Que te ocurre?

-Mi marido ha tenido un accidente y ya no está con nosotros.

-¡Mi Dios!

-¡Ha sido terrible! Dentro de un mes habría cumplido veintisiete años.

-Lo siento mucho. Creo que era un muchacho excepcional.

-No se imagina usted cuánto.

-Todavía recuerdo el día que nos pronosticó que no ganaríamos y acertó de lleno.

-Sí, a veces veía el futuro. Un día fue a Pau para que le echaran las cartas. Le auguraron que moriría muy joven. Y él, por alguna causa que nunca llegué a comprender, no se lo tomó a broma. A veces decía. "Cada día que vivo es un desafío a la Vida"

Lo cierto es que el sacerdote sólo estaba prestando atención a medias. Bastantes problemas tenía en ese momento como para atender con todos sus sentidos a la conversación. Así es que solamente su subconsciente fue el que escuchó a la joven francesa de Olorón.

-Me decía en ocasiones "Hay muchos como yo", pero aquí estamos, sin hacer nada" No se lo creerá pero me dijo que era un "e.t." (Extra terrestre)

-De verdad que lo siento mucho. Ahora me tengo que ir, pues apenas queda una hora para que salga el autobús.

Y así fue como el joven párroco pasó por alto algo que iba a ser determinante en el devenir de su vida.

-¡Padre! Le llamó de nuevo cuando ya había dado unos pasos.

-¿Sí?

-Él le apreciaba mucho. Siempre decía que tenía un corazón de oro, y que gracias a personas como usted, la Humanidad sobreviviría.

-Gracias.

-¡Ah! –dijo en última instancia la joven viuda.

-¿Sí? –respondió un poco nervioso el sacerdote.

-Me dijo que la Santa Madre Iglesia tenía un tesoro, y que varios de los suyos deberían evitar que fuese quemado por sus propios hijos. ¿Qué cree usted que quería decir?

-¡No sé! Tal vez se refería a algún lugar donde el Comunismo campa a sus anchas -se le ocurrió decir-.

-Ya -contestó la joven viuda, dejando sin respuesta uno de los muchos enigmas que guardaba en su corazón en referencia a su amado y fallecido esposo.

Francisco entró en "su iglesia", se arrodilló ante la imagen de la Inmaculada y dejó que las lágrimas se deslizasen por sus mejillas. La fuerza de amor de su corazón necesitaba desahogarse a través de los lacrimales. No estaba triste, al contrario, es como si las pequeñas perlas fuesen el reflejo de un inmenso amor y sabia compasión.

Y fue entonces cuando ocurrió algo misterioso. En su meditación pensó en Jesucristo. Recordó la escena en la que pidió agua a la mujer de Samaria. Y mientras creía que dominaba el movimiento y posición de las figuras, la cara del Maestro de Maestros se volvió y le miró a los ojos. Fue un segundo. La imagen se había independizado de su propia voluntad. La cara de Jesucristo era como la superposición alternativa de dos rostros, uno de cabello rubio y ojos azules y otro de cabello moreno con ojos oscuros. Este último se parecía al joven francés, y dedujo que había emergido a causa de la conversación anterior.

 

Se sentó en el autobús. Permanecía en un extraño éxtasis que terminó cuando pasaron cerca de los Mallos de Riglos. La luz se estaba ocultando detrás de las montañas occidentales. Los macizos de color de terracota se estilizaban, orgullosos y esbeltos, recordando los millones de años que llevaban en ese lugar, y que eran un simple suspiro en la Eternidad del Tiempo sin Tiempo.

 


wigs for women wig types short wigs for black women human hair wigs for white women paula young wigs best wig types wig types < /div>