Capítulo 35

 

 

En un barrio marginal (I)

 

Cuando el padre Sauras llegó castigado al barrio de la Pax, con seguridad el más pobre de la ciudad, nunca imaginó que su corazón bebería un inolvidable sorbo de agua de la eterna fuente de la Vida y del Amor.

La iglesia, por no decir el barracón, de color blanco tenía una gran cantidad de pintadas. Cinco de las siete persianas estaban desvencijadas. Gracias a Dios, la campana se mantenía en su lugar, simplemente porque los gamberros no se habían molestado en trepar desde el tejado hasta el minúsculo campanario.

Conforme daba la vuelta a la iglesia pensó cuán bajo había caído el ser humano, o qué mal lo habían hecho sus hermanos eclesiásticos. En comparación, la iglesia románica del pequeño pueblecito del Pirineo, era una inmensa catedral, fiel reflejo de la fe que tenían los hombres hacía ya muchas centurias.

Francisco todavía quedó más impresionado en su corazón cuando fue recibido por varios gitanillos que estaban jugando junto a la puerta de la iglesia. Su tez morena, su extremada delgadez y los hilillos de mocos tocando los labios, le produjeron un profundo sentimiento de compasión que anegó todo su ser, haciéndole estremecer hasta lo más profundo de su alma. Experimentó al mismo tiempo que una tremenda pena, una preclara certeza de que él estaba hecho para ayudar a los demás en esta vida.

-¡Hola! –saludó a los niños.

-¡Hola! –contestaron sorprendidos.

-Soy el nuevo cura.

Los niños se quedaron sin saber qué decir, y se fueron corriendo.

-¡Parece que han visto al mismo diablo! ¡Espero que no hagan lo mismo los demás feligreses!

El padre Francisco se rió por la pequeña veta de humor negro que todavía era capaz de extraer de las situaciones más insólitas y desfavorables, introdujo la llave en el portón y entró en la capilla.

Y todo lo esquilmada que parecía por fuera, contrastaba con limpieza, sencillez y belleza de sus bancos, suelo y paredes.

Se arrodilló ante una imagen de Cristo, de formas poliédricas multicolores y entró en la pequeña sacristía. Los armarios eran escasos, pero estaban impresionantemente abrillantados. Encima de una mesa había un jarrón con dos rosas blancas y unos tallos de hiedra verde brillante. Había una nota apoyada en el florero:

"Las colaboradoras catequistas le dan la bienvenida"

 

Varias lágrimas, inesperadas, rebosaron de sus profundos ojos oscuros. Por alguna extraña asociación había rememorado a su madre.

Cuando tomó el autobús urbano hacia el Seminario, donde residiría provisionalmente hasta que le asignasen un piso con otros compañeros, se sintió el sacerdote más feliz de la cristiandad.

 


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