Capítulo 36

 

Jesús regresa a la casa de sus padres.

 

 

-Bueno... hoy ya no estamos en Egipto -comenzó la conversación Xavier.

-Qué pena-dijo el padre Francisco. A ver si se calma un poco la situación con los turistas, y me voy allí unos días.

-Tendrás que ir pronto. Un día de estos se llevan las pirámides-bromeó Xavier.

-No me extrañaría. Seguro que con cuatro camiones y varias cuerdas se llevan las piedras.

Charles y Xavier sonrieron. Ellos habían estado junto a las pirámides. Xavier había entrado en la cámara a la que accedían los turistas, Charles por el contrario no lo hizo en su momento.

Xavier disfrutó con la visita a la gran pirámide, aunque quedó muy decepcionado por el poder telúrico que allí se formaba. Había comprado una potente linterna con luz de xenón; pero no hubo manera de hacerla funcionar. Al llegar al hotel pudo comprobar que lucía con toda su potencia y aun hoy en día funciona perfectamente.

A Charles le dijeron que no merecía la pena pues se entraba agachado por un pequeño túnel y luego se tenía que regresar casi de espaldas. Pero, sí que llegó a tocar una de las piedras de Keops, justo antes de penalizar con cárcel a aquel que se atreviese a ascender por las mismas como si de escaleras se tratase... y ciertamente, eran un poco grandes.

-Jesús -comenzó Xavier- quiso aprovechar su viaje hacia el Este para regresar a Nazaret y estar unos meses con sus padres.

 

El reencuentro fue muy cordial. José y María lloraron por recuperar al hijo perdido; pero él, con el aplomo que había logrado imponer a su personalidad, con el porte de dignidad y su altura corporal, pronto les calmó y pudieron celebrar una fiesta con toda la familia, con sus padres y hermanos. Fue un bello reencuentro, nuevamente todos juntos, aunque había un cierto velo que ninguno se atrevía a descorrer.

El Maestro Jesús estuvo ayudando a sus padres en todos los quehaceres de la casa y de la carpintería, y como era el mayor de los hermanos, los demás acataban sus sugerencias con respeto. Nadie osaba romper el secreto que guardaban en sus corazones y del que José y María, intuían, iban a ser testigos en un futuro más o menos cercano.

Jesús les explicó con todo lujo de detalles su estancia en Egipto y las lecciones que había aprendido de sus monjes instructores. Les habló de la belleza de las pirámides, cubiertas de piedra lisa roja, que según la hora del día semejaban joyas refulgentes, expuestas al sol. También les dijo que cuando llovía había una pequeña desviación de las paredes, y gracias a esta, recogían el agua y la conducían hacia unos aljibes interiores para ser usada en operaciones de limpieza y saneamiento de la piedra.

Sus padres y hermanos escuchaban con gran atención sus relatos, que parecían transportarles hacia regiones más allá de la imaginación.

Transcurrido el breve tiempo de descanso en casa de sus padres, Jesús partió hacia nuevas aventuras. Tenía que estar perfectamente preparado para la misión que se le había encomendado.

Ya había tenido varios encuentros con Cristo, y sabía que cuando llegara el momento, tendría que hacer un tremendo, y a la vez gozoso sacrificio. No le había dado más detalles, pero Jesús era consciente de que tendría que ser para algo muy especial e importante.

-Me ha sorprendido que separes Jesús de Cristo-dijo Charles-. Yo creía que estábamos hablando de una sola persona: Jesucristo.

-Ya-dijo Xavier. Vamos a dejarlo así. En su momento lo comprenderás perfectamente.

-De acuerdo-dijo resignado el científico.

-Jesús quiso acelerar su marcha hacia Damasco, pues, aunque solamente tenía dieciocho años, no podía perder el tiempo y debía seguir aprendiendo y conociendo tradiciones, rituales y una gran diversidad de gentes.

Una vez llegado a Damasco, se encontró con unos monjes vestidos de negro. Le llamó poderosamente la atención la sobriedad de aquellas vestiduras en comparación de las extraordinariamente ricas y lujosas de los egipcios. Aparentaban estar en buen estado de salud y les preguntó por su templo y sus actividades. Entablaron una larga conversación que terminó con una invitación a que traspasase el umbral del templo, también muy parco en decoración.

Sólo ofrecían atravesar aquel umbral si se estaba dispuesto a encontrar a Dios en su interior. Él aceptó el reto.

Le informaron de los requisitos necesarios para pertenecer a su comunidad, conocida como "Orden de los Esenios". Le instruyeron sobre los rituales, las enseñanzas, la obligación de compartir absolutamente todo con la comunidad. Le advirtieron de la imposición del celibato hasta los veinte años y la obligación de casarse en aquel entonces con alguna joven de la región, aunque fuera viuda, procurando tener descendencia después de esa edad.

 

Jesús aceptó gustosamente esas reglas y fue uno más del grupo. Su régimen alimenticio era absolutamente vegetariano. La higiene era un precepto al que se debían dedicar grandes esfuerzos, debido a la escasez del agua y la necesidad de ser traída desde los aljibes de la huerta a los aposentos.

Dedicaban muchas horas al cultivo de todo tipo de hortalizas y frutos regionales. No había árboles exóticos, pues todos los intentos de traerlos habían fracasado. El clima era benigno, pero extremadamente seco.

Jesús utilizó sus profusos conocimientos en carpintería y fabricó gran cantidad de enseres de madera, como marcos de ventanas, tejados, mesas, sillas, armarios, camastros, etc.

 

 En las pláticas diarias, demostró el conocimiento adquirido en el templo de los fariseos y de los egipcios. Había algunas discrepancias respecto al dios al que todos aludían. Para unos, era una entidad de la que nada se sabía ni nada se podía decir. Para otros, ese dios era todo lo que existía como un conjunto único.

Jesús fue imponiendo paulatinamente sus tesis. Al final, todos escuchaban atentamente sus pláticas, llegándole a llamar Maestro de Justicia.

Los esenios también se dedicaban a practicar la caridad con los necesitados, preparaban comidas que regalaban a las gentes que venían a verles por alguna causa o que simplemente pasaban por allí, fueran o no extranjeros. Jesús no tenía problema alguno en servir a aquellas personas. Se sentía a gusto haciendo el bien a todos. La medicina fue también una gran lección a aprender. Los monjes poseían una gran diversidad de ungüentos para sanar heridas, remedios para las roturas de huesos, antídotos contra el veneno de las picaduras de serpientes y escorpiones. Cuando se acercaba la luna llena, los monjes partían a las montañas para recoger todo tipo de hierbas medicinales.

Enseñaron a Jesús y a otros tres monjes nuevos el secreto de las plantas, sus formas, sus propiedades, cómo distinguirlas, cómo recogerlas, etc.

Pasaban tres días deambulando por los montes y se aposentaban en las casas, muy diseminadas entre sí. Las gentes les acogían con mucho gusto, pues por el precio de la comida y de la cama, sabían que podían contar con medicinas para sus dolencias.

Cuando habían concluido el trabajo de recolección de hierbas, regresaban al templo para desarrollar una actividad frenética. Debían limpiar las plantas de tierra e insectos; tenían que cortarlas y ponerlas a secar después de haberlas clasificado por grupos de propiedades. Otros monjes se preocupaban de extraer sus esencias, a base de machacarlas con piedras redondeadas y que luego hervían durante muchas horas. Por fin, las introducían en recipientes, para una perfecta conservación de sus virtudes curativas, y escribían los nombres en tablillas de arcilla para ser fácilmente identificadas.

En cierta ocasión, Jesús vio a un anciano ciego que no podía caminar entre la gente. Tenía una rama de un árbol a guisa de bastón, pero era evidente que la gente no le hacía caso y tropezaban con él. Jesús se le acercó y le preguntó cuál era el origen de su ceguera.

Señor, la luz del sol me ha quemado los ojos y nadie ha sabido curarme. Con el tiempo me he quedado ciego del todo y pobre. Nadie tiene trabajo para un ciego. Tampoco tengo familia, pues todos murieron en el incendio de mi casa debido a una torpeza mía.

Jesús se apiadó de él. Tomó un poco de tierra del camino, la mezcló con saliva y unas hierbas aromáticas que llevaba bajo la túnica. Hizo dos bolitas de barro, las colocó sobre los ojos del invidente, y al cabo de unos minutos se los lavó con agua de su propia bota. El ciego pudo ver nuevamente.

El buen hombre gritaba ¡veo, veo! Jesús se fue rápidamente de allí, pues no quería ser reconocido como monje milagrero. Su hora aún no era llegada.

 

A los veinte años le preguntaron si estaba dispuesto a seguir en la orden, a lo que Jesús contestó afirmativamente. Era un lugar en el que se encontraba como en su propia casa, y estaba aprendiendo mucho de aquel tipo de vida.

Jesús ya se imaginaba cual iba a ser la pregunta clave de aquella conversación y cuando le interrogaron si había conocido a alguna chica que quisiera ser compañera suya, dijo que no. Pero si era una norma, la buscaría en corto plazo.

A la mañana siguiente, iba paseando por el campo cuando una bella muchacha llamó su atención. Tenía un porte elegante y no parecía ser de aquella comarca, pues siendo la gente más bien de tipo fuerte y enjuto, ella era fina y grácil. El cabello negro y largo aparecía brillante bajo los rayos del sol.

Jesús se aproximó a ella y la saludó. Por el acento comprendió que era originaria de Israel. Estuvieron hablando de sus respectivas vidas. La mujer le confesó que no tenía familia, y, repudiada por los suyos, había optado por probar fortuna en Siria, a pocas jornadas de su casa.

Como sea que parecían predestinados por la vida a unirse, le propuso que fuera su esposa, aunque no su compañera, ya que en la regla de los esenios las esposas son ideales para completar la formación de los monjes, pero no podían unirse en los rituales ni vivir en el monasterio.

Optaron por alquilar una vivienda cercana en la que poder conocerse y convivir cuando no hubiera trabajos comunitarios, aunque Jesús había conseguido dispensa momentánea debido a su nuevo estado civil.

-¡No sé qué decirte Xavier! -exclamó el padre Francisco.

-¿Sobre lo último que he dicho?

-Así es. Nunca me había planteado que Jesús hubiese tenido una esposa.

 Pintura de Olsen

 -Hay muchos detalles sobre su vida que no se han narrado en los evangelios.

-No tengo una opinión formada al respecto, y no puedo alegar nada. Solamente escuchar. Por otro lado, tengo que reconocer que me encanta pensar en la posibilidad de que fuese así. El amor entre hombres y mujeres puede ser algo maravilloso.

-Así es, Francisco. Casi se podría decir que es la fuerza más grande que mueve a la Humanidad.

-Sin duda.

-Yo también lo creo -aseveró Charles-. Se aprecia todavía más la grandeza del amor, cuando se ha perdido a la compañera de toda una vida. Hay momentos en los que un torrente imparable de lágrimas riega los lugares por donde solíamos pasear. Y nos hacemos algunos reproches: si hubiese hecho tal cosa; si le hubiese dicho más veces que la amaba...si...

Extrañamente, el padre Francisco se sumió en un profundo silencio, y una lágrima se deslizó sobre su rostro. Sus dos amigos lo percibieron, pero, prudentemente, obviaron el detalle y desviaron la conversación. Más de una vez, a lo largo de la semana, se preguntó Xavier qué insondable y recóndito misterio había detrás de aquella actitud de su amigo Francisco.

-Estoy preparando un pequeño resumen sobre el cuerpo etérico-dijo Xavier- si os parece os lo traigo la próxima semana.

-De acuerdo-dijo sonriendo ladinamente Charles.

-¿Por qué te ríes?

-No, por nada-continuaba con la sonrisa.

-Es que le encanta tu lenguaje-dijo Francisco, también sonriendo

-Bueno, ¿Sí o no?

-No te acalores Sahib -siguió Charles.

-Entonces no lo traigo-contestó como un niño Xavier.

Charles se acercó a Xavier y poniendo la mano en el hombro le dijo

-Qué poco sentido del humor tienes

-Disculpa, es que a veces esa sonrisa guasona me desanima.

-Venga Xavier -no seas tonto, pareces un niño

El padre Francisco también colocó su brazo encima del otro hombro del esoterista.

Hacemos una cosa-continuó el sacerdote.

-¿Sí?

-Echamos una carrera hasta aquel kiosco. Y el que gane, decide.

-De acuerdo -contestó Xavier con el rostro un tanto reticente.

-Eso no vale-protestó Charles-, yo soy el más viejo con mucha diferencia.

-Ya -le contestó Xavier con fina ironía-pero tú eres americano, y los americanos siempre ganan en las olimpiadas.

-¡Ah! Es verdad. Se me había olvidado.

-Cuento tres y salimos a la carrera-dijo Francisco.

-Una...dos...tres...

El padre Francisco se lanzó a correr y ya nadie le alcanzó. Cuando sus amigos llegaron al kiosco vieron la sonrisa de un muchacho en el sacerdote del corazón de oro.

-Bueno...decido yo. Y me encantaría que Xavier nos hablase sobre el cuerpo etérico.

-Vale-dijo Charles, pero otro día os desarrollaré matemáticamente en la mesa de la cafetería las ecuaciones de Maxwell...o de... Schorödinger...y hasta que no las entendáis no nos vamos a casa, aunque se haga de noche.

-¡Si no hay más remedio!-exclamó el cura.

 


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