Capítulo 37

 

En un barrio marginal (II)

 

 

El padre Francisco llegaba justo a tiempo para la misa dominical. Creía que el autobús pasaría a su hora y se había demorado cerca de veinte minutos. Parecía que "la tartana" se dormía por el camino. Instintivamente empujaba con su mente al autobús para que subiese la cuesta desde el canal al promontorio, donde estaba ubicado el barrio. Para más "inri", un equipo juvenil de fútbol se desataba en gritos con gran algarabía. Por momentos se reía de sus bromas y otros él se ponía nervioso, porque dudaba si llegaría a tiempo, así que optó por rezar a su amada Virgen con todo el recogimiento que fue capaz de conseguir.

Era su primera misa en el barrio. Tampoco sabía si habría dos, tres o cuarenta feligreses. Podía haber preguntado a Luis, su predecesor, pero, sencillamente, no se le había ocurrido.

Los quince chavales salieron disparados del autobús y luego descendió él. Para no dar la vuelta por la calle asfaltada, cruzó un solar cubierto de piedras y hierbas, a riesgo de mancharse los zapatos en alguno de los charcos, regalo de las últimas tormentas.

El sermón le bullía en la cabeza, así es que cuando se tropezó con un Mini 1965 aparcado a unos metros de la iglesia, un escalofrío le recorrió la columna al pensar que se había equivocado de parroquia.

-Vamos padre - le dijo una de las catequistas sacándole de su atolondramiento momentáneo-. Faltan diez minutos.

-Lo siento. El autobús...

-No se preocupe. Ya estamos acostumbradas. A este barrio, a veces, no llega ni la luz. Le presento: Ana, Cristina, Carmen... y yo Juliette.

-Gracias por las rosas. Fue un hermoso detalle.

-Tenemos que cuidarle, padre, para que no se vaya a otra parroquia.

Sauras sonrió.

-No se preocupen, creo que estaré mucho tiempo entre ustedes.

-Estupendo. Ya verá cómo al final le gusta este barrio. Es gente sencilla.

El padre Francisco miró a los ojos de aquella mujer que rozaba los sesenta años. Eran grandes, negros y profundos. Unas finas arrugas embellecían el terso y blanquecino rostro. Tenía el cabello cortado al estilo masculino, y lucía en los lóbulos de sus orejas dos perlas de tamaño medio engarzadas con unos diminutos brillantes.

Juliette creyó saber desde el primer instante a quien tenía delante. Mirada risueña...soñadora... un tanto mal afeitado y uno de los cordones de los zapatos sin atar...

-Vamos, padre, que es la hora –avisó la más "joven" de las catequistas, Carmen.

-Cuando el padre Francisco entró en la capilla, todos los feligreses se volvieron para verle. Inclinó varias veces la cabeza, saludando y correspondiendo a sus miradas mientras caminaba rápidamente hacia la sacristía...

 

 


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