Capítulo 39

 

Jesús en Damasco, Bagdad y Bizancio

 

 

Cada día que transcurría, la unión de los tres amigos se hacía más fuerte. Xavier y el padre Francisco sentían perfectamente cómo el centro cardíaco o punto de energía que subyace a la altura del corazón, pero detrás de la columna vertebral, vibraba intensamente. Charles no percibía esos sutiles cambios en su cuerpo etérico, lo que no quería decir que no existiesen. De hecho una de las técnicas más normales para el desarrollo espiritual se podría definir como el suave bombardeo con partículas amorosas que llegan hasta un centro relativamente inactivo. Con el tiempo, esa continua presión ejercida invisiblemente, ayuda a entrar en actividad el centro que no vibra tan exitosamente, como es de esperar, para el cumplimiento de un propósito determinado.

Los tres corazones, o mejor expresado, los tres centros cardíacos estaban siendo reforzados una y otra vez que se reunían para un fin común. Esta unión ya existía desde hacía mucho tiempo en el plano del alma, pero ahora estaba llegando a su cenit de intensidad etérica. A la vez, sus centros coronarios comenzaban a vibrar de manera parecida en algunos momentos determinados y ello propiciaba otro punto de comunicación desde sus almas.

 

 Una vez establecido este triángulo de energía, probablemente derivaría en una afluencia mucho más intensa de energía proveniente de la Jerarquía, a través de Cristo y pudiera ocurrir también otro pequeño milagro: la afluencia de la energía de la Voluntad, desde Shamballa, desde nuestro amado, aunque totalmente desconocido, Sanat Kumara.

Tres seres humanos en su cuerpo físico son en realidad poca cosa. Pero tres almas implicadas en un mismo y sincero objetivo, podían ser objeto de estimulación por parte de los grandes Seres, y ello sí que podía comenzar a ser muy interesante y conducente hacia una expresión en el plano etérico de las fuerzas espirituales.

 Ellos no se daban cuenta, pero los asistentes a sus reuniones se iban incrementando, pues algunos ángeles, espíritus de hombres durmientes, así como espíritus de hombres despiertos, acudían atraídos por el fulgor de sus cuerpos espirituales, mentales y físicos.

Y Xavier desgranó tranquilamente nuevos misterios ocurridos apenas hacía dos mil años, que si se tiene en cuenta la edad desde que Sanat Kumara, así como los Señores de la Llama encarnaron en cuerpo etérico en la Tierra, hace algo más de dieciocho millones de años... se podría decir que en realidad pertenecían a su misma época. Y la prueba es que las ondas que se generaron hace dos milenios permanecen en nuestro siglo actual. Es decir, que el acontecimiento completo está ocurriendo todavía.

-Jesús, después de haber convivido, con los monjes durante unos cuatro años, fue invitado a fundar un nuevo monasterio en Bagdad y seguidamente en Bizancio, ciudad que se llamaría más tarde Constantinopla y Estambul. Le aseguraron que estaba sobradamente instruido, que había aprendido todo lo relacionado con las hierbas medicinales y su preparación. Se había adaptado perfectamente a la vida monacal compaginándola con su vida familiar.

Su compañera, cuyo nombre era María Magdalena estaba embarazada de tres meses por lo que optaron emprender viaje a Bagdad sin mayor dilación. Sus pertenencias eran muy exiguas por lo que el viaje era su único inconveniente.

-Los ojos del padre Francisco brillaron, cuando le fue confirmado que su amado Maestro había conocido el amor físico.

-Fue algo pesado y lento –continuó Xavier-, pero con los poderes de Jesús, que ya controlaba perfectamente, las cosas parecían más fáciles.

En las afueras de Bagdad, aparecieron las enormes puertas al lado del río, testimonio de una vieja civilización. Prolongaron un día más el viaje hasta que llegaron al núcleo de aquella ciudad tan grande. Pagaron su viaje a los camelleros con tres monedas de oro, y pasearon por el centro de la ciudad. Había mucha gente en las calles. El gran mercado o bazar, estaba lleno de verduras de todo tipo. Había animales en venta, joyas, alfombras, perfumes de muchas clases. Era un nuevo encuentro con una sociedad evolucionada y bien organizada. Su túnica negra llamó poderosamente la atención de algunos personas, y los más curiosos les siguieron en su deambular.

Un tullido lo estaba pasando mal, pues unos mozalbetes le insultaban y mofaban de su desgracia. Jesús reprendió a los niños, aunque se notaba que el dialecto suyo difería del de los lugareños, por lo que pronto estuvieron rodeados de más curiosos.

Se preguntaban cómo un forastero iba a dar lecciones de comportamiento a unos niños nativos y a sus conciudadanos.

Jesús rogó silencio. Su figura negra y también su enorme estatura pusieron orden en la multitud. Colocó sus manos en el cuerpo del tullido e inmediatamente recobró sus fuerzas, su agilidad... y se postró a los pies de Jesús. Le preguntó si quería ser ayudante suyo, cuando hubiera encontrado el lugar ideal para fundar una orden monacal allí.

Fueron varios los que alzaron sus manos ante tal ruego. Todos querían formar parte de aquel grupo de monjes, y se ofrecieron para cultivar la huerta, buscar hierbas y aprender a recolectarlas. Encontraron en las afueras de Bagdad, a orillas del gran río, un enorme edificio en el que se habían alojado los soldados hacía algunos años, y que ahora estaba deshabitado. Entre todos pudieron rehabilitarlo y convertirlo en un lugar de enseñanzas de todo tipo.

Las reglas de la comunidad fueron rápidamente implantadas. Enseguida practicaron la virtud de la caridad, la ciencia de la curación, la enseñanza de textos sagrados, de ética ciudadana, de lectura, escritura, así como algunas nociones de matemáticas y astronomía. Fue en este punto en el que Jesús se llevó una sorpresa, pues pudo constatar que en aquel país, la mencionada ciencia estaba muy desarrollada. Daba la impresión de que estaba muy ligada a lo aprendido en Egipto. Muy pronto la nueva comunidad contaba con más de ochenta monjes, voluntarios para esas tareas, y totalmente identificados con la meta propuesta.

María Magdalena ya había dado a luz a un niño hermoso. Todo había ido bien, Jesús no tuvo que preocuparse, sabía que su ángel seguía acompañando sus pasos.

Como sea que había impartido y compartido sus conocimientos con los más veteranos, comprendió que ya podía dejarles al cargo de la congregación, y partió hacia Bizancio, enviando un mensaje al Hermano Mayor de Damasco. Le informaba acerca del enorme progreso de la comunidad en Bagdad y de su marcha hacia Turquía.

María Magdalena quedó cuidando del niño y se despidió de su amado esposo con lágrimas en los ojos. Jesús le dijo que en cuanto tuviera en marcha un nuevo monasterio allí, volvería para llevarla consigo a Jerusalén.

 

El Maestro quedó prendado de la belleza de Bizancio. Entraba en contacto con una civilización que contaba con milenios de antigüedad, y que hervía de vida humana. Sus estrechas calles, ora hacia el mar, ora hacia la montaña, estaban jalonadas de mercadillos en los que se ofrecían productos de todo tipo. Había sido una colonia griega, de vital importancia estratégica, desde la que se dominaba toda la navegación marítima entre África (Egipto, especialmente), Asía Menor y Europa). Su importancia era extraordinaria, y cada vez que el poder de los reyes pasaba de unas manos a otras, la ciudad pagaba tributos o simplemente pertenecía a quien detentaba la influencia en la región. De esta forma, perteneció a los atenienses, a los espartanos, a los macedonios (Alejandro Magno), y en la época de Jesús, era una colonia Romana. Así pues, se podía decir que era una ciudad cosmopolita, con influencias de todas las regiones circundantes.

Pronto pudo organizar un grupo de monjes que siguieron sus pasos. Verdaderamente había tenido suerte y se preguntaba si es que simplemente estaban esperando a que alguien como él apareciera en sus vidas.

Bizancio le encantaba. Era un lugar perfecto para pasear y contemplar las puestas de sol y los amaneceres. Igual que en Egipto, continuaba practicando la meditación matutina antes de la salida del sol. Las abluciones, las meditaciones y las marchas en búsqueda de gentes necesitadas, era una constante en sus tareas diarias.

Acogían a los heridos, enfermos, fugitivos, desheredados y a todos ellos, ofrecían un techo, unas palabras de consuelo que reconfortaban sus cuerpos heridos y sus corazones solitarios. Finalmente, habían encontrado amor y comprensión.

Jesús estaba contento por poder ayudar a tanta gente, mucho más por haber logrado un valioso puñado de idealistas, prestos a servir y sanar a los demás.

 Habían transcurrido más de tres años desde que dejara Bagdad. Decidió regresar para retomar sus obligaciones como padre y monje. Y después de haberse asegurado que un monje del monasterio de Damasco y otros dos lugareños continuaran al frente de la orden de los Esenios en aquellas lejanas tierras, partió hacia el encuentro de su compañera María Magdalena y de su hijo Josefo.

 

 


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