Capítulo 40

 

En un barrio marginal (III)

 

 

El Mini-1965 tenía suficiente fuerza para llevar a las cuatro mujeres y al sacerdote por un camino de tierra que conducía hacia la huerta, en las afueras de la ciudad.

En varios minutos recorrieron los escasos kilómetros que separaban la parroquia de una finca que había heredado Juliette de su esposo.

-¡Qué tranquilo está todo por aquí! –exclamó Francisco.

-Sí, dijo Carmen. A la vuelta podemos parar a coger unos higos.

Las tres amigas se echaron a reír al mismo tiempo.

El padre Francisco rió contagiado por tanta alegría, pero estaba claro que no sabía el motivo de tanta risa.

-El verano pasado -explicó Anita-, eran las nueve de la noche. Ya estaba oscureciendo y regresábamos de la finca. No se nos ocurrió otra cosa que detener el coche, bajar y ponernos a coger higos como locas. Carmen parecía estar poseída por las brevas...

-¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! –volvieron a reír las cuatro.

-Disculpe padre, es que fue muy gracioso-dijo Cristina.

-Como le decía -continuó Anita-, Carmen cogía con una mano los higos, y con la otra sostenía una pequeña cesta. Entonces notó que algo rasposo le hacía cosquillas en el brazo.

-¡Estate quieta!- gritó Carmen a Cristina, pensando que era ella la que le tocaba el brazo.

Nosotras nos volvimos a mirar y casi se nos hiela la sangre. Carmen dejó de coger higos, y descubrió que una vaca asomaba la cabeza entre unas ramas y la estaba lamiendo la mano.

-No vea, padre- terminó de contar Anita-, cómo Carmen tiró la cesta, volaron los higos, nos metimos en el coche, y arrancamos como alma que se lleva el diablo...con perdón.

Las cuatro amigas volvieron a reír hasta que el Mini se detuvo delante de una verja de hierro.

 

Carmen tomó la llave que le dio Juliette y abrió la puerta. El automóvil atravesó una bella plazoleta empedrada con cantos rodados, y que recordaba un patio interior castellano. Aparcó junto a la puerta de madera de uno de los caserones que se observaban en la "quinta de recreo".

-¡Qué maravilla! –exclamó el sacerdote.

-¿Le gusta, padre?

-Ya lo creo. El muro de piedra, la verja, los cipreses...y...una fuente... ¡Hay una fuente con un banco!

Juliette sonrió.

Allí nos sentábamos muchos días mi marido y yo. A veces veníamos con algunos amigos, y disfrutábamos de agradables y largas conversaciones, aprovechando el fresco que nos regalaba la fuente en las calurosas noches de verano.

Tras una breve pausa, propuso la anfitriona... -Se me ocurre... que si tiene tiempo, después de enseñarle la finca, podríamos merendar una rica tortilla y abundante ensalada.

-¡Eso sería maravilloso! –Exclamó Francisco como si fuese un niño pequeño- En Ansó, mi madre y yo cenábamos lo mismo...-el sacerdote dejó escapar unas lágrimas.

-¡Lo siento, padre! – Se disculpó Juliette tomándole del brazo como si se tratase de su propio hijo-

-Discúlpenme a mí. Me he emocionado por un segundo.

Juliette miró a los ojos de Francisco. Y fue en ese preciso instante cuando sus almas, asomándose desde la profundidad de los mundos espirituales, se reconocieron.

En unas décimas de segundo brotó la eterna chispa del amor, compuesta por múltiples facetas: amor de madre e hijo, amor de hijos que habían perdido a su madre, amor de esposa que había visto desaparecer de la vida a su esposo, amor de un sacerdote por sus fieles; amor de unas almas que suspiraban por el contacto con el mundo espiritual...

 ...Toda clase de amor que los humanos han conocido a lo largo de tantas y tantas encarnaciones, y que constituye la verdadera esencia del mismo.

En tan enorme regalo que Dios había depositado en cada corazón humano, también se podía incluir el sacrificio de los padres para con sus hijos, las noches en vela de una madre al cuidado de sus niños enfermos; los días terribles en los que no había nada que llevar a la boca de su familia; la profunda compasión del padre Francisco por sus "niños" más desvalidos; el anhelo por proporcionar una cultura que liberara a las almas de la esclavitud de la ignorancia...

En definitiva, la esencia del corazón humano, que se expande en ondas de Amor hacia los confines del universo, atravesando todo lo que encuentra de camino al Corazón del Sol, donde habitan los Ángeles Solares, donde tienen su residencia la multitud de Maestros que han dejado atrás la etapa humana en su paso por la Tierra... ese espacio denominado el reino de las almas... la Jerarquía Planetaria.

 


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