Capítulo 41

 

La hora se va acercando

 

 

-La semana pasada me quedé pensativo-comenzó el padre Francisco.

-¿Porqué? –preguntó Xavier.

-Se me hizo curioso el hecho de que Bizancio, muchos años después de la instauración monacal de los esenios, y ya conocida como Constantinopla, fuese un lugar tan apreciado para el Cristianismo.

-Es cierto -no me había dado cuenta de esa relación.

-Bueno, es una apreciación de una persona que no es experto en historia, pero he pensado que parecía interesante.

-Tal vez no te falte razón -dijo Xavier. Muchas veces no reparamos en la labor tan inmensa que pueden llevar a cabo un pequeño grupo de hombres que coinciden en un punto geográfico. De hecho, he leído a algún escritor que indicando que la sabiduría del mismísimo Platón apenas era conocida por cien personas de su época... o del propio Tales de Mileto, que a pesar de sus descubrimientos en física, sus teorías matemáticas o astronómicas, apenas si era conocido fuera de su región.

-A veces olvidamos el mundo en el que vivimos-añadió Charles- Todas las ciudades están instantáneamente informadas a través de los actuales medios de comunicación.

-Me imagino a Jesús en aquella época. Hablaría con unos y con otros; pero según han descubierto los antropólogos, esas conversaciones no durarían más de cinco minutos, pues no podían mantener el hilo de las conversaciones. Muchos admirarían su sabiduría, pero al poco tiempo se olvidarían de la conversación mantenida. Solamente unos cuantos comprenderían su mensaje. Y está claro que ninguno completamente, pues aunque un sabio tenga acceso a los planos espirituales, cuando regresa a este mundo, se encuentra con tremendas limitaciones. Apenas puede expresar lo que ha visto, a riesgo de que le tilden de loco.

-¿Crees que Jesucristo fracasó con su mensaje de amor?- Charles frunció el ceño y preguntó.

-No –respondió Francisco-. Creo más bien que ha sido la humanidad la que ha fracasado en reconocerlo y aplicarlo.

-Los milagros -añadió Charles-, probablemente, tampoco causaron un profundo cambio en las mentalidades, pues podrían pensar que era un gran mago, y a las pocas horas seguirían dando rienda suelta a sus antiguos hábitos.

-Está claro, pues –continuó Francisco-, que Jesús pudo influir allí en Bizancio a un escaso grupo de monjes, y sólo a unos pocos entre ellos pudo transmitir la fuerza de su alma. Sin embargo...

-¿Si? –preguntaron intrigados Xavier y Charles.

-Sin embargo... disculpadme si digo algo extraño...

-Di, por favor.

-En mi opinión, y por lo que puedo saber por mí mismo, creo que Jesus tenía un poder mucho más grande del que aparentaban sus relaciones.

-¿Sí?

-Pienso que el Maestro Jesús era ya un gran iniciado, tal y como nos ha contado Xavier, de su estancia en Egipto, y era capaz de establecer contacto con el corazón y la mente de las personas que se acercaban a él. De tal manera que, a través de su corazón, de sus ríos de luz y amor, unificaba los corazones y las mentes de sus discípulos y de esa forma les podía revitalizar en el sentido espiritual y físico.

-¡Uao! –Exclamó Xavier- creo que has dado en el clavo. Pienso que has expresado una de las grandes claves del mundo espiritual "Todo en Todo"

-Tal vez... dijo Francisco- estaba formando el Reino de Dios. Quizás... mantenía fuertemente enlazados con su propio corazón a un centenar de personas que vibraban de una forma parecida y ésa era la verdadera energía potencial...

-Parece que estamos hablando de cohesión atómica o de la aplicación de las leyes de atracción y repulsión -añadió el científico.

-Bueno... ahí lo dejo...por favor, Xavier, continua con tu relato.

-Cuando Jesús llegó de las lejanas tierras de Bizancio, comprobó que el monasterio de Bagdad estaba bien cuidado, que su hijo era un niño precioso de cuatro años, y que María Magdalena seguía siendo una bella mujer. Agradeció al cielo su buena suerte.

Jesús quiso aprovechar las circunstancias favorables por las que transcurría la comunidad y visitó más detenidamente la enorme y bella ciudad, así como hacer una pequeña incursión, con María Magdalena y el niño, a la ciudad de las palmeras azules. Pudieron contemplar los jardines colgantes o jardines de una especie rara de palmeras azules. Era un paraje maravilloso. Era la mítica Babilonia.

 

Las viejas construcciones de la fortaleza del Palacio Real, embellecidas con altorrelieves de leones, caballos y algunos animales mitológicos eran imponentes. Los ejércitos enemigos debieron sentir mucho respeto, casi miedo, al tratar de conquistar aquel recinto de color azul oscuro.

Sus muros, de cinco metros de altura, eran infranqueables.

 

En la lejanía se divisaban las ruinas del "proyecto" de la torre de Babel, que uniría el cielo y la tierra.

 Las esfinges asirias eran también enormes, aladas y dispuestas a atemorizar a los que osaran franquear los muros sin permiso real. Estaban custodiadas por monjes guardianes. Jesús obtuvo permiso para visitar aquellos recintos sagrados. En el patio central observó un depósito de unos veinticinco metros de perímetro por uno de altura. Contenía agua para las necesidades del palacio y del templo. En sus paredes de piedra habían esculpido unos altorrelieves con gran maestría artística. Aparecían figuras de soldados y monjes, pero, estos últimos tenían unas formas mitológicas: mitad pez y mitad hombre. Rogó que le explicaran esos símbolos, pero los monjes eran muy reacios a explicar el enigma. Finalmente, uno de los monjes más jóvenes le contó que había una vieja leyenda. En ella se narraba cómo los primeros hombres habían emergido de las aguas del río y habían fundado Bagdad.

Jesús observó que había grandes piedras con unos relieves muy bonitos y también pidió alguna aclaración sobre ello. Habían sido testigos de una larga historia de conquistas y guerras; pero gracias a saber interpretar el paso de los planetas y de las estrellas, siempre salieron victoriosos de sus aventuras. Aprendieron que más allá del transcurrir de las estrellas, más allá de los pensamientos, puede existir la eternidad infinita, hacia adelante y hacia atrás. No existía el tiempo cuando se trasciende la mente, se vive en el eterno presente, en el aquí y ahora.

Jesús comprendía que el tiempo se le echaba encima y habiéndose asegurado de que la orden continuaría en aquella imponente ciudad, partió con María Magdalena y su hijo Josefo hacia Damasco, el monasterio que había sido origen de la orden.

Al verle llegar, el Padre Prior le dio una bienvenida muy cordial. Habían llegado buenas noticias del discurrir de los monasterios fundados por él. Solicitó estar un par de meses con la orden para descansar y proseguir viaje. Petición que le fue concedida con placer por parte de todos los que habían salido a su encuentro.

Después de haberles narrado las maravillas que había visto en tan lejanas tierras, solicitó permiso para retirarse un par de semanas a Maalula. Sentía la necesidad de estar solo durante unos días. Le parecía que aquel pueblo escarpado, sito en la garganta de una montaña y que albergaba una pequeña comunidad de viejos monjes, le serviría como bálsamo ante la dura etapa que tenía por delante.

Los contactos con Cristo se habían incrementado. Le había rogado a Jesús que marchase a Jerusalén, donde recibiría instrucciones concretas para el desarrollo de la nueva etapa.

  María Magdalena se quedó nuevamente sola con su bello Josefo. Sabía que tenía que pagar el precio de mucha soledad al haber aceptado compartir su vida con Jesús, pero lo hacía con gusto, pues era consciente de que se trataba de un hombre muy especial y no le hizo nunca ninguna pregunta a la que pudiera no haber obtenido respuesta. Su prudencia la hacía aún más bella y respetable. Su rostro sereno denotaba mucha sabiduría y entrega a su amado esposo.

Al enterarse de que Jesús nuevamente la dejaba sola, no se alteró ni entristeció. Le besó en la mejilla y alzó a su hijo para que también pudiera recibir las bendiciones y el beso de su padre.

Jesús llegó al pequeño pueblo, tras dos días de marcha. Descansó y meditó largas horas con aquellos benditos monjes, esperando que sus últimos días de estancia en la tierra pudieran ser útiles para algunos habitantes de aquella región, cuya existencia era dura, pero pacífica.

Jesús tuvo muy clara cual había de ser su postura ante la petición que le hacía Cristo. Había decidido renunciar a su yo, a su cuerpo, a su familia, para que Cristo hiciera con él lo que estimara más oportuno. Y si bien, su amado Maestro, no le dijo nada en concreto sobre lo que ocurriría mientras él no estuviese en su cuerpo, su fina intuición le llevó a prever los acontecimientos que pronto ocurrirían.

-Desde luego, Xavier, es difícil creer que pueda existir tal posibilidad.

-¿La de que un alma deje un cuerpo y otra alma distinta lo utilice?-preguntó Francisco.

-Sí. Así es.

-Hay muchos misterios de los que la ciencia, o un razonamiento sensato no puede dar una explicación, pero no quiere decir que no existan.

-Ya...Bueno...continua -dijo con resignación Charles.

-Parecía que había un aura invocadora en todos los lugares que había visitado. No se había percatado hasta ahora, pero dedujo que Jesús actuaba plenamente consciente de la nueva Era, de Piscis, que se iniciaba así como de las poderosas energías entrantes.

-Siempre será para mí un enigma lo de los signos del Zodiaco-dijo Francisco.

-Sí –respondió Xavier-. Tal vez creo que podrías pensar en que es algo similar al cambio originado en cada uno de los hemisferios de la Tierra. Cada doce meses entra la primavera, es Aries el portador de esa energía que hace que toda la naturaleza dormida vuelva al ciclo de actividad y la influencia benéfica de la luz hace que ocurra la eclosión de casi todo el reino vegetal. Los árboles que permanecen dormidos durante unos meses, abren sus hojas al cielo. Las flores surgen imponentes y esplendorosas... Respecto al tránsito del Sol por el cinturón de los doce signos del Zodiaco, ocurre lo mismo, sólo que el bombardeo de partículas es mucho más sutil y difícil de captar por parte de las conciencias humanas de la tierra...

Bien, sigo con el tema que nos tiene fascinados. Jesús descansó unos días más y volvió a emprender viaje hacia Damasco.

 

 

 Allí solicitaría permiso para estar unos meses en Qumrám y ayudar a redactar nuevas reglas para la orden. Normas que pudieran servir para los nuevos tiempos que se avecinaban, en los que primaría el amor y servicio a todos los que se acercaran a pedir ayuda.

Los hermanos mayores de la comunidad esenia acordaron emprender el largo viaje con Jesús. María Magdalena también ayudaría a poner en orden los viejos pergaminos de la orden.

 

En el reglamento indicarían quién podría optar a los hábitos de la orden, qué requisitos deberían cumplirse, qué reglas serían de obligado acatamiento, conveniencia o no del celibato y del matrimonio, duración y frecuencia de los rituales y abluciones. Qué monjes podrían recoger plantas, prepararlas; ejercer de exorcistas y expulsar los malos espíritus. Deberían establecer las condiciones indispensables para ejercer como tesoreros, depositarios, administradores de los fondos... y un largo etcétera que habría que deliberar pausadamente.

 

Llevaban varios siglos funcionando bien, pero la falta de organización les había hecho perder muchas oportunidades de obtener donaciones de forma legal en algunos países, por lo que era necesario hacer un corpus de ley, que fuera aceptado de forma unánime en todos los lugares en los que tenían monasterios.

 Es evidente, por los manuscritos encontrados en Qumrám, que el Maestro de Justicia fue reconocido por su prudencia y sabiduría a la hora de establecer unos valores éticos y de fraternidad, con el principal propósito de que la orden tuviera gran difusión y aceptación en muchos países del medio oriente y también de occidente.

Jesús, habiendo cumplido con su cometido, solicitó las bendiciones de los hermanos mayores y emprendió viaje de regreso a Jerusalén con su esposa e hijo.

En esa vieja ciudad solicitó posada en el monasterio que tienen los esenios. Fue acogido como uno más, siendo rápidamente reconocido por sus dotes de oratoria, curación y administración. Le ofrecieron la abadía principal, lo que no aceptó, alegando que pronto sería llamado por Alguien más elevado que él. Lo que si les rogó es que se hicieran cargo de su esposa e hijo hasta que él regresara, pues no sabía exactamente la duración de su servicio.

Al cabo de unas semanas de reposo en el monasterio, tuvo una nueva entrevista con Cristo. Le preguntó si estaba dispuesto a renunciar a todo lo que era, incluso a su cuerpo, a su familia...

Jesús ya había intuido esa prueba e inmediatamente dijo que sí, que era todo un honor poder prestar toda su ayuda al Maestro de Maestros y de Ángeles.

Entonces Cristo le dijo que se fuera con su familia a su casa de Nazaret, que estuviera allí unos días haciendo una dieta estrictamente vegetariana y cuando recibiera la señal, dejara allí a su esposa e hijo para dirigirse al río Jordán, bajo el monte Tabor, donde le bautizaría Juan el Bautista.

Jesús, María Magdalena y Josefo emprendieron viaje de regreso a su casa en Nazaret. Todos se regocijaron enormemente al verle llegar. José y María conocieron a su nieto Josefo y a María Magdalena. Hubo un rápido reconocimiento de fraternidad entre las dos mujeres. Parecería que hubieran sido amigas de toda la vida, y el pequeño Josefo enseguida encontró esa especial amistad con los hijos de José y de María. Hubo una gran celebración. Debían ofrecer un cordero al templo, pero Jesús les dijo que no era necesario. La feliz estancia con sus familiares tendría una contraparte, quizás amarga, cuando tuviera que abandonar a todos ellos para irse a Betania, a orillas del Jordán.

 


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