Capítulo 42

 

En un barrio marginal (IV)

 

 

-Entonces... ¿preparamos la merienda? –preguntó Anita.

Las cuatro vieron la cara suplicante de su "niño"

-Pues claro-afirmó rotundamente Carmen.

-Venga conmigo, padre. Le enseñaré la finca mientras las más jóvenes hacen los preparativos-dijo Juliette.

Terminaron de atravesar la pequeña plazoleta, así como el alto seto de ciprés que la rodeaba, y accedieron por un camino hasta el principio de un enorme campo.

-¡Cuánto maíz!

-Cerca de veinte hectáreas, padre. Es uno de los campos, de regadío más extensos de la zona. Como seguramente sabrá, la mayoría de familias han fraccionado sus parcelas en pequeños huertos, y aunque todo que se ve desde aquí es el mismo cultivo, sin embargo están divididos por acequias y brazales.

-¡Está precioso!

-Así es padre.

-Parece que ha llovido mucho estas semanas pasadas.

Juliette sonrió.

-¿Por qué se ríe?

-Se ve que no conoce el mundo de los agricultores, y tampoco el "refrán".

-La verdad es que no mucho. He estado en la montaña durante cinco años. Allí, la riqueza son los pastos, los bosques y los ganados.

-Pues un labrador le dirá: "Agua de cielo no quita riego".

-Confieso que no lo sabía- dijo sonriendo el sacerdote.

Caminaron por la margen del campo, a través de un camino vecinal abierto para los tractores y las cosechadoras. Disfrutaron de la alternancia entre el calor y el frescor que producían las enormes matas de maíz. Ambos sintieron que su alma se elevaba por momentos, que vibraba de una manera como nunca les había ocurrido. Bien cierto es que el padre Francisco tenía treinta años y Juliette rondaba los sesenta, pero cuando la mujer tomó el brazo del sacerdote, éste percibió la calidez de su corazón. El alma de la madre que había fallecido hacia unos años. Y ella devolvió el inmenso cariño hacia un hijo que nunca había tenido.

 -Está llorando, padre. Tal vez le ha molestado que le tome del brazo.

El sacerdote se detuvo, miró a Juliette, cogió con inmenso amor sus manos y le dijo.

-He echado mucho de menos a mi madre.

Juliette le volvió a tomar del brazo y continuaron caminando. Pero ya nunca, nada fue igual para ambos. Sus almas, salidas del Reino Espiritual, hacía solo un simple instante respecto a la eternidad de la Vida del universo, se reconocieron y permanecieron unidas durante años.

-¿Sabe padre? –le dijo Juliette, ya de vuelta.

-Dígame Juliette.

-Tengo otra quinta tan grande como ésta muy cerca del mar. Está a unos kilómetros de Barcelona. Algún día iremos a verla.

El sacerdote introdujo la mano en uno de los bolsillos de su chaqueta y extrajo un rosario.

-Deseo que rece mucho con él. Era de mi madre.

 

Y ahora fue Juliette quien se emocionó y no pudo evitar que se escapasen unas lágrimas. Seguidamente se puso de puntillas y besó la frente del padre Francisco.

-¡Mi niño! Rezaré todos los días por ti. Y ahora mismo te digo, que nuestro amado Jesús te tiene reservadas grandes cosas.

-¿Por qué dice eso, Juliette?

-Yo tengo un don. A veces mi alma habla a través de mí. Y ahora mismo lo ha hecho.

-Tal vez se equivoque. Yo... ya ve. Estoy castigado por desobediencia a permanecer en la parroquia más humilde de toda la región.

-No importa. Estoy segura de que así será. Solamente debes de hacer caso a tu corazón, que es tan inocente como el de un niño. Y verás grandes cosas.

-¡Vamos padre! -gritó Carmen. Se enfría la tortilla de patatas.

-A que no me coge, padre – y la viejita echó a correr...

Sauras no podía ser más feliz. Había encontrado una nueva madre en Juliette. Miró al cielo teñido de azul turquesa y susurró

-"Sea tu voluntad"

Luego, cuando ya no podía alcanzar a Juliette, corrió unos metros hasta la puerta de madera. Al fondo había una cocina antigua con un enorme hogar, y el característico y largo banco de madera. A la izquierda había una mesa de madera de pino, y sobre el mantel, cinco platos y una apetitosa tortilla... cómo la que hacía su madre.

-Bendiga la mesa, padre -le rogó María.

-"Bendice Señor estos alimentos que por tu bondad vamos a tomar. Que la Luz de Cristo ilumine por siempre nuestros corazones, y nos muestre el camino del servicio correcto y sabio"

 Las mujeres se quedaron mirando al padre. Era joven y sin embargo, nunca habían conocido a alguien que desprendiese tanta sabiduría.

"Amen" –contestaron automáticamente.

La noche envolvió aquel tranquilo lugar. La luna llena brillaba radiante, y continuaron contando bellas historias en la plazoleta del jardín. Muy en especial Juliette, quien les narró multitud de peripecias acaecidas en sus numerosos viajes por América y Europa.

Y si hubiesen visto con los ojos del alma, se habrían sorprendido al contemplar la multitud de seres angélicos de todos los tamaños y colores que envolvía con profunda paz la alegría de sus corazones.


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