Capítulo 45

 

En un barrio marginal (V)

 

Juliette se arrodilló sobre el reclinatorio de la pequeña capilla de su "palacio" a unos cuarenta y cinco kilómetros al norte de Barcelona. Según había escuchado a su esposo, alguno de sus muros estaba construido con antiguas piedras de la época en que Carlomagno promovió la "marca hispánica" para defender su imperio de las acometidas de los árabes.

En sus manos tenía firmemente sujeto el rosario que le había regalado el padre Sauras, su "amado niño" Francisco. No le cabía ninguna duda de que el nombre del padre era muy sugerente, nombre de santos como San Francisco de Asís y San Francisco Javier. Tenía la absoluta certeza de que se encontraba ante un corazón de oro que brillaba de la misma forma que ellos.

Desgranó con profunda devoción, reflejo del plano búdico, las cuentas del rosario. Estaba en el último tramo de su vida y se sentía en paz y gracia de Dios. Es más, se consideraba una persona inmensamente afortunada. Había vivido cómodamente, viajado por medio mundo, conocido el profundo amor de su esposo, y para ella lo más importante, el amor de Dios. No había necesitado llevar una vida monacal, y viviendo normalmente había encontrado a Dios en su corazón.

Le quedaba un anhelo sin cumplir, haber tenido un hijo, pero en los años que su esposo se había visto obligado a atender, casi con dedicación exclusiva, sus negocios, ella había ayudado a varias parroquias y albergues para necesitados. Siempre se había sentido llena de Gracia de Dios. Era un alma realizada. Ninguna circunstancia le había obligado a ser bondadosa y generosa. Era la natural expresión de su alma. Y ello se reflejaba en la alegría de su corazón y en la claridad de su visión.

Cuando llevaba aproximadamente quince minutos rezando, a través de su ojo espiritual recibió tres flashes diferentes:

Un hombre, más parecido a un ángel que a un humano, de constitución fuerte, cabello rubio y ojos azules, caminaba entre la multitud que se apiñaba en Las Ramblas de Barcelona. Por unas décimas de segundo pensó en su sobrino Jacques...Tuvo la certeza de que era el alma gemela del que tanto le había hablado su sobrino. Pero... había algo más, pues sintió que su corazón era atraído con infinita fuerza por aquella imponente figura, y antes de finalizar la visión se encontró diciendo:

"Amado Maestro, tu voluntad sea hecha, no la mía"

 

Apenas habían transcurrido unos segundos cuando su conciencia fue arrebatada hacia otra visión:

Tres hombres se reunían en una mesa de una cafetería y hablaban. Uno de ellos era su "niño" Francisco, si bien era menos joven.

Respecto al tercer flash los tres hombres y el Maestro de ojos azules caminaban alegres por un valle rodeado de inmensas montañas.

 

Sin embargo, lo que más le impactó fue que acto seguido se encontraba "físicamente" al lado del padre Francisco que estaba arrodillado en un banco de la parroquia.

Se sobresaltó, pues si era cierto que estaba relativamente acostumbrada a cierto tipo de visiones, lo que había sucedido en este último instante, era algo más que una visión.

Al principio, le había parecido que su "niño" estaba físicamente delante de ella y es lo que le causó tanto sobresalto. Pero pronto comprendió que en realidad era ella, su propio espíritu, el que se había desplazado hasta la parroquia en Zaragoza y había contemplado a su niño rezando.

Juliette, sin buscar la gloria de este mundo, había conseguido la esencia de la vida. Lo que algunos ávidos perseguidores del poder anhelan: la ruptura de la limitación espacio-tiempo.

Había visto el futuro, y había trascendido la separación ocasionada por la distancia en el espacio. La separación espacial se anula por la capacidad de la unión de dos mentes que no solamente es que se conecten como puedan hacerlo dos celulares o dos teléfonos móviles, sino que se transfiere energía luminosa y cualificada. Y la separación temporal es trascendida porque en la mente universal, el pasado como memoria residente en entes inmortales, el presente como actualidad y el futuro como proyecto virtual, siendo además la semilla que germinará en el plano físico, ya existen, y aquellas almas que han desarrollado la capacidad de comunicarse entre sí lo pueden ver como un libro abierto.

¿Acaso podía pedir más un alma encarnada en un cuerpo?

Miró la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, los dones otorgados, salió de la capilla y caminó por el extenso promontorio desde el que se contemplaban sus tierras. Un pinar descendía suavemente hasta la orilla del Mar Mediterráneo. El azul se veía salpicado por multitud de puntitos blancos. La brisa acarició sus brazos y el rumor del viento entre las ramas de los árboles cantó una canción para ella.

En su corazón rebosaba la luz de un completo éxtasis.

Entonces recordó al hombre rubio de ojos azules. Tal vez tenía algún parecido con la imagen de su Sagrado Corazón de Jesús, y pensó que de alguna forma, aunque había visto algo, ésta visión estaba compuesta de dos elementos diferentes: la visión en sí misma y la influencia del entorno físico, que sirve de apoyo y soporte, en ocasiones, a la visión del ojo espiritual.

Y mientras respiraba la cálida fragancia de los vetustos pinos, los viejos romeros y los pequeños tomillos, pensó en su "San Francisco del Corazón de Oro". Y, desde su corazón, le envió un rayo de luz dorada.

 No sabía que este último movimiento de su mente era el reflejo exacto del río de fuego y luz color del sol del atardecer que su "niño" le había remitido en esos momentos. Supo también que eran los representantes del sagrado misterio de la unión mística, que tantos y tantos santos habían realizado a lo largo de la historia de la humanidad, sin importar un credo en concreto, sino la capacidad de unión de sus corazones y sus mentes, virtudes independientes de cualquier cultura, raza o civilización.

 

 


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