Capítulo 48

 

El misterio de la unión de dos almas

 

-¿Cómo estás, Francisco? –saludó Juliette cogiendo las manos del sacerdote.

-Yo bien. ¿Y tú, Juliette?

-¿Sabes? –continuó ella tomándole del brazo y comenzando a andar.

-¿Sí?

-El pasado martes, cuando rezaba con devoción el santo Rosario, me llevé un gran susto.

-¿Qué te pasó?

-Tenía fuertemente apretado contra mi pecho el rosario que me regalaste. Y durante unos segundos te vi de rodillas en la iglesia. Durante una décima de segundo creí firmemente que estabas justo frente mío, pero recapacité y comprendí que en realidad, de alguna forma que no puedo comprender, me había desplazado con mi mente hasta donde tú estabas.

-¿A qué hora fue?

-Sobre las ocho de la tarde. Luego salí a contemplar el atardecer.

-Es verdad. El pasado martes no vino nadie a la parroquia, pero yo, como todos los días, procedí a rezar el santo Rosario. Recordé a mi madre, luego a ti, y recé por vosotras dos.

-Gracias, Francisco.

-¿Porqué?

-Por rezar por mí.

-No tiene importancia.

-Sí. Sí que la tiene.

-Te tengo que decir un secreto.

Juliette se paró y le miró a los ojos. Delante veía a un hijo. A un maravilloso hijo que la vida le había otorgado al final de sus días. El padre Sauras miró a aquella mujer mayor, pero no vio a alguien que tenía sesenta años. Recorrió el fondo de su alma y contempló el Amor. El profundo Amor de un ángel, de un ser etéreo que se elevaba hacia el Cielo. Luego continuaron paseando.

-Dime, mi niño.

-Pienso que el mundo necesita avanzar un paso más hacia el Amor.

-¿Sí?

-Creo que soy un sacerdote especial.

-¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Eres muy, muy especial. Eres un santo.

-Bueno, Juliette. Tampoco es para tanto.

-Mi alma así me lo dice, y cuando ella habla, yo callo.

-Durante mucho tiempo, el hecho de no desear a ninguna mujer se me hizo extraño. Yo creía que tal vez estaba enfermo o que no era normal. Cuando acepté el voto de castidad, no me costó nada. Sé que algunos sacerdotes nunca lo pudieron mantener.

-Desgraciadamente para el nombre de nuestra Santa Madre Iglesia, así es.

-Sin embargo, cuando mi madre estuvo enferma, allí en la montaña, aprendí una "nueva" técnica para amar.

-Sí, dime.

-Descubrí que cuando hacía pasar un río de luz y fuego a través de mi corazón y lo enviaba a mi madre, ella lo percibía. -¡Qué hermoso!

-No funciona con cualquiera. Creo que debe de haber una relación muy especial. Tal como la veneración por el alma de la otra persona.

-¿Ves cómo mi alma sabe mucho de ti?

-Eso es porque tu alma es un alma pura y cristalina.

-Sigue, por favor.

-Así pues, el martes, cuando rezaba el santo Rosario, te envié un cálido río de luz que atravesaba tu corazón. Lo teñí con un profundo sentimiento de amor y veneración.

-Entonces fue cuando yo te vi.

-Sí. Es muy probable.

-¿Significa que nuestras almas están unidas?

-Debe ser eso...

Juliette se paró de nuevo. Tomó las manos de su niño y cerrando los ojos acercó las manos del sacerdote a sus labios. Luego las besó.

-Mi amado Francisco, cuando leía a Santa Teresa de Jesús, nunca pensé que encontraría un amor como el que ella sentía por Cristo. Pero ahora, poseo dos tesoros en mi corazón: uno es Dios, el otro es un sacerdote de corazón de oro. Y cuando en mis rezos le veo, no tengo la menor duda de que estoy viendo a un verdadero "hijo de Dios".

-Juliette...

-¿Sí?

-Gracias por tanto amor.

 

Ambos no dijeron nada más. Caminaron hasta los pinares desde donde se divisaba toda la ciudad. La atmósfera estaba muy despejada y ambos miraron hacia los Pirineos. Las lágrimas arrasaron las mejillas de "madre" e "hijo". Un misterio que permanecía oculto entre las montañas uniría todavía más sus almas: "El misterio de los hijos que vienen de las estrellas".

La cálida brisa ascendía desde el extenso valle del río Ebro impregnándose del aroma de los pinos, y ambos supieron que la eternidad es un instante en el que se toca el universo con el corazón.

 

 


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