Capítulo 50

 

El misterio de los hijos de las estrellas

 

 

-Desde el día en el que te conocí, siempre me he preguntado por tu nombre -dijo el padre Sauras a Juliette- mientras vigilaban a unos niños de la parroquia que se bañaban en la piscina de la "Quinta de Juliette", como era conocida en todo el barrio.

-Yo nací en Francia, en una aldea muy cerca de Olorón.

-Pero... ¡No se te nota ningún acento!

-Mis padres eran españoles que se habían visto obligados a pasar la frontera durante la guerra civil.

-Ya.

-Tenía apenas veinte años, me casé con un rico industrial de Barcelona, y cuando él murió, como sea que me dejó en herencia todo su patrimonio, y parte del mismo estaba en Zaragoza, decidí quedarme aquí.

-Siento lo de tu marido.

Juliette necesitó tomar el brazo de Francisco.

-Ya se ha pasado. Fue una etapa. Ahora, solamente tengo puestos los ojos en la eternidad, y más desde que te he conocido. Estoy segura de que la vida nos espera con infinitas sorpresas.

-Por Dios, Juliette. Tienes la facultad de hacerme llorar continuamente.

La dulce señora tomó con fuerza la mano del padre Sauras y continuó.

-Tuve un sobrino.

-¿Ya no vive?

-No. Se fue de este mundo en un accidente de tráfico.

-Es curioso. Recuerdo que cuando estuve en la montaña de párroco, también conocí a un joven francés, Jacques, que tuvo un accidente y era de Olorón.

Juliette miró con sorpresa al padre Francisco.

-¿Cómo era?

-Moreno, ojos oscuros muy grandes, y apenas medía metro y medio. Jugábamos al ajedrez, hablábamos sobre religión y sobre Dios... recuerdo que en una ocasión adivinó el futuro.

 

 

-No cabe la menor duda. Era él. Y hora recuerdo que algunos veranos los pasaba en el Pirineo español, pues su padre era de allí. Yo era tía suya, pero por parte de su madre.

-Aquel chico era especial

-No lo sabes bien-añadió Juliette-. Desde pequeño, fue mi sobrino favorito, y aunque nos veíamos esporádicamente, su madre me contó cosas muy extrañas sobre él.

-¿Sí?

-En el colegio público de Olorón destacó tanto en la academia que el profesor le utilizaba como corrector de exámenes.

-¡No puede ser!

-Sí. Así es. Pero eso fue cuando tenía dieciséis años. Cuando era más pequeño su aptitud para las matemáticas le causó un enorme disgusto.

-Cuenta, por favor.

-En las escuelas públicas, por entonces, había niños de dos años de diferencia o tal vez más en una misma aula. Él, que era el más joven del segundo curso, resolvía los problemas de matemáticas de todos los que se lo pedían, incluso de cursos superiores. Me contó mi hermana que en una ocasión, el profesor se tuvo que ir a un entierro. Así es que puso en la pizarra un problema que, estaba seguro, de que nadie lo resolvería. De esa forma tendría a los alumnos ocupados las dos horas que debía ausentarse.

-¡Qué hábil!

-Sí-sonrió Juliette-. El caso es que cuando regresó el maestro, el problema estaba resuelto en la pizarra y todos los alumnos estaban alborotados, enredando y lanzándose bolitas de papel, además de otras gamberradas.

-¿Y?

-El maestro de escuela se quedó helado, pues era imposible que resolviesen el problema, siendo cómo era de nivel de cuarto curso, al que también impartía clase.

-¡Josplis!

-Sin mediar explicación, el profesor pasó a la clase de los mayores y preguntó quién lo había resuelto. Todos permanecieron mudos. Enfadado, regresó al aula de segundo curso amenazándoles con no salir al recreo hasta que no se presentase quien lo había resuelto.

-¡Tal vez el profesor se sintió herido!

-Así es. Aunque la palabra correcta es humillado.

-¿Y por qué no se sentía contento de que hubiese un niño que fuese capaz de resolver el problema?

-Para un maestro de escuela, así como para un profesor de instituto e incluso un catedrático de universidad es incomprensible que haya un "renacuajo de diez años" que sepa tanto como él.

-Tienes razón no lo había visto así.

-Bien –prosiguió Juliette-. Por fin salió a la palestra mi sobrino Jacques y el maestro le castigó argumentando que había sido el causante de tanto alboroto en la clase.

-¡Dios!

-Pero hubo más. El niño no sabía dónde se metía, y durante toda la semana siguiente hubo una lucha tremenda entre profesor y alumno.

-¿Cómo pudo ser eso?

-El maestro escribía en la pizarra una operación matemática y, casi, antes de terminar de poner la última cifra de la operación, salía Jacques y escribía la solución. Después de varios días de lucha soterrada, el maestro le prohibió salir a la palestra y a partir de entonces le ignoró, como si no existiese.

-¿Y qué sucedió?

-Le ocurrió lo que a muchos niños genios, se aburría en clase siguiendo el ritmo insoportablemente lento de los demás chavales.

-Claro.

-Hubo muchas anécdotas en referencia a mi sobrino.

-¡Madre mía!

-¿Qué pasa?-preguntó Juliette asustada.

-Acabo de recordar algunas de las enigmáticas frases que me dijo su joven esposa cuando me despedía de ella.

-¿Si?

-Para mí, apenas tenían sentido, pero ahora me ha venido una concretamente, clara y nítida "No se lo creerá pero me dijo que era E.T."

Juliette miró a su niño.

-Así es Francisco.

-Pero eso sólo son cuentos chinos-dijo el sacerdote sin creerlo.

-No-dijo la catequista. Eso es una realidad de la que sólo algunos a lo largo de sus vidas se enteran.

-Pero...Juliette. Nunca han existido ni los ovnis ni los extra-terrestres.

-¡Mi niño! Tú no sabes todo sobre la grandeza de Dios y de su Creación.

-Bueno. Una cosa es creer en Dios y otra cosa es creer en los marcianos.

Juliette bajó la voz y habló quedo.

-¿Confías en mí?

-Por supuesto Juliette. Estoy seguro que dejaría mi vida en tus manos.

-Hay milagros que pasan por nuestras vidas y no nos damos cuenta de ellos. Por ejemplo: un accidente que no ha ocurrido, una enfermedad que no ha vencido a la vida del cuerpo, el amor imposible de dos jóvenes y que ha llegado a ser una realidad, un presidente de gobierno que no es asesinado...miles de acontecimientos que en algunas ocasiones tienen una causa fuera del escenario aparente de la vida.

-Creo entenderte.

-Para varias personas de Olorón, la existencia de un niño procedente del espacio exterior, es decir, un hijo de las estrellas, era, más que un cuento, una enorme probabilidad a juzgar por algunas anécdotas.

-Sigue, te escucho.

-Hubo a lo largo de su corta vida hechos que indicaban que teníamos un niño prodigio, pero, puesto que es casi imposible que alguien lo compruebe, si no es por signos externos, y que pueda medirse la capacidad de una mente, nos debemos regir por algunas frases enigmáticas que nos dijo su madre. Ella nos contó que un buen día le vinieron a visitar tres hombres con traje negro. Eran muy extraños. Le preguntaron por su hijo, pero les dijo que estaba estudiando en la Universidad de Pau.

-¡No entiendo qué puede significar eso!

-Disculpa. Ya veo que tú no eres un versado en temas de ovnis.

-No.

-En estos ambientes culturales, todo el mundo ha leído acerca de los hombres de negro. Se les relaciona con apariciones y fenómenos ovni.

 

-¡Ah! Me estás diciendo que su madre, aunque no sabía nada sobre el tema, aportó una prueba de algo que estaba oculto para todo el mundo.

-Así es. Es muy importante que el testimonio sea de alguien que no tiene ni idea de lo que ocurre. Esas palabras extrañas, que para el testigo no tienen el más mínimo sentido, representan una maravillosa y pura fuente de valiosa información.

-Ahora te entiendo. Resulta que, aunque ni yo mismo tenía idea del asunto, era, y soy portador de una información valiosísima.

-Así es. Tú, inmerso en la ignorancia de tales cuestiones, te habías topado de frente con un misterio.

-Entonces... su esposa sabía algo sobre el misterio del "hijo de las estrellas".

-Así es. Ella lo sabía todo.

-Sigue por favor, que esto se está poniendo interesante.

-De niño, ni siquiera él mismo sabía quién era. Su mente era un fuego inmenso capaz de viajar mentalmente, pero desconocía su verdadera esencia. Sin embargo, cuando fue a la Universidad de Pau, encontró a alguien. Unos años mayor que él, de quien dijo a su madre: Somos una misma alma en dos cuerpos.

-¡Que fuerte!

-Su madre era una persona muy callada y respetuosa, y lo guardaba todo en el fondo de su corazón. Ella conocía a su hijo. Y solamente dijo esto cuando murió.

-¡Pobre madre!

-Ya lo creo. Pero tener un hijo así, es a la vez un honor y un inmenso sacrificio, porque ese hijo no pertenece a este mundo.

-Parece que me estás hablando de Jesucristo.

-En cierto modo, así es, salvando las diferencias.

-¿Qué más ocurrió?

-Hay muchas anécdotas de lo que podría denominarse "el humilde paso de un viajero de las estrellas por nuestro mundo" pero en lugar de contar historias que pueden llevar a la incredulidad te haré un regalo.

Juliette tomó del brazo al padre Sauras y le llevó hasta el salón de la casa principal de la finca. Se acercó a una librería. Extrajo un grueso volumen de tapas recias. Se titulaba: Pasaporte a Magonia.

-Antes de mostrarte lo que deseo que leas, te indicaré que hay una diferencia de dos años entre el nacimiento del muchacho y el posterior fenómeno ovni. He pensado mucho sobre ello y he llegado a la conclusión de que hubo un acontecimiento que pudo enlazar un hecho con el otro.

-Me tienes en ascuas.

Juliette sonrió.

-Ahora abre el libro por la página 770 y lee en la línea 55.

"En el mes de mayo de 1942, en la ciudad de Olorón, hubo un avistamiento ovni en tercera fase"

-¿Qué significa?

-Si no me equivoco, pues yo tampoco soy una experta y sólo me he interesado en lo que atañía a mi sobrino, que hubo un avistamiento de ovnis, y dentro del ovni, se distinguieron unas figuras que parecían humanas.

-¡Ah, vale! ¡No parece gran cosa!

-Ya. A ti no te resulta valioso. Sin embargo para mí, sí lo es. Justo en ese mes, mi sobrino se cayó a un canal. Su madre estaba lavando la ropa. Como pudieron, le rescataron. Estuvo cerca de un minuto en el que parecía que no volvería en sí. Y luego comenzó a respirar.

-Tal vez, pero no veo la relación.

-En mi opinión, en aquel instante ocurrió algo muy extraño. Pues si bien los acontecimientos no parecen tener relación, sin embargo, la genialidad de aquel muchacho estaba fuera de su herencia genética. Sus padres eran del todo personas normales.

-Ya-dijo el sacerdote de una forma poco disimulada su incredulidad.

-Bueno. Tú conociste al joven. Te regalo este libro. Es la prueba junto a otras anécdotas de que en verdad existen "los hijos de las estrellas".

No sabía el sacerdote del corazón de oro que aquella era la última vez que vería con vida a Juliette. Sus almas sí que lo sabían. Se acercó a ella, rodeó con sus grandes manos la cabeza de su "Santa Teresita" y besó la frente de su segunda madre, con tanto amor que sus almas se estremecieron.

-Recuerda mis palabras -le dijo Juliette-. Los dos hemos sido muy afortunados. Trabajamos para Cristo y un día verás a más "hijos de las estrellas".

 

-Si le hubiesen dicho al padre Francisco que aquellas solemnes y visionarias palabras se habían grabado a fuego en su corazón, lo habría creído, aunque quedaron exclusivamente guardadas en algún rincón de su memoria.

 


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