TERCERA PARTE

 

Capítulo 55

 

En Olorón

 

 El viejo canfranero apenas tenía fuerzas para ascender desde Jaca a Villanúa. Parecía que en cualquier momento el pequeño tren plateado se detendría en medio de la vía y ya no habría quien pudiese reiniciar su marcha. Sin embargo lo consiguió.

Dejó la montaña de la Espata a la derecha y llegó como pudo a Canfranc.

Desde allí, las catequistas y el padre Francisco tomaron el autobús que les llevó a la villa de Olorón.

En ningún momento sintió Sauras que su amada madre espiritual le había abandonado, hasta que depositaron el ataúd en el panteón donde yacían los restos mortales de su esposo.

En aquel preciso instante sintió cómo una brisa rozaba su cara, y luego... nada más.

Había ocurrido lo mismo que con su madre. Parecía como si a los habitantes del más allá se les permitiese decir un último adiós y confirmar su existencia ultra terrena... y eso fue todo.

 -¿Padre? – le sacó de su profundo mutismo el sacerdote francés.

-¿Si? -Contestó como un autómata.

-¿Puede dedicar unas palabras a nuestra hermana Juliette?

-De acuerdo...

Se quedó pensativo durante un instante, y de uno de los bolsillos de su chaqueta extrajo un papel.

-Me van a permitir que les exprese lo que nuestra Juliette era para mí.

Como brisa de atardecer

perfumaste mi ser.

Y en la fría soledad

dejé de padecer.

Lejano tu cuerpo,

cercana tu alma,

eras un río

de paz y calma.

Señora de dulces ojos

y bella mirada,

con ellos acariciaste

mi mejilla, cada mañana.

Como la luz de un ángel

asomabas a mi ventana.

De rodillas posabas

cual avecilla temprana.

En tu cálido regazo

acogiste a los pobres,

mujeres, niños y hombres

en tu espíritu noble.

Por siempre vivirás

en mi humilde corazón,

en él permanecerás

cual bella canción.

Señora, de dulces ojos

y dorado corazón,

muéstranos el camino

hacia Jesús y su Amor.

Cada palabra del padre Francisco fue una oleada de emoción que embargó a los asistentes.

Y cada verso dejó en su corazón una huella tan profunda, que posiblemente nunca olvidarían aquella tarde.

Alguien le miraba detenidamente mientras recitaba aquellos humildes versos.

Era un hombre alto, rubio y de ojos azules. La melena de color dorado se posaba ligeramente sobre un traje de color azul marino. Sus ojos eran compasivos y penetrantes. Sintió el dolor del padre Sauras como suyo propio, y no pudo evitar tocar con su mano etérica el corazón del sacerdote.

 

Cuando Francisco terminó la lectura, el hombre joven dio media vuelta y regresó por el sendero entre los cipreses hacia la villa.

El sacerdote se volvió instintivamente, sin saber por qué, y únicamente llegó a adivinar una esbelta figura vestida con un traje de color azul.

 

 


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