Capítulo 5

 

El seminarista

 

 

 Las finas gafas doradas de forma circular destacaban sobre su cara redondeada y de aspecto bonachón. El alzacuello blanco, que se adivinaba detrás de un abrigo oscuro y una bufanda de tonos grises, mostraba su seña de identidad. Las comisuras de sus ojos proporcionaban una agradable sensación de paz, alegría y felicidad. Muy lejos quedaban los días en que había iniciado su carrera de sacerdote, y más todavía cuando, ataviado con un pantalón corto y un jersey gris, había acudido por primera vez a la iglesia de su pueblo y, acompañado de su amada madre, había solicitado ser monaguillo.

Al principio, en el Seminario Menor, había sido todo un enreda. Allí donde había una travesura, estaba Francisco. En algunas ocasiones era tan excesivamente alegre y gracioso que los profesores se veían obligados a expulsarle de clase. En otros momentos se encerraba en sí mismo, y no aparecía en la escena diaria hasta que se recuperaba del último aviso del "padre espiritual" para volver a las andadas. En algunas ocasiones se le veía en la oscuridad de la capilla de la Inmaculada Concepción rezando fervorosamente, y al minuto siguiente propinando una buena patada al compañero que le había quitado el balón de manera poco ortodoxa en el campo de fútbol. Para algunos profesores era un vago, y para otros un excelente alumno. Sin embargo, todos intuían que tenía algo en su interior que le hacía destacar. Parecía que su norma de vida era dar una de cal y otra de arena, como le decía su madre. Tal vez se debía a que en ningún momento deseaba que le asignasen un determinado status, un molde que le sujetase o le comprometiese excesivamente. Esta tendencia o peculiaridad era totalmente instintiva a su edad, si bien era un claro indicio de su deseo de libertad interior.

Así transcurrieron sus primeros siete años en el Seminario Menor. A los diecisiete años, justo cuando debía pasar al Seminario Mayor para empezar Teología, tuvo una de las crisis más graves hasta ese momento. Se enamoró de Cristina, una de las chicas más guapas de su pueblo. Estaba dispuesto a dejarlo todo. Trabajaría de oficinista en una entidad financiera, para la que le habían ofrecido el puesto de botones, y luego se casaría con ella - se decía a sí mismo. Pero su ilusión duró hasta el día en que vio a su "amada" cogida del brazo de un joven mayor que él y que hacía la mili. Ni siquiera se había atrevido a declarar a la chica el intenso amor platónico que sentía por ella.

Una vez enfriadas sus ilusiones, comprendió que, en verdad, por quien sentía verdadera devoción era por su señora, la Inmaculada Concepción. Así pues, decidió continuar su carrera de sacerdote y pasó al Seminario Mayor, a las afueras de la ciudad conocida en la antigüedad por Cesaraugusta, la actual Zaragoza.

 


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