Capítulo 6

 

El antakarana o arco iris

 

A nadie le cabe la menor duda de la grandeza de los místicos de todos los tiempos y en todos los lugares de la Tierra. Nadie cuestiona el hecho de que encontraron un camino hacia el mundo espiritual, que algunos denominarían con el nombre más aséptico de "otra dimensión" o "estado alterado de conciencia".

Aprendieron, gracias a sus extraordinarias virtudes y capacidades, a llegar hasta otro nivel.

Ellos diseñaron sus propios sistemas. Más o menos se podría afirmar que se basaron en una vida ascética, de meditación y de contemplación, y arribaron sin necesidad de tener una teoría sobre el acceso a otros mundos.

Se arrodillaban ante un crucifijo, ante la imagen de un santo, de la Virgen, incluso de un árbol, y utilizando oraciones, penitencias, silencios y fe traspasaban el umbral de sus propias limitaciones. No hay duda de que muchos lo conseguían con moderado éxito, y otros finalizaban en el éxtasis de la contemplación de Cristo y en la divina unión con Él.

Percibían perfectamente cómo la luz llenaba su alma, incluso su cuerpo físico, y llegaban a tener perfecta visión. Su conciencia se unía a la de las sagradas conciencias del cielo y accedían a la visión de acontecimientos pasados, presentes y lejanos en el espacio-tiempo. Ellos fueron grandes. Debían tener fe en muchas cosas, y dieron pasos de gigante. A fuerza de visualizar y rezar establecieron una unión con el alma y con el espíritu o "padre en los cielos", y también sintieron la sensación de pérdida y dolor cuando el éxtasis desaparecía.

Durante unos instantes habían llegado a ser vasos llenos de luz y después de varias horas de estancia en el otro mundo regresaban a las penalidades de las pobres condiciones de vida de la gente corriente.

Realmente, habían construido un arco iris hacia más arriba de sus cabezas. Habían tejido con su voluntad, fe y enorme esfuerzo el puente de luz que puede unir el corazón y la mente de un ser humano con la materia más sutil que, justamente encima de nuestras cabezas, constituye el vehículo del alma y de la mónada (alma superior o "padre en los cielos") también conocido como loto de doce pétalos y la joya engarzada en su centro más recóndito. Éste último es el punto atómico donde está anclada la voluntad del supremo Señor de la Tierra.

Podríamos argüir que los místicos de antaño conectaron con el Señor del Mundo, (Dios regente de este Planeta o Logos Planetario, uno de cuyos nombres es Sanat Kumara) a través de un arco iris o materia sutil y luminosa que se crea gracias al pensamiento, unido a la devoción y la voluntad, llamado antakarana en sánscrito.

Probablemente fue de una manera inconsciente, en el sentido en que podemos afirmar que un conductor puede conducir un vehículo sin saber exactamente si el motor es de cuatro o más cilindros.

Posteriormente, gracias a las comunicaciones, Oriente y Occidente intercambiaron sus conocimientos, y los antiguos místicos accedieron a nuevas y desconocidas técnicas para ellos, cómo teorías sobre la constitución del hombre o del Universo. Ello facilitó y mejoró las posibilidades de conexión con "otros mundos" o estados de conciencia más sutiles y su comprensión intelectual.

Podría decirse que los místicos y videntes también vieron la realidad, pero había detalles que no pudieron interpretar, pues no existía el suficiente abanico de conceptos en sus mentes con los que poder identificar ciertos aspectos de su contemplación.

 


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