EL PLANETA DE LAS SOMBRAS: LOS PERGAMINOS SECRETOS

 

 

 

 

 EPISODIO I: LA ESCAPISTA AZUL

 

 

La Escapista Azul se desliza por agujeros interespaciales. Conoce los secretos del Universo, cada galaxia y cada estrella. El capitán Kirt oriundo de Árfagos gobierna su ser errabundo. La muerte cautelosa, espía a lo lejos apretando entre sus huesos un reloj de arena. Maléficos agujeros negros odian la nave así como los poderosos que su final esperan. El cazador de cruel corazón llega buscando su presa. Las fuerzas del Imperio Intergaláctico la rodean. Nunca más hurtará los recursos de los opresores. Será escarmiento para los piratas de todas las galaxias. Los imperiales fueron antaño burlados por la nave y el capitán, pero hoy las puertas interespaciales están bloqueadas. No hay escape.

-¡Capitán Kirt, tus días de bandido han terminado! ¡Rinde la Escapista Azul!

-¡Yo conozco un escape que no podrán detener!

La bomba, preparada de antemano para un día como éste, despierta de su sueño dentro de la nave pirata y generosa entrega su regalo. Ni las flotas imperiales sobreviven.

 

EPISODIO II : EL PIRATA INMORTAL

 

 Hacía una semana las flotas imperiales encargadas de capturar a la Escapista Azul habían quedado destruidas. Su objetivo se había cumplido, de cualquier manera, ya no existía más la nave pirata llamada Escapista Azul ni tampoco su capitán de nombre Kirt. Todos habían explotado. Ahora Meranklis la principal ciudad donde se elaboraba el elemento Xh estaba tranquila, sin temor a ser atacada de un momento a otro. Quizá solo un loco se hubiera atrevido a atacarla, pero en la galaxia existían locos.

La radiación era altísima. La ciudad estaba aislada con un poderoso campo de fuerza, casi todos sus habitantes eran robots. El único humano, el supervisor Junlimor vivía totalmente cubierto por un traje que parecía armadura, solamente se lo quitaba cuando se encontraba protegido en el edificio aislado que habitaba.

De pronto apareció en el espacio una nave, no parecía imperial.

-Identifíquese –dijo Jumlimor tratando de comunicarse con la nave por medio de un aparato de comunicación que le había alcanzado uno de los robots-. No es tiempo de ninguna entrega.

La nave no envió ninguna contestación, pero empezó a descender sin importarle el campo de fuerza.

-¡Locos! ¡Morirán todos!

No le ocurrió nada a la nave, descendió como si no existiera ninguna barrera que pudiera detenerla. Al verla de cerca, el supervisor, descubrió que estaba deteriorada y cubierta de sangre. En ese momento se abrió una puerta, apareció un hombre cuyo rostro estaba muy lastimado así como su cuerpo; pero Jumlimor pudo reconocerlo.

-¡Capitán Kirt!

El recién llegado lo miró con odio:

-Así me decían hasta hace una semana. Ahora soy el Pirata Inmortal, porque lo que está muerto ya no puede morir ni temer.

Junto al capitán venía toda una tripulación de piratas muertos que se lanzaron al saqueo de los depósitos especiales donde estaba almacenado el elemento Xh. Los robots no pudieron detenerlos por más órdenes que les daba Jumlimor, un maligno poder los protegía.

Así empezaron las nuevas andanzas de la Escapista Azul que ahora estaba maldita y tenía un capitán inmortal.

 

 EPISODIO III : EXPLICACIONES

 

  Las proyecciones holográficas de los recuerdos del supervisor Jumlimor mostraban el asalto a la ciudad de Meranklis por parte de los piratas muertos, siempre podía tratarse de una alucinación, de una confusión de su mente incapaz de distinguir lo real de lo imaginario. El problema era que todos los robots y las cámaras inteligentes registraban la misma escena, el capitán Kirt junto con su legendaria nave habían retornado de la muerte.

-¡Se trata de un complot bien organizado! –dijo el comisionado imperial Hankorot- ¡Una gran farsa!

-El campo de fuerza fue atravesado como si esa nave fuera inmune a su poder –respondió con voz tímida el especialista en tecnología defensiva Joy Klengoret-, cualquier otra habría explotado al chocar con él. Los robots intentaron capturar a los piratas, pero sus intentos fueron vanos. Las armas no los dañaban y era imposible retenerlos.

Hankorot miró a Klengoret compasivamente:

-¡Un virus con sistema de autodestrucción!

-¡Eh! ¿Se refiere a un virus espía?

-Un virus preparado para alterar a la computadora principal de Meranklis, a los robots y a todos los otros sistemas. El modo como llegó a infectar a la computadora, a pesar de sus defensas, no está claro; pero no es algo imposible, algún archivo le debió ser enviado o algo así. Mediante la computadora principal les implantó a todos los sistemas esas falsas imágenes mientras los verdaderos ladrones saqueaban los depósitos del elemento Xh. El campo de fuerza debió ser desactivado y luego de eso el virus se autodestruyó por eso no hay indicios de él.

-Que un virus logre burlar las defensas de la computadora principal de Meranklis me parece poco probable, pero es más creíble que los muertos regresen del más allá. Hasta allí todo bien, pero, ¿y el supervisor Jumlimor?

-Debieron lavarle el cerebro e implantarle esos falsos recuerdos. Quien quiera que haya sido es un enemigo muy astuto.

Después de terminar la reunión Klengoret se retiró del edificio de investigaciones interespaciales ubicado en el centro de Úlganos, la capital del Planeta Luccor y del imperio formado por las galaxias cuya tecnología funcionaba en gran parte a base del elemento Xh. Mientras se dirigía a abordar un vehículo flotante que lo llevaría hasta su departamento escuchó una horrible risa:

-¡Capitán Kirt! –dijo cuando volteó a mirar y se topó con el famoso bandido.

La imagen del pirata se desvaneció y solo quedó una calle vacía.

-¡Solo ha sido una alucinación! –se dijo a sí mismo- ¡Tanto escuchar hablar de piratas me ha sugestionado!

 

EPISODIO IV : LAS SOMBRAS

 

 El muerto viviente que había sido un gran pirata recordaba una mañana en la cual estuvo en Árfagos su lugar de nacimiento y donde vivía, en aquel tiempo, junto a su esposa e hijo.

-Kiro, hay un hombre extraño allá afuera –le dijo su mujer despertándolo-. Dice que quiere hablar contigo.

 El hombre se levantó de la cama y salió de la casa para ver de quien se trataba.

 -¿Es usted el capitán Kirtey Escalandron? –le preguntó un tipo huesudo y calvo vestido con una túnica vieja y descolorida.

 -¿Qué desea de mí? –dijo el interrogado de mal humor.

 -¡Capitán Kirt, usted es el hombre que necesito!

 Se trataba de un aprendiz de mago que le había robado a su maestro un pergamino secreto. Decía llamarse Makorget y tenía un medallón de oro en el cuello.

 -¡Necesito que me lleve al Planeta de las Sombras!

 -Nadie conoce como llegar allí –dijo el pirata mientras empezaba a cerrar la puerta de su casa-. Además si supiera como llegar no iría. Busca a otro que te ayude.

 -Yo sé como llegar. Tengo un pergamino mágico que me indicará el camino, pero ya se lo he dicho a otros y nadie quiere acompañarme. Me dijeron que usted querría.

 -Pues se equivocaron.

 -¿Acaso tiene miedo? ¡Ya veo qué solo es un cobarde como los demás!

 En un instante el aprendiz de mago se vio levantado en el aire, cogido del cuello de su túnica, por la mano derecha del capitán.

 -¡Yo no tengo miedo a nada ni a nadie!

 -¡Le pagaré muy bien si me acompaña con toda su tripulación! ¡Además se sabe que en el planeta se encuentra el Castillo de las Nueve Puertas Secretas! ¡Allí hay muchos tesoros!

 -¡El castillo del rey de las sombras! ¡Eso es solo una fantasía!

 -¡Le pagaré muy bien!

 Después de cruzar un atajo interespacial, siguiendo la ruta indicada por Makorget, la Escapista Azul con toda su tripulación llegó hasta el Planeta de las Sombras. Era de día, pero gruesas nubes ocultaban la luz del sol de aquel sistema planetario. La niebla estaba en todas partes. Los hombres tuvieron que avanzar a pie, un buen trecho, en busca del Castillo de las Nueve Puertas Secretas.

 -¡He visto una sombra moverse! –dijo un pirata- ¡Allí hay otra!

 -No se aparten de mí –habló Makorget-. El medallón de oro nos protegerá.

 Al inicio las negras sombras se apoyaban en el suelo, pero luego se pusieron de pie como si tuvieran existencia independiente. Su oscuridad era tan notoria que la niebla no la ocultaba.

 -¡Hambre! –dijo una de las sombras.

 -¡Mucha hambre! –se escuchó decir a otra- ¡Carne! ¡Sangre! ¡Sangre humana!

 -¡Yo me voy de aquí! –gritó uno de los piratas poniéndose a correr en dirección a donde habían dejado la nave.

 -¡No lo hagas! –le advirtió el Capitán Kirt, pero el asustado pirata no se detuvo.

 Las sombras lo atraparon antes de que pudiera avanzar demasiado. Empezaron a devorarlo.

 -¡No deben separarse de mí! –les dijo el aprendiz de mago- ¡Solo así vivirán!

 Avanzaron vigilantes, temiendo que de un momento a otro las sombras los devoraran. Finalmente llegaron hasta el Castillo de las Nueve Puertas Secretas, el cual era enorme como si lo habitara un gigante. Las sombras se mantuvieron alejadas de él como si tuvieran miedo, pero desde lejos aullaban y los maldecían. Las enormes puertas, del castillo, estaban cerradas; pero Makorget cogió el pergamino que le había robado a su maestro y se puso a leer unas extrañas palabras en voz alta. Al instante las puertas se abrieron. Todos entraron. Unas lámparas iluminaban las estancias, al llegar a la que parecía la principal encontraron un trono negro, sentado sobre él estaba un encapuchado.

 -¿Qué desean? –preguntó el encapuchado.

 -¡Yo deseo cruzar la Puerta de la Atemporalidad! –habló Makorget.

 -¿Cruzar la Puerta de la Atemporalidad? –dijo el ser sentado en el trono mientras se quitaba la capucha dejando ver a todos que no tenía cuerpo, pero era oscuridad, una sombra proyectándose en el aire- ¡Eso tiene un precio!

 -¡Pagaré el precio! ¡Para eso he traído estos hombres!

 -¡Nos has traicionado! –gritó el Capitán Kirt al oír lo que decía el mago- ¡No tienes honor!

 -Para obtener el pergamino tuve que matar a mi maestro, ¿crees qué me importa el honor?

 -¡Te mataré!

 Varias sombras aparecieron en ese momento y atraparon a todos los piratas.

 -¡Hemos venido a morir! –se lamentaban los hombres.

 -¡No! –les dijo el rey de las sombras- No han venido a morir, ahora nunca morirán.

 

EPISODIO V : VISITA IMPREVISTA

 

 Joy Klengoret cogió con una mano el Sol del sistema planetario al cual pertenecía Luccor.

-Dicen que el Sol que ilumina el Planeta de las Sombras es semejante a éste, sin embargo nadie sabe como llegar hasta dicho sistema planetario.

-El Planeta de las Sombras no existe –habló en tono burlón Yalkrein Prencheskoy mientras jugaba con un cometa-. Solo es una historia para entretener a los niños.

-Tienes razón, pero no logro sacar de mi cabeza las historias con respecto a él. Algunos cuentan que el Capitán Kirt con toda su tripulación estuvo en ese planeta, allí le hicieron algo, por eso quedó maldito y no puede morir. Al parecer su mujer y su hijo murieron debido a la maldición, pero él no puede reunirse con ellos por mucho que lo desee.

-Creo que te estás dejando atrapar por la fantasía, mejor pasemos a algo que te ayudará a ver las cosas con más lógica.

Yalkrein Prencheskoy dio algunas órdenes y enseguida aquel sistema solar desapareció dando paso a un campo lleno de enormes fichas de ajedrez.

-¡No deseo jugar ajedrez! –dijo Klengoret.

-Vamos, entonces, ¿qué deseas? ¿Buscar información sobre el capitán Kirt? ¡Bien, pidamos información sobre el capitán Kirtey Escalandron!

A una orden apareció junto a ellos el capitán Kirt cuando era joven mientras les daba información sobre su vida.

-¡Señor Klengoret, el comisionado imperial Hankorot desea comunicarse con usted! –le avisó una voz computarizada.

-¡Muy bien! –dijo Prencheskoy alegremente- Será un placer recibirlo.

-Es una conversación privada entre el comisionado imperial y el señor Klengoret –respondió la voz.

-Solo bromeaba. Ya sé que no entiendes bromas, pero mi amigo me entiende. Bueno, ve a encontrarte con ese aburrido de Hankorot, yo estaré aquí.

Al instante Prencheskoy desapareció dando paso a un hermoso campo lleno de árboles y pájaros de colores. Sentado en una banca se encontraba Hankorot.

-¡El capitán Kirt ha seguido haciendo de las suyas!

-¿El capitán kirt? Pero usted dijo...

-Ya sabes que no creo en muertos que regresan de su tumba. Es cierto que es posible la clonación humana o la animación suspendida, resucitar a muertos en estado de congelación; pero esos piratas explotaron junto con su nave y ahora han regresado con ella. Podríamos pensar en robots con apariencia humana o en personas disfrazadas detrás de la apariencia holográfica de los piratas; pero...

-¿Disfraces holográficos? –lo interrumpió Klengoret mientras un pajarillo azul se posaba en uno de sus hombros.

-Hace tiempo hubiese sido absurdo esconder a una persona o un robot detrás de un holograma, pero actualmente ello no es tan descabellado. El problema es que los robots y las cámaras inteligentes no se dejarían engañar con tanta facilidad, al menos que existiese un virus que los alterase.

-Eso fue lo que usted pensó.

-Sí, solo que ahora han sido otros lugares y también naves los que han sido asaltados. Además de que en ese caso debería tratarse de un virus fuera de lo común para engañar a tantos sistemas cibernéticos, también serían más las personas a las que les habrían implantado el recuerdo de su encuentro con piratas resucitados.

-Pero en ese caso.

-En ese caso está claro que se trata de enemigos muy poderosos. Bueno, pero no te he contactado por eso, sino para preguntarte acerca del profesor Ifergen Tounos. ¿Qué sabes de él?

-Hace mucho que no lo veo, pero era buen amigo mío. Por mucho tiempo fue casi como un padre para mí.

-Bien, quizá sepas algo de él. En el sistema de seguridad imperial estamos muy interesados en sus investigaciones. No olvides mantenerme informado si llegas a contactarlo.

-Solo tiene que visitarlo, él vive...

-Sé donde vive, pero te lo digo a ti porque eres su amigo, ¿entiendes? Bueno, ya nos veremos.

Los árboles y pajarillos desaparecieron dando paso nuevamente a un lugar donde se encontraba Prencheskoy entretenido en un juego con las fichas enormes de ajedrez.

-Ya estás aquí de nuevo, deberías haber visto la paliza que le he estado dando a este programa.

-Bueno, quizá me anime a jugar un poco.

-¡Lamento interrumpirlo, señor Klengoret; pero en el mundo real lo necesitan! –se escuchó en ese momento la voz computarizada.

-Bueno, Yalkrein, otro día seguimos nuestra plática.

-Está bien, yo seguiré aquí todavía –se despidió Prencheskoy.

-Empezando a desactivar sistema de realidad virtual –anunció la computadora.

Todo aquel lugar desapareció de la consciencia de Klengoret. Una cápsula se abrió y un material parecido a una enorme tela de araña abandonó en un instante el cuerpo del hombre que había estado cubierto por ella. Se encontraba acostado y poco a poco consiguió abrir los ojos y empezar a mover su cuerpo.

-¡Veamos quien me busca! –dijo mientras se ponía de pie y se dirigía al sistema de teletransportación.

Pero se sorprendió cuando no encontró ningún pedido de ingreso por teletrasportación al interior de su departamento.

-¡Señor Klengoret, su visita está afuera! –le dijo la puerta de entrada al departamento.

-¡Afuera! –se extrañó todavía más Joy Klengoret- ¿Ha venido caminando? ¿Será el vecino del departamento de al lado? ¡Pero mis vecinos no me visitan!

Miró rápidamente la imagen que le trasmitía el sistema de la puerta de entrada y vio que al parecer era una mujer, una mujer muy bonita pensó él. Al autorizar su ingreso la puerta se abrió dejando ver una figura bien proporcionada.

-"¿Está mujer existe en este mundo? –se preguntó a sí mismo- ¿Acaso seguiré todavía en el mundo virtual?"

-¡Señor Klengoret, he venido para llevarlo conmigo! –le dijo ella con la voz más melodiosa que jamás había escuchado- ¡Yo soy Nigfrila y he recibido órdenes de buscarlo a usted! ¡Tenemos qué viajar!

-Bueno, no tengo ningún problema en hacer un viaje -respondió Joy-. De hecho cada vez que asisto a alguna reunión abordo un vehículo flotante, me gusta pasear por la ciudad subido en uno de ellos.

-¡No me entiende! ¡He venido para llevarlo muy lejos! ¡Iremos al Planeta de las Sombras!

-¡Pero de qué está hablando! –dijo el hombre retrocediendo.

-Lo siento no hay tiempo para explicaciones.

Ella topó con uno de sus dedos la frente de Joy Klengoret y a él le dio mucho sueño, tanto sueño que perdió la consciencia.

 

EPISODIO VI : EL MAESTRO DE LAS DOCE PLUMAS

 

  El viajero venía de muy lejos, estaba sediento y hambriento. Llamó a las puertas de la torre y pidió ser recibido por el mago principal.

-Maestro Balkrumius, hay un árfagor afuera de la torre que pide verlo. Dice que viene de muy lejos y desea se le acepte como discípulo –le dijeron al mago que dirigía la torre.

-Hace mucho que ya no admitimos discípulos desde que Makorget traicionó y asesinó al maestro Joranfiel.

-Ya se lo he dicho, pero él insiste. Se llama Karglum y dice que no se irá hasta no hablar con usted.

Karglum era un árfagor. Era ancho, pequeño y de color violeta como todos los árfagors. Mucho antes de que Árfagos fuera colonizado por los humanos los árfagors ya lo habitaban. Los comienzos de aquella raza se perdían en el tiempo, pero todavía existían vagos recuerdos de la época cuando el gran emperador y mago Komkarmak el Inmortal recibió su gran cetro del poder y la sabiduría de los mismo dioses. Recorrió desiertos y valles hasta que el mágico cetro le indicó detenerse cerca a un gran río, inmenso como un mar. Allí se fundó Komartamar, la capital del imperio de los árfagors de la que ahora quedaban ruinas. En aquella legendaria ciudad habían florecido diferentes escuelas de magia representando tanto a la oscuridad como a la luz. Sin embargo, los poderosos magos árfagors eran cosa del pasado. Actualmente los que deseaban aprender magia formal buscaban ser admitidos en el Torre de los Pergaminos Secretos ubicada en el pueblo de Komardum donde moraban magos humanos.

-¡Lo siento, pero ya no admitimos a ningún discípulo! –dijo Balkrumius mientras ordenaba cerrar la puerta del templo.

-¡Espere! ¡Mi maestro Toljermein me dijo que me recibirían! ¡Antes de morir me dio este collar con doce plumas! ¡Él lo llevaba cuando estudió aquí!

-¡Toljermein! ¡Ese árfagor bandido! ¡Si tú eres su discípulo no te queremos aquí! ¡Adios!

Karglum se quedó solo afuera de la torre. Las provisiones que llevaba estaban agotadas. Árfagos era una sociedad considerada primitiva comparada con otros planetas, a pesar de las naves y otro tipo de tecnología había, también, animales y árboles frutales; pero él no estaba acostumbrado a cazar y era torpe para trepar a los árboles. Se quedó allí sin saber que hacer mientras su hambre iba en aumento. Tenía tanta necesidad de comida que pensó en tragar polvo del suelo. El tiempo pasó, entonces se quitó el collar con plumas y estuvo a punto de comérselo. En ese momento dos jóvenes mujeres pasaron cerca de la torre.

-¡Así es amiga! –le decía una joven a otra mientras caminaban-. ¡No sé si Tamer realmente está enamorado de mí o solo quiere divertirse! ¡Por otra parte Keran es un buen tipo, pero no me gusta!

Karglum ya había empezado a comerse una plumita de color azul, pero al escuchar lo que decían las jóvenes tuvo una revelación.

-¡Espera! ¡Yo puedo ayudarte!

-¿Un árfagor? ¡A mí me han dicho que los árfagors son bandidos!

-Yo soy un mago y puedo adivinar. Te haré una demostración gratuita para que me creas. Puedo hablar de tu pasado, por ejemplo.

-Bueno, si es gratis...

Las jóvenes se aproximaron a Karglum mientras este arrancaba todas las plumas de su collar. Cuando las liberó a todas miró al cielo como pidiendo ayuda divina. A continuación arrojó las plumas al viento diciendo:

-¡Plumas digan la verdad!

Las plumas era cada una de un color diferente o en caso de ser del mismo color, una más clara que otra. Cuando cayeron quedaron esparcidas en el suelo, eran un caos. Sin embargo, Karglum había aprendido muchas cosas con su anterior maestro y conocía adivinos que empleaban las piedras, las hojas, el sonido del viento, el fuego. Para él toda la realidad era un código capaz de revelar sus secretos a quien pudiera descifrarla, pues sabía muy bien que no existe la casualidad y el más mínimo detalle tiene una causa y un efecto. Por supuesto, desde el punto de vista material no es posible ver ello, solo mirando más allá de los ojos físicos es que se puede encontrar significados donde supuestamente no los hay o donde existen significados aparentemente distintos. Es como ver significado donde aparentemente no hay significado o encontrar el significado oculto tras otro significado. El árfagor se puso a examinar las plumas como si leyera un escrito.

-Tu nombre es Birfridal y quedaste huérfana de madre desde muy temprano, tu madrasta ha sido malvada contigo y tu padre no se interesa por ti.

-¿Cómo sabes eso? ¿Quién te ha contado mi vida?

-Veo, también, que tienes un amigo secreto.

-¡No es cierto!

-No le has hablado de él a nadie, temes que te crean loca. Su nombre es Sorinfel.

-¡Ah!

-¿Quién es ese Sori...Sorifeo? –preguntó la amiga de Birfidal muy intrigada-. ¿Es feo o guapo?

-¡Sorinfel!

-Es un hombrecito muy pequeño, algunos humanos lo llaman duende.

-¡Qué cosa! –dijo la muchacha cuyo nombre era Asara.

-Bueno, si quieres que te diga cosas sobre tu futuro dame de comer.

-Está bien –respondió Birfridal.

De ese modo Karglum empezó a predecir el futuro con ayuda de las doce plumas y más gente llegó a pedir su ayuda en las afueras de la torre. Llegaban personas muy enfermas y él diagnosticaba su mal y les indicaba la cura, incluso a los desahuciados. Objetos o niños desaparecidos lograban ser encontrados.

-¡Viva el Maestro de las Doce Plumas! –decía la gente que llegaba- ¡Por fin alguien puede resolver nuestros problemas de manera precisa!

Finalmente todo esto llegó a oídos del mago principal de la torre, el maestro Balkrumius.

-¡Qué hacen todos aquí! –dijo reprendiendo a las personas cuando hubo salido a ver todo lo que pasaba- ¡Deben marcharse!

-Las afueras de la torre no le pertenecen –le respondieron-. Además ustedes se benefician con nuestras ofrendas, pero a partir de ahora ya no les daremos nada. No los necesitamos. Tenemos al Maestro de las Doce Plumas.

-Pero lo que él hace es ocuparse de asuntos de la gente común, eso no tiene que ver con la Magia Velada.

-¿Magia Velada? ¿Y eso qué es? ¿Para qué nos sirve? ¡Nosotros necesitamos alguien que resuelva nuestros problemas!

-Ellos no lo van a entender, maestro Balkrumius –le dijo otro mago, habitante de la torre-. Además hace tiempo que estamos tratando de resolver el problema del contacto con los pobladores. Un mago carismático dentro de nosotros no nos vendría mal.

Al evaluar la situación no le quedó a Balkrumius otro remedio que admitir a Karglum en la Torre de los Pergaminos Secretos no sin antes prometer a la gente de los alrededores que podrían hacer sus consultas al Maestro de las Doce Plumas al menos un día a la semana.

 

EPISODIO VII : EL INMORTAL CAÍDO

 

  Aquella consciencia había trascendido el frágil cuerpo en el cual alguna vez se posara, fueron sus alas las que la elevaron hasta fundirse con el infinito. No había pasado, presente, ni futuro. El calabozo del tiempo ya no era más. El reo era libre, libre, libre. La mente ya no perdía el tiempo en detalles. La consciencia lo abarcaba todo, lo sabía todo, lo contenía todo. Era dios, todo lo podía y nada necesitaba. ¿Alguna vez había sentido apego por algún ser mortal? ¿Alguna vez tuvo hambre o frío? No, todo aquello formaba parte de la ilusión. No existía el ayer para quien era siempre eterno. Sin embargo, algo parecía inquietar a aquella consciencia. Algo la atraía, la limitaba, la retenía, la jalaba. De pronto sintió como un peso, "¿pero el infinito no debería ser afectado por ningún peso?" Y sus alas se quebraron. Abrió los ojos, vio unas manos huesudas. Era un hombre, estaba desnudo y tenía frío. Poco a poco fue recordando, entonces no pudo evitar lanzar un grito desgarrador.

-¡Saquen a ese loco de mi castillo! –ordenó el rey de las sombras a las sombras que le servían- ¡Su carne servirá de alimento a las sombras desquiciadas que están afuera y su sombra se unirá a ellas!

Las sombras se dispusieron a cumplir inmediatamente la orden de su señor. Mientras arrastraban al infortunado para arrojarlo fuera del castillo éste intentó articular palabras. Era difícil para él hablar, su cuerpo estaba muy débil.

-Ma... Ma... Makor...get. Makorget es... mi nombre. No pueden hacerme esto.

-Vaya todavía recuerda su nombre, casi ninguno de los que han regresado por esa puerta ha conseguido recordar su nombre. La verdad es que ninguno de los que han regresado ha conseguido siquiera hablar.

-¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué he regresado? ¡¿Por qué he perdido mi inmortalidad?!

El rey de las sombras iba a responder al pusilánime mago, pero en ese momento llegó uno de sus sirvientes anunciando a unos recién llegados.

-Majestad, allá afuera están esos piratas y desean verlo.

-¡Deja pasar solo al capitán!

El capitán Kirt ingresó hasta el salón del trono. Le falta una oreja y parte de la cara, pero sus ojos estaban intactos. Al ver a Makorget intentó lanzarse sobre él.

-¡Maldito, me las pagarás!

Las sombras contuvieron al pirata y poco a poco recobró la compostura.

-¡Ya hemos hecho todo lo que nos pediste! –dijo el pirata al rey de las sombras- Hemos trastornado al imperio de galaxias dependientes del elemento Xh con nuestro regreso, robado y causado muchos daños. ¡Ahora déjanos morir en paz!

-¡No te atrevas a exigirme nada! ¡Yo soy el que da las órdenes, por eso soy el rey de las sombras!

-¡Al menos déjame verla una vez más! –suplicó el pirata muerto.

-¡De nada te servirá verla! ¡Solo te lastimas a ti mismo!

-¡Te lo suplicó!

-¡Está bien! ¡Qué venga aquí!

Los sirvientes del rey se dirigieron a cumplir su mandato y luego de un momento regresaron con otra sombra. Era una sombra semejante a las otras, oscura, no se apoyaba en ningún muro ni en el suelo, tenía existencia tridimensional y como las otras caminaba. Aquel ser de oscuridad abrió los ojos. Estos tenían apariencia humana, estaban llenos de amargura y de dolor. Era la sombra del capitán Kirt que se encontraba con el hombre al cual alguna vez había pertenecido.

-¡Capitán! –dijo la sombra con una voz que se quebraba.

-¡Sombra! –gritó el capitán emocionado- ¡Sombra, nunca más te abandonaré!

-¡Es suficiente! –gritó el rey- ¡Sombra, regresa a tu celda!

-¡No, no lo permitiré!

El capitán intentó detener la sombra, pero no lo consiguió, ésta se esfumó de sus manos.

-¡Todo esto es culpa tuya! –gritó el capitán lanzando una patada a la cara de Makorget que se encontraba tirado en el suelo, pues lo habían estado arrastrando. Pero el pie del pirata quedó paralizado.

-¡Todavía conservo mi magia! –habló Makorget- ¡Quizá no haya tenido el éxito que deseaba, pero entrar por la Puerta de la Atemporalidad me ha hecho más poderoso!

-¡Ya veo que no enloqueciste! –habló la sombra sentada en el trono negro- ¡Podrías serme útil! ¡Si haces algo por mí, puedo enseñarte como entrar por esa puerta sin retornar nunca más!

Makorget tenía la mente rápida. Sabía que de nada le servirían los reclamos, el rey de las sombras tenía todas las de ganar. Al parecer no era suficiente con entrar por la Puerta de la Atemporalidad para lograr la inmortalidad. El rey de las sombras conocía un secreto que no le había revelado. Ya se vengaría de él a su debido momento, pero ahora le convenía obedecer.

-¡Está bien, acepto!

Después de llegar a un acuerdo con el rey de las sombras y vestirse con unas ropas que le dieron, Makorget abandonó el castillo junto con el capitán Kirt. Al ver al mago los piratas muertos que esperaban afuera se enfurecieron, pero no lograron hacerle daño porque se había vuelto muy poderoso. Avanzaron hasta la Escapista Azul encontrando en su camino a las sombras desquiciadas que, sin embargo, no se atrevían a atacarlos.

Al llegar hasta la Escapista Azul el mago notó que estaba muy deteriorada, sin duda había sido destruida por una explosión así como los piratas que la tripulaban; pero mientras sus sombras estuvieran prisioneras seguirían retornando de la muerte junto con su nave. La pérdida de sus sombras les había acarreado una maldición por la cual sus seres queridos debían estar muertos y los piratas no podían reunirse con ellos.

-Vamos a Árfagos, así lo ha decidido el rey –habló Makorget-. Y no se les ocurra desobedecer si es que desean recuperar alguna vez sus sombras.

 

EPISODIO VIII : POSEÍDO

 

  -¿Y qué te dijo aquel Maestro de las Doce Plumas? –preguntó Sorinfel con su melodiosa voz- ¡Hace tiempo no te veía tan contenta, Birfridal?

-Me habló primero de mi pasado ya te lo dije. Además conocía mi presente, sabía de tu existencia. Pero luego empezó a hablarme de mi futuro. Tu mente está algunas veces preocupada por lo cotidiano, por lo aparente, me dijo. Pero tu alma ha venido a este mundo con una misión especial. Tu mente no lo ve, pero tu alma sabe. Si le preguntaras a tu alma, ella te contaría secretos, te hablaría de otras vidas y realidades. Tu alma te permite ver a ese amigo tuyo Sorinfel cuando otros no pueden verlo.

-¡Oh! Ese árfagor me conoce.

-Me dijo, también, que conocería a alguien diferente. Un hombre venido de otro mundo que al principio no nos entenderíamos, pero que nuestro encuentro está marcado.

Karglum tenía en sus manos un pergamino que le estaba permitido leer. Se encontraba en un salón de la torre al cual podían acceder casi todos sus habitantes, menos el cocinero y los encargados de la limpieza. Estaba escrito en idioma de los árfagors como casi todos los documentos mágicos. Se decía que los legendarios magos árfagors habían abandonado el mundo material por voluntad propia, dejando los pergaminos. Cuando los humanos colonizaron Árfagos encontraron todos esos valiosos documentos. Pero la información que estaba leyendo no sorprendía a Karglum. Era muy elemental y ni siquiera existía un hechizo de protección que impidiera su lectura. Los pergaminos que llamaban secretos se encontraban en otra estancia de la torre a la cual solo podían acceder Balkrumius y algunos magos.

-Es necesario cumplir con los requisitos necesarios, si algún día quieren acceder a mayor información –decía Balkrumius.

Los requisitos, sin embargo, eran bastante largos y requerían de un buen tiempo de servicio antes de poder acceder a información relevante, luego había que pasar una serie de pruebas. ¿Cómo se podía pretender que los aspirantes dominaran las pruebas con facilidad si se les ocultaba información importante? Era lo que se preguntaban algunos a espaldas de Balkrumius. Solo avanzarían hasta donde los que estaban a la cabeza lo permitieran, de ese modo muchos que por su cuenta podrían haber adelantado a sus maestros no lo harían. Por supuesto, existían muchos a favor de esta medida, pues de otro modo existía el peligro de que los conocimientos fueran mal empleados o mal comprendidos. Por ese motivo existían poderosos hechizos protectores en cada pergamino secreto y el salón en el cual se encontraban era permanentemente protegido por terribles entes mágicos. Uno de los que no quería esperar a pasar todas las pruebas, así como tampoco estaba de acuerdo con tanto secreto y quien finalmente se salió con la suya era un antiguo aprendiz de la torre cuyo nombre casi no era mencionado, pero si alguien por algún motivo abría la boca para pronunciarlo, lo hacía con asco y desprecio. Se trataba de Makorget.

-¡Makorget, el maldito! –escupía al suelo Balkrumius.

Makorget había intentado sin éxito ingresar en el salón de los pergaminos secretos, casi murió en el intento. Un ente mágico lo poseyó para luego hacerlo saltar desde una ventana. El mago se rompió una pierna, pero sobrevivió y no le contó a nadie lo que había ocurrido. Esperó el momento adecuado y cuando supo que su maestro Joranfiel tenía en sus manos un pergamino importantísimo el cual había tomado del salón secreto para examinarlo, vio llegada su oportunidad. Puso un potente veneno en la infusión que siempre le servía, al verlo muerto se apoderó del medallón de su maestro así como del importante pergamino y luego huyó de la torre. Nunca más se le volvió a ver por allí.

Karglum tuvo que conformarse con la información que le daban y mientras tanto desarrollaba sus habilidades atendiendo cada semana a las pobladores que llegaban a consultarlo mientras leí su futuro en las plumas que arrojaba al viento. Un día se encontró con una mujer que casi no levantaba la vista del suelo.

-Aquí noto mucho dolor –le dijo a la consultante-. Te aferras demasiado al pasado, por eso vives deprimida.

-Es que he cometido demasiados errores en mi vida, Maestro Karglum. No merezco ser feliz.

-Este mundo es un lugar de aprendizaje, nada de lo vivido es un error. Pero si no nos gusta nuestro pasado siempre hay la posibilidad de empezar de nuevo.

Aquel día pocas personas asistieron a pedir su ayuda, según le dijeron era debido a la presencia de una nave fantasma conocida como la Escapista Azul, se decía que sus tripulantes eran muertos vivientes. Muchos curiosos habían ido a observar el aterrizaje de la nave así como el desembarco de sus tripulantes, al parecer entre los piratas se encontraba un mago que había desertado de la Torre de los Pergaminos Secretos.

En la noche, Karglum, tuvo una horrible pesadilla. Un horripilante monstruo de piel resplandeciente, grandes colmillos y enormes alas lo perseguía para devorarlo. No debía mirar a la fiera a los ojos o terminaría convertido en cenizas. No tenía donde esconderse, se encontraba a campo abierto y sentía el rugido de su enemigo cada vez más cerca. El cielo estaba nublado y la débil luz de la Luna Naranja apenas le permitía distinguir a su alrededor. Unas garras se le clavaron en la espalda, pero no dejó de correr. De pronto, el suelo empezó a hundirse, no podía avanzar. Su perseguidor lo alcanzó finalmente.

-Te he elegido a ti, porque eres nuevo en la Torre de los Pergaminos Secretos –le habló una voz potente que le produjo escalofríos-. Nadie sospechara de ti. Sé que tienes un gran poder espiritual, pero no tienes el entrenamiento suficiente para escapar de mí. Podría entrar personalmente en la torre ahora que soy tan poderoso, pero no me conviene arriesgarme a combatir con todos los magos y entes mágicos juntos.

-¿Quién eres tú? –preguntó el árfagor.

-Soy Makorget, ahora tu mente me pertenece.

 

EPISODIO IX : CAMINO A ÁRFAGOS

 

  Joy Klengoret despertó sobre un asiento, dentro de lo que parecía una nave. Intentó llevarse una mano a la frente, pero no lo consiguió. Tenía las muñecas atrapadas por un mecanismo que salía de cada brazo del asiento. Miró a su alrededor allí se encontraba la mujer que había llegado hasta su departamento. Le había dicho su nombre, pero no lo recordaba muy bien. Era muy hermosa y tenía ganas de hacerla suya. No era el Joy Klengoret de siempre ahora sentía un fuerte deseo sexual y de no estar atrapado en aquel asiento se habría lanzado sobre la joven para tenerla a la fuerza. Sentía además mucha cólera por encontrarse en esa situación y seguramente la habría golpeado de haber podido. La idea de golpearla y poseerla a la vez le hacía sentir mucho placer.

-Lo siento, señor Klengoret, tuve que desactivar el chip en su cerebro que lo mantiene equilibrado para evitar que lo rastrearan –dijo la mujer-. Por eso se desmayó. Ahora ha vuelto a ser un psicópata asesino, pero no se preocupe en cuanto abandonemos este sistema solar volveré a activar el chip.

-¿Psicópata asesino? Pero, ¿de qué está hablando? Todo el mundo me conoce. Soy un ciudadano modelo. Además no entiendo como pudo desactivar algún chip en mi cerebro con solo topar mi frente.

-Tengo lo necesario para activar o desactivar los chips cerebrales solamente con topar a sus portadores. Sé muy bien, que lleva el chip equilibrador de personalidad desde su adolescencia. El problema es que ese complejo circuito sirve para rastrear sus movimientos por satélite. Si bien esta nave ha sido diseñada para bloquear cualquier rastreo en su interior, no podemos correr riesgos.

-¿Correr riesgos? ¿De qué habla? ¿Yo solo quiero irme de aquí? ¡Esto es un secuestro! ¡Libéreme, por favor! ¡Me está confundiendo con otra persona!

-Por el momento su capacidad de empatización dependiente de su corteza prefrontal se encuentra inactiva, eso podría llevarlo a intentar alguna acción violenta y no puedo permitir que resulte lastimado. El profesor Ifergen Tounos me encargó viajar a Árfagos, pero me dijo que antes de ir buscara la ayuda de usted, Joy Klengoret.

-¿Tounos? ¡Tounos tiene que ver con este secuestro! ¡Hankorot me dijo que Tounos me buscaría!

-¿El comisionado imperial? ¿Le dijo dónde está el profesor?

-¡Hankorot deseaba que yo le informara si llegaba a saber algo! ¡Al parecer no tenía idea de su paradero!

-No tenía idea del paradero del profesor o, ¿eso le hizo creer?

-No me extrañaría que me hubiese estado mintiendo. ¡Hankorot es un maldito!

-Si tuviese activado el chip que mantiene equilibrado su cerebro no se expresaría así de él, al menos de esta manera su mente parece más rápida. Bueno, íbamos a viajar a Árfagos con el profesor Tounos para obtener más información sobre el Planeta de las Sombras y quizá por eso desde hace buen tiempo sus pasos eran seguidos por el imperio. El profesor pensó en pedirle ayuda a usted.

-Yo tengo un cargo importante dentro del imperio, ¿por qué iba a ayudarlo?

-Es cierto que trabaja para el imperio, pero también ha sido como un hijo para el profesor. Él confía en usted sobre todo cuando tiene el chip equilibrador de personalidad activado.

En ese momento la nave anunció que uno de los satélites ubicados en las cercanías del Planeta Luccor deseaba establecer contacto.

-¿Cuál es su destino? –preguntó el satélite.

-Viajamos al Planeta Hirtion.

-¡Auxilio! ¡Soy Joy Klengoret, especialista en tecnología defensiva! ¡Trabajo junto al comisionado imperial Hankorot! ¡Esta loca me tiene secuestrado!

-Cálmese, señor Klengoret. Sus gritos son inútiles. La nave trasmite al satélite solo lo que yo le ordeno trasmitir.

Luego de otras preguntas de rutina el satélite los dejó marchar.

-Como le iba diciendo el profesor Tounos me dijo que lo buscara a usted en caso de ocurrir algún imprevisto. Él tenía que someterse a una operación para recibir un nuevo hígado artificial, pero ha desaparecido y en el hospital imperial no dan razón de su paradero. Él me dejó programada para en caso de cualquier contingencia seguir con sus instrucciones. Por lo tanto, Árfagos nos espera y si conseguimos la información necesaria viajaremos al Planeta de las Sombras.

-El Planeta de las Sombras no existe... ¿Dijo qué Tounos la dejó programada?

-Permítame que me presente nuevamente. Yo soy Nigfrila XC 123, una ginoide.

La nave anunció en ese momento la proximidad de un agujero de gusano.

El comisionado imperial Hankorot tenía una amplia sonrisa mientras observaba por la pantalla de su propia nave como la nave en la cual iba a bordo Joy Klengoret y la ginoide se aproximaba al agujero de gusano que habría de llevarlos al sistema planetario al cual pertenecía Árfagos. La nave del comisionado estaba cerca de ellos junto con una flota de naves imperiales, solo que su sistema de invisibilidad y de anti rastreo les permitía no ser detectadas.

-Todo va saliendo según lo previsto, querido profesor Tounos –le habló a un aparato que sostenía con una de sus manos-. Era previsible que usted le ordenaría a esa ginoide buscar a Klengoret. Según los que tienen sus creencias mágico religiosas se necesita un ser no robótico para emplear los dichosos pergaminos secretos que permiten viajar al Planeta de las Sombras y usted no confía en muchas personas, pero le tiene afecto a Klengoret.

-Es para mí como un hijo, eso ya lo sabe. Los magos de la Torre de los Pergaminos Secretos no tratan con robots y no pueden ser engañados fácilmente, por eso pensé en Joy en caso de que yo no pudiera ir a investigar a Komardum en el planeta Árfagos.

-Hace tiempo que las fuerzas del imperio podrían haber invadido la torre que habitan esos magos, pero seguramente ellos quemarían todos sus documentos y en ese caso de nada serviría. Además, nosotros no tenemos sus creencias; pero necesitamos de una vez por todas resolver estos problemas con respecto al capitán Kirt y lo que se dice de su relación con el Planeta de las Sombras. Y supimos que usted estaba investigando sobre eso. Es una pena que no haya querido cooperar con nosotros. Si hubiera sido colaborador no le habría ocurrido todo esto. Es verdad que podríamos haber intentado obtener la información por medio de Klengoret en el cual usted tanto confía, pero no deseábamos perder tiempo y de esta manera tenemos pleno control de la situación. Realmente la información que hemos obtenido de usted ha sido valiosa, aunque esté mezclada de mucha fantasía. Lamento que extrañe su cuerpo, pero mire las cosas positivamente, ahora ya no necesitará un nuevo hígado artificial. Todo usted es un cerebro cibernético.

-¡Eres un miserable, Hankorot! –respondió el aparato con la voz del profesor Tounos y en cual estaba contenida toda la información de su cerebro, pues éste ya no existía. Aquel sofisticado sistema cibernético en el cual estaba ahora alojada su personalidad era capaz de conservar las emociones- A ti te hace falta un chip equilibrador de la personalidad.

-Por favor, estimado profesor, los que tenemos el poder no necesitamos desarrollar la empatía. Dejemos eso de los chips equilibradores de personalidad para tipos como Joy Klengoret. Mientras tanto esperemos que su chica robótica y Joy tengan suerte con esos magos.

 

EPISODIO X : EL ESPÍA ROBÓTICO

 

 La nave con la forma de un plato gigante aterrizó en el pueblo de Komardum en Árfagos, Nigfrila la ginoide y Joy Klengoret descendieron de ella por la escalera metálica que se desplegó automáticamente al abrirse la puerta exterior. Klengoret se sentía extraño y avergonzado ahora que su corteza prefrontal había vuelto a ser estimulada por el chip equilibrador de personalidad. No entendía muy bien como podía haber concebido ideas tan agresivas hacía muy poco. "Ese no era yo", se decía así mismo. La verdad era que los chips cerebrales podían convertir a una persona en un ser totalmente distinto cuando estaban activados, eran la perfecta cura para la esquizofrenia, la depresión aguda e incluso la psicopatía. Por eso, al haber vuelto a ser el Joy Klengoret sensato y equilibrado estaba dispuesto a cooperar con la investigación de su amigo el profesor Ifergen Tounos.

-Saludos, extranjeros –les habló un individuo pequeño de color violeta en el idioma de Árfagos. Estaba junto a una multitud de curiosos, algunos eran humanos y otros criaturas de color violeta como él-. ¿Vienen a investigar la aparición de la nave pirata?

Klengoret conocía el idioma de Árfagos, pero al principio no comprendió de que nave pirata estaba hablando aquel poblador. Habían aterrizado en un terreno desocupado. A lo lejos se veían algunos árboles y las casas del poblado de Komardum.

-No venimos por ningún pirata –respondió Nigfrila que también conocía el idioma del lugar-. Buscamos la Torre de los Pergaminos Secretos.

-Pensamos que venían a investigar la nave pirata que aterrizó en este mismo lugar hace dos días, al parecer era la nave del capitán Kirt.

-¡La Escapista Azul! –dijo sorprendido Klengoret.

-¡No nos interesa, por ahora! –respondió la ginoide- ¡Solo queremos llegar a la Torre de los Pergaminos Secretos!

-¡Oh! –dijo una joven humana con un ramo de flores amarillas- ¡La Torre de los Pergaminos Secretos! ¡Allí atiende el Maestro de las Doce Plumas! Yo puedo llevarlos, justo iba para allá.

Karglum no había logrado levantarse de su cama. Tenía una fiebre muy alta y deliraba. Gritaba a un supuesto demonio que lo soltara.

-Parece que algún ente maligno lo hubiese poseído –dijo un mago de la torre-. Y justo hoy es uno de los días cuando los pobladores vienen a que les diga el futuro mirando sus plumas.

-¡Quizá intentó ingresar en el salón de los pergaminos secretos y uno de los entes mágicos le dio su merecido! –habló Balkrumius-. Intenten, ustedes, curarlo; pero no se preocupen demasiado si es que no reacciona. Mientras tanto iré personalmente a decirle a los pobladores que están esperándolo allá afuera que se marchen.

La joven que iba guiando a Nigfrila y a Joy Klengoret hasta la Torre de los Pergaminos secretos era Birfridal. Algunos pobladores también los seguían mientras que otros se habían quedado mirando la nave. La ginoide estaba atenta a algo que ocurría muy cerca de ellos, Klengoret estaba acostumbrándose al clima del lugar y la joven humana estaba muy contenta de acompañar a seres de otro planeta.

-Disculpen que les pregunte, ¿ustedes son esposos?

-¡Eh! –dijo sorprendido Joy Klengoret- ¿Habla de ella y yo? Bueno es que...

-¡Nos siguen! –dijo Nigfrila en ese momento.

-Bueno son las personas del pueblo, humanos como nosotros y algunos árfagors –dijo Birfridal volteando a mirar mientras un pequeño insecto polinizador empezó a volar alrededor de las flores amarillas que llevaba con ella.

-No me refiero a ellos. ¡Me parece que son robots metamateriales! ¡Nos están vigilando!

-¿Robots de cuerpos metamateriales? –preguntó asustado Klengoret- ¿Aquí? ¡En este planeta semi primitivo! ¡Cuánto mucho conocen las naves espaciales!

-Iré a investigar.

Inmediatamente la ginoide empezó a desplazarse por el camino por el que habían estado viniendo.

-Qué cosas más extrañas dicen ustedes –dijo la joven mientras apretaba el ramo de flores amarillas-. No entiendo que son robots metamateriales.

-Robots metamateriales son aquellos con cuerpos capaces de redirigir la trayectoria de la luz empleando la refracción negativa. En otras palabras significa que son invisibles.

-¡Entiendo!

Después de un rato la chica robot regresó con ellos. Ya no percibía ninguna amenaza. Siguieron avanzando hasta llegar a la Torre de los Pergaminos Secretos donde un grupo de personas afuera de ella pedían ser atendidas.

-¡Queremos al Maestro de las Doce Plumas! –gritaban.

-El Maestro de las Doce Plumas como ustedes lo llaman no puede atenderlos ya se los dije –respondió a las personas un mago de larga y blanca cabellera el cual era Balkrumius-. Se encuentra enfermo.

Al ver a los recién llegados, Balkrumius hizo un gesto de disgusto.

-¡Saludos! Soy Joy Klengoret especialista en tecnología defensiva al servicio del imperio. Necesitamos su ayuda para llegar al Planeta de las Sombras

El mago no le dio ninguna respuesta e hizo ademán de retirarse.

-¡Espere! –le dijo Nigfrila.

-¡No me dirijas la palabra, monstruo! –gritó el mago, al darse cuenta que se trataba de una mujer robot, mientras en su mano derecha aparecía una bola de fuego-. Puedo tolerar la existencia de naves espaciales como las de ese pirata maldito, el capitán Kirt; pero seres como tú son una aberración.

En ese mismo instante lejos de allí a bordo de una nave que había llegado hasta Árfagos, siguiendo a Klengoret y a la ginoide, el comisionado imperial Hankorot se divertía observando aquella situación en una pantalla holográfica mientras se dirigía a sus subordinados.

-Ese viejo mago se ha dado cuenta que habla con un robot femenino. Son pocos los que notan, a simple vista, la diferencia entre una mujer y una ginoide. Y como bien se sabe los magos de ese planeta rechazan la tecnología especialmente a los cyborgs y androides. ¿Qué le harían a Klengoret si supieran que tiene un chip en el cerebro? Bueno, lo que ninguno de ellos ha descubierto es el pequeño insecto robótico polinizador junto a las flores amarillas que sirve para espiarlos. Ordené a los robots metamateriales hacer notar un poco su presencia para distraer a la ginoide, pero al parecer no era necesario, ese robot insecto es indetectable.

Afuera de la Torre de los Pergaminos Secretos la ginoide empleaba en ese momento un escudo energético para bloquear la bola de fuego que le acababa de lanzar Balkrumius.

-¡Acabaré contigo, engendro! –gritaba el viejo mago.

Los pobladores estaban desconcertados. Birfridal asustada apretaba con una mano las flores amarillas en torno a la cual volaba el insecto robótico mientras con la otra se había abrazado al brazo de Klengoret que se había quedado parado sin saber que hacer.

-¡No me obligue a lastimarlo! –le dijo entonces a Balkrumius la dama robot mientras de uno de sus brazos brotaba el cañón de un arma laser.

-¡Magos de la torre vengan a ayudarme a acabar con esta amenaza! –gritó el viejo mago.

Los magos de la torre aparecieron, pero no para ayudarlo sino para intentar persuadirlo a detenerse.

-Maestro Balkrumius es cierto que no nos gustan los seres artificiales, pero no podemos alarmar a la población –le dijo uno de los magos-. Y parece que son extranjeros podríamos tener problemas si les hacemos daño.

El mago estaba furioso, pero luego de reflexionar dijo:

-Está bien, regresen todos a la torre. Hoy ya no atenderemos a nadie.

Todos los magos empezaron a retirarse dentro de la torre.

-¡Esperen! –les dijo Klengoret reaccionando- ¡Necesitamos llegar al Planeta de las Sombras!

Pero por más que gritaba no le prestaron atención estaban concentrados en retirarse lo más rápido posible. Quizá por eso no se dieron cuenta del pequeño insecto polinizador que se había escondido en el cabello blanco de Balkrumius e ingresaba junto con él en la torre.

 

EPISODIO XI : EL HABITANTE DEL OTRO LADO

 

  No había luna en aquel planeta y la gruesa capa de nubes impedía que incluso el débil resplandor de una estrella se infiltrara en las tinieblas. Ningún ser común y corriente podría haberse orientado allí, incluso durante el día la neblina habría impedido a un humano distinguir apenas a su alrededor. Sin embargo, los ojos de un ser más oscuro que la oscuridad de aquel lugar veían claramente cada detalle. Eran los ojos del Rey de las Sombras o Rey del Planeta de las Sombras que como todas las noches había abandonado su castillo para dirigirse a las cercanías del Gran Abismo. No precisaba caminar, flotaba como un fantasma y no necesitaba escolta, pues las sombras desquiciadas le temían. Detrás de él a lo lejos estaba ahora su castillo, al frente el abismo y el puente colgante elaborado con sogas mágicas que llevaba hasta el otro lado, a la entrada al Universo Secreto de los Árfagors. Una vieja leyenda decía que los magos árfagors aliados con los dioses habían creado dicho universo con la esperanza de encontrar allí paz y tranquilidad. A las sombras les estaba impedida la entrada a dicho universo así como a cualquier otro lugar fuera del sistema solar que habitaban. El Rey de las Sombras se encontraba atrapado en aquel planeta. Ninguno de los otros planetas de aquel sistema solar tenía vida ni nubes que ocultaran a las sombras de los desagradables rayos solares, por eso el único planeta habitado allí era el de las sombras.

-Luminoso, luminoso, luminoso es el día que amanece tan glorioso –le llegó un canto desde las profundidades acompañado del sonido de un arpa. Era la Cantarina Eterna a quien los dioses concedieron la inmortalidad para que nunca dejara de cantar y así mantener calmado al monstruo del abismo. De otra manera este hubiese escapado y causado conflictos en los dos universos. Al Rey del Planeta las Sombras le hubiese gustado liberar al monstruo, pero no tenía poder para eso, el decreto divino le impedía hacer algo contra la cantarina.

Como otras noches, el siniestro rey flotó sobre el puente que conducía a la entrada al Universo Secreto de los Árfagors. A lo lejos se veía una pequeñisima luz violeta que fue haciendose más y más grande a medida que el oscuro personaje avanzaba a lo largo del puente. Cuando estuvo cerca se encontró con una gran superficie luminosa, vertical y circular. Tenía un diametro de casi tres metros y era la entrada a otro universo, el universo creado por los árfagors. El Rey de las Sombras no podía ingresar en él, pero sus ojos eran capaces de ver todo lo que ocurría dentro, incluso lo más lejano. Como otra veces, innumerables galaxias le revelaron sus secretos, infinitos soles se mostraron ante su mirada. Contempló seres casi tan poderosos como él, pero también otros que le parecían insignificantes, algunos amaban, odiaban y sufrían como en cualquier otro universo. "Los árfagors han fracasado al intentar crear un mundo donde solo haya paz y tranquilidad", pensó el Rey de las Sombras. Estaba a punto de regresar a su palacio cuando percibió una presencia perturbadora del otro lado, se sintió extrañado de que algo así pudiera sucederle a él que era tan poderoso. Fue en ese momento cuando vio aquellos enormes ojos que lo miraban desde el otro universo. No necesitó reflexionar para darse cuenta que se trataba de un ser maligno, un terrible y poderoso demonio tan siniestro como él.

-Pobre Rey del Planeta de las Sombras –dijo sonriendo aquel ser maldito con una boca enorme y dientes puntiagudos, era bastante oscuro, con algo de morado; pero negruzco, muy, muy oscuro-. Eres señor de un reino que es tu prisión.

El Rey de las Sombras no se encolerizó, sabía que de nada valía enfurecerse.

-Los árfagors crearon ese universo para desterrar todo mal, ¿cómo es posible que tú estés allí? –preguntó al demonio con el cual podía comunicarse como si lo tuviera muy cerca cuando en realidad estaban uno del otro separados por una distancia incomensurable.

-Es cierto, los árfagors crearon este universo para que reinara el bien –respondió el maligno-. Sin embargo, el supremo bien para casi todos ellos era trascender lo material, decían que la verdadera paz se encuentra en la esencia universal e inmutable, no en este mundo de apariencias. Por ese motivo, muchos de ellos abandonaron este lugar para unirse a una realidad que consideraban más amplia y duradera y solo han quedado muy pocos de ellos, poquísimos.

El Rey de las Sombras sabía que los árfagors de antaño, a diferencia de los pilluelos que seguían habitando en Árfagos, estaban interesados en trascender lo aparente, incluso al crear el Planeta de las Sombras para atrapar allí lo más maligno del universo y que sirviera de nexo con el Universo Secreto no dejaron sin esperanza a sus habitantes, por eso crearon el Castillo de las Nueve Puertas Secretas el cual era el Castillo del Rey de las Sombras. Dichas puertas eran de, la Sabiduría, la Profecía, la Curación, la Voluntad, el Amor Universal, la Renovación, la Unidad con la Suprema Ley, la Templanza y la Atemporalidad. Ninguna de estas puertas, sin embargo, interesaba al Rey de las Sombras, el cual no deseaba trascender la forma que tenía sino escapar de su prisión para extender su maldad por todo el universo. Todo ello sería posible si Makorget, el cual al ser un humano no había tenido dificultades para abandonar el Planeta de las Sombras junto con los piratas, conseguía el pergamino secreto por el cual había viajado a Árfagos, un pergamino que permitiría a las sombras abandonar ese sistema solar.

-¡Ja, ja, ja! –rio el ente maligno desde el otro universo- ¡Te has quedado sin habla!

-Dices que quedan poquísimos árfagors en tu universo –dijo reaccionando el Rey de las Sombras-. Entonces, ¿por qué esos pocos no derrotan a la maldad?

El ente del otro lado estuvo sin contestar por un buen momento. La sombra lo miró con sus ojos capaces de abarcarlo todo o casi todo, incluso aquello que para otros era secreto y creyó comprender.

-Yo soy parte de lo que queda de los árfagors –respondió finalmente la perversa entidad, afincada en aquel secreto universo, para luego empezar a reír sin pausa.

 

EPISODIO XII : LOS CUSTODIOS DE LOS PERGAMINOS

 

 Los pobladores de Komardum se habían quedado asustados al descubrir que Nigfrila no era una mujer sino una robot y ahora la miraban con hostilidad.

-Será mejor que nos retiremos a la nave –le dijo Joy Klengoret mientras intentaba soltarse de Birfridal quien se había quedado apretando su brazo con una mano y con la otra el ramo de flores amarillas que llevaba consigo. Al parecer la muchacha no salía de su asombro al haber contemplado al mago principal de la torre combatir contra la ginoide.

-¡Oh! –exclamó la joven saliendo de su estado de pasmo al notar que el hombre intentaba liberarse de ella-. ¡Lo siento!

Klengoret y la ginoide caminaron de regreso a su nave. Al llegar vieron que algunos curiosos aun seguían mirándola. A una orden de Nigfrila la nave extendió la escalera metálica y abrió la puerta para que ingresaran.

-No puedes ingresar con nosotros en la nave, jovencita –dijo la ginoide en ese momento.

Klengoret volteó a mirar y se dio cuenta que Birfridal los había venido siguiendo y todavía tenía el ramo de flores amarillas que posiblemente le había obsequiado algún admirador.

Karglum abrió los ojos y su mirada ya no era la misma. La fiebre había desaparecido. Intentó incorporarse.

-¡Espera! –le dijo el mago que lo estaba cuidando-. No debes levantarte de la cama.

-Ya estoy bien.

-Esto es asombroso, le avisaré al maestro Balkrumius.

-¡No es necesario que se lo digas!

El mago no hizo caso de las palabras de Karglum y abandonando el pequeño cuarto de este fue inmediatamente a avisar a Balkrumius.

-¡Así qué ya estás mejor! –dijo Balkrumius luego de ingresar en el cuarto del árfagor.

En ese momento el insecto robótico que estaba escondido en el cabello del viejo mago se desplazó volando hasta un florero que estaba en la habitación de Karglum y se quedó quieto allí.

-Es mejor que el insecto robótico se oculte en un objeto como ese –dijo desde muy lejos de allí, a bordo de su nave, el comisionado imperial Hankorot mientras observaba en una pantalla holográfica las imágenes que el pequeño espía robótico trasmitía-. En el cabello de ese anciano podrían descubrirlo tarde o temprano. Además desde que ha ingresado en esa torre las imágenes se habían vuelto borrosas. Quizá algo en el cuerpo de ese viejo mago perturba la trasmisión.

Mientras tanto, en la nave en forma de plato metálico, Birfridal había conseguido que Klengoret y la ginoide la dejaran subir. Estaba asombrada al ver el interior de la nave que poseía un sistema tan extraño para ella. Se puso a hacer preguntas sobre la vida de Klengoret hasta que llegó la hora de comer. En ese momento, se dio cuenta que la robot no necesitaba alimentarse y Klengoret ingería unas pastillas como alimento. Al pasar el tiempo y aumentar su hambre se despidió.

-Esa chica muestra síntomas de estar enamorada –dijo la ginoide cuando Birfridal se hubo marchado-. Es probable que haya venido en busca de pareja.

-¡Eh! –exclamó sorprendido Klengoret-. ¿Qué cosa dices? ¿Acaso es una broma?

-He captado en esa muchacha el aumento de su ritmo cardiaco, la aceleración de su respiración, la sudoración en sus manos así como la dilatación en sus pupilas al mirarlo a usted, Joy Klengoret, y no se trata de una broma.

Klengoret pensó en que la chica debía tener unos dieciocho años y en Árfagos vivía en un contexto que para él era primitivo. Los chips cerebrales como el suyo controlaban no solo su psicopatía sino también los apasionamientos amorosos que pudiera tener. Además en sociedades como Úlganos, la capital del Planeta Luccor era posible realizar todas las fantasías y disfrutar de infinitos placeres por medio de la realidad virtual sin peligro de involucrarse en una relación que pudiese exponer a la persona a gérmenes o infecciones. Y si alguien deseaba tener una pareja en la realidad física nada mejor que los robots diseñados para ello, con cuerpos exteriormente casi indiferenciables de los de un humano, equilibrados, inteligentes, divertidos, fieles, programados para adaptarse a la personalidad de su propietario humano. En cuanto a la reproducción de la especie el apareamiento hacía tiempo que había dejado de practicarse como medio para fecundar los óvulos femeninos.

Las horas pasaron y de pronto la nave anunció que tenían un visitante en el exterior. Era Birfridal y había regresado a pesar de lo avanzada que estaba la noche.

-¡Estas blumangras son deliciosas! –dijo sonriendo la muchacha cuando le abrieron la puerta de la nave. Llevaba en cada mano unas frutas de color azul.

En la Torre de los Pergaminos Secretos mientras casi todos dormían el poseído Karglum se levantó silenciosamente. En su mente podía escuchar la voz de Makorget ordenándole apoderarse de unos pergaminos.

-Sí, amo –habló Karglum-. Haré lo que usted dice.

Mientras, el pequeño árfagor, abría la puerta de su habitación el insecto robótico se posó en su hombro sin que se diera cuenta. Karglum pasó por las distintas estancias, subió muchas escaleras, hasta llegar al salón de los pergaminos secretos, el cual era protegido por poderosos entes mágicos y por una ancestral entidad llamada Dolkramom quien era jefe de un batallón de guerreros espirituales que habían jurado matar a quien se atreviera a coger los pergaminos dejados por los árfagors sin ser merecedor de ellos.

 

EPISODIO XII : DOLKRAMON

 

 Aquel salón estaba oscuro, ni siquiera la luz de la Luna Naranja se escurría por las ventanas aquella noche. Cuando los humanos colonizaron Árfagos encontraron aquel salón de la torre con sus ventanas. Allí estaban los pergaminos dejados por los árfagors en sus respectivos estantes. Al darse cuenta que se trataba de valiosa información intentaron llevarlos a un lugar más cerrado sin ningún éxito. Cuando trasladaban grandes cantidades de pergaminos a otro salón estos regresaban mágicamente al salón del cual habían sido tomados. Solo podían tomar individualmente ciertos pergaminos para estudiarlos y debían devolverlos al poco tiempo o estos se devolvían por sí mismos. Al escapar Makorget con el pergamino que le permitió llegar al Planeta de las Sombras, dicho manuscrito había dejado de estar afectado por el poder mágico que moraba en la torre, por eso pudo conservarlo. De todos modos los magos humanos se dieron cuenta que no era necesario trasladarlos, ni siquiera los insectos se atrevían a invadir aquel salón, el viento y la lluvia no lo perturbaban. Los magos que se instalaron en la torre añadieron sus propios hechizos e invocaron poderosos entes mágicos para proteger los pergaminos, aunque no era necesario. Ya existían protectores en aquel lugar que ni los mismos taumaturgos humanos podían ver. Eran los gorklons quienes en vida fueron unos gigantes de casi tres metros y habían sido dejados por los árfagors para cuidar que los conocimientos ocultos en los pergaminos no cayeran en manos equivocadas. Solo los superiores de la torre podían coger los documentos, era una indicación dejada por los árfagors quienes sabían que tarde o temprano la torre tendría nuevos habitantes y era necesario que el conocimiento no se perdiera, por eso dejaron los pergaminos. Sin embargo, existían manuscritos que ni los mismos magos de la torre conocían porque su existencia les era ocultada mediante una poderosa magia superior a la conocida por los humanos. Si alguna vez llegaba un ser digno, a él se le revelarían todos los secretos; pero ese día no había llegado.

Como cada día y cada noche Dolkramom el jefe del batallón de guerreros espirituales dejados por los árfagors para proteger los pergaminos secretos se mantenía vigilante. Una vibración en su costado llamó su atención. Era Xifrila su espada mágica que se encontraba inquieta.

-¿Qué sucede? –le preguntó a su espada mientras la desenvainaba y al hacerlo sintió un calor que habría quemado su mano si esta no fuera una mano espiritual. La vibración de la espada se hizo más intensa al ser liberada de su funda.

-Algo perturba mi descanso –respondió la espada mágica y violeta emitiendo un intenso resplandor como hacía mucho tiempo no lo hacía-. ¡Ten cuidado!

-¡Mi único cuidado es cumplir con mi juramento! –respondió el guerrero gorklon mientras se dirigía a los otros espíritus a su mando-. ¡Dejemos primero qué los entes mágicos se hagan cargo! ¡Solo intervendremos en caso de ser necesario!

-¡Así lo haremos! –respondieron los otros guerreros espirituales levantando sus espadas.

En ese instante desde el exterior se escucharon unas palabras mágicas y la puerta del salón se abrió de par en par. Un pequeño individuo avanzó en la oscuridad mientras los ojos rojos e incandescentes de los entes de formas indefinidas lo observaban, se trataba de un árfagor.

Makorget se encontraba cerca de la Torre de los Pergaminos Secretos mientras su mente se concentraba en Karglum a quien tenía dominado. Sus poderes mágicos habían aumentado desde que cruzara la Puerta de la Atemporalidad en el Planeta de las Sombras. Era capaz de ver lo que Karglum veía, dirigir sus movimientos y hablar por su boca.

-Surgamis Dominabulor –fueron las palabras que salieron de la boca de Karglum dirigiéndose a los entes mágicos. Al hacerlo sus ojos se iluminaron, su cuerpo emitió un poderoso resplandor y por un momento pareció flotar en el aire-. ¡Sométanse ante mi poder!

-Sí, amo –respondieron los entes.

-Imperkratum Diormeus –siguió diciendo el árfagor mientras uno de los pergaminos se iluminaba y empezaba a flotar hasta él.

Lo que ocurría ya no era captado por el insecto robótico, aunque había sido diseñado para permitir ver lo que ocurría en la oscuridad, no era capaz de percibir lo que allí sucedía, quizá la magia lo había bloqueado. Todavía podía volar obedeciendo las órdenes que le eran enviadas, pero lo hacía desorientado.

Dolkramom esperaba que los entes mágicos expulsaran al intruso, pero estos se habían quedado quietos. Los guerreros espirituales gorklons a su mando lo miraron esperando sus órdenes. El jefe de los guerreros espirituales se daba cuenta que algún ser malvado había poseído al árfagor. Debía proteger los pergaminos, pero no podía dejar de ayudar a ese inocente que además era un árfagor, un descendiente de sus antiguos señores.

-¡Por favor, reacciona! –gritó Dolkramom empleando toda su energía espiritual para hacerse oír en la mente de Karglum-. ¡No te dejes vencer por el mal!

El pequeño hombrecillo violeta pareció reaccionar.

-¿Qué? ¿Qué hago aquí?

En ese momento el resplandor de su cuerpo desapareció y el pergamino que flotaba hacia él regresó a su lugar. El hechizo que tenía dominados a los peligrosos guardianes de ojos incandescentes se rompió.

-¡Muerte al intruso! –gritaron los terribles entes mágicos y se lanzaron sin compasión contra el pequeño individuo.

Birfridal se encontraba nuevamente en la nave junto con Klengoret y la ginoide. Apenas había llegado cuando les ofreció a los viajeros unas frutas azules llamadas blumangras. Obviamente la robot no aceptó y tampoco Klengoret cuyo organismo no estaba adaptado para ingerir ese tipo de alimentos.

-Me las comeré yo sola –dijo la joven.

-Mañana esperamos encontrar al Maestro de las Doce Plumas que mencionaste, quizá pueda ayudarnos –le comentó Klengoret.

-Sí, es posible.

-Bueno, ya es tarde deberías irte a descansar a tu casa.

-No tengo sueño.

-Estarán preocupados por ti.

-Mi padre y mi madrasta no me extrañan.

En ese momento las luces de la nave empezaron a vibrar, las pantallas se apagaron, la puerta exterior se abrió y se volvió a cerrar. Klengoret miró a Nigfrila bajo la luz parpadeante.

-¡No sé lo que ocurre! –le dijo la ginoide.

La nave de pronto despegó por sí sola y luego aterrizó bruscamente. Klengoret intentó aferrarse a alguna parte de la nave sin ningún éxito, cayó junto con la chica. Ni siquiera la robot pudo evitar perder el equilibrio.

-¡Lo siento! –dijo Birfridal es mi culpa.

-¿Tu culpa?

En eso la joven empezó a dirigirse a alguien a quien Klengoret y Nigfrila no podían ver ni oír.

-¡Te dije qué no trajeras a tu primo!

-¡El primo Sorinfredo me había prometido que se portaría bien! –respondió Sorinfel mientras jalaba una de las orejas de su pequeño primo. En realidad ambos eran muy pequeños, más pequeños que un árfagor.

-¡Ayayay! ¡Suelta mi orejita! ¡Yo solo quería investigar como funcionaba esta olla voladora!

-¿Y por esa razón la malograste?

-Solo moví unas cosas extrañas, luego intenté ordenar todo y por eso moví más cosas dentro de esta olla gigante.

Un enorme rostro de color verde fosforescente apareció de pronto. Era la computadora principal de la nave que se manifestaba mediante una imagen holográfica.

-¡Un genio! –gritaron los duendes emocionados.

-La... mento los incon... venientes. Iniciando reparación automá... tica –dijo la imagen para luego desaparecer.

-¡Huy! ¡Ya se fue el genio!

En el Salón de los Pergaminos Secretos, Dolkramom había interpuesto su espada mágica entre los entes y el pequeño árfagor. Los otros guerreros espirituales al ver la acción de su líder habían hecho lo mismo.

-¡No te interpongas en nuestro camino! –le dijeron los entes.

-No permitiré que se lastime a un descendiente de los antiguos árfagors.

-¡Entonces, todos ustedes sufrirán las consecuencias! –dijo el ente mágico que parecía ser el líder.

-Yo no lo creo –respondió Dolkramom-. Parece que no tienes idea de a quien te diriges.

Durante mucho tiempo desde que los entes habían sido invocados por los magos humanos, los guerreros espirituales los dejaron actuar libremente, pues tenían un mismo objetivo cuidar de los pergaminos secretos; pero ahora era diferente.

-¡Xifrila corta la oscuridad! –gritó el guerrero espiritual.

-¡Xifrila tiene hambre de entes malvados! –respondió la espada mágica mientras se iluminaba intensamente.

Los fieros entes sintieron la energía que emanaba de la espada y se dieron cuenta de su poder. Si se atrevían a atacar los desintegraría a todos con solo toparlos, quedarían convertidos en algo más insignificante que el humo.

-¡Espera, maestro! –dijeron apartándose-. No te enojes, ya nos retiramos.

Cuando Dolkramom pensaba que ya todo el peligro había pasado el cuerpo del árfagor volvió a resplandecer y hablar con voz rara.

-¡No te librarás de mí fácilmente! –habló Makorget por la boca de Karglum. Había vuelto a dominar su mente.

-¡No, no dejaré que me utilices para tus siniestros propósitos! –respondió el árfagor que luchaba por liberarse del dominio del hechicero.

-¡De nada te servirá resistir, ya estuviste bajo mi control antes!

-¡Malvado, no te saldrás con la tuya!

Si alguien que no estaba enterado de lo que acontecía hubiera visto a Karglum en ese momento lo habría tomado por un orate. Parecía como si el árfagor discutiera consigo mismo empleando dos voces distintas; pero no era así, en realidad luchaba para liberarse del poder de Makorget.

- Imperkratum Diormeus –dijo Makorget y un pergamino resplandeciente volvió a flotar en dirección a él-. No podrán evitar que cumpla mi propósito.

Dolkramom miró el pergamino y se dio cuenta de algo que no había notado antes.

-¡Eh! ¡Pero! ¡Pero si es el pergamino con la información para liberar al Rey del Planeta de las Sombras! ¡No te lo llevarás!

-Así, ¿qué harás para impedirlo?

-¡Árfagor, reacciona! ¡Lucha contra ese malvado!

-¡Es inútil soy demasiado poderoso y a él le falta entrenamiento!

Aunque Dolkramom deseaba proteger al árfagor también sabía que aquel pergamino no podía salir de allí o ocurriría una catástrofe. Debía tomar una decisión. Tenía que hacerlo. Miró a los otros guerreros buscando algún consejo.

-Depende de ti, jefe –le dijo uno de los gorklons.

-Te apoyamos en lo que decidas –habló otro.

-Entonces, solo queda una cosa por hacer –respondió Dolkramom-. Deseaba preservar su vida, pero esto es demasiado importante y el bienestar de todo el universo peligra si lo dejamos llevarse el pergamino.

-Así es.

Levantó su espada para terminar de una vez con aquel peligro. El golpe sería rápido, el pequeño individuo no sufriría.

-¡Xifrila corta la oscuridad!

La espada avanzó como un rayo en dirección al cuello de su víctima. Los ojos espirituales de Dolkramom estaban fijos en su objetivo. Fue en ese momento cuando el arma mágica se escapó de su mano mientras su resplandor se apagaba inmediatamente, una violenta energía lo sacudió lanzándolo por los aires, lejos, muy lejos como si lo atacara un huracán o una legión de demonios.

 

EPISODIO XIV : PERSECUCIÓN

 

  Hankorot era informado por los espías robóticos de lo que acontecía cerca de la Torre de los Pergaminos Secretos. Sin embargo, no tenía idea de lo que ocurría dentro. Su nave, así como otras naves imperiales que lo acompañaban, no había aterrizado en Komardum; pero estaba muy cerca, flotando en el espacio, oculta por su sistema de invisibilidad y anti rastreo. Solo una nave imperial había descendido sin ser detectada para dejar en tierra un grupo de robots espías, de ese grupo provenía el insecto robótico y volador que le había estado transmitiendo lo que ocurría en la torre. Sin embargo, desde que el insecto estaba dentro la transmisión había sido defectuosa. En cierto momento, se había posado en el hombro de un árfagor que avanzaba subiendo muchas escaleras de la torre, en medio de la oscuridad, hasta llegar a un salón. Al entrar en aquel salón la trasmisión empezó a fallar hasta que se cortó definitivamente. A pesar de la oscuridad, el pequeño robot espía había logrado transmitir lo que se encontraba dentro de aquel salón, gracias a su sistema de visión nocturna. El salón estaba lleno de estantes con pergaminos.

-Debe conseguir la información sobre el Planeta de las Sombras cueste lo que cueste –le habían dicho sus superiores imperiales. Hankorot no entendía bien porque se interesaban por un planeta que solo existía en la imaginación de algunas personas, pero debía obedecer. Según la información que tenía en los pergaminos de la torre se hallaba la información para llegar al Planeta de las Sombras y ahora conocía la ubicación exacta de dichos pergaminos gracias al insecto robótico.

-Ejecutor RQTM98, el insecto espía ha identificado el salón donde se encuentra lo que buscamos–dijo Hankorot al androide que dirigía a los otros robots espías. A pesar de la distancia en que se encontraban uno del otro, Hankorot en su nave espacial y el robot cerca de la torre, la transmisión era muy clara-. Invade aquel salón de la torre junto con tu equipo.

-Sus órdenes será cumplidas, comisionado imperial –respondió el androide ejecutor RQTM98.

Al instante el androide junto con los otros robots que lo acompañaban empezaron a elevarse empleando el dispositivo de vuelo que poseían. En poco tiempo llegaron hasta una ventana de madera que correspondía al salón que estaban buscando. La ventana se veía deteriorada y tenía algunos agujeros. Había suficiente espacio para pasar por allí, solo tenían que romperla. Pero no pudieron romperla. Probaron con las otras ventanas de madera y tampoco consiguieron dañarlas por más que las golpearon. Y cada golpe les quitaba energías. El RQTM98 apuntó con su arma láser y disparó un rayo que habría destruido la gruesa pared metálica de una nave espacial, pero no le hizo daño a la ventana que era su objetivo, tampoco tuvieron éxito los disparos de sus compañeros con sus propias armas láser.

-¡Esto no tiene lógica! –dijo Hankorot mientras veía la transmisión de todo lo que ocurría-. ¡La madera no puede resistir al láser! ¡Acaso esas ventanas son hologramas! ¡Quizá toda esa torre es un gigantesco holograma! ¿O estamos en un sueño o en la realidad virtual? ¡De ser necesario destruiremos esa torre atacándola con las armas de nuestras naves!

En ese momento una de las ventanas de madera se abrió y los androides se prepararon para entrar. Pero la ventana no había cedido por el ataque de los robots. Un gran resplandor los sorprendió mientras observaban que por la ventana salía volando un pequeño individuo de color violeta con un pergamino en sus manos.

Dolkramom se encontraba aturdido. Su cuerpo espiritual había sido lanzado por los aires como si fuera un muñeco de trapo. Al reponerse, regresó rápidamente al Salón de los Pergaminos Secretos solo para ver como el poseído Karglum, quien se había apoderado del pergamino con el cual se podía liberar al Rey de las Sombras, se iba volando por una de las ventanas del salón, la cual acababa de abrirse. Los otros guerreros espirituales intentaron detenerlo, pero no tuvieron éxito.

-¡Xifrila! –le habló Dolkramom a su espada que se encontraba tirada en el piso. Su resplandor se había apagado-. ¡Xifrila, lo siento!

Levantó la inerte espada. El arma ya no transmitía calor, estaba fría.

-¡Xifrila!

El guerrero gorklon hizo una oración al cielo. No podía dejar que su gran amiga lo abandonara. Xifrila emitió un débil resplandor. No estaba muerta.

-¡Amo, lamento haberte fallado! –dijo la espada avergonzada.

-¡Fue culpa mía! ¡Debí recordar que fuiste creada para servir a los árfagors no para atacarlos!

Unos gritos llegaron desde fuera de la torre. Los otros guerreros espirituales habían salido a perseguir al árfagor que se alejaba volando con el valioso pergamino.

-¡Vamos a ayudar a los otros! –le dijo el guerrero a Xifrila que había ido recuperando su resplandor-. ¡Pero esta vez tendremos más cuidado!

Al salir vio a un grupo de individuos extraños que intentaban ingresar por la ventana abierta sin ningún éxito, eran los androides imperiales. El guerrero sonrió divertido, pues sabía que aunque estuviera la ventana abierta el poder mágico del salón no dejaría entrar a seres desprovistos de la magia necesaria para ingresar en él. No les tomó importancia a los androides y se fue detrás de sus compañeros espirituales que perseguían a Karglum.

-¡Nuestras armas no pueden dañar al árfagor! –dijo Dolkramom luego de alcanzar a los otros guerreros espirituales-. Debemos encontrar al maligno hechicero que lo tiene dominado.

Mientras se ponían de acuerdo en lo que debían hacer, Karglum se iba alejando cada vez más de la torre. Los guerreros empezaron a seguirlo nuevamente para evitar que se alejara demasiado de ellos, pues no podían impedirle avanzar. Mientras tanto, el árfagor continuaba volando hasta llegar cerca de donde se encontraba la nave, en forma de plato metálico, de Joy Klengoret y la ginoide. Un poco más lejos, un hombre calvo y flaco lo esperaba de pie, era Makorget. Karglum descendió junto a él y le entregó el pergamino que llevaba.

-¡Ese es el hechicero! –gritaron los guerreros reaccionando y se lanzaron sobre el malvado.

El mago intentó huir, pero los guerreros lo rodearon en un instante y empezaron a atacarlo con sus espadas. Su magia apenas lograba protegerlo de los ataques. Al inicio solo recibió leves rasguños, pero luego empezó a sufrir cortes profundos. Iba a morir a manos de los guerreros gorklons cuando una nave fantasma aterrizó muy cerca. La puerta del aparato volador se abrió y apareció un viejo pirata.

-¡Ya estamos aquí! –dijo la voz del capitán Kirt desde su nave.

Makorget reunió las fuerzas que le quedaban y corrió a la nave para salvar su vida mientras era perseguido por los gorklons.

-¡Elévense ahora! –gritó Makorget mientras invocaba un campo de fuerza mágico para seguir resistiendo los ataques de los guerreros espirituales que lo habían seguido dentro de la nave.

La nave pirata se elevó y Dolkramom con los otros espíritus tuvieron que abandonarla, pues no podía alejarse demasiado de la torre.

-¡Se dirige al Planeta de las Sombras! –gritó uno de los gorklons-. ¡Liberará al Rey del Planeta de las Sombras así como a las sombras que le sirven!

-¡Si pudiéramos perseguirlo, pero no podemos alejarnos mucho de la torre y de los otros pergaminos!

-¡Podríamos si un árfagor nos lo ordenará! –dijo Dolkramom mientras miraba a Karglum quien se había quedado tirado en el suelo. Ya no se encontraba bajo el poder del maléfico mago, pero estaba inconsciente.

En ese momento la puerta de la nave en forma de plato metálico, la cual estaba cerca, se abrió y aparecieron Joy Klengoret y Birfridal.

-Ha sido la nave del Capitán Kirt y no hemos podido seguirla porque nuestra nave sigue auto reparándose –dijo Klengoret quien desde su nave había visto como la nave de los piratas aparecía y luego se marchaba.

-¡Ese de allí parece el Maestro de las Doce Plumas! –dijo Birfridal al ver al árfagor tirado en el suelo, iluminado por la luz de la Luna Naranja que acababa de aparecer detrás de una nubes.

Fueron donde estaba el árfagor, pero este tenía los ojos cerrados. Un insecto estaba prendido en uno de sus brazos, pero ellos no lo notaron. Llevaron al desmayado dentro de la nave para tratar de reanimarlo.

-¡Auto reparación completada! –dijo en ese momento la computadora principal de la nave en forma de plato metálico.

Mientras Karglum estaba inconsciente Dolkramom le habló en sus sueños, pues el guerrero gorklon era un espíritu y podía comunicarse con el árfagor de esa manera.

-¡Árfagor, tienes ordenar que persigamos al ladrón del pergamino! ¡La información que ha robado es demasiado peligrosa! ¡Es un pergamino que sirve para liberar al Rey del Planeta de las Sombras!

-¡Pero yo no tengo autoridad! –respondió Karglum.

-¡Claro que sí! –insistió Dolkramom- ¡Eres un descendiente de los antiguos árfagors, a quien yo y los otros guerreros servíamos!

-¡Entonces, les ordeno recuperar ese pergamino!

-¡Así se hará!

Al escuchar que la reparación de la nave estaba completada, Nigfrila le ordenó:

-¡Despega! ¡Todavía podemos alcanzar a esa nave pirata! ¡Es la nave del Capitán Kirt! ¡Quizá nos lleve al Planeta de las Sombras!

-¡Pero no podemos llevar a esta chica con nosotros ni al pequeño individuo desmayado! –dijo Klengoret refiriéndose a Birfridal y a Karglum.

-¡Lo siento! ¡Pero no podemos detenernos!

La nave se elevó inmediatamente y avanzó en persecución de la Escapista Azul, la nave del Capitán Kirt, a la cual podía rastrear, a pesar de la distancia, debido a la potente energía que emanaba de ella.

Mientras tanto, Hankorot estaba enterado de todo lo que sucedía gracias al insecto robótico que se había posado en uno de los brazos de Karglum y nuevamente estaba transmitiendo.

-¡Sigan a la nave de Klengoret! –ordenó el comisionado imperial a todas las naves imperiales que estaban cerca a la suya-. ¡Mi nave también la seguirá! ¡Se dirige al Planeta de las Sombras!

 

EPISODIO XV : CRUZANDO LA ENTRADA

 

  Makorget tenía cortes en distintas partes del cuerpo y estaba desangrándose a un ritmo acelerado, sin pausa. La muerte ya se lo llevaba, empezaba a arrastrarlo y lo tenía cogido de los pies. El mago se había desplomado en el piso de la nave espacial de los piratas, la Escapista Azul, mientras aferraba con fuerza el pergamino con la información para liberar al Rey del Planeta de las Sombras. Sus ojos se habían puesto blancos, el sudor bañaba su frente mientras se estremecía de pies a cabeza.

-¡Deberíamos acabar de una vez con el maldito! –dijo un pirata cuyo brazo derecho era robótico. Se llamaba Dourboum y un rayo láser le había cercenado su brazo humano. Al igual que sus otros compañeros piratas casi mantenía la apariencia que había tenido antes de perder su sombra y de convertirse en un muerto viviente. Por supuesto, al igual que sus compañeros tenía otras partes de su cuerpo dañadas, lo cual les había ocurrido a todos ellos luego de volar en pedazos junto con su nave y regresar nuevamente a la vida. Algunos piratas carecían de orejas, de ojos o tenían la piel quemada.

-¡Mejor dejémoslo que sufra! –dijo otro pirata de nombre Crueldelom el cual no se compadecía de nadie.

-¡Si el mago muere el Rey del Planeta de las Sombras no nos devolverá nuestras sombras para que podamos descansar en paz! –habló el capitán Kirt.

-¡Nos dará lo que queramos si le entregamos ese pergamino! –respondió Dourboum señalando el pergamino que aferraba Makorget-. ¡Eso es lo que desea el Rey del Planeta de las Sombras!

Sin esperar la respuesta de su capitán, el impaciente pirata caminó hacia el moribundo mago y cuando lo tuvo cerca de sus pies se inclinó para quitarle el pergamino. Makorget, sin embargo, no soltó aquel manuscrito. El hombre jaló con fuerza empleando su mano robótica sin conseguir quitárselo. Al no conseguir resultados empleó las dos manos, pero fue inútil. Entonces, se dio cuenta que el hechicero se había quedado rígido. Comprobó si tenía pulso o respiraba.

-¡Está muerto!

-¡Quítale el pergamino!

Sin embargo, aquellos dedos se aferraban al documento como si pertenecieran a una estatua. Dourboum sacó un arma láser con la intención de cortar las manos de Makorget, pero en ese momento el cadáver levantó una de sus manos, en ella tenía el manuscrito y parecía querer entregarlo. El pirata intentó cogerlo con su mano robótica.

-Creo que eso me pertenece –dijo una voz detrás de él-. Ten la amabilidad de quitarte de en medio.

Dourboum volteó sorprendido para ver quien le hablaba y se encontró con Makorget. El mago seguía siendo calvo, pero ahora era musculoso, se veía más alto. El pirata no pudo evitar asustarse y le apuntó con su arma láser, sin embargo antes de que Dourboum pudiera disparar, su cabeza se desprendió de su cuerpo debido a un ataque mágico.

-¡Así aprenderás a respetarme! –dijo Makorget mientras hacía a un lado el cuerpo del pirata sin cabeza y a continuación se aproximaba para coger el pergamino que le estaba entregando su propio cadáver. Es decir Makorget le entregaba el pergamino a Makorget.

Los piratas se habían quedado sorprendidos al ver al mago materializarse en un nuevo cuerpo, pero ahora estaban enojados.

-¡Toma, miserable! –gritó el capitán Kirt mientras atacaba al mago con un disparo de su arma láser-. ¡A los insectos hay que matarlos!

Los otros piratas también unieron sus ataques a los de su capitán. No les había gustado que Makorget atacara a uno de los suyos y además ya no soportaban al mago. No lo necesitaban más, solo debían matarlo las veces que hiciera falta para quedarse con el pergamino codiciado por el Rey del Planeta de las Sombras y este les devolvería sus sombras, de ese modo dejarían de ser muertos vivientes. En tanto ellos combatían su nave avanzaba sin pausa hacia el Planeta de las Sombras, pues no necesitaba que la dirigieran.

Mientras otros peleaban, la nave en forma de plato metálico en la que iba Joy Klengoret aceleraba a máxima velocidad y hasta se teletransportaba con la finalidad de acortar la distancia entre ella y la nave de los piratas; pero no era fácil alcanzar a la nave fantasma. Cuando la nave en forma de plato metálico acababa de teletransportarse hacia un determinado lugar la nave de los piratas ya se había alejado de allí.

-Deberías haberte quedado en Árfagos –le dijo Klengoret a Birfridal.

-No te preocupes mi padre y mi madrasta no me echarán de menos –respondió la chica-. Quizá me extrañen algunos de mis amigos, pero ya me verán cuando regrese.

-Si es que regresamos.

Birfridal iba a responder, pero en ese momento Karglum a quien habían colocado sobre una cama flotante se despertó del desmayo y empezó a preguntar que ocurría. Le informaron que estaban siguiendo a la nave del capitán Kirt la cual seguramente los llevaría al Planeta de las Sombras donde esperaban resolver de una vez el misterio de las apariciones de esta nave pirata y el robo que hacían del elemento XH, lo cual transtornaba a la civilización imperial.

-Un malvado mago me utilizó para robar un pergamino muy peligroso –dijo Karglum mientras empezaba a levantarse de la cama flotante, la cual descendió un poco para que a su pequeño ocupante se le hiciera fácil abandonarla. Al quedar desocupada el piso de la nave se abrió un poco y, cuando la cama hubo ingresado por el espacio abierto, se volvió a cerrar-. ¡Si logra llegar al Planeta de las Sombras con ese pergamino será el fin del mundo!

En la nave pirata, Makorget se defendía con un campo de fuerza mágico de los rayos láser que le estaban lanzando. Pensó en pasar al contraataque lanzando bolas de fuego, pero al notar que podía dañar la nave decidió emplear otro hechizo. Vio como el cuerpo de Dourboum se ponía de pie y luego de levantar su cabeza, tirada en el suelo, se unía a los ataques en su contra. Tenía que emplear un encantamiento efectivo para defenderse. Si invocaba a un dragón este destrozaría toda la nave, así como si hacía aparecer un gigante de piedra.

-¡Entréguennos el pergamino! –se escuchó en ese instante una voz. Un guerrero de cuerpo casi transparente, un fantasma, con una espada violeta y luminosa apareció seguido por otros guerreros con espadas semejantes a la suya.

Los piratas dejaron de atacar a Makorget. No podían permitir que los guerreros fantasmas se llevaran el pergamino. Se enfrentarían muertos contra muertos. El capitán Kirt junto con sus hombres dispararon a los guerreros, pero los rayos los atravesaban como las flechas lo hacen con el aire. Los gorklons se aproximaron a Makorget que cogió con fuerza el pergamino y se preparó para resistir los ataques de las espadas mágicas. En ese momento las luces se apagaron y unos enormes ojos rojos aparecieron en una de las paredes de la nave. Una risa sarcástica retumbó en todos los rincones.

-¡Nos volvemos a encontrar, viejo amigo! –dijo una voz que producía escalofríos-. ¡Veo que todavía conservas a Xifrila! ¡Será un placer enfrentarla a mi espada de las tinieblas, Sombrularia, la atormentadora!

-¡No tengo miedo de enfrentarte, maldito Rey del Planeta de las Sombras! –respondió Dolkramom el guerrero fantasma mientras aferraba con fuerza a Xifrila, su espada mágica-. ¡Pero no permitiré que el pergamino llegue a tus manos!

-¡Ja, ja, ja, ja, ja! ¡Ya es demasiado tarde, amigo mío! ¡La nave está entrando en mis dominios en este momento, por eso he podido proyectar mi imagen!

Era cierto, la Escapista Azul acababa de entrar en la región por la cual se llegaba al Planeta de las Sombras, allí estaba una especie de puerta interdimensional o agujero de gusano. La nave pirata ingresó por aquella misteriosa entrada y desapareció como si la hubieran engullido. Unos instantes después ingresaba por el mismo lugar la nave de Klengoret y al poco tiempo lo hacía la nave de Hankorot junto con las otras naves imperiales que la acompañaban.

 

EPISODIO XVI :EL SECRETO DE LA PUERTA DE LA ATEMPORALIDAD

 

 La nave pirata llegó al sistema solar al cual pertenecía el Planeta de las Sombras. Un siniestro poder la arrastraba rápidamente hacia aquel planeta maldito mientras los guerreros gorklons intentaban arrebatarle a Makorget el pergamino secreto. Cuando la nave estuvo a muy poca distancia del planeta la temperatura comenzó a descender. Unos gritos se escucharon, primero con poca intensidad como a lo lejos, luego parecieron irse acercando cada vez más. Eran aterradores. Las espadas mágicas de los guerreros fantasmas se iluminaron como si percibieran la cercanía de algún maligno enemigo. En ese momento, una furiosas sombras se lanzaron sobre ellos como si quisieran devorarlos. Habían sido enviadas por su amo, el Rey del Planeta de las Sombras para proteger a Makorget y el pergamino. Cuando la nave aterrizó en el planeta las terribles sombras se interpusieron entre los guerreros fantasmas y Makorget quien aprovechó para escapar junto con los piratas muertos hacia el castillo del Rey del Planeta de las Sombras. La nave había llegado a unos trescientos pasos del castillo, pues no le era posible aproximarse demasiado a él. Dolkramom junto con los otros guerreros fantasmas lucharon ferozmente contra las sombras hasta hacerlas retroceder momentáneamente, por eso no se dieron cuenta que una nave en forma de plato metálico aterrizaba muy cerca de allí y luego de ella lo hacían muchas otras más, pues habían venido siguiendo a la nave pirata. El guerrero gorklon no podía fijarse en las naves recién llegadas, pues sus ojos capaces de ver a través de la neblina estaban concentrados en las sombras desquiciadas que se encontraban en los alrededores. Eran miles de ellas y se habían puesto furiosas al ver a los guerreros fantasmas, sabían que eran sus enemigos. Una larga y difícil batalla se entablaría.

-¡Estoy contigo, amo! –dijo Xifrila al guerrero fantasma-. ¡Juntos hasta el fin!

-¡Así sea!

Dolkramom cogió con fuerza el mango de Xifrila su espada mágica y se preparó para seguir luchando.

Mientras tanto en su castillo, el Rey del Planeta de las Sombras aguardaba sentado en su oscuro trono la llegada de Makorget con el pergamino que poseía el secreto para liberarlo de estar confinado en ese planeta. Si todo salía bien, tanto él como sus servidores de sombra podrían tener acceso a todo el universo del cual habían sido desterrados hacía mucho tiempo. Sin embargo, su situación ya no era precisamente la misma. Había recibido una oferta.

-¡Si te vuelves mi aliado te liberaré! –le había dicho un árfagor que ahora era un ser corrompido, muy oscuro. Decía llamarse Imperdagrum y se comunicaba desde más allá de la entrada violeta que conducía a un universo secreto, pues el Planeta de las Sombras era el nexo entre dos universos, el comúnmente conocido y otro más reciente creado por los magos árfagors.

-¡Mientes! –fue en aquel momento la respuesta del Rey del Planeta de las Sombras-. ¡Solo muy pocos árfagors poseen el conocimiento para liberarme y tú no eres uno de ellos!

-¡Ja, ja, ja, ja, ja! –había reído el siniestro árfagor-. ¡Te asombrarías de lo que soy capaz! ¡Pero no me refiero a cualquier tipo de libertad! ¡No te estoy ofreciendo liberarte para que cruces hacía aquel universo del cual procedemos todos! ¡Te estoy ofreciendo la oportunidad de venir hacia este nuevo universo para que seas mi aliado! ¡Juntos derrotaremos a los otros árfagors que todavía quedan! ¡Yo tengo el poder para dejar que pases hasta aquí junto con tus servidores! ¡Este será nuestro reino!

Al Rey del Planeta de las Sombras le había encantado el ofrecimiento, sin embargo, sabía que Makorget estaba próximo a traerle el pergamino que lo liberaría y de ese modo, también, tendría acceso al universo convencional. Podría aceptar la oferta de ir al Universo Secreto de los Árfagors, pero cuando lo deseara podría ir al otro universo para dominarlo. Por eso había pedido a Imperdagrum un tiempo para resolver algunos asuntos con sus sirvientes de sombra. El oscuro árfagor le había dicho que le avisara cuando estuviera listo. Y ahora el Rey del Planeta de las Sombras solo esperaba la llegada del mago y de los piratas con el pergamino.

-Su majestad, el mago y los piratas han llegado –dijo una sombra enorme, con horribles y enormes espinas en su negro cuerpo.

-¡Tráelos aquí! –dijo el siniestro rey.

La sombra se alejó flotando para cumplir la orden de su soberano. Al poco rato regresó con Makorget y los piratas. El mago tenía el pergamino en una de sus manos.

-¡Entrégamelo! –dijo el Rey del Planeta de las Sombras mientras extendía una mano más negra que el fondo del más oscuro abismo.

-¡No! –respondió Makorget aferrando con fuerza el manuscrito.

-¡Entrégamelo o te lo quitaré! –dijo el Rey del Planeta de las Sombras levantándose de su trono. De pronto se había vuelto enorme, una gigantesca sombra. El mago y los piratas parecían pequeños insectos comparados con él.

-¡Te daré el pergamino, pero primero dame lo que me prometiste! –le dijo el mago-. ¡Quiero el secreto para cruzar la Puerta de la Atemporalidad sin retornar de ella!

-¡Nosotros queremos nuestras sombras! –dijo el capitán Kirt refiriéndose a sí mismo y a los otros piratas.

-¡Les daré lo que les prometí! –respondió el maligno rey-. ¡Pero primero entréguenme el pergamino!

-¡Primero el secreto de la Puerta de la Atemporalidad o lo destruiré! –dijo Makorget haciendo aparecer una bola de fuego y acercándola al manuscrito-. ¡No me importa si me matas, pero no tendrás nunca el pergamino!

-¡Acompáñame!

Siguieron al oscuro rey hasta un lugar de la torre donde había una enorme puerta que Makorget reconoció como la Puerta de la Atemporalidad. En el piso de aquella estancia se encontraba una gran roca.

-¡Descuberlux fargeun! –dijo el rey.

En ese momento la enorme roca desapareció y en el piso apareció un gran fuego.

-¡Tienes que atravesar a Gramirch para purificarte antes de pasar por la puerta!

-¡Crees que soy estúpido! –gritó Makorget furioso mientras arrugaba el pergamino con sus manos-. ¡No pretendo morir quemado! ¡Y todos saben que morir así no te libera sino te deja marcado durante muchas vidas! ¡Destruiré este pergamino!

-¡No lo hagas! –dijeron los piratas-. ¡Nosotros queremos nuestras sombras!

-¡Tanto esfuerzo para que quieras engañarme! –siguió diciendo el mago mientras se protegía con su escudo mágico de los intentos de los piratas por quitarle el pergamino y nuevamente volvía a hacer aparecer una bola de fuego para destruirlo.

-¡Espera! –dijo la gigantesca sombra-. ¡No te estoy engañando! ¡Ese fuego no es común! ¡Lo entenderías si conocieras la historia de Órklum el magnífico!

-¿Órklum el magnífico? ¡Quieres engañarme nuevamente!

-¡Te contaré su historia!

-¡Está bien! –respondió el mago-. ¡Escucharé esa historia, pero si no me convence destruiré lo que tanto anhelas!

Todos quedaron en silencio mientras el Rey del Planeta de las Sombras empezaba su relato.

 

EPISODIO XVII : ÓRKLUM

 

  Hasta los agudos oídos del Rey del Planeta de las Sombras llegaban lamentos, maldiciones, gritos de pánico. Se daba cuenta que afuera de su castillo estaba ocurriendo una terrible batalla, pero no podía atender a eso, debía empezar a narrar lo que conocía. En su ser de sombra se ocultaban antiguos secretos, pues incluso la oscuridad puede tener luz, así como la luz puede tener oscuridad o el caos puede tener orden.

-En el origen cuando inexistía la Nada, inclusive entonces existía Órklum el magnífico –dijo el siniestro rey mientras movía su negra mano para acompañar la expresión de sus palabras-. Órklum al tener como única compañera a la Nada que inexistía, pasaba su inmortal existencia en silencio y soledad. La Nada no era una compañera muy alegre, no se emocionaba ni respondía cuando él le contaba de sus anhelos e ideas. Algunas veces Órklum soñaba con otras existencias que lo acompañaban, eso lo hacía feliz. Reía y le contaba sus sueños a la Nada, pero ella no reía junto con él. Otras veces, tenía sueños muy tristes, entonces lloraba y compartía su aflicción con la Nada; pero ella no lloraba junto con él.

-¡Nada, respóndeme! ¡Nada, por favor!

La indiferencia de la Nada terminó por enfurecerlo, por eso lanzó todo su poder de inmortal para agredirla; pero ella no se quejó. Avergonzado por su actitud le pidió perdón, pero tampoco por esto obtuvo respuesta alguna. Decidió finalmente abandonarla pensando que quizá encontraría alguna compañía más comunicativa, pero no importaba el lugar a donde se dirigiera, la Nada lo seguía a todos lados. Órklum le preguntó porque lo seguía, pero no obtuvo respuesta. Al borde del enloquecimiento, empleó todo su poder mágico para darle voz a la Nada. Fue en ese instante cuando empezó a presentir que algo nuevo estaba cerca de él.

-¿Nada, estás allí? –preguntó.

No le respondieron, pero podía sentir que algo lo observaba. Le pareció escuchar un susurro.

-¿Nada, estás allí? –volvió a preguntar.

Nuevamente escuchó un susurro, ¿acaso sería su imaginación?

-¿Nada, estás allí?

Entonces, pudo escuchar con claridad.

-No, no estoy aquí, yo ni siquiera soy.

-Pero si tú ni siquiera eres, ¿cómo puedes estarme contestando? –preguntó asustado.

-Eso es porque tu mente me ha hecho hablar. Todo lo que tu mente conciba cobrará vida, Órklum.

-Pero si es mi mente la que da vida a las cosas, ¿cómo sabré si no estoy loco?

-Eso no importa porque no hay Nada aquí que pueda juzgarte, y las criaturas surgidas de tu mente, no podrán juzgarte tampoco aunque quieran. ¿Cómo podrían juzgarte a ti seres que dependen de tu mente para existir? Y si acaso lo hacen será tu propio pensamiento que se cuestiona a sí mismo. Si alguna de tus creaciones te juzga, serás tú juzgándote a ti mismo.

Fueron en esos tiempos cuando empezaron las primeras creaciones de Órklum. Una de las producciones de su mente fue una criatura semejante a una rosada y brillante nube que apareció en medio del gran vacío. Este ser no tenía ojos ni boca, pero parecía emitir algo como un zumbido. Sin embargo, la primera forma significativa y duradera que se manifestó fue una pequeña bola de fuego semejante a un sol en miniatura. Es necesario advertir que aquella bola era pequeña en la mente de Órklum, pero para los seres comunes era tan grande como un universo. A la bola de fuego le puso un nombre que ya ha sido olvidado, pero le podemos llamar Solarmún. Casi por esos tiempos, apareció en su mente un hermoso tigre de color blanco al cual Órklum le puso un nombre que también ha sido olvidado, pero le podemos llamar Gatogros. Sin embargo, este tigre era diferente a los tigres comunes. Este felino era tan poderoso que con sus dientes y garras hubiese destruido millones de galaxias y acaso todo un universo. Tanto el tigre blanco como la bola de fuego acompañaban a Órklum y no necesitaban de Nada más para subsistir, pues por ser tan cercanos a su creador compartían su inmortalidad. A ellos les contó sus sueños, recibiendo solamente risas de aprobación inicialmente; pero con el transcurrir del tiempo estos seres fueron aumentando en poder y sabiduría, hasta llegar a conversar con quien les había dado origen y darle consejos. Ambos se convirtieron en Magos de Todos los Mundos y eran superiores a los dioses que vinieron a existir después. Ellos estuvieron presentes cuando se crearon los infinitos mundos y universos.

Algunos de estos mundos nacieron bajo la forma de violentas explosiones que dieron origen a galaxias y sistemas solares. Otros aparecieron como una pequeña burbuja que fue haciéndose más y más grande mientras hacia retroceder a la Nada.

Al transcurrir el tiempo, Órklum notó que se iba formando una brecha entre él y sus creaciones menores. Los seres inmortales como él no podían ser comprendidos por las criaturas más limitadas, solo algunas de ellas podían en cierta forma presentirlo; pero no eran capaces de verlo. Era necesario un nexo entre los seres divinos y los de existencia efímera. Alguno de los inmortales debía sacrificarse.

Después de echar suertes entre sus primeros hijos, le tocó al tigre blanco, Gatogros. Este tuvo que unir su esencia con la de los mortales. Desde entonces los seres comunes tuvieron dos naturalezas que los arrastraban hacia dos direcciones distintas, la parte mortal y la inmortal, oscilaban entre las dos.

Algunos de los más adelantados conseguían hacer prevalecer su naturaleza inmortal, pero continuaban teniendo su parte mortal. Con el tiempo Órklum ideó un medio que permitiera a sus criaturas cortar los nexos con la mortalidad para disfrutar definitivamente de su inmortalidad. Engendró un inmortal cuyo nombre no suele ser pronunciado, pero al cual podemos llamar Gramirch, el fuego del despertar. Según los relatos sobre los orígenes, este mundo de existencia efímera es un sueño y quienes ingresan por la Puerta de la Atemporalidad pueden despertar, pero al haber estado profundamente dormidos, es posible que se vuelvan a dormir. Solo Gramirch, el fuego del despertar, puede liberar al soñador, definitivamente, de su profundo sueño.

-¡Solo son mentiras! –interrumpió Makorget al Rey del Planeta de las Sombras-. ¿Cómo podría estar en este mundo oscuro un fuego tan divino como el que mencionas?

-Eso es porque ni siquiera la más profunda oscuridad puede impedir la presencia de este fuego –dijo la enorme sombra mientras señalaba al fuego que se levantaba ante la Puerta de la Atemporalidad-. Ya lo sabes si quieres conseguir lo que deseas debes atravesar a Gramirch, pero antes entrégame el pergamino.

El mago miró a Gramirch. No era diferente en apariencia de cualquier otro fuego, pero supuestamente lo liberaría de la ilusión, lo ayudaría a despertar del sueño en el cual vivía para que pudiera cruzar la Puerta de la Atemporalidad sin retornar. Se convertiría en un inmortal. Pero antes debía entregarle a ese rey hecho de sombra el pergamino y quizá todo lo dicho por él era un engaño.

-¡Aquí tienes! –dijo mientras hacía el ademán de entregarle el pergamino a la enorme sombra.

-¡Espera! –le gritó el capitán Kirt el cual se encontraba a su lado junto con los otros piratas-. ¡Qué antes nos devuelva nuestras sombras!

-No te preocupes, les devolverá sus sombras, ya no necesita de ustedes.

La mano de sombra del oscuro rey cogió el pergamino y empezó a examinarlo. No necesitó más que un instante para comprenderlo.

-¡Por fin conozco el secreto para dejar de estar prisionero en este planeta! ¡Con esto podré ir al universo conocido por todos! ¡Así es! ¡Claro que iré al antiguo universo, pero antes aceptaré la invitación de ir al Universo Secreto de los Árfagors para ayudar a mi nuevo aliado, Imperdagrum! ¡Makorget, eres un elemento valioso, si no consigues cruzar el fuego de Gramirch puedes venir conmigo! ¡Te volverás mucho más poderoso a mi lado!

Makorget se aproximó al fuego del despertar. Sintió calor, pero las llamas no lastimaban su piel. No era un fuego común, era cierto. Sin embargo, experimentó un fuerte rechazo, como si algo dentro de él se resistiera a continuar avanzando. ¿Acaso sería tan difícil pasar por en medio de él? ¿Por qué le había hecho el rey de sombra la propuesta de llevarlo con él si no conseguía cruzarlo? ¿Esperaba verlo fracasar?

-¡Tengo qué hacerlo, por eso he luchado tanto!

Armándose de valor se lanzó en medio de las llamas y no pudo evitar lanzar un terrible grito.

 

EPISODIO XVIII : A OTRO UNIVERSO

 

  Los movimientos de los robots se habían vuelto lentos, algunos se habían quedado inmóviles. Hankorot les gritaba que avanzaran, pero no podían obedecerle. Sus sistemas estaban fallando. Debían avanzar, aunque no sabían a donde iban. No podían quedarse inmóviles mientras las sombras los acechaban. Al parecer los seres artificiales tenían problemas para funcionar correctamente en aquel planeta donde se escuchaban desgarradores lamentos y las entidades oscuras se movían en medio de la neblina. Las naves habían funcionado hasta cierto momento, pero luego fue necesario aterrizar. Pensaron quedarse dentro de las naves por precaución, sin embargo no pudieron hacerlo, las oscuras entidades ingresaron en ellas atravesando las paredes metálicas, obligándolos a todos a salir. Ahora avanzaban caminando, todos los que podían.

Más adelante, sin saber que Hankorot y las fuerzas imperiales los seguían, iba Birfridal la cual intentaba mantener quietos a Sonrinfel y a su primo Sorinfredo. Los dos duendes apenas podían contener sus deseos de aproximarse a observar los seres de sombras que estaban cerca de allí.

-¡En mala hora he venido a este planeta! –dijo Joy Klengoret-. ¡Esas malditas sombras parecen vigilarnos! ¡Al principio pensé que nos atacarían, pero no lo han hecho!

-¡No nos atacan, porque los están atacando a ellos! –le respondió Karglum mientras señalaba con su pequeño dedo violeta hacia delante.

-¿A ellos?

Klengoret miró, al frente, en dirección a donde había señalado el árfagor; pero no vio a nadie. Observó a la ginoide Nigfrila, pero ella tampoco lograba detectar nada y además ahora se movía torpemente como si estuviera sufriendo un desperfecto. También Klengoret se sentía extraño, le era difícil controlar su mente.

-¡Yo también veo a los que están delante con sus espadas resplandecientes! –exclamó Birfridal-. ¡Parecen fantasmas! ¡Y están peleando contra las sombras!

Al aterrizar no tenían idea clara de si debían quedarse donde se encontraban o recorrer aquel planeta, pero luego de ser sacados de su nave por las sombras, una extraña fuerza empezó a dirigir sus pasos. Avanzaron hasta que en medio de la neblina, la cual se iba disipando, empezaron a distinguir un enorme castillo.

-Yo solo puedo ver aquel enorme castillo –dijo Klengoret.

Dolkramom junto con el batallón de guerreros gorklons habían conseguido avanzar muy cerca del castillo. Al llegar a aquel planeta miles de sombras desquiciadas se habían lanzado contra ellos, fue una lucha difícil debido a la gran cantidad de atacantes; pero la facilidad con que se deshacían de cada uno de ellos era un elemento a su favor. Aquellas entidades malignas, capaces de devorar vivos a muchos seres vivientes, se desvanecían apenas eran tocadas por las espadas mágicas de los guerreros. Al irse aproximando más al castillo las sombras desquiciadas se mantuvieron alejadas como si temieran provocar con su presencia la ira del señor de aquella gigantesca edificación. Los guerreros fantasmas se prepararon para ingresar de ser posible a la fuerza en ese siniestro lugar, pero en ese momento sus enormes puertas se abrieron.

-¡Muerte a los extranjeros! –gritó una sombra que acaba de salir del castillo.

-¡Nos apoderaremos de sus almas y estás no tendrán descanso! –dijo una segunda sombra que acababa de aparecer.

Eran los soldados de sombra que custodiaban el castillo, los cuales llevaban espadas más negras que una noche sin luna ni estrellas. Está vez no fue tan fácil deshacerse de ellos como con las sombras desquiciadas. Las espadas tenebrosas de los soldados de sombra se enfrentaron a las mágicas espadas de los guerreros fantasmas. Sin embargo, como si de pronto hubiesen recibido alguna orden se retiraron velozmente dejando a los fantasmas en la entrada.

Los guerreros gorklons ingresaron en el castillo, pero por más que lo recorrían no hallaban a nadie. El Rey del Planeta de las Sombras no estaba en su trono. ¿Qué había ocurrido allí? Al llegar a uno de los salones de aquel castillo descubrieron una gran puerta y ante ella el fuego de Gramirch ardiendo, ni siquiera Dolkramom, él jefe de todos ellos, que era un gran guerrero fantasma se sentía preparado para cruzar en medio de aquel fuego. ¿Alguien se había atrevido a cruzarlo? No podían saberlo.

Dolkramom buscó en todos los salones del castillo y no encontró a ninguna entidad. Finalmente empleando sus ojos capaces de ver lo que para otros es imposible, el jefe de los guerreros fantasmas descubrió que más allá de los gigantescos muros del castillo se marchaba el Rey del Planeta de las Sombras junto con un gran ejército de seres tan siniestros como él. Probablemente el siniestro rey tenía ya el pergamino con el secreto para liberarlo a él y a las otras sombras de estar confinadas en aquel planeta. Sin embargo, aquel ejército de oscuros seres no parecía estar abandonando aquel lugar para escapar hacia el universo conocido, antes bien se estaban internando más en las solitarias regiones del planeta, cubiertas de neblina.

-¡No tiene sentido!

-Todo tiene sentido, amo –le dijo su espada violeta-. Solo hay que descubrir cual es. Tú siempre lo dices.

-¡Tienes razón, Xifrila!

El guerrero dirigió su espiritual mirada mucho más adelante y vio un puente colgante que probablemente estaba hecho con materiales mágicos. Al extremo más distante del puente se observaba lo que parecía una gran puerta a otro mundo, una entrada circular y con un resplandor violeta. Se trataba de la puerta hacia el Universo Secreto de los Árfagors. Dolkramom que había servido durante mucho tiempo a los magos árfagors y conocía muchos de sus planes se dio cuenta de ello.

-¡Es imposible qué ese ejército de sombras pueda entrar por allí! ¡Ni siquiera con la información del pergamino secreto podrían cruzar esa puerta!

Sin embargo, ante el asombro del guerrero fantasma las sombras empezaron a cruzar la puerta de luz hacia aquel mundo secreto, un mundo creado para mantener apartada la luz de la oscuridad. Parecía como si algo o alguien muy poderoso dentro de aquel universo les estuviera permitiendo la entrada.

En ese momento, las sombras desquiciadas que se encontraban fuera del castillo empezaron a ponerse más furiosas. El grupo de Klengoret, Karglum, Birfridal, los dos duendes y Nigfrila, la ginoide llegaron hasta las enormes puertas que nuevamente se encontraban cerradas. No había modo de entrar y las sombras seguían acosándolos, ya no parecían temer la presencia del castillo.

Sorinfel y su primo empezaron a lanzar piedras, pero estas atravesaban a los seres de sombra sin dañarlos.

-¿De dónde han sacado esas piedras? –les preguntó Birfridal a los duendes. En todo el camino no se había topado con ninguna piedra. El suelo de aquel planeta era duro y seco.

-Hay piedras por todas partes –le respondieron.

Karglum iba a decir algo cuando se vio elevado por los aires. A una velocidad impresionante se alejó de sus compañeros de viaje.

-¡Nosotros servimos durante mucho tiempo a los árfagors! –le dijo Dolkramom el jefe de los guerreros fantasmas que se lo estaban llevando-. Nuestros antiguos amos nos necesitan ahora en otro mundo. Debido a nuestro juramento de cuidar los pergaminos secretos en Komardum deberíamos regresar a la torre a cuidar los otros manuscritos, pero si tú que eres descendiente de los antiguos árfagors vas hasta ese otro mundo y nos ordenas seguirte iremos contigo.

-No conozco el mundo del que me hablas.

-Es un mundo creado por tus antepasados y ahora necesitan ayuda, las sombras han entrado allí. No habrá paz para aquel universo ni para el nuestro mientras no se restablezca el orden.

El Rey del Planeta de las Sombras y su ejército habían cruzado ya la entrada hacia el universo creado por los árfagors. Las sombras desquiciadas que quedaban en el planeta estaban furiosas. Los robots ya no podían moverse y eran devorados por los entes oscuros. Hankorot y los pocos humanos que venían con él corrían despavoridos.

Junto al gran castillo Nigfrila, la ginoide, había dejado de funcionar y Klengoret parecía otra persona. La furia lo tenía dominado.

-El maestro Karglum se ha ido volando –dijo Birfridal-. Si tan solo nosotros pudiéramos volar también.

-Eso es muy fácil –respondieron los duendes que la acompañaban y a continuación recitaron unas palabras mágicas.

Al instante Birfridal empezó a flotar junto con ellos.

-¡No se olviden de los demás! –dijo la chica refiriéndose a Klengoret y a la ginoide.

En poco tiempo los viajeros se alejaron del castillo y volaron sobre el puente colgante que se encontraba sobre el abismo. A pesar de que era de día estaba muy oscuro, sin embargo, al final del puente brillaba una luz violeta. Era el portal a otro mundo.

-¡¿A dónde me llevan?! –gritó Klengoret al ver aquella entrada. Estaba descontrolado e intentaba poner los pies en el suelo, pero la magia de los duendes lo mantenía flotando en el aire-. ¡No quiero morir! ¡Bájenme!

-Las sombras vienen detrás de nosotros –le dijo Birfridal intentando calmarlo-. Solo podemos escapar por aquí.

-¡No dejaré que me engañes! ¡Te daré tu merecido!

Klengoret alcanzó con sus manos el cuello de la chica que flotaba cerca de él y empezó a ahorcarla. El chip que lo mantenía controlado había dejado de funcionar totalmente en aquel planeta. Sus impulsos asesinos habían despertado. La chica se resistió, pero su atacante no la soltaba. El hombre se sentía en ese momento poderoso como un lobo ante un corderito y eso le producía placer. Solo debía apretar un poco más para obtener el resultado esperado. Tenía que seguir apretando, apretando.

Una enorme piedra golpeó la parte posterior de su cráneo y lo puso a dormir.

-Hay muchas piedras por aquí –dijo Sorinfel.

Birfridal se llevó las manos al cuello y abrió la boca para respirar mejor.

-Hay que irse de aquí.

Empleando su magia los duendes empezaron a cruzar flotando la entrada hacia el otro universo, el Universo Secreto de los Árfagors, junto con los demás. La ginoide seguía inmóvil. Birfridal se iba recuperando del ataque mientras Klengoret soñaba que debía seguir apretando, apretando y apretando.

 

fin

 


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