EPISODIO 1 : LA DAMA QUE MIRA DESDE EL OTRO LADO DEL ESPEJO

 

 La dama abrió los ojos y miró a través de la superficie del espejo. Al otro lado todo estaba tranquilo. En diferentes lugares de la estancia ardían lámparas de aceite. Frente a ella, muy cerca de la pared, se encontraba inmóvil, como siempre, una figura de mármol, antropomórfica; pero sin rostro. Representaba a Órklum, el magnífico, a quien nadie había visto nunca; pero el cual era origen de todos. Muy cerca de él, un tigre de mármol que representaba a Gatogros observaba al gran dios creador. En la parte superior del muro de la izquierda se leía una frase escrita en el antiguo idioma de los Úlkros: "Monum espejenen", que significaba "recinto del espejo". Un sacerdote encargado de hacerle las preguntas y trasmitir sus respuestas a las personas se encontraba en el recinto.

El sacerdote se le aproximó con una expresión de rechazo, se notaba que hacía esfuerzos para mirarla.

"Nunca ha podido disimular el asco que le produzco, soy demasiado fea", pensó la dama. "En la Galaxia de los Espejos, todos decían que era bonita; pero solo era una mentira piadosa. Me hubiese gustado tener el cabello de color verde como Afarimela la hija del legendario emperador Sorgum, pero lo tengo blanco como si fuera una anciana. La verdad es que a mi edad ya debería ser una anciana, pero al menos dentro del espejo no envejezco".

La dama no recordaba desde cuando estaba dentro del espejo, solo sabía que en la Galaxia de los Espejos existían muchos seres como ella. Eran capaces de predecir el futuro y responder a casi cualquier pregunta, incluso servían de portales entre diferentes mundos.

-¡Oh, honorable dama del otro lado, concédenos tu visión del futuro!

"A pesar de las desgracias que han traído los espejos todavía hay gente que pide mi ayuda", se dijo a sí misma, la dama. Los espejos mágicos habían sido causa de alegría durante mucho tiempo, pero últimamente no era así. Entidades siniestras los empleaban para manifestarse, incluso últimamente muchos estaban asustados, pues corría el rumor que muchos seres semejantes a sombras habían aparecido en distintas partes del aquel planeta llamado Morebram, que significaba "morada de la felicidad" para los Úlkros. Ella había sido traída allí desde la Galaxia de los Espejos hacía unos doscientos años por los árfagors, desde entonces muchos la consultaban.

-¿Qué desean conocer? –respondió.

-Se trata de un hombre que tiene a su mujer enferma –dijo el sacerdote-. Ella se llama Clara. Quiere saber si se recuperará.

La dama se concentró y se puso a invocar a las voces que de cuando en cuando le llegaban desde su propio lado del espejo.

-"Voy a responder, responder, responder, responder" -dijo una suave voz masculina cerca de su oído.

La dama sintió que alguien estaba detrás de ella.

-"Esto le dirás, le dirás, le dirás, le dirás" -escuchó que seguía hablando la voz.

En los últimos tiempos , la voz a la que se había acostumbrado a lo largo de los años ya no le hablaba. Nuevas voces que algunas veces la confundían ocupaban el lugar de la voz anterior, pero, esta vez, le pareció que el mensaje era coherente.

-"Dile..." -dijo la voz y se detuvo un momento como si necesitara descansar- "Dile que de nada vale sufrir por un ser miserable"·

-"Cada día es peor" –pensó ella-. ¿Eso significa que la mujer morirá?

-"¿Tú que crees, imbécil? ¡Por supuesto, que morirá!" –dijo la voz irritada.

-Entonces, voy a... -empezó a decir la dama.

-"No espera, ella no morirá" –le dijo otra voz, una femenina.

-"Claro que morirá" –dijo la voz de un niño.

Las voces empezaron a discutir entre ellas.

-Dile al hombre que es probable que su mujer se mejore –le dijo al sacerdote-. "O, tal vez, muera".

No deseaba conceder más respuestas ese día, aunque hacía tiempo que ya no concedía respuestas.

-No me siento bien, quizá puedan venir a consultarme otro día...

-¡Nada de otro día! –le gritó una de las voces.

-¡Fea! –gritó otra-. ¡Eres muy fea! ¡Fea! ¡Fea! ¡Fea!

-¡Por favor, no me siento bien! –dijo desesperada.

Hacía tiempo que los buenos espíritus ya no se manifestaban por medio del espejo y otros espíritus oscuros y perversos estaban ahora, incluso se habían atrevido a cruzar de su lado del espejo al otro lado sin que la dama pudiera impedirlo, ocasionando a las personas del reino de Kernish muchos problemas.

Unos gritos se escucharon en la calle, querían entrar en el recinto del espejo a la fuerza.

-¿Qué significarán esas voces?

La dama tuvo miedo. Antes se sentía protegida mientras flotaba en aquella región intermedia entre muchos mundos en la cual vivía sin envejecer y que para las personas del reino de Kernish pertenecía al otro lado del espejo; pero ahora no solo la aterraba el exterior, sino que no tenía paz dentro del espejo.

Se puso a pensar en sucesos de su pasado donde era feliz rodeada por otros espejos como el suyo. No pudo hacerlo durante mucho tiempo. De pronto, se presentó la fatalidad.

Eran muchos hombres de ropas sucias, venían armados con garrotes y mazas.

-¡Hemos venido a terminar con la desgracia de Kernish! –gritaban-. ¡De ese modo esas horribles sombras ya no entrarán en nuestro mundo!

-¡Qué horrible criatura! –dijo uno al verla.

-¡Terminemos de una vez con esto!

-¡No, por favor! –suplicó ella-. ¡Este espejo no es el único portal a otro mundo!

No le hicieron caso, empezaron a golpear con sus armas el espejo intentando romperlo. No era fácil destruir el mágico material del que estaba hecho, pero los golpes no se detenían. "Es el fin, cuando destruyan el espejo, yo moriré también", se lamentó la dama; pero una parte de ella deseaba que sus atacantes tuvieran éxito y la liberaran de su triste destino.

-¡Vas a morir, por fea! –le gritaban las malvadas voces dentro del espejo-. ¡Fea! ¡Fea! ¡Fea!

-¡Ya no sigan, por favor!

-¡Fea! ¡Fea! ¡Fea!

-¡Por fin, hemos encontrado una salida, jefe! –escuchó de pronto una voz desconocida detrás de ella.

-Ha pasado algo de tiempo desde que ingresamos por aquel portal, eso puede significar de un universo a otro una diferencia de tiempo de días o muchos años que nos lleva de ventaja el Rey del Planeta de las Sombras junto con su ejército.

-¡Este lugar está lleno de entes malignos! –escuchó una voz gruesa que le trasmitía mucha calma. Creyó que era su imaginación–. ¡Xifrila, corta la oscuridad!

-¡Xifrila cumplirá tus ordenes, amo!

-¡Déjanos en paz, guerrero! ¡Espera! ¡Noooo!

-¡Ya nos vamos! ¡No nos ataques!

De pronto, la dama sintió una gran paz. Las voces que la insultaban se habían ido. Volteó a mirar y se encontró con un individuo enorme que empuñaba una resplandeciente espada violeta.

-¡Eres hermosa! –exclamó Dolkramom el guerrero fantasma que portaba la espada violeta-. ¡La dama más hermosa que he visto en toda mi larga existencia!

La dama del espejo se sorprendió al escucharlo. Miró a todos lados para ver si allí se encontraba alguien aparte de ella a quien el guerrero se estuviera dirigiendo. Vio a otros guerreros semejantes junto a él y a un individuo violeta que parecía un árfagor, pero sabía bien que no se había dirigido a ellos.

-¡No te burles de mí, por favor! ¡Ya bastante tengo con ser tan fea!

-¿Tú, fea? No te entiendo.

No pudieron seguir conversando, pues en el exterior estaban golpeando con más fuerza el espejo para quebrarlo.

-¡A ellos!

En un instante el batallón de guerreros cruzó al otro lado junto con el árfagor. Los que antes estaban furiosos, huyeron rápidamente al ver salir del espejo a los fantasmas con sus espadas resplandecientes.

Cuando estuvo del otro lado, Dolkramom volvió a mirar a aquella dama de ojos violetas y larga cabellera, blanca como la niebe.

-Te ves preciosa –le dijo mientras parecía querer besar el espejo.

"Está loco", pensó la dama. "Pobre fantasma ha perdido el juicio, pero es el loco más tierno que he visto jamás". Muy emocionada, le sonrió.

 

EPISODIO II : EL PLANETA JOVEN

 

  Aquel planeta era relativamente joven y los organismos que lo habitaban no eran muy complejos. Sin embargo, cada cierto tiempo era recorrido por seres capaces de desplazarse con la velocidad del pensamiento. Es decir, se movían en un instante de una montaña a otra, de un continente a otro, de un planeta a otro, de una galaxia a otra, dentro de aquel universo.

-Este es uno de los pocos planetas que no ha sido tocado por la oscuridad –dijo uno de aquellos seres capaces de trasladarse en un instante al lugar que deseara. No empleó la voz para comunicarse, pues solo necesitaba pensar para hacerse entender, si así lo quería-. ¿Te das cuenta, Crigimenom? Dentro de muy poco las siniestras sombras se manifestarán también aquí.

-Lo sé, Mergoraj –respondió el otro individuo, también, con el pensamiento-. Desde que nuestros oponentes dejaron a las sombras cruzar hasta nuestro universo ya nada es igual.

Ambos personajes hubiesen sido imposibles de distinguir para un humano. En caso de verlos descubrirían que se trataba de árfagors.

-Algún día las sombras iban a presentarse –siguió diciendo Crigimenom-. Pero eso no puede detener nuestra labor creadora. Mira este planeta. Me parece que nuevas formas de vida no le caerían mal.

-Tienes razón.

Ambos árfagors emplearon su poder mágico poco común para dar nacimiento a nuevos seres en aquel planeta. Eran criaturas de todos los tamaños. Su alimentación era variada, pero muchas de ellas bebían agua de un inmenso río, otras de las lagunas que había por allí. De pronto una de las lagunas empezó a burbujear y a emitir un fuerte resplandor.

-Se está abriendo un portal hacía este mundo, aquí las lagunas se parecen a los espejos mágicos..

-¡Quizá es otra de aquellas horribles sombras!

-Hace mucho tiempo que eso no ocurre.

Al abrirse el portal aparecieron cinco individuos, dos duendes, un humano, una mujer y un ser artificial de apariencia femenina.

-Esos no son de este universo.

-¿Serán aliados de las sombras?

-Ahora lo sabremos.

No necesitaron preguntar nada a los recién llegados, pues mediante la magia pudieron ver su pasado y enterarse que habían logrado llegar hasta allí cruzando un portal que se encontraba en el Planeta de las Sombras. Sin embargo, no eran aliados de las sombras.

-Nos llaman desde Arfagoris –dijo Crigimenom-. Debemos irnos.

-También capto la llamada –respondió su compañero-. Pero, ¿no se comerán a los recién llegados los seres de este planeta?

-Tendrán que sobrevivir por sus propios medios, es necesario partir.

En un instante los árfagors desaparecieron de aquel planeta primitivo.

Joy Klengoret debía seguir apretando la garganta de su atacante o moriría. Birfridal se había transformado en un horrible monstruo de enormes colmillos el cual estaba a punto de devorarlo. El desagradable aliento sobre su rostro lo tenía aturdido, una larga lengua semejante a una serpiente parecía querer morderlo. Los enormes dientes se iban aproximando cada vez más.

De pronto, el monstruo se volvió líquido, las manos de Joy parecieron apretar el agua. Todo era agua a su alrededor, agua y más agua. Pataleaba, se hundía, no sabía nadar.

-¡Auxilio! ¡Me ahogo!

Despertó flotando en una laguna. A su lado se encontraba Nigfrila, la ginoide, la cual empezaba a desaparecer en la profundidad del líquido. Intentó ayudarla, pero el peso de la robot casi lo arrastró junto con ella. Tragó agua. Recordó que sabía nadar y se esforzó por alcanzar la orilla. Allí se encontraba Birfridal, quien se iba arrastrando para alejarse del agua, la acompañaban dos hombrecillos de sombreros verdes.

-¡Mira, Birfridal! –dijo Sorinfredo asustado-. ¡El malo viene hacía aquí!

-¡Ya no podemos hacer aparecer piedras para arrojarle, algo le ocurre a nuestros poderes mágicos en este lugar! –añadió Sorinfel, el otro duende-. ¡Será mejor que busquemos la manera de defendernos!

Birfridal recordaba como Klengoret había tratado de matarla en el Planeta de las Sombras. Se comportaba de un modo raro cuando estaban allá, y quizá ahora seguiría con intenciones de hacerle daño.

-¡Hay qué alejarnos cuanto antes! –dijo la muchacha esforzándose por ponerse de pie.

Klengoret vio como la chica se ponía de pie y empezaba a correr junto con los dos pequeños individuos, parecía como si quisieran escapar de algo. Miró detrás de él, pero no vio nada peligroso en el lago. Alcanzó la orilla y empezó a llamarlos. No se detuvieron. Se dirigieron hacia unos árboles. Solamente dejaron de avanzar cuando vieron que las ramas parecían querer atraparlos, los troncos tenían ojos y bocas con grandes dientes. Se quedaron parados sin saber que hacer.

-¡Vengan aquí! –gritó Joy-. ¡No conocemos los peligros de este lugar!

-Él puede vernos ahora –dijo uno de los duendes-. Estamos en problemas.

-¡No dejaré que me mates! –le gritó la chica.

-¿De qué hablas?

-En el Planeta de las Sombras...

De pronto, una enorme raíz salió del suelo muy cerca de ella, luego apareció otra y otra más. Retrocedió a toda prisa junto con los duendes, ya no temían aproximarse a aquel del cual huían inicialmente. Las raíces seguían apareciendo y estaban, cada vez, más cerca.

-Su sistema nervioso se encuentra demasiado alborotado, señor Klengoret –se escuchó una voz, la cual venía de la ropa de Joy-. Se le recomienda serenarse.

-¡Esta ropa!

Escuchar la voz proveniente de su ropa lo irritó al principio, pero luego sintió alivio al darse cuenta que la tecnología funcionaba bien en aquel lugar. Era raro que la ginoide no reaccionara. Presionó un botón en el brazalete que tenía en la muñeca derecha y un rayo salió disparado en dirección a una de las raíces, la cual se escondió dentro del suelo. Se puso a disparar hasta que las raíces de los árboles dejaron de molestarlos. Las ramas ya no se movían y en los troncos no se veían ojos ni bocas.

-¡Préstame atención, Birfridal! –le dijo a la joven, la cual lo miraba asustada-. ¡No recuerdo bien lo que sucedió en el Planeta de las Sombras, pero si traté de hacerte algún daño, ese no era yo! ¡Quizá no lo entiendas, pero en las sociedades con tecnología avanzada, las personas como yo tenemos un chip en el cerebro! ¡El chip falló en el Planeta de las Sombras, por eso perdí el control!

Birfridal, sin embargo, ya no lo escuchaba. Antes se había sentido enamorada de él, pero ahora le temía. No entendía como un chip en el cerebro de una persona podía servir para mantenerla controlada. Se dijo a sí misma que Joy la estaba engañando. Las sombras del planeta anterior le habían parecido horrendas y ahora en este planeta se sentía peor. Estaba muy asustada y se puso a correr esta vez en otra dirección donde todo parecía estar tranquilo.

-¡No corras!

De pronto, algo enorme ocultó la luz del sol de aquel planeta. Unas enormes garras se apoderaron del cuerpo de la chica y se elevaron junto con ella. Klengoret se estremeció al escuchar los gritos de la joven mientras veía a una gigantesca ave alejarse con su presa.

 

 EPISODIO III : LUGAN

 

  Apenas podía respirar, pues el viento soplaba con fuerza sobre su rostro mientras su cuerpo era apretado sin compasión por unas garras que a ella le parecían de hierro. Escuchaba que abajo la llamaban por su nombre. Pensó en resistirse y saltar; pero estaba muy alto. No pasó mucho tiempo y llegaron hasta una montaña. El ave la soltó, de pronto, y ella creyó que si no moría por el primer golpe, lo haría al desbarrancarse; pero cayó sobre un montón de ramas gruesas y secas. No estaba sola. Se encontraba en un nido donde aves bastante grandes para ser pichones se acercaban a ella.

-¡Aléjense de mí!

Intentó escapar del nido por el extremo donde no estaban las crías del ave, pero se dio cuenta que allí solo estaba el precipicio. Abajo la esperaban las rocas. Y los que estaban junto a ella no esperaban, tenían prisa por devorarla.

-¡Crac! –gritaban esas enormes aves-. ¡Crac!

-¡Sorinfel! ¡Joy! ¡Ayúdenme!

Llamó incluso a Joy Klengoret, aunque antes había estado huyendo de él. Ahora no le importaba si él estaba loco o si tenía algo en el cerebro. Había visto su rostro angustiado cuando se la llevaba el ave y sus vanos intentos por ayudarla.

-¡Joy! –continuó diciendo-. ¡Joy! ¡Yo estaba equivocada! ¡No eres malo!

No hubo contestación. Sus compañeros de viaje debían estar aproximándose, pero cuando llegaran sería demasiado tarde. Las aves estaban hambrientas.

-¡Ahhhhhhhhhh! –empezó a gritar como desquiciada-. ¡Noooooo! ¡Apártense de mí!

De nada le sirvió, la picaron en las manos, con las que se protegía el rostro, en los brazos, en la cabeza. La sangre empezó a brotar. Pensó en arrojarse a las rocas que la esperaban abajo, para morir de una vez.

-¡Lugannnnnn! –se escuchó de pronto un sonido. Las colosales crías se quedaron quietas como si tuvieran miedo y hasta la enorme ave que volaba en el cielo pareció asustada.

-¿Joy? –dijo ella al escuchar aquel sonido-. ¿Sorinfel? ¿Sorinfredo?

-¡Lugannnnnnn!

Está vez se escuchó más fuerte. Algo se encontraba muy cerca de allí, en otra parte de la montaña. La enorme ave empezó a aletear. "Quizá se trata de algún animal salvaje", pensó Birfridal. Aunque no conocía ningún animal que hiciera un sonido semejante a "Lugannnnnn". Unas lágrimas invadieron su rostro. "Si estas aves no me devoran, otro animal lo hará".

-¡Crac! –dijo una de las aves hambrientas que estaban cerca de ella y tenían casi su tamaño. No estaba dispuesta a esperar más. Iba a darle un nuevo picotazo.

No lo consiguió. De pronto la temperatura descendió enormemente y en medio de las crías del ave gigante y Birfridal se materializó una criatura semejante a un hombre, aunque más parecía un mono, de color azul claro. Tenía nieve en todo el cuerpo como si viniera de un lugar helado.

-¡Lugannnnnn! –gritó el aparecido.

Birfridal sentía mucho frío por el hielo en el cuerpo del recién llegado, pero cuando miró sus ojos, de un color violeta muy claro, un calor la invadió, se sintió fuerte, renacida. Aquellos ojos parecían tener un extraño poder, poco a poco se fue olvidando de todos sus problemas.

Al principio los duendes habían intentado escapar de él, pero finalmente se dieron cuenta de que si querían rescatar a Birfridal iban a necesitar su ayuda.

-¡Confiaremos en ti por ahora, hombre malo! –le dijo Sorinfel-. ¡Pero te estaremos vigilando!

Klengoret empezó a avanzar lo más rápido que pudo en dirección a la montaña hacia donde había volado el ave gigante. Mientras se desplazaba vio como los dos pequeños hombrecillos lo seguían. No confiaban en él, pero querían rescatar a la chica. En el camino se iban topando con extrañas formas de vida de diferentes tamaños, a algunas que parecían peligrosas, Joy Klengoret las espantaba con los disparos de su arma láser.

-¡Birfridal! –gritaron al llegar al pie de la montaña. En el camino les había parecido escuchar los gritos de la joven, pero ahora no la escuchaban, solamente podían ver al ave gigante volando en lo alto.

-Subir nos tomará todo el día, si es que no nos matamos.

Empezar a ascender no fue trabajo fácil sobre todo para Klengoret, pues su cuerpo era más grande y pesado que el de sus acompañantes. Algunas veces era posible apoyar los pies firmemente en el suelo, otras era necesario trepar.

-¡Señor Klengoret, debo advertirle que esta vestimenta no es la adecuada para practicar el montañismo! –le dijo la ropa que llevaba puesta.

-¡Ya apágate!

-¡Señor Klengoret, si hago eso su salud estará desprotegida! –objetó la ropa.

-Bueno, solo guarda silencio.

El camino era traicionero, cada intento de escalar provocaba el desprendimiento de algunas piedras. Varias veces estuvieron a punto de caer. Sabían que Birfridal debía estar allá arriba y no pretendían abandonarla. Quizá no la encontraran con vida, pero al menos rescatarían su cadáver. La joven seguía sin responderles.

-¡Birfridal! –gritó Klengoret.

-¡¿Birfridal, estás allá arriba?! –gritaron los duendes.

Siguieron esforzándose por subir. Las piernas les dolían, sus manos estaban lastimadas. Un pequeño ruido pareció escucharse.

-¿Birfridal, eres tú?

-¡Lugannnnnn!

-¿Qué?

-¡Lugannnnnn!

Al levantar la mirada vieron a una criatura semejante a un mono, un mono grande y azul que venía descendiendo con Birfridal en sus brazos. Descendía a gran velocidad, no tenía miedo de desbarrancarse. Al verlo casi se caen de la impresión.

¡Espera! –le gritaron mientras la criatura se cruzaba con ellos y seguía de largo hasta llegar al pie de la montaña.

Con mucho esfuerzo tuvieron que descender nuevamente.

-¡Él me salvó! –les dijo Birfridal cuando estuvieron todos abajo. Ella se encontraba de pie junto al simio azul-. ¡Apareció de pronto y me sacó de un nido gigante!

-¿Te encuentras bien? ¿No te lastimó el ave?

-Es raro, pero mis heridas se han curado. Creo que ha sido algo en la mirada de mi salvador.

-¿Tendrá poderes curativos?

-Joy –dijo la chica sin responder a la pregunta de Klengoret-. allá arriba comprendí que no importa lo que seas tú, no eres un hombre malo. Y ahora has estado preocupado por mí.

-Así es, estaba preocupado por ti. No soy tan malo, pero mi cerebro no es como el tuyo. Mientras el chip en mi cerebro no falle todo estará bien. Lo lamento. No soy lo que creías. Quizá te parezco un monstruo.

-No eres un monstruo.

El personaje azul los miraba atentamente mientras conversaban como si pudiera entenderlos.

-¡Nunca había visto algo así! –dijo Klengoret cambiando la conversación-. Parece un mono y también un hombre. ¿Qué animal será?

-¡Lugannnnnn! –gritó una vez más la extraña criatura.

-Creo que podemos llamarle Lugan –dijo Birfridal.

Estaban todos observando al raro individuo azul cuando escucharon una voz. Se sorprendieron. Era Nigfrila, la ginoide.

-¡Pensé que te habías hundido en la laguna! –le dijo Joy al verla llegar-. ¿Cómo me has encontrado?

-Estuve en la laguna, pero luego mi sistema empezó a reaccionar. He llegado a ti gracias a la señal que emite tu chip cerebral.

-Nigfrila, estamos en un planeta primitivo, tenemos que irnos de aquí.

Como si comprendiera aquello que acababan de decir, Lugan señaló a una laguna, la cual en ese momento emitió un fuerte resplandor. Al verlo la chica robot dijo:

-¡Parece que se ha abierto una puerta interespacial o quizá interdimensional en la laguna!

-¿Cómo es posible eso?

-Quizá responda al pensamiento humano, no estoy segura. Tampoco sé a donde conduce. Podría ser peligroso entrar allí. Quizá al otro lado nos encontremos con un agujero negro.

Lugan empezó a avanzar hacia la laguna mientras seguían conversando y cuando estuvo junto a ella se quedó mirándolos. Su mirada trasmitía una gran paz, una energía muy relajante.

-Para ser una criatura primitiva, parece muy inteligente –observó Klengoret-. Esos ojos violetas son tan cautivadores. Me siento como en un sueño.

Y no solo a Klengoret le parecían cautivadores dichos ojos, también a los otros, incluso a la ginoide, era como si algo muy poderoso se hubiera apoderado de su sistema obligándola a obedecer. Ya no le importaba si al otro lado se encontraba un agujero negro. Todos deseaban seguir a Lugan y entraron después de él en la laguna. Todos cruzaron, siguiendo al simio azul, la puerta que los llevaría a un lugar desconocido.

 

 EPISODIO IV : LAS SOMBRAS ENFURECIDAS

 

 Había purificado el espejo y ya no estaban las sombras allí, pero con sus ojos capaces de descubrir lo oculto advirtió que estas se encontraban muy cerca. Su visión atravesó los muros de aquel recinto para observar una gran población atemorizada, terribles enfermedades, dolor, llantos, asesinatos. Muchos esclavizaban a otros, pero ignoraban que todos eran esclavos de sombras a las cuales no podían ver.

-¡Pobres individuos! –escuchó decir a una sombra-. ¡Ignoran qué nosotros nos alimentamos de su temor!

-¡Tiene razón nuestro rey! –dijo otra sombra-. ¡Nadie puede escapar a nuestra influencia!

Dolkramom continuó mirando con sus ojos fantasmales. Deseaba descubrir donde se ocultaba el maligno Rey del Planeta de las Sombras, pero no se le veía por ningún lado.

-Son demasiadas sombras –dijo el guerrero fantasma-. Han aumentado increíblemente.

-No importa el número de las malignas sombras –le dijo Xifrila, la espada violeta-. Yo estoy contigo siempre, para cortar la oscuridad.

-Xifrila, no tengo miedo de las perversas sombras que ahora se esconden detrás de individuos de carne y hueso. Ahora, sin embargo, me interesa encontrar a su rey.

De pronto los ojos de las sombras se fijaron en lo que ocurría dentro del Recinto del Espejo. Las malignas entidades eran capaces de ver a través de los muros, por eso descubrieron a Dolkramom y a los otros guerreros fantasmas. Se pusieron furiosas al observar que la dama del otro lado del espejo estaba, en cierto modo, libre de su oscura influencia. Debían defender su territorio. No tenían, sin embargo, el valor de enfrentar directamente a los guerreros espirituales y a sus espadas mágicas. Tampoco era necesario, pues tenían la mente de los habitantes de Kernish bajo su dominio. Emplearían sus miedos para obligarlos a destruir definitivamente el espejo, de ese modo no habría posibilidad de que llegaran a ver, alguna vez, el reflejo de la verdad.

-Esos hombres vienen para acá –dijo uno de los guerreros mientras desenvainaba su espada mágica-. Se ven muy furiosos.

-Podemos enfrentar a las sombras –dijo Dolkramom-, pero los seres de carne y hueso a los cuales tienen poseídos podrían morir.

-¡No me abandonen! –suplicó la dama del otro lado del espejo-. ¡Si rompen el espejo, yo moriré!

-¡Jamás te abandonaría, hermosa dama! –le respondió Dolkramom-. ¡Pero no sé bien como llevarte conmigo, pues soy un fantasma!

"Definitivamente, este fantasma está loco o quiere burlarse de mí", pensó la dama. "No soy atractiva, aunque desde que él ha aparecido ya no me siento tan fea"

La dama empezó a notar que no solo Dolkramom parecía mirarla con agrado sino los otros fantasmas y también el pequeño individuo violeta, el cual parecía un árfagor sin poderes. Todos ellos habían llegado hasta allí atravesando el espejo. Eran muy extraños. La dama, como todos los otros espejos, era capaz de observar distintos mundos en aquel universo donde no existían gigantes con espadas violetas como aquellos fantasmas. ¿Acaso venían de otra galaxia o quizá de otro mundo?

En el pasado, sin embargo, los árfagors que poblaban los distintos sistemas solares llevaban siempre sus espadas violetas, aunque no las mostraran en toda ocasión, pues como eran mágicas podían esconderlas. Muchos de ellos cambiaban su apariencia para mostrarse a los demás seres, pero se les podía reconocer por el color violeta de sus ojos. Esos tiempos eran solo recuerdo. Hacía mil años la maldad que se había estado desarrollando desde mucho antes empezó a invadir aceleradamente aquel universo. Ciertos árfagors ensoberbecidos por su poder dejaron que el mal se apoderara de ellos. Mediante los espejos mágicos permitieron el ingreso de la oscuridad dentro del universo que ellos mismos habían creado con ayuda de los dioses. Los árfagors bondadosos que quedaban lucharon contra las sombras, sin éxito. Un árfagor, el más viejo que quedaba partió en busca de sus antepasados, aquellos que habían trascendido la realidad aparente; pero para esto debía cruzar el Espejo sin Retorno, atravesar la región helada, y retornar. Nunca volvió y los árfagors buenos fueron disminuyendo. Dejaron de convivir con las otras criaturas y se refugiaron en Arfagoris. Una de los últimas veces que se les vio fue cuando la trajeron a ella hacía doscientos años desde la galaxia de los espejos hasta Morebram, pues aunque las sombras se habían apoderado de este planeta, mucho antes, desde la caída del Imperio Ulkro y del Emperador Verde Sorgum en el año 2032 del calendario de los Ulkros, el reino de Kernish en el año 2930 parecía ofrecer una nueva esperanza de derrotar a las sombras. Durante cien años fue así, pero luego las sombras volvieron a trastornarlo todo. Ahora estaban en 3045 y cuando pensaba que su destino era la destrucción había aparecido aquel fantasma que la miraba de un modo extraño.

-¡Creo que es posible desempotrar el espejo de la pared! –dijo el fantasma gigante mientras jalaba el espejo mágico, pero sin éxito-. Si lo consigo podremos llevarte con nosotros.

-¡Espera! –le dijo la dama-. ¡Existe un conjuro para liberar el espejo de la pared!

Ella pronunció unas palabras extrañas e inmediatamente el espejo quedó liberado. Dolkramom lo separó con facilidad de la pared para a continuación mantenerlo flotando en el aire.

-Vámonos de aquí, debemos encontrar al rey del Planeta de las Sombras.

-Se escuchan los gritos de muchas personas, parecen estar furiosas –dijo Karglum quien al no ser un fantasma recién advertía la proximidad de las personas encolerizadas.

-No te preocupes, escaparán en cuanto nos vean.

-Si quieres encontrar a ese rey del Planeta de las Sombras y llevarme contigo debemos abandonar la ciudad y buscar cualquier laguna en el bosque, ellas pueden servir de portales así como los espejos.

-Salgamos de este lugar, entonces –dijo Dolkramom observando a los otros guerreros fantasmas-. Tendré las manos ocupadas en llevar el espejo, pero no necesitarán mi ayuda.

-Xifrila, desea entrar en acción, amo.

-Xifrila, lo lamento.

-Yo puedo cuidar el espejo mientras combates –le ofreció Karglum-. Es grande, pero si lo dejas de pie sobre el suelo, puedo mantenerlo en esa posición.

-Si fuera necesario te avisaré, pero por el momento no pienso dejar este espejo en el suelo. Es mejor que salgamos de este lugar.

Afuera la gente maldecía y amenazaba con romper el espejo, pero la dama ya no temía, solo se preguntaba por qué aquel gigantón seguía mirándola con ojos de enamorado mientras la transportaba con sus manos fantasmales.

 

EPISODIO V : AFARIMELA

 

   Afarimela ingresó en su habitación con una sonrisa. Había bailado casi toda la noche con Gerdan, el apuesto hijo del gobernador de Sureman, más allá de la gran montaña. Era el último mes del año 2031 del calendario Ulkro. Ella celebraba su cumpleaños, aquel mes y al ser la hija del Emperador Verde muchos personajes importantes acudían a homenajearle. Le gustaba Gerdan, aunque sabía que nunca podría casarse con él, pues su destino era convertirse algún día en emperatriz y gobernar junto a su hermano Aldrein. Ese era su destino por ser descendiente de los emperadores Ulkros así como su padre Sorgum.

El Emperador Verde, Sorgum era el último de una larga cadena de emperadores Ulkros que comenzó cuando Alfron, el valiente, y primero de los emperadores reunió un gran ejército con el cual derrotó a los guerreros varkrios y a los terribles yamis quienes habitaban la zona norte de Morebram. Antes de eso el pueblo de Alfron Ulkro era como los otros pueblos de personas errantes y pobres que no podían dedicarse a la agricultura ni criar animales sin ser asaltados por sus enemigos. Un día en el cual Alfron estaba muerto de hambre intentando cazar algún animal en el bosque sin tener éxito, se puso a descansar bajo la sombra de un árbol. En ese momento, tuvo un sueño que cambiaría su vida. Vio a un ser prodigioso con una gran espada violeta en la mano aproximársele, era un dios. Alfron tuvo miedo, pero el dios le ordenó tomar la espada y reunir un gran ejército, pues él le daría la victoria sobre los salvajes y bandidos, porque Órklum el magnífico así lo quería. Cuando Alfron despertó la maravillosa espada estaba a su lado y supo que no se había tratado solo de un sueño.

El Imperio Ulkro materializó los ideales divinos, antes de este los kalifei se relacionaban con ciertas divinidades; pero no se preocupaban por el desarrollo de toda la sociedad. Fue solo en la época de los ulkros cuando los dioses empezaron a juntarse con los mortales comunes, aparecieron, también, para facilitar esta comunicación los primeros espejos mágicos traídos al planeta Morebram desde la Galaxia de los Espejos, los cuales junto con las lagunas mágicas sirvieron de portales entre el mundo espiritual y el mundo de materia más densa. Bajo la protección divina florecieron todas las artes y ciencias. Gigantescas construcciones fruto de una arquitectura esmerada dieron vida a museos, teatros y coliseos. También la astronomía y las matemáticas se desarrollaron bajo aquel imperio, sin embargo en los últimos tiempos se notaba en las nuevas generaciones un decaimiento por el interés hacia la cultura. Las comodidades materiales que les proporcionaba vivir en la majestuosa nación de los ulkros hacía que las fiestas y el placer fueran cada vez más atractivas. Atrás iban quedando los tiempos de los grandes sabios, de los maestros espirituales, de los escritores, poetas, y profetas de inspiración divina, y de los héroes legendarios. Los dioses nobles se juntaban cada vez menos con los hombres, y se veía cada vez más a dioses problemáticos y frívolos. Todavía así, Sorgum sabía que al menos el imperio evitaba que los hombres volvieran a caer en estado salvaje, pues para que floreciera lo mejor de la cultura humana era necesario organizar a los hombres en una sociedad que mantuviese los ideales más nobles, aunque no siempre fuese fácil de lograr. Por eso, para poder gobernar de acuerdo a tan altos ideales a todos los pueblos de la maravillosa nación ulkra, era necesario mantener la pureza de la sangre en aquellos que gobernaran, es decir todos los descendientes de Alfron el valiente se casaban entre ellos. Esta selección endogámica era efectuada estrictamente salvo algunas excepciones como la del propio emperador Sorgum que era hijo del emperador Mórglum con la diosa Saryigeba y de la cual había heredado el cabello verde al que debía su apelativo, herencia que también le había pasado a su hija Afarimela.

Se contaba que el emperador Mórglum un día al ir de cacería al bosque se había alejado mucho de sus súbditos por perseguir una presa y luego no supo encontrar el camino de regreso. Buscando como salir de aquel laberinto natural Mórglum escuchó entonar una canción con una voz que lo atrajo de modo irresistible. Al llegar hasta el lugar de donde venía la canción pudo ver a una hermosa mujer de cabello verde bañándose en un lago. La joven apenas vio a Mórglum lo invitó a bañarse con ella. El emperador fascinado aceptó inmediatamente y en poco tiempo los dos se juntaron como si fueran marido y mujer. Después de que él hubo apagado las llamas de su pasión en el agua y en brazos de aquella preciosa mujer le preguntó como se llamaba y que hacía en medio de aquel bosque.

-¡Oh! ¡Yo vengo a bañarme siempre en este lago! –dijo la joven- Y mi nombre es Saryigeba.

-¡Te llamas igual qué la diosa de los bosques! –dijo el emperador sorprendido.

La joven se lo quedó mirando a los ojos mientras sonreía, y entonces Mórglum se dio cuenta que ella era la misma diosa, y se puso a temblar.

-¡Eres una diosa puedo sentirlo!

-¡Cálmate, no te haré daño!

-No eres de color violeta como imaginaba.

-Los arfagors son violetas, yo soy una diosa del bosque. No te preocupes, te ayudaré a salir de aquí. Ya sé que estás perdido.

Ella lo llevó hasta donde él podía orientarse y los dos se despidieron. El emperador se olvidó de la diosa por un tiempo, pero luego ella se presentó en su palacio con un bebé en brazos.

-Yo soy una diosa –le dijo a Mórglum-. No tengo tiempo para educarlo. Encárgate tú de él.

Al niño lo llamaron Sorgum que luego fue conocido como el Emperador Verde, pues tenía el cabello verde como su verdadera madre; pero la mujer de su padre el emperador lo crió como si fuera su propio hijo.

El emperador Sorgum era un gobernante justo y Afarimela había heredado el color verde de su cabello, todos los hombres que la veían se enamoraban de ella. También Gerdan se sentía irresistiblemente atraído por ella, aunque sabía que aquello era imposible.

-¡Estoy condenada a casarme con mi hermano Aldrein! –se lamentó Afarimela recostada sobre su cama-. ¡Nunca podré tener un gran amor ni vivir una gran aventura! ¡Seré una amargada emperatriz!

Se incorporó para mirarse en el espejo que estaba cerca a su cama y vio lo joven y hermosa que era. Su hermano no había heredado el color del cabello de su padre. Era retraído y muy poco interesante.

-Podría escaparme con Gerdan a algún lugar donde nadie nos conozca, a un sitió donde podamos vivir nuestro amor.

Mediante las lagunas mágicas era posible viajar a otros mundos. No todos eran habitables para personas como ella. Estaba la Galaxia de los insectos inteligentes, el Mundo de Fuego, el Mundo de agua, el mundo de tecnología avanzada, la Galaxia de los Espejos y otros mundos.

-Encontraremos uno al que podamos ir, aquí a nadie le interesa mis sentimientos.

-¡A mí me interesan tus sentimientos, princesa Afarimela! –dijo una voz.

Afarimela observó a aquel que le hablaba desde el otro lado del espejo. Era un individuo cuyos ojos parecían arder con un fuego que no los dañaba. Trasmitía cierta luz y también oscuridad, una siniestra sombra lo acompañaba. Ella no temía, quizá porque estaba dominada por algún poder oculto.

-¡Vengo de muy lejos, princesa! He venido para cambiar tu vida.

-Eso deseo, cambiar mi vida –dijo ella fascinada por la mirada del desconocido.

-Tus deseos se harán realidad.

 

EPISODIO VI : EL REGRESO DE MAKORGET

 

 El mago calvo sonrió desde el otro lado del espejo al ver la facilidad con la cual, Afarimela, la ingenua princesa de cabello verde se encontraba ahora bajo su mágico dominio. Hacía ya tiempo un descendiente de los árfagors también había caído presa de su influencia maligna. Probablemente el mago no hubiese conseguido imponerse a uno de los legendarios árfagors, pero sus descendientes no dominaban tanto la magia y por eso tuvo éxito. Ahora, sin embargo, el calvo hechicero era mucho más poderoso que antes. Era más fuerte desde que estuvo a punto de atravesar el fuego liberador de Gramirch y desde su unión con el Rey del Planeta de las Sombras. En el castillo de aquel siniestro rey se encontraba la Puerta de la Atemporalidad y situada frente a ella una enorme roca escondía un fuego que nunca se apagaba. Al aproximarse a esas llamas que no quemaban su piel, pero sí lo más profundo de su ser, Makorget, el hechicero escuchó que ellas le hablaban.

-Antes de la manifestación no existía arriba ni abajo, ni derecha ni izquierda, no había movimiento ni tiempo, ninguna imagen se hallaba reflejada en el espejo de la mente –le dijeron las llamas-. El fuego de Gramirch no había sido convocado, pues ninguna ilusión requería ser destruida. El descanso eterno de Órklum el magnífico no había sido perturbado por ningún sueño ni pesadilla, en su lugar de reposo nada lo afligía. En cierto momento de su eternidad, sin embargo, ciertas ideas aparecieron en su mente, al inicio fueron insignificantes como una gota de agua que cae en el mar, luego aparecieron muchas gotas que dieron origen a ríos de pensamientos, a mares de sueños.

-¡Tengo miedo! –gritó el mago calvo-. ¡Tu fuego quema lo más profundo de mí!

-Déjanos liberarte, Makorget –volvieron a repetir las llamas-. Te salvaremos del mar de ilusiones en el cual estás perdido. Retornarás a la unidad con Órklum el magnífico.

-¿Por qué hablas en plural?–dijo el mago mientras parecía retorcerse de dolor. Intentaba retroceder; pero algo muy poderoso le impedía escapar de ese fuego-. ¿Acaso no eres el dios conocido como el fuego de Gramirch?

-Somos uno y varios a la vez, para nosotros no hay diferencia entre lo individual y lo colectivo, no existen esos límites para el inmortal conocido como Gramirch.

Makorget en ese momento se dio cuenta que empezaba a desvanecerse, la verdadera eternidad estaba a punto de alcanzarlo, ya no era solamente una percepción parcial como la primera vez que cruzara la Puerta de la Atemporalidad, sino que en este caso estaba a punto de desaparecer para siempre, alcanzaría la inmortalidad; pero el Makorget que hasta ese momento había sido, ya no sería más. Su efímera forma de vida se diluiría como una gota de agua en el mar de la eterna existencia de Órklum el magnífico. Tuvo miedo, mucho miedo.

-¡Auxilio! ¡Auxilio!

-Ya estás aquí, de nada vale que te resistas.

-¡Auxilio! ¡No quiero desaparecer!

El mago luchaba con sus últimas fuerzas por aferrarse a su insignificante existencia, mientras lo hacía escuchó otra voz.

-Si no quieres desaparecer aléjate de allí ahora –le dijo el Rey del Planeta de las Sombras, quien en ese momento todavía se encontraba en su castillo.

-¡No puedo retroceder! –gritó Markorget-. ¡Las llamas no me dejan ir, me atraen hacia ellas!

-¡Tú puedes! –le gritó el siniestro rey-. ¡Aférrate a la sombras, solo así conseguirás escapar de ese fuego!

-¡Aferrarme a las sombras! ¡Toda mi vida mi corazón ha estado envuelto en tinieblas!

-¡Tú corazón ha estado envuelto en tinieblas, pero no ha sido parte de las mismas tinieblas! ¡Has deseado el conocimiento que no tenías! Aferrarse a las sombras significa tener luz, tener conocimiento. La más profunda oscuridad no carece de luz sino que se apodera de ella como hace un agujero negro. Para ser parte de las sombras hay que obtener el conocimiento y no dejar que este ilumine a los otros. La sombra esta llena de conocimiento, pero no lo comparte y si acaso lo comparte no es con todos, solo lo hace con quienes considera merecedores de dicho conocimiento y poder. Yo he compartido mi conocimiento contigo y sé que no me defraudarás. Ahora tienes el conocimiento, Makorget, no te falta nada para unirte a la verdadera sombra.

Fue así como Makorget se aferró a las sombras para evitar desaparecer en el fuego liberador de Gramirch. Sucedió a continuación que junto con el Rey del Planeta de las Sombras y todo su oscuro ejército había cruzado el mágico portal que llevaba hacia el Universo Secreto de los Árfagors. Al ingresar por esta entrada se encontraron en una dimensión donde el tiempo y el espacio estaban alterados. Era díficil saber donde era arriba y donde era abajo en aquel lugar surrealista. Al principio parecían perdidos y creyeron que no saldrían de allí; pero luego una energía siniestra empezó a atraerlos hacia una determinada dirección. Supieron, entonces, que eran conducidos hacia el Universo Secreto de los Árfagors; pero así como habían entrado en ese raro lugar por una mágica entrada, debían encontrar una salida. No les costó mucho darse cuenta que las lagunas y los espejos mágicos eran dichas salidas. El árfagor corrupto, aliado del Rey del Planeta de las Sombras, Imperdagrum, quien les había facilitado el ingreso a este extraño mundo los estaba esperando y les advirtió que otros individuos venían siguiéndolos; pero que él se encargaría de retrasarlos en el tiempo, así no aparecerían al menos dentro de mil años. Cuando sus perseguidores consiguieran cruzar finalmente a este mundo, las sombras lo dominarían casi por completo.

Ahora mientras miraba a la princesa Afarimela desde el otro lado del espejo, Makorget, fue abandonando sus recuerdos para concentrarse en lo que había venido a hacer. Extendió los brazos e hizo que cruzaran el espejo hasta que pudo topar a la chica con sus manos, tocó sus mejillas, su frente.

-Podría salir del espejo y manifestarme entre los tuyos bajo mi apariencia; pero he pensado en otra cosa –le dijo con voz muy suave a la joven como si fuera una nena a la que estuviera arrullando-. Solo tú me verás princesa Afarimela y harás lo que yo te diga.

-Haré lo que tú digas –dijo ella-, haré lo que tú digas, haré lo que tú digas.

-Eres una buena chica –dijo el mago mientras salía del espejo.

-Eres bello –dijo la joven al verlo junto a ella.

El calvo mago tomó entre sus brazos a la princesa de cabello verde y la besó largamente en la boca.

 

EPISODIO VII : EL PASADO EN EL ESPEJO

 

"Un buen espejo nos muestra hasta lo que no queremos ver"

Expresión popular en la Galaxia de los Espejos

 

 Incluso en la aparente oscuridad la luz era reflejada por los espejos. Un buen espejo debía mostrar con la mayor fidelidad aquello que se proyectaba en su superficie, existían espejos que distorsionaban; pero todos cumplían la función de reflejar. Las taimadas sombras estaban tratando de cubrir con su manto siniestro el conocimiento universal que es herencia de todos, pues la luz ilumina sin discriminar a quienes tienen ojos para ver, y en cierto modo lo estaban consiguiendo, muchos espejos parecían no reflejar más.

-¡Podrás retrasar su avance, pero ni siquiera tú, poderoso señor de sombra, impedirás que la luz llegue a su destino! –dijo Perpetrión uno de los espejos más antiguos de aquella galaxia que reunía a millones de espejos, los cuales estaban siendo afectados por las malignas sombras.

-No desconozco lo que sucederá en el futuro –respondió el malvado Rey del Planeta de las Sombras y mientras lo hacía el salón principal del Castillo de los Espejos Dirigentes pareció volverse más oscuro, aunque los antiguos espejos residentes en dicho lugar luchaban por mantener su resplandor-. Dentro de mil años posiblemente la luz disipe mis tinieblas, pero ahora ha llegado mi momento de gloria.

"Y posiblemente Dolkramom para ese tiempo consiga finalmente llegar a este mundo, pues ahora se encuentra atrapado en la dimensión que une este universo con aquel otro del cual provenimos, lo sé porque mi espada Sombrularia, la Atormentadora, sintió la cercanía de Xifrila la espada violeta mientras estábamos cruzando hasta aquí", pensó el poderoso personaje hecho de sombras.

-¡Ya te he dicho que no te preocupes, nadie más logrará cruzar hasta este universo antes de que logremos nuestro propósito! –dijo una voz telepática.

-¿Ahora lees mis pensamientos, Impedagrum?

-Siempre lo he hecho, Rey del Planeta de las Sombras –dijo un siniestro árfagor mientras se manifestaba. Se trataba de Imperdagrum, el aliado que había permitido a las sombras cruzar hasta el universo secreto-. Sé cada cosa de ti, incluso como piensas, recuerda que fuimos los árfagors quienes te creamos.

-Es cierto –admitió la malvada sombra mientras recordaba-. Los árfagors dieron nacimiento a muchas formas de existencia.

Mientras el malvado personaje decía ello, Perpetrión, el antiguo espejo, empezó a mostrar en su superficie imágenes de otros tiempos.

-¡No necesito ver esas imágenes en tu superficie de espejo, no ignoro todo aquello!

-¡Solo reflejo aquello que tu mente invoca, siniestro Rey del Planeta de las Sombras!

La maligna sombra pareció disgustada, pero se puso a mirar aquellas imágenes que le traían recuerdos de otras épocas. En el distante pasado, aunque tiempo después de, Komkarmak, el Inmortal, cuando en Árfagos no moraba ningún humano, Mérfrix, el herrero de nueve ojos, había forjado distintas armas mágicas. Mérfrix era pequeño como los árfagors, pero el color de su piel y el de sus cabellos no era violeta sino blanco. Él se dedicaba a elaborar, principalmente, espadas. Existían, dentro de las forjadas por este herrero, aquellas espadas que permitían a su portador ver los distintos futuros, otras le daban el conocimiento del infinito pasado, otras no tenían filo para herir; pero tenían la facultad de curar. Fascinados, en esos lejanos tiempos, ante semejante poder, los árfagors pidieron a Mérfrix nuevas y mejores espadas a lo que el hábil herrero respondió:

-Puedo forjar espadas más perfectas si cooperan conmigo en su elaboración, pero les advierto que ellas pueden tener inclinación para el bien o para el mal, serán beneficiosas o muy peligrosas.

En efecto muchas de las espadas resultaron bondadosas, pero otras eran siniestras. Así fue forjada la que luego llegaría a conocerse como Sombrularia, la Atormentadora. Cada espada solo podía tener a un único portador al cual ella reconocía, así los árfagors se identificaban con sus espadas comúnmente violetas que forjaban en cooperación con Mérfrix, pero no había aparecido el portador para Sombrularia. Ella era muy peculiar no solo por la oscuridad que la rodeaba sino porque casi todas las espadas mágicas hablaban y ella no decía palabra alguna. Quienes estaban cerca a ella percibían inteligencia, quizá hasta sabiduría, una sabiduría que no deseaba compartir y por ello no se comunicaba. En cambio Xifrila su contraparte, pues muchas espadas mágicas tenían otra que se les oponía, no cesaba de hablar mientras con su intenso resplandor violeta iluminaba a quienes tenía cerca. Algunas veces, parecía incluso comunicarse con su opositora.

-¡Xifrila no está de acuerdo contigo, hermana! –decía la espada violeta como si conversara con Sombrularia-. ¡El conocimiento debe ser compartido!

Con el tiempo los árfagors se dieron cuenta de que posiblemente Xifrila y Sombrularia realmente conversaban, aunque nadie, aparte de ellas dos, comprendiera como sucedía ello. Por ser tan especiales ninguna de ellas tuvo portador durante algún tiempo hasta que alguien se presentó en la cueva donde Mérfrix forjaba las espadas, se trataba de un encapuchado vestido con ropas de oro. En cuanto el desconocido apareció, la oscuridad alrededor de Sombrularia se hizo más intensa.

-¡Reclamo para mí la espada oscura! –dijo el recién llegado señalando a la tenebrosa espada.

-¿Quién eres tú? –dijo el herrero de nueve ojos-. ¿Con qué autoridad reclamas para ti esa espada?

-¡Con la autoridad de ser tan oscuro como ella, somos los dos de una misma substancia! –respondió el interpelado mientras se quitaba la capucha.

El rostro de un anciano árfagor de largos cabellos se mostró ante todos los presentes en la cueva, pero para los más sagaces y, sobre todo, para los nueve ojos de Mérfrix no pasó inadvertido que aquello era solo apariencia.

-¿Quién eres en realidad?

-Eso no importa, herrero, solo te digo que la espada me pertenece.

En respuesta a dicha afirmación la tenebrosa espada empezó a emitir un sonido semejante al zumbido de muchos insectos.

-¡Eres un ser malvado, pero Xifrila se encargará de cortar tu oscuridad! –dijo, entonces, la espada violeta.

-¡Tú no tienes portador! –respondió el anciano con ropas doradas-. ¡No eres una amenaza para mí! ¡Además tú jamás atacarías a tus forjadores, pero Sombrularia sí, pues ella no tiene límites!

-¡No te daremos la espada oscura! –dijeron los árfagors presentes en la cueva-. ¡Eres malvado!

-¡No es necesario, ella misma vendrá a mí!

De un modo inexplicable, la negra espada apareció en manos del anciano. La oscuridad en torno a ellos empezó a aumentar. De pronto, ya no había ningún anciano sino una sombra que empezó a crecer junto con la temible espada.

-¡Yo te bautizo como Sombrularia, la Atormentadora! –dijo la enorme sombra.

El siniestro personaje abandonó la cueva junto con la espada Sombrularia y desde ese día la maldad empezó a extenderse con mayor intensidad por todo el universo. Los árfagors llegaron a descubrir con el tiempo que aquella terrible sombra la habían creado ellos mismos, pues aunque eran virtuosos, también algunos de ellos eran egoístas, orgullosos y ambiciosos de poder. Todo ello junto con su magia había dado vida a la malvada sombra. Aquello no quedó allí, sino que inesperadamente nuevas sombras cobraron vida y reconocieron a la sombra portadora de Sombrularia como su rey. Los árfagors bondadosos intentaron detener todo ello con sus espadas mágicas, pero era difícil controlar a las sombras salvajes y traicioneras. Finalmente llegó el día en el cual un ejército de furiosas sombras se reunió para enfrentar a un ejército de árfagors. Sombrularia se había vuelto gigantesca tanto como la sombra que la portaba. Incluso los gorklons, individuos de casi tres metros, quienes estaban al servicio de los árfagors apenas llegaban a lo que podría considerarse la rodilla de la enorme sombra que junto con la espada continuaba desarrollándose.

-¡Vengan aquí, árfagors! –decía burlona la sombra-. ¡Sombrularia y yo queremos almas para devorar!

Los que eran atacados por las sombras, en algunos casos, olvidaban todo recuerdo, en otros eran poseídos por ellas y empezaban a comportarse como fieras salvajes y descontroladas. En el caso de los que eran atacados por Sombrularia, eran absorbidos por la gigantesca sombra y solo contribuían a su desarrollo. Por su parte, los árfagors contraatacaban con la luz violeta de sus espadas cuyo resplandor hacía retirarse a las tinieblas, aunque no era suficiente para vencerlas. Hasta ese momento los gorklons no portaban espadas, en cambio tenían con ellos poderosas antorchas, cuyo fuego nunca se apagaba, con las cuales hacían retroceder a la oscuridad.

-¡Xifrila desea entrar en acción! –dijo de pronto una voz en medio del campo de batalla.

Dojnar el líder de los árfagors buscó con la mirada y vio que quien había hablado era Mérfrix, el herrero de nueve ojos. Dojnar sabía que algunos de los ojos de Mérfrix le servían para visualizar las formas más sutiles y aparentemente inmanifestadas las cuales no todos eran capaces de ver, así como otros de sus ojos le permitían poder ver el mundo visible para el común de los mortales, de esa manera captaba armas mágicas existentes solo de forma sutil semejantes a un sueño o una ilusión y las iba forjando hasta poder visualizarlas con sus ojos de visión común y corriente. Mérfrix estaba tan concentrado en su labor que casi nunca abandonaba su cueva, por ello Dojnar se sorprendió al verlo, en medio de todo aquel caos.

-¡Es peligroso estar aquí, Mérfrix! ¡Mejor regresa a tu cueva!

-La espada oscura y la violeta nacieron para oponerse, por ello si una actúa la otra también desea entrar en acción.

-Pero, Mérfrix, todavía no ha aparecido portador para esa espada que se llama a sí misma Xifrila.

-¡Pídele a cualquiera de los árfagors que sea su portador, la espada no luchará con toda su potencia; pero tampoco dejará de ser un factor importante en la batalla contra las sombras!

-Tienes razón, las sombras no pueden derrotar nuestra magia, sin embargo, la portadora de la espada Sombrularia ha alcanzado un desarrollo considerable y es difícil de controlar. La ayuda de esa espada podría ser decisiva para vencer.

De inmediato, Dojnar pidió a uno de los árfagors más valientes que portara a Xifirila.

-¡Tú no has sido hecho para Xifrila! –dijo la espada violeta al ser empuñada, dentro de la cueva de Mérfrix, por el árfagor-. ¡Pero Xifrila no dejará de luchar!

Finalmente, Xifrila entró en el campo de batalla junto con su portador y se lanzaron contra las sombras, las cuales se desvanecían al ser tocadas por la mágica espada.

-¡Podrás hacer eso con mis hijos! –dijo la gigantesca sombra al ver el ataque de Xifrila-. ¡Pero no podrás contra mí ni contra mi espada Sombrularia, la Atormentadora!

-¡No te temo, insignificante sombra! –respondió Xifrila.

-¡Te haré tragar tus palabras! ¡Yo soy el rey de todas las sombras!

-¡Solo eres el rey de la basura!

Xifrila y el arfagor que la portaba eran diminutos ante Sombrularia y su amo, pero lucharon muy bien. La sombra empezó a debilitarse, pero al sentirse perdida, en lugar de seguir atacando a su oponente empezó a alabar su poder.

-¡Eres semejante a un dios, maestro árfagor! ¡Perdóname por haberte causado dificultades! ¡Me rindo ante alguien más poderoso que yo!

-¡Cuidado que algo pretende! –dijo Xifrila.

La terrible sombra se inclinó ante el pequeño árfagor y empezó a encogerse en muestra de sumisión.

-Solo se ha dado cuenta que no puede contra nosotros –dijo el árfagor.

-Permíteme estrechar tu mano –dijo la sombra.

-¡No dejes que te tope! –le dijo la espada violeta.

-No representa ningún peligro para mí, recuerda que los árfagors somos los magos más poderosos que existen.

Cuando la gigantesca mano de sombra estrechó la diminuta mano violeta de su oponente, en apariencia no sucedió nada; pero poco a poco el árfagor empezó a comportarse de otra manera.

-¡No entiendo qué hago perdiendo mi tiempo en este campo de batalla, cuando debería estar conquistando nuevos mundos! ¡Por algo soy tan poderoso!

-Así es, magnifico señor –le dijo la sombra-. Eres muy poderoso.

El árfagor en ese momento soltó a Xifrila.

-¡No puedo seguir sosteniendo esta espada, me lastima, me quema!

Casi al mismo instante otros árfagors ensoberbecidos por su poder empezaban a soltar sus propias espadas violetas que empezaban a quemarles.

-¡Ja, ja, ja, ja! –rió el rey de todas aquellas sombras-. ¡Ellos mismos se han derrotado!

Solo unos cuantos árfagors seguían luchando, pues muchos de ellos había arrojado sus mágicas espadas y se disponían a conquistar nuevos mundos donde los consideraran como dioses. Los gorklons que eran unos simples servidores y seguían luchando con sus antorchas se sintieron angustiados al verse abandonados por sus señores.

-¡Lárguense de aquí, si quieren seguir viviendo! –les advirtió la sombra.

-¡No pienso rendirme! –dijo Dolkramom el líder de los gorklons.

-¡Entonces, muere! –le gritó la sombra mientras se lanzaba a devorarlo.

Sin embargo, el guerrero se defendió con el fuego de su antorcha. La malvada sombra retrocedió un momento sintiéndose lastimada, pero en seguida volvió al ataque. Al ser rechazada, por segunda vez, por el guerrero retrocedió nuevamente para tomar impulso.

-¡De esta no te salvas! –dijo la sombra mientras levantaba en alto a la enorme Sombrularia y la oscuridad lo envolvía todo.

-¡Recógeme si quieres vencer! –escuchó en ese momento Dolkramom, la voz que le hablaba venía del suelo.

El gigante se agachó y recogió del suelo una espada violeta abandonada.

-¿Quién eres? –le interrogó el gigante.

-¡Soy Xifrila y he sido hecha para ti! –dijo la espada violeta mientras aumentaba de tamaño y brillaba intensamente.

-¡Entonces, Xifrila, corta la oscuridad!

-¡Así lo haré, amo!

-¡No importa que tengas esa espada mágica, no podrás evitar morir! –le gritó la despiadada sombra.

-¡Pero tú también serás derrotado! –le gritó Dolkramom mientras se lanzaba al ataque junto con Xifrila.

El oscuro Rey del Planeta de las Sombras continuó mirando las imágenes del pasado en el espejo mágico, luego de aquella batalla había sido derrotado y desterrado al planeta que fue su prisión, el Planeta de las Sombras. Su oponente Dolkramom junto a otros gorklons murieron, pero terminaron venciéndolo, quizá porque al no ser tan poderosos no cayeron en la soberbia.

-¡Ya deja de mostrar esas imágenes del pasado! –le dijo a Perpetrión la oscura sombra-. ¡Recuerdo cada detalle! ¡En esa ocasión me vencieron con ayuda de esa espada que se hace llamar Xifrila! ¡Ahora, Sombrularia se ha vuelto más poderosa, no hay rival que pueda competir con ella!

-¡Eso crees tú! –dijo el espejo-. ¡No estés tan seguro!

Nuevas imágenes aparecieron reflejadas, eran armas capaces de exterminar las más negras tinieblas.

-¡No pretendas amedrentarme con eso, no hay en este universo quien pueda derrotarme!

En ese instante, una misteriosa espada apareció muy cerca del Rey del Planeta de las Sombras y apenas le dio tiempo para empuñar a Sombrularia. El resplandor del arma era tan poderoso que la sombra estuvo a punto de desvanecerse.

 

 

    EPISODIO 8


SOMBRAS EN EL PALACIO

 

El emperador avanzaba por un camino seco y duro. La densa niebla apenas permitía ver alrededor. Unos gritos aterradores se escuchaban muy cerca, así como maldiciones y terribles palabras.
-¡Carne! ¡Carne y sangre! ¡Carne y sangre de poderoso! ¡Queremos comer carne de poderoso y beber su sangre!
-¡Alto! –dijo una voz autoritaria-. ¡El rey no quiere que se le cause daño!
-¡Nosotras no obedecer al rey! –respondió una horrible voz-. ¡No obedecer al rey! ¡No obedecer al rey!
-¡Rey tener sus servidoras dentro del castillo! –habló otra voz que parecía provenir de un ser desquiciado-. ¡Además hace mucho tiempo que ya no se ve al rey por aquí! ¡Ji, ji, ji, ji, ji! ¡Jo, jo, jo, jo, jo, jo! ¡Nosotras no obedecer al rey! ¡El rey se ha ido! ¡Nosotras libres! ¡Ji, ji, ji, ji, ji!
-¡Alimentarnos ahora mismo de poderoso! ¡Ahora mismo! ¡Ahora mismo!
El emperador no sabía quienes hablaban, pero sabía que se referían a él. Tenía la sensación de que iba muy pronto a morir.
-¡Alto! –escuchó decir nuevamente a la voz autoritaria-. ¡Para el rey no hay límites! ¡Si no obedecen las encadenará a todas en el abismo!
-¡Noooo! –dijeron muchas voces al unísono-. ¡En el abismo no! ¡En el abismo no! ¡En el abismo no!
-¡Obedezcan, entonces!
Todo quedó en silencio. El Emperador Verde miró a todos lados intentando identificar a los que habían hablado antes, pero apenas lograba ver algo semejante a sombras moviéndose entre la neblina. Conforme fue avanzando, sin embargo, logró ver algo más nítido. Poco a poco empezó a mostrarse en el horizonte una forma más definida, un castillo. Al darse cuenta de ello Sorgum aceleró el paso hasta llegar junto a la misteriosa edificación. Las puertas estaban abiertas y nadie custodiaba la entrada por lo cual ingresó sin problemas. Mientras avanzaba dentro de aquella oscura construcción le pareció ver ojos que lo miraban, escuchó voces que le hablaban en un idioma desconocido. Sin saber por donde dirigir sus pasos optó por seguir un resplandor, llegó hasta una estancia donde encontró un fuego que salía del piso, al otro extremo de las llamas había una enorme puerta que parecía ser la entrada a otro mundo, se sentía una gran energía emanar de ella. Movido por un impulso irresistible el Emperador Verde intentó cruzar las llamas para ingresar en la mágica puerta, pero no pudo, algo más poderoso que el miedo a ser quemado lo detuvo como si entre él y su objetivo se levantara un muro invisible.
-¡Ay! –se escuchó un lamento-. ¡Sombra! ¡Sombra! ¡Nunca volveré a verte sombra!
Sorgum observó que cerca de él se encontraba un alma en pena y quiso escapar, pero sus pies no le obedecieron.
-¡Aléjate de mí, horrible aparición!
-No voy a hacerte daño, hombre de cabello verde –le dijo el fantasma-. Solo que no puedo abandonar este castillo, pues soy prisionero en él junto con todos mis compañeros.
-¿Quién eres tú?
-Soy el capitán Kirtey Escalandron, conocido también como el capitán Kirt y estoy prisionero en este oscuro lugar. La sombra que lo gobernaba nos dejó atrapados aquí.
-¿Kirtey Escalandron? ¿capitán Kirt? –dijo extrañado el emperador-. Nunca había escuchado hablar de ti.
-Nunca habías escuchado hablar de mí porque tú no eres de este mundo, pero los que sueñan pueden cruzar la barrera del espacio y el tiempo.
-¿Soñar? ¿Acaso yo?
-No te has dado cuenta, ¿acaso no has escuchado esa voz angustiada intentando despertarte?
En ese momento, el emperador pudo escuchar en su mente: "Emperador, todo el reino ha enloquecido, también la princesa ha caído prisionera de un hechizo, tiene que despertar, debe venir conmigo si quiere vivir".
-Es la voz de Tólgrem –se dijo así mismo Sorgum-. Tólgrem, el mago del anillo rojo.
"Mi anillo mágico no detendrá por mucho tiempo a quienes desean hacerle daño, debe despertar ya", escuchó nuevamente.
-¡Debo despertar!
-¡Es inútil que despiertes, Emperador Verde! –escuchó una potente voz que le hablaba desde otro lugar de aquel siniestro castillo- ¡Mejor te irá si continúas dormido y mueres en tu cama!
Al ir en busca de quien hablaba, pues una fuerza irresistible lo atraía hacia el lugar de donde provenía la voz, llegó hasta una estancia iluminada por lámparas donde un oscuro personaje sentado en un trono le mostraba un reloj de arena que llevaba en la mano.
-¡Tu tiempo se ha terminado, Sorgum! ¡Ahora tu reino me pertenece a mí y a todas las sombras que me sirven!
-¿Quién eres tú?
-¡Soy el Rey del Planeta de las Sombras y ahora me estoy apoderando de tu reino!
-¿Cómo puedes apoderarte de mi reino ahora, si estamos en este oscuro castillo?
-Eso es lo que tú crees, pero esto es solo un sueño. Tu realidad es más oscura de lo que piensas, te conviene no despertar.
-¡Tengo que despertar de este sueño! ¡Tengo que despertar de este sueño! ¡Tengo que despertar de este sueño!
Cuando despertó del sueño encontró sombras ingresando y saliendo de las paredes, del techo, del piso, se veían furiosas, sus ojos eran de un rojo incandescente, sus negras bocas se abrían y mostraban un interior incandescente como sus ojos, parecían querer devorarlo; pero todavía no lo hacían porque se los impedía la barrera protectora que salía del anillo de Tólgrem, el mago kalifei, el del anillo rojo.

 

Afarimela no dejaba de suspirar por quien consideraba el hombre más bello del mundo. Se decía a sí misma que había tenido mucha suerte de conocerlo. Solo pensaba en besarlo y abrazarlo, pero ahora él no parecía tener tiempo para ella, se hallaba ocupado dando órdenes a unos seres semejantes a sombras que no necesitaban apoyarse en ningún cuerpo sólido simplemente se proyectaban en el aire, nada de eso le importaba a ella. A ella solo le importaba ganar el amor de Makorget.
-¡Por favor, bésame otra vez! –suplicó la joven al calvo mago.
-Tranquila, vamos primero a buscar a tu padre.
Mientras avanzaban por el palacio imperial algunos soldados que intentaban luchar contra las sombras reconocieron a Afarimela.
-¡Venga con nosotros, princesa Afarimela! –le dijo apresuradamente uno de los hombres- ¡Tenemos que escapar de las sombras!
-Lo siento voy a buscar a mi padre.
-Es peligroso.
-Mi amado me protegerá, él es poderoso y está junto a mí.
Los soldados imperiales no podían ver al calvo mago, el cual era invisible a sus ojos, por lo que creyeron que ella había enloquecido e intentaron llevársela a la fuerza; pero Makorget aprovechó la ventaja que tenía sobre ellos para eliminarlos sin ninguna compasión.
-¡Bueno, así les ahorro el trabajo a las sombras!
-¡Sí, mi amor, todo lo que tú haces es perfecto! –dijo la princesa mirándolo embobada.
Llegaron hasta la habitación de Sorgum, las sombras lanzaban espeluznantes alaridos alrededor de ella.
-¡Traigan aquí al emperador! –ordenó Makorget a las sombras.
-¡No podemos, amo Makorget! ¡No podemos!
-¡No quieren obedecer mis órdenes! ¡Si no me obedecen el rey de todas ustedes las castigará cuando retorne de la Galaxia de los Espejos!
-¡Perdónanos, amo! ¡No podemos!
Makorget empleó su visión de mago para distinguir más allá de las paredes y se dio cuenta que en el interior de la habitación otro mago con un resplandeciente anillo rojo impedía el avance de las sombras.
-¡Rojo! –dijo el calvo hechicero-. ¡Ese anillo debe tener dentro de sí la sangre de un ser muy poderoso!
A continuación el nigromante trazó un pequeño círculo en el aire con el dedo índice de su mano derecha y apareció una superficie luminosa, al otro lado de ella se encontraban Sorgum junto al mago del anillo rojo, el cual luchaba contra las sombras. Aprovechando que sus víctimas estaban de espaldas a él, Makorget introdujo su mano a través de la pequeña superficie circular que había creado y atrapando a su enemigo más peligroso empezó a apretarlo con toda su fuerza.

 

Cuando el emperador Sorgum despertó, Tólgrem le dijo que escaparían fuera del palacio con ayuda de la magia.
-No podemos abandonar a mi hija –le había dicho Sorgum-. Tienes que ayudar a Afarimela.
-Cuando lo haya sacado de aquí regresaré por ella.
-¡No! ¡Haz que desaparezcan esas sombras y ve por mi hija!
Tólgrem había estado pensando en como podría hacer desaparecer las sombras, a las cuales apenas podía detener con el campo de fuerza generado por su anillo cuando empezó a presentir que una poderosa energía maligna se aproximaba. No resistiría mucho tiempo si es que no escapaba junto con el emperador de ese lugar se dijo así mismo, la única forma de quedarse a luchar sería emplear el poder secreto del anillo herencia de sus antepasados los kalifei; pero había jurado jamás usar ese poder oculto a menos que estuviera próximo el fin del mundo.
-No hay forma de quedarse a combatir –había empezado a decir Tólgrem.
Fue ese momento cuando una gigantesca mano aparecida de la nada lo atrapó y lo apretó con tanta fuerza que el joven kalifei estuvo a punto de morir.

 

 

EPISODIO 9


EL ESPEJO DE LA ESPERANZA

 

 

 

El Rey del Planeta de las Sombras se desplazaba cargado de unas misteriosas cadenas por un camino largo y estrecho. Ya no tenía sus poderes y se encontraba muy débil. La luz de un potente sol amenazaba con extinguir sin compasión a la miserable sombra. De pronto llegó al final del camino donde se topó con una puerta gigantesca.

-¡Auxilio! –gritó el siniestro personaje encadenado-. ¡Ayúdenme, por favor!
¡Abran la puerta!
Nadie le contestó, la voz de la sombra no tenía la intensidad suficiente para ser escuchada por quien quiera que habitase tras aquella puerta gigante.
-¡Abran la puerta! –gritó la sombra con todas sus fuerzas-. ¡La luz de este sol acabará conmigo! ¡Ayuda, por favor!
-¡Si quieres qué abra dime la contraseña! –dijo una voz atronadora desde el otro lado de la puerta.
-¿Contraseña? ¿Pero yo no conozco ninguna contraseña?
-¡Entonces, te quedarás afuera! ¡Todos los qué quieren pasar por aquí deben decir la contraseña!
-¡Espera! –dijo la sombra a punto de desvanecerse ante la potente luz solar-. ¡Una casa sin puertas ni ventanas es como una persona sin ojos ni boca!
-¡Esa no es!
-¡No hay puerta cerrada qué nunca se abra!
-¡Esa tampoco!
-¡Todos quieren abrir la puerta de la felicidad, nadie quiere abrir la puerta del sufrimiento!
-¡Esa mucho menos!
La sombra desesperada echó mano de todo su conocimiento, pero por más frases que dijo no acertó. Estaba a punto de desvanecerse cuando la puerta se abrió.
-¡Entra! –le dijo un individuo enorme como una montaña-. ¡De todos modos debes ingresar!
El soberano de las sombras ingresó inmediatamente en aquel lugar con paredes enormes, el cual era iluminado por poderosas antorchas.
-¡Un momento, por favor! –dijo la sombra mientras acompañaba al gigante-. ¿Cuál es la contraseña?
-Bueno, ahora que estás dentro puedo decírtela. Ella es: Ati toda mere pet cot net us dat ati fret mere ol cot chit.
-¡Ese es el idioma de los antiguos guardianes de la puerta que une los distintos universos! –dijo el maligno personaje encadenado mientras recordaba que en el Planeta de las Sombras a su propio castillo algunos lo conocían como el de las Nueve Puertas Secretas, por las puertas mágicas ocultas en él, entre ellas la Puerta de la Atemporalidad.
-¡Así es! –le respondió el gigante-. Hay una puerta que une los distintos universos, la cual es protegida por nosotros, sus guardianes.
-Entonces, yo había acertado desde el primer momento. La clave significa, una casa sin puertas ni ventanas es como una persona sin ojos ni boca.
-Tenías que decirla en idioma de los guardianes no en el de los árfagors.
-Pero tú hablas el idioma de los árfagors.
-Puedo hablar cualquier idioma, tú llamaste a la entrada en el idioma de los árfagors y así te he respondido, pero el idioma principal aquí es el de los guardianes.
El gigante lo condujo por largos pasadizos donde el rey de todas las sombras que iba arrastrando sus cadenas pudo ver gran cantidad de celdas, en las cuales estaban encerrados los malhechores de los distintos universos.
-¡Ésta es tu celda! –dijo de pronto el gigante mientras señalaba un calabozo que estaba abierto.
La sombra no quería ingresar, pero una fuerza irresistible la obligó a hacerlo. La puerta de la celda se cerró y el siniestro personaje encadenado intentó escapar atravesando los barrotes con ayuda de la magia que le quedaba, pero sin ningún éxito, pues aquella celda era especial, no podía escapar de allí nadie, ni siquiera un mago o un espíritu. En el suelo de la prisión empezaron a emerger unas llamas que al principio el Rey del Planeta de las Sombras no reconoció, pero luego se dio cuenta que se trataba del fuego de Gramirch, un fuego capaz de disolver su ser de sombra para siempre.
-Ha llegado tu hora –le dijeron las llamas.
-¡No! ¡Ayuda! ¡Sáquenme de aquí!
El fuego alcanzó a la sombra que intentaba protegerse en un rincón de la celda y empezó a devorarla.
-Todo empezó con un pensamiento en la mente de Ólkrum y a él regresa.
Mientras estaba a punto de desaparecer la poderosa sombra hecho mano de todo su poder mental para sobrevivir. Su cuerpo se había vuelto transparente cuando se preguntó como había caído en esa peligrosa situación y de pronto recordó que momentos antes se hallaba en el salón principal del Castillo de los Espejos Dirigentes, en la galaxia de los Espejos, donde el resplandor de una poderosa espada violeta lo había dejado paralizado. Poco a poco fue dominando su mente hasta darse cuenta de que todavía se hallaba frente a esa espada, la cual era portada por un individuo alto de color azul parecido a un humano o un simio, pero cuyos ojos violetas permitían reconocerlo como un árfagor con una apariencia poco común. Y, ahora, en el salón se encontraban otros árfagors, los cuales tenían diferentes formas, solo se les reconocía por sus ojos violetas.
-¡Abandona el Castillo de los Espejos Dirigentes! –le ordenó al Rey del Planeta de las Sombras el árfagor que portaba la espada violeta y cuyo resplandor había sido capaz de trasladar la conciencia de la sombra hasta el mundo de los antiguos guardianes de la puerta que une los distintos universos.
-Nosotras... somos más que ustedes. Somos... millones de sombras y ustedes solo unos cuantos árfagors.
-¡Ya viste lo que soy capaz de hacer! –le respondió el árfagor con una voz que la sombra escuchó dentro de su mente-. ¿Quieres que te regrese con el fuego de Gramirch?
El Rey del Planeta de las Sombras quiso hacer callar al árfagor con su tenebrosa espada, Sombrularia la Atormentadora, con la cual muchas veces había derrotado a la luz; pero un gran terror se apoderó de él y no se atrevió a usarla.
-¡Auxilio! ¡Ayúdame, Imperdágrum!
Nadie respondió al pedido de ayuda de la malvada sombra, el maligno árfagor que era su aliado se había ido.
-¡Abandona el Castillo de los Espejos Dirigentes o te prometo que esta vez no regresarás de donde te envíe! –dijo nuevamente el árfagor que portaba la espada que había desconcertado a la sombra.
El señor de todas las sombras no espero que le ordenaran marcharse por tercera vez, inmediatamente avanzó hacia la salida de aquel lugar. Las sombras escapaban aterrorizadas y lanzando terribles lamentos mientras seguían a su rey. Cuando estuvieron fuera del castillo se pusieron a gritar:
-¡Nosotras somos más que ustedes, insignificantes árfagors! ¡Somos millones y millones! ¡Nada impedirá que nos apoderemos de este universo!
Las malvadas entidades continuaron gritando así durante mucho tiempo, sin embargo, no se atrevían a volver a ingresar al Castillo de los Espejos Dirigentes.
En el salón principal del castillo los árfagors seguían cuidando que todo estuviera en orden.
-¡Gracias por ayudarnos ilustre, Magésnamar! –dijo el espejo Perpetrión dirigiéndose al árfagor que había hecho huir al rey de las sombras.
-Es nuestro deber, teníamos que venir a protegerlos.
Magésnamar miró alrededor del salón, allí se encontraba Videntir, el espejo que todo lo ve, el cual tenía forma semejante a un ojo. Algunos decían que se trataba de uno de los ojos de Órklum, el magnífico. Todo lo sabía, pero no todo lo revelaba. Algunos espejos en el salón mostraban el pasado, otros el futuro. En un extremo poco iluminado por las lámparas mágicas, que allí se encontraban, estaba el Espejo de la Muerte o del fin de la existencia. Si alguien lo consultaba podía así conocer como sería el final de su vida. En otros tiempos, magos de los distintos lugares de aquel universo habían visitado la galaxia de los espejos para consultar alguno de ellos, actualmente eso, ya no ocurría. Magésnamar, sin embargo, estaba interesado en un espejo, Esperéndor, también llamado el Espejo sin Retorno. El Espejo sin Retorno era el nombre con el cual lo conocía la mayoría, quienes sabían su nombre secreto lo llamaban el Espejo de la Esperanza.
-Las sombras ya no los molestarán, sabio Perpetrión. No te preocupes. Desearía quedarme a protegerlos, sin embargo, debo ir en busca de mis antepasados, los árfagors más antiguos y si es posible traerlos de vuelta de la dimensión donde ahora moran.
-¡Espera! –le dijo Perpetrión al ver lo que el árfagor pretendía hacer-. Si empleas a Esperéndor como un portal hacia tus antepasados deberás atravesar lo que se conoce como la región helada. Nadie ha regresado de allí, por eso Esperéndor es conocido como el Espejo sin Retorno, algunos lo comparan con el fuego de Gramirch, solo que este último disuelve, en cambio Esperéndor conserva.
-Por eso lo he elegido a él, porque pase lo que pase nos permitirá conservar la esperanza. Quizá no consiga retornar con los millones de árfagors y dioses que alguna vez poblaron este universo, pero alguna solución encontraré para derrotar a las sombras.
Y diciendo esto Magésnamar empleó como un portal a Esperéndor para cruzar a una región no conocida por los mortales y donde esperaba encontrar respuestas y soluciones.

 

 

EPISODIO 10


LA CANCIÓN DEL CAOS

 

 

 

 

 -¡Otra más, cantarina! –dijo la criatura que habitaba en las tinieblas-. ¡Deseo escuchar otra de tus canciones! ¡Si no cantas, ahora mismo, galaxias, enteras arderán como la paja seca, el universo llorará sangre y los lamentos de las almas alcanzarán el infinito!

-Inmediatamente, señor –respondió la cantarina-. Yo estoy aquí para servirlo.
Los dioses habían concedido a la cantarina la inmortalidad con el único propósito de que aquietara con su dulce voz a la criatura prisionera en el abismo. El nombre de la dama era Britermel y en otros tiempos había sido mortal como otros gorklons, a cuya especie pertenecía. En su remota existencia pasada había tenido muchos pretendientes y también un hermano a quien amaba mucho, Dolkramom.
-Si realmente me sirvieras, entonces, entonarías la Canción del Caos.
-Ya sabe que no soy capaz de cantar esa canción, señor. No existe en el universo quien pueda hacerlo.
-Órklum lo hizo en el inició de los tiempos –dijo la criatura empezando a recordar mientras la cantarina entonaba una nueva melodía en medio del abismo del Planeta de las Sombras-. Solo él pudo entonar esa melodía y de ese modo calmar el caos que habitaba en su alma y en la mía. Así fue como empezó todo.
En medio de la nada se encontraba Órklum, pero incluso entonces descubrió que algo se movía incesantemente. El vacío se movía y sus pensamientos se movían con él en un confuso y desquiciado vaivén.
-Aquí hay algo –dijo Órklum-. Aquí hay algo. No estoy solo. No estoy solo. No estoy solo.
Y su mente inmaterial parecía responderle como un eco mágico:
-Aquí hay algo, Órklum. Aquí hay algo. No estás solo. No estás solo. No estás solo, solo, solo, solo.
-¡Mi mente! –gritó Órklum atormentado por el torbellino de ideas que se trasmitían desde él al vacío y desde el vacío hacia él-. ¡Como le devuelvo la calma a mi mente ahora que he adquirido consciencia de mi existencia! ¡Como recupero la tranquilidad en medio de este caos!
Y el caos, el cual habitaba en su alma, así como también se encontraba en el vacío, respondió:
-Entona la Canción del Caos, Órklum. Solo tú puedes entonarla, en medio de este mar de inexistencia, solo tú pues has adquirido conciencia de ti mismo, mientras te rodea la nada junto con el caos, y tú eres parte de ellos. Cuando entones la Canción del Caos, mundos emergerán desde el confuso vacío, la silenciosa nada dará nacimiento a bulliciosas manifestaciones, la vida se expandirá por todas partes; pero también la canción te dará el poder de regresar tus creaciones a la inexistencia, tendrás el poder de otorgar vida y causar la muerte, de organizar universos y destruirlos. Todo dependerá de cómo entones la canción.
Y fue así como poco a poco, Órklum, conocido como el magnífico, aprendió a entonar una melodía que llegó a conocerse como la Canción del Caos, de ese modo descubrió que el caos no era tan caótico. El orden y el caos eran uno solo como lo llegó a comprobar Órklum.
-¡Solo Órklum entonó perfectamente la melodía! –exclamó la criatura prisionera en el abismo del Planeta de las Sombras, la cual no tenía una forma determinada, pues era el caos mismo-. Todos aquellos que se llaman magos lo han hecho en cierto modo. Los árfagors con sus poderes alcanzaron a entenderla y el primero de los kalifei al cual le fue encomendado custodiar un anillo con una gota de mi sangre llegó casi a dominarla, pero la energía que lo invadió fue tan poderosa que terminó matándolo y casi destruye el universo en el cual habitaba. Sus descendientes decidieron conservar el anillo como un recuerdo; pero con un hechizo protector para mantener sus poderes dormidos.
"No sé quienes son esos kalifei, aunque siempre habla de ellos. Quizá el anillo rojo al que se refiere, es aquel anillo guardado por los árfagors, según se decía, un anillo con la sangre vertida por el caos luego de combatir con Órklum" –pensó Britermel mientras entonaba una melodía, una de las cuales llevaba siglos cantando debido a su inmortalidad-. "Solo recuerdo que al poco tiempo de ser condenado, el Rey del Planeta de las Sombras con todo su ejercito, a vivir en este maldito planeta, uno de los oráculos más importantes de árfagos vaticinó el descontrol de la criatura atrapada en el abismo por el mismo Órklum, la cual volvería a traer el caos en todo el universo a menos que una dama virtuosa se sacrificara a cantarle eternamente, y esa dama, por elección del oráculo, fui yo"
-¡Por fin! –gritó el temible caos inesperadamente cortando los pensamientos de la cantarina-. ¡Nuevamente el anillo está despertando, ahora otro tendrá la oportunidad de entonar la Canción del Caos!
Muy lejos de allí, en el universo creado por los árfagors, una terrible batalla se desarrollaba. Dentro del palacio del emperador verde, Afarimela, la de verdes cabellos, no sabía si apoyar a su padre el emperador o al malvado Makorget el cual la tenía encantada y mientras tanto Tólgrem, el último de los kalifei, luchaba por su vida.
-¡Te aplastaré como a un insecto! –escuchó Tólgrem, a punto de desmayarse, mientras una gigantesca mano, la mano creada por Makorget, el poderoso hechicero, lo tenía atrapado.
-¡Escapa de aquí, Afarimela! –le gritó Sorgum a la joven cuando la vio aparecer junto con Makorget por la puerta de la habitación. El emperador verde se encontraba rodeado por las sombras en el cuarto donde también estaba Tólgrem atrapado por la mano gigante aparecida de la nada-. ¡Emplea la salida secreta!
-Esa conduce por varios túneles, algunos de ellos son peligrosos –les respondió su hija-. Además no es necesario escapar Makorget no desea hacerte daño, él es bueno.
-¡Así es, emperador! –dijo Makorget burlón a la vez que seguía concentrado en el hechizo de la mano gigante con la cual estaba asesinando a Tólgrem-. ¡Yo soy muy bueno y solo deseo ser tu amigo!
-¡Maldito, libera a mi hija de tu hechizo! –le gritó furioso Sorgum.
-¡A mí nadie me habla de esa manera!
Algo parecido a los rayos que se producen en las tormentas salieron de los ojos del mago e impactaron en el cuerpo del emperador, el cual se convirtió en cenizas.
-¡Nooooo! –se escuchó gritar a Afarimela-. ¡Mi padre! ¡Qué le has hecho a mi padre!
-¡Lo mismo que te haré a ti si no dejas de gritar! ¡Pensaba que podrías serme útil, pero en realidad no te necesito!
Makorget estaba a punto de acabar también con la vida de la princesa, pero en ese momento sintió algo extraño que llamó su atención. Su cuerpo empezaba a volverse más ligero, parecía como si flotara. Su mano derecha la cual estaba empleando para dominar la gigantesca y mágica mano con la cual tenía atrapado a Tólgrem, el joven kalifei, empezó a adormecérsele, la sentía hormiguear.
¡Qué sensación más extraña! –dijo el mago.
En ese instante algo parecido a una melodía, la cual nunca había escuchado empezó a sumirlo en una ensoñación, en un raro trance.

Tólgrem sentía sus huesos partirse y sus órganos a punto de reventar, la gigantesca mano mágica que lo apretaba más y más, lo había tomado por sorpresa. Aquel poder al cual se enfrentaba le parecía demasiado para él. Se estaba muriendo y mientras lo hacía sentía que estaba defraudando a sus antepasados. Él era el último de los de su estirpe de magos, aquel a quien le habían encomendado la custodia del anillo rojo, un anillo que había pertenecido primero a los árfagors y luego a sus antepasados kalifei. ¡No podía perder!
"No vas a perder" –le dijo una voz en su mente-. "Solo mantén la calma y escucha la melodía".
"¿Quién eres tú" –preguntó Tólgrem a la voz que hablaba en su mente.
"Soy el espíritu que mora en el anillo, déjame enseñarte una antigua canción, una canción liberadora"
Una poderosa energía comenzó a vibrar en la mente del joven kalifei, ella venía desde el anillo que se encontraba en su mano y empezó a curar todo su cuerpo. El anillo con la sangre del caos le fue mostrando la canción que solo Ólkrum había logrado entonar en los orígenes y lo liberó. Fue en ese momento cuando la mano gigantesca desapareció, pero no solo desapareció esta sino empezó a desaparecer todo alrededor de Tólgrem.
-¡Socorro! –gritó Makorget saliendo del trance en el cual estaba-. ¡Me desvanezco!
-¡Ayúdanos, amo Makorget! –le gritaron las sombras al malvado mago mientras desaparecían rápidamente.
Todo en el palacio de Sorgum estaba pasando a la inexistencia, las paredes, las personas, las sombras, todo tipo de existencia. No es que las construcciones se cayeran como en un terremoto u otro tipo de catástrofe, simplemente en un instante dejaban de ser. Afarimela aterrada no se atrevía a escapar.
-¡Huye de aquí, Afarimela, si no te has desvanecido tú también es porque yo estoy luchando por impedirlo! –le gritó Tólgrem esforzándose por contener el poder que salía de él, aquella melodía vibrando en su mente capaz de destruirlo todo-. ¡No puedo controlar por mucho tiempo este poder! ¡Es el poder del anillo rojo con la sangre del caos! ¡Aquel que solo debía utilizar cuando llegara el fin del mundo!
-¿De qué hablas?
-¡El fin del mundo ha llegado, huye mientras puedas o te desvanecerás como todo lo demás en este lugar!
-¡Si el fin del mundo ha llegado, no hay lugar a donde pueda huir!

PABLO ALBERTO TORRES VILLAVICENCIO

 

 

EPISODIO 11

 

LA PRISIÓN DE CRISTAL

 

 

-Solo hay una salida –le dijo él a la aterrada joven-. No tengas miedo, yo no permitiré que te ocurra nada. Solo que cuando ya no esté, deberás escapar de aquí. Entidades malignas se encuentran por todos lados y no puedo quedarme a combatirlas porque destruiría todo el universo.

El joven mago empleó su poder mágico provocando que un portal circular y luminoso apareciera flotando de repente junto a él.

-No puedo quitarme el anillo rojo, está adherido a mí; aunque lo arrojara lejos, él volvería conmigo; así que no hay otra salida.

-¿De qué hablas? –le preguntó Afarimela intentando controlar su terror.
Casi todo el palacio se había desvanecido y a lo que estaba alrededor le estaba ocurriendo lo mismo, a los árboles, a las casas cercanas. Únicamente el suelo permanecía todavía, pero ya no era sólido, se había vuelto blando.
-Me hubiese gustado que el poder oculto del anillo no se manifestara –dijo Tólgrem mirando de un modo afectuoso a la chica como nunca lo había hecho-. Hasta ahora solo lo había empleado para defenderme, pero con sumo cuidado, para evitar despertar su verdadero poder. Sabes, princesa, no me importa que se destruya el universo; pero me importas tú, debo morir para que tú vivas, debo cruzar a la región sin retorno, de la cual ningún mortal ha regresado jamás. Adiós.
Y diciendo esto el joven mago cruzó el mágico portal flotante, luego de ello este empezó a desaparecer; pero antes de que sucediera Afarimela creyó escuchar las palabras: "Te amo".
En otra galaxia de aquel universo, el Rey del Planeta de las Sombras quien había sido expulsado del Castillo de los Espejos Dirigentes sabía muy bien lo que sucedía en el lugar donde se encontraba Afarimela.
-Mejor así, si ese mago con su anillo rojo no se hubiera ido quizá hubiésemos tenido que escapar de este universo –dijo el maligno rey-. En el abismo del Planeta de las Sombras habita una criatura que trasmite una energía semejante a la de ese anillo, ni siquiera yo me he atrevido nunca a perturbarla.
-Nosotras estamos esperando sus órdenes, amo –dijeron las sombras que lo rodeaban.
-Mis órdenes, ya las conocen –dijo el soberano de todas las sombras-. Deben extenderse por todo este mundo y apoderarse de sus habitantes, incluso hacerlo sin que ellos lo sepan. Dominarán la voluntad de los seres de este universo y ellos creerán que hacen las cosas por su propia iniciativa.
-Así se hará.
Casi instantáneamente el mal empezó a extenderse por todas las galaxias. Afarimela, la cual, era muy sensitiva y se estaba reponiendo de los sucesos ocurridos en su desaparecido palacio vio como las sombras empezaban a moverse por todos lados; en ese momento, se dio cuenta que debía escapar; pero no podía hacerlo caminado por la superficie. Buscó la entrada secreta a los caminos subterráneos, la cual solo era conocida por ella y por su padre el emperador, y vio que esta ya no estaba oculta como antes; pero tenía, como siempre, una escalera por la cual era posible descender y la joven así lo hizo.
-¡Ven aquí, Afarimela! –escuchó que la llamaban unas voces mientras iba avanzando por uno de los caminos-. ¡Queremos ser tus amigos!
Los subterráneos estaban iluminados por unas mágicas antorchas que se encontraban a lo largo del camino suspendidas de las paredes. Nunca se apagaban, pero de pronto se apagaron y Afarimela se quedó rodeada por la oscuridad mientras ya no solo escuchó las voces que la llamaban sino unas horrendas risas.
-¿Qué quieren de mí? ¡Ustedes son las sombras que atacaron mi palacio!
-¡Queremos ser tus amigos, ya te lo dijimos!
La joven empezó a avanzar a toda prisa sin saber hacia donde estaba yendo, de pronto chocó contra una pared rocosa y casi se cayó al suelo. Extendiendo los brazos hacia adelante siguió caminado mientras temía estar tomando la dirección equivocada. Ella deseaba seguir el camino que la llevaría a un lago maravilloso, el cual era un portal a otras partes de aquel universo; pero en la oscuridad podía tomar por error la ruta a Curnamil, la prisión subterránea de almas en pena y seres demoniacos.
-¡Ven aquí, déjanos ser tus amigos! –escuchó nuevamente a sus espaldas y se dio cuenta que las terribles sombras no iban a dejarla en paz.
Entonces, ya no le importó si se estaba adentrando en Curnamil o en el camino que conducía al lago, solo deseaba dejar atrás a sus perseguidoras. Avanzó en la oscuridad por aquella ruta sin dar lugar a las dudas. En cuanto a Curnamil, se decía que había sido construida por los propios dioses para encerrar a las entidades oscuras, y que allí estaba prisionera todavía la bruja de cristal llamada así porque convertía los cuerpos de sus víctimas en cristal, pero el dios Yúmior, quien era una de las divinidades que en el pasado apoyaba a los árfagors, enojado por esto la castigó atrapándola eternamente con el mismo material que a ella tanto le gustaba, el cristal.
La joven, de pronto, tropezó con un obstáculo y cayó al suelo lastimándose el cuerpo y los brazos.
-Déjenme salir de aquí, por favor –escuchó un susurro que parecía la voz de un hombre.
Se levantó como pudo y siguió avanzando sin prestar atención, ignoraba lo que encontraría al final del camino; pero tenía claro que deseaba estar lo más lejos posible de las malignas sombras. Cuando el emperador Sorgum su padre estaba vivo no se hubiesen atrevido a perseguirla, pero ahora todo había cambiado.
-¡Por favor, ayúdame! –escuchó ahora más fuerte.
-¿Quién eres? –preguntó ella tratando de no parecer asustada, aunque en realidad lo estaba.
-Ya he olvidado mi nombre –respondió la voz.
-¿Dónde estás?
-No lo sé, ni siquiera tengo un cuerpo definido –volvió a responder la entidad desconocida-. Puedes llamarme la voz.
Afarimela se dio cuenta de que quizá se encontraba en la prisión mágica de Curnamil, pero ya era tarde para retroceder, solo podía seguir caminando a ciegas. Recordó que aparte de la bruja de cristal, de la cual se decía había sido atrapada viva en aquella mágica cárcel, aquel lugar era famoso por ser la prisión de espíritus oscuros cuya existencia se remontaba hasta un pasado infinitamente remoto. Sin embargo, aquella voz no parecía ser hostil.
-¿Sabes qué hay, más allá? –le preguntó ella.
-Si sigues caminando verás una luz, pero yo no puedo acercarme demasiado hay una fuerza muy poderosa allí.
-¡Es cierto lo que dices! –dijo ella luego de avanzar por un rato- Puedo ver una pequeña luz blanca a lo lejos.
La voz no le contestó, pero ella no prestó atención a eso. Su mente se puso a pensar en Tólgrem, el joven mago del anillo rojo.
-¿Por qué no te diviertes en las fiestas como los otros jóvenes? –le había preguntado ella un buen día al verlo en el palacio donde se encargaba de custodiar al emperador.
-Yo soy un mago, no puedo invertir mi tiempo en esas actividades –fue la respuesta que le dio entonces Tólgrem.
-Yo soy la princesa y me doy tiempo para ello.
-Eso es porque sin tu presencia las fiestas no serían las mismas, princesa; pero no creo que mi presencia sea necesaria.
-Claro que sí, esta noche habrá una fiesta en el palacio, me gustaría que vayas.
-Solo iré si aceptas bailar contigo.
Ella le dijo que sí, buena parte de las canciones las había bailado con Tólgrem aquella noche; pero de eso hacía buen tiempo.
-¡Frío, oscuridad, mucho frío! –se escuchó una voz que ella no reconocía.
-¿Voz, eres tú? –preguntó ella.
-¡Aquí todos somos voz, solamente voz, ya no hay cuerpos solo oscuridad y dolor! ¡Dolor! ¡Dolor! ¡Dolor!
Esta vez estaba realmente atemorizada, pero ya no podía volver, debía seguir avanzando hacia la luz que cada vez se hacía más clara a medida que se acercaba a ella. Decidió, por lo tanto, no prestar atención a las voces, solo avanzar.
Mientras seguía adelante con firmeza, pero también sin apuro para no tropezar en la oscuridad siguió recordando. Le vino la imagen de la anciana mujer que llegó a su palacio pidiendo un poco de comida. Los sirvientes le dieron algo, pero la mujer al verla a ella, pues Afarimela se encontraba cerca a la cocina en aquel momento, le dijo:
-Pobrecita, el hombre del cual te enamorarás perdidamente solo te usará para sus malvados planes.
Afarimela enojada le iba a decir que ella no creía en esas cosas, pero la mujer siguió hablando:
-Otro hombre te ama de verdad, pero la desgracia lo persigue. Cuando llegues a descubrir que tú también lo amas quizá sea demasiado tarde.
La joven en ese, entonces, había creído que la pobre mujer estaba loca y por eso le había seguido la corriente; pero todavía recordaba la predicción que le había hecho.
-¡Miren ella tiene un cuerpo! –se escuchó una voz que parecía ser la de una mujer y sacó a la princesa de sus recuerdos.
La chica trató de no prestarle atención. Había llegado a la conclusión que lo mejor era ignorar aquellas voces.
-¡Yo quiero ese cuerpo, para mí! –se escuchó la voz de un varón- ¡Con él podré escapar de aquí!
-¡No, yo lo quiero!
-¡No, lo quiero yo!
Afarimela sentía que las voces se escuchaban cada vez más fuertes. Al principio habían sido susurros, y las escuchaba como si estuvieran cerca de ella, pero ahora las oía dentro de su mente.
-¡Ya cállense! –dijo la joven.
Las voces se hicieron más intensas, y ahora sentía que le tiraban de los cabellos, le jalaban los brazos, y le oprimían el pecho. Intentó correr para llegar hasta la luz, la cual ahora se veía mucho más cercana, sin preocuparse ya por tropezar; pero sintió que apenas podía seguir adelante.
-¡Debo llegar! –se dijo así misma con la sensación de que si conseguía llegar hasta la luz ya no podrían seguirla.
-¡No la dejen escapar! –dijo una de las tantas voces- ¡Podemos compartir este cuerpo todos nosotros!
Trató de zafarse, de correr una vez más; pero sintió que la levantaban y sus zapatos dejaban de tocar el suelo. Luchó en el aire desesperada y, de pronto, la soltaron. Se hizo daño al caer, pero no le importó. Aprovechó ese momento para huir a toda carrera hacia la luz. Ya no escuchaba las voces dentro de su mente, ahora las escuchaba detrás de ella rogándole que no se fuera; pero no dejó de correr hasta que llegó al lugar de donde procedía la luz.
No había lámparas ni antorchas, pero la luz parecía provenir de todos lados, del suelo, del techo, de las paredes, de las columnas de cristal. Era una hermosa luz blanca que trasmitía una aparente calma. Al inició tuvo que cerrar los ojos para acostumbrarse a la luz, pues había estado por muchas horas en la oscuridad. Ahora estaba más calmada, pues no escuchaba ninguna voz extraña que la acosara. Observó su cuerpo y se dio cuenta que tenía las rodillas lastimadas por la caída, pero además tenía arañazos en las piernas y los brazos que acaso le habían ocasionado sus invisibles perseguidores. Se pasó una mano por su cabello verde y sintió que estaba muy despeinado.
-¡Se sorprenderían mucho si me vieran así en el palacio! –se dijo a sí misma.
Luego recordó que su palacio ya no existía y se puso triste. Además había tenido una pequeña esperanza de que aquel camino la condujera al maravilloso lago, el cual era un portal a otros lugares de aquel mundo; pero no estaba allí.
Todo el lugar estaba lleno de columnas de cristal, y parecía haber sido hecho por un artista. Afarimela avanzó entre aquellas columnas hasta que llegó a una que por su ubicación estaba casi al centro de todas las otras. Pero ésta era diferente de las otras porque, además, tenía lo que parecía ser una mujer dentro de ella. La joven observó con detenimiento a la mujer que estaba dentro de la columna y le pareció que tendría unos treinta años de edad y además era muy hermosa. La mujer tenía los ojos abiertos y parecía estar viva.
-¡Debe ser la bruja de cristal! –dijo la joven hablando, nuevamente, consigo misma- No parece ser tan mala como decían. No entiendo porque Yúmior la encerró aquí.
En ese momento, le pareció que los ojos azules de la mujer prisionera la miraban con cariño como agradeciéndole que tuviera aquellos buenos pensamientos para con ella. Sintió entonces deseos de tocarla, y extendió su mano derecha para topar la columna de cristal en la que la bruja se hallaba, pero en los momentos siguientes lamentaría mucho haber hecho eso. Cuando tocó la columna, ésta permitió que su mano se introdujera dentro de ella como si en lugar de cristal estuviera hecha de gelatina; pero cuando trató de retirar su mano, ya no pudo hacerlo.
-¿Qué ocurre? –dijo asustada la princesa Afarimela.
Nadie le contestó en ese momento, pero pudo ver como los labios de la bruja empezaban a moverse hasta formar una gran sonrisa. Luego todo el cuerpo de la mujer empezó a recuperar el movimiento hasta que poco a poco consiguió salir de su prisión, mientras la joven princesa de cabello verde seguía con la mano atrapada en la columna.
-¡Lindo cabello! –le dijo la bruja acercándose a ella.
-¡Ayúdame, por favor, tengo la mano atrapada en la columna!
-Eso ya lo sé, pero no puedo hacer nada por ti.
-¡Qué dices!
-Esta columna ha aceptado el intercambio entre tú y yo, dentro de poco te absorberá dentro de ella y quedarás en el lugar en el cual yo me encontraba.
-¡Pero eso no es posible! –protestó Afarimela- ¡Yo en ningún momento acepté este intercambio!
-Lo hiciste cuando pusiste tu mano en la columna, así son estas prisiones mágicas. ¿Nadie te advirtió que este lugar era peligroso?
-¡Pero yo no quiero esto! –gritó la joven de cabellos verdes con los ojos llorosos.
-Es una pena que una criatura tan hermosa tenga que pasar por esto, pero así es la vida –dijo la bruja mientras con un dedo secaba una de las lágrimas que se deslizaba por el rostro de la muchacha.
La hechicera dijo unas palabras en un idioma extraño y enseguida desapareció en el aire.
La joven se quedó llorando sola, mientras la columna iba jalándola, cada vez más, dentro de ella. Al final iba a terminar sus días encerrada dentro de una prisión de cristal. En ese momento Afarimela odió su pasado y todas sus ilusiones. Sintió rabia de haber sido tan boba al enamorarse de Makorget el malvado mago que había asesinado a su padre. Sintió angustia porque ahora sabía que amaba a Tólgrem, el joven mago kalifei, y este ya no estaba en su vida. Ahora a ella solo le esperaba la muerte eterna atrapada en una terrible prisión de cristal donde nadie podía rescatarla ni siquiera su amado, el joven mago del anillo rojo, pues este se había sacrificado por ella atravesando un mágico portal del cual nunca podría volver.

PABLO ALBERTO TORRES VILLAVICENCIO

 

 

 

 

 

 

 


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