Este cuento fue publicado en el año 2010 en la antología "Atravesando la Nada"

del Grupo Literario Isla Blanca.

 

 

EL POZO

 

José volvía al hogar después del trabajo. Era el camino y la rutina de todos los días, así era su vida. Llegó hasta su casa en el centro de la ciudad e ingresó. Pasó por la sala y buscó en las otras estancias de la casa. Su mujer no se encontraba. Entonces, volvió a la sala para sentarse en el sofá y tomar el control remoto con el que encendió el televisor. Recorrió los canales hasta detenerse en una película de "cowboys".

... Los corceles, cual veloces correcaminos, levantaban, a su paso, el polvo del desierto. Los tristes cactus eran mudos testigos de una inmisericorde persecución, donde la victoria coronaría al más rápido. Las balas buscaban la carne presas de una pasión enfermiza. El destino sólo deseaba devorar el alma del condenado. No había salvación para el jinete que huía. Una bala le arrancó, groseramente, el sombrero; una bala más, y esta vez el caballo sangró de una oreja; otra más y se tiñó de rojo una de las mangas, de la blanca camisa del hombre con el destino marcado...

-¡José, despierta! –se escuchó una voz, pero no hubo respuesta.

-¡Despierta, José! –nuevamente, la misma voz.

-¡Ah! ¿Qué ocurre? –respondió José, despertando.

-Te has quedado dormido con el televisor encendido.

Era su mujer quien, después de despertarlo, le preguntó cómo le había ido en el trabajo.

Aquella noche hizo el amor, pero sin muchas ganas. Luego, como otras veces, tuvo dificultades para dormirse. Finalmente, luego de fumarse varios cigarrillos, y levantarse, varias veces, para pasear de un lado a otro por la casa, se rindió a la comodidad de la cama y se quedó dormido. Entonces, soñó con el viejo oeste norteamericano, donde él era como en la película un jinete que huía en un negro corcel. Lo superaban en número. Eran como cincuenta contra uno. Ya no le quedaban balas. También, el caballo había caído. Y ahora tendría que huir corriendo por el desierto.

Finalmente, llegó el amanecer llevándose los sueños. La realidad era segura y cotidiana. Fue al baño a asearse y vio, en el espejo, su rostro de hombre común, castigado cruelmente, por el insomnio. Y sintió, entonces, con pesar, que su vida era rutinaria y aburrida. Salió del baño y fue al jardín, que estaba casi al fondo de su casa, para relajarse con el olor de las flores. Sin embargo, en su jardín, algo había cambiado. Se trataba de un pozo del diámetro de un balón de fútbol en el centro y, tal vez, lo había cavado algún animal; pero, extrañamente, no había indicios de tierra removida. Se acercó para mirarlo bien. A pesar de la luz de la mañana, el pozo estaba totalmente oscuro, no se veía nada dentro. Trajo una linterna de mano y alumbró directamente en la oscura boca, pero él se tragó la luz cual agujero negro nacido del subsuelo. Intentó taparlo llenándolo con tierra, pero no se llenaba. Entonces, colocó una tabla encima, para cubrirlo.

Pasó una semana y su mujer, como siempre, administraba los ingresos y egresos del hogar. Él no se involucraba en aquello, pues prefería ser tan sólo el proveedor. Y así pasaba, sin mayor novedad, sus días y sus noches. Noches en las que le costaba dormir, pero, también, en las que finalmente llegaban los sueños en donde había un jinete a punto de morir en lejano oeste; pero milagrosamente el caballo no había muerto, sólo estaba herido, y ahora se había levantado. Él apuntó con su revólver hacia sus perseguidores y jaló el gatillo, aunque sabía que ya no tenía balas; pero sólo lo hizo por sentir el poder del arma en sus manos. Siguió galopando, disfrutando de ser ligero como el viento.

La mañana trajo un perfume de jazmines. José se levantó relajado. Pero aquello, sólo, duró un breve instante. Al salir de su habitación y pasar por su jardín encontró una tremenda sorpresa. Sus latidos se aceleraron. La tabla con que cubrió al pozo ya no estaba, y, ahora, éste era amplio como un elefante que se había tragado las plantas del jardín.

El fue a ver a sus vecinos a preguntarles si en su jardín había, también, un pozo; pero no obtuvo una respuesta positiva. Algunos quisieron verlo y se quedaron fascinados ante su misterio. El pozo era hipnótico como la mirada de una serpiente. Tal vez, porque significaba lo desconocido. Tal vez, porque representaba una liberación.

Aquella noche, también, demoró en dormirse, pero el oeste lo esperaba con el inmenso desierto en el que derramaría su sangre sobre la arena. Aún seguía cabalgando gloriosamente, demostrándole a la vida que era inmortal; pero muy pronto las balas lo contradecirían. Volvió el rostro para mirar a sus perseguidores y descubrió que ellos, también, eran perseguidos. Los seguía a todos un siniestro pozo que los quería llevar al averno.

Ese día despertó muy tarde como si se hubiera recobrado de una borrachera y se enfrentó a la angustia de ver a su mujer junto con otros que avanzaban como hechizados hacia el oscuro pozo que ahora tenía un diámetro de casi ocho metros, y había devorado parte de su casa y la del vecino. Algunos se arrojaban de cabeza al abismo. El cogió con fuerza a su mujer tratando de detenerla, pero ella lo arañó y lo mordió en la mano, luego se unió al pozo.

Luchando contra el dolor de su pérdida y contra el deseo de arrojarse al abismo, José fue a la cochera a buscar el auto recién salido del taller, el cual apenas manejaba, y se fue antes de que el pozo terminara de engullirse toda su casa y a las personas.

Mientras se alejaba despavorido, intentó recuperar el control de sí mismo. Medio atontado empezó a elaborar ideas. Debía ser fuerte y encontrar una explicación lógica a lo que sucedía. Probablemente alguna corriente de agua subterránea había debilitado el suelo. Sería necesario emplear maquinaria, volquetes cargados de tierra para cubrir el pozo. Luego, tendría que solicitar un préstamo para reconstruir su casa. Pensando, en todo esto, encendió un cigarrillo para relajarse, y, entonces, miró por el espejo retrovisor y descubrió que el pozo lo venía siguiendo. Las construcciones se hundían penosamente detrás de él. Fue, en ese momento, cuando supo que tendría que acelerar.

En la ciudad, los autos y las personas no escapaban. Se ofrecían todos al pozo que se expandía y avanzaba como si quisiera tragarse todo el planeta. Al parecer muy pocos podían resistir su atractivo. José tuvo que coger la Panamericana y manejar hacia el sur. Debía aprovechar para alejarse lo más que pudiera antes que la amenaza se extendiera fuera del centro de la ciudad. Por el momento, no se le veía. En el trayecto iba observando vehículos que avanzaban de sur a norte, pero nadie viajaba al sur a excepción de él. Más adelante, sin embargo, conforme iba avanzando, logró ver algunos vehículos delante de él, con dirección al sur. Y les gritó, entonces: ¡Avancen más rápido que ya viene el pozo! No le hicieron ningún caso por más que gritaba. Había personas en el camino, pero cuando se detenía para decirles que ya venía, se reían y otras lo insultaban. Decidió, por eso, preocuparse sólo por avanzar más rápido. Pasó en poco tiempo por el estadio y el terminal terrestre, y siguió de largo hasta un grifo donde se abasteció de combustible y mencionó lo del pozo sin que nadie le creyera, pues al parecer éste se había detenido por el momento. José infirió que el pozo tenía periodos de descanso, y tenía que aprovechar eso. Pagó el combustible y se fue a toda prisa, cruzando el puente entre dos distritos. Ya no se veían vehículos viajando al sur.

En el camino encontró a una joven mujer y a un hombre con una Biblia en la mano. Se detuvo y les dijo:

-¡Suban si quieren vivir!

No le hicieron caso, pues pensaron que era un loco; pero se precipitaron dentro del auto cuando vieron que, a lo lejos, venía algo, casi tan inmenso como el mar, tragándose a su paso las casas y los postes. Hubo más personas que al ver lo que venía quisieron subir y corrieron hacia la pista, pero él ya había acelerado. Algunos autos que viajaban de sur a norte viraron temerariamente en medio del camino, y aquello se convirtió en un caos. La mayoría de los vehículos, no obstante, siguieron de largo hacia la extinción. Entre la gente, se veía a unos pocos correr y se escuchaban gritos de pánico, a lo largo del camino. Casi todos, sin embargo, cayeron bajo el hipnótico dominio del pozo y lo esperaban sin resistencia alguna. Felizmente pudo rescatar a dos personas.

A Miriam y al hermano Raúl, un predicador católico.

-¡Tenían razón los protestantes cuando decían que venía el fin del mundo! –se escuchó histérico al hermano Raúl que se había sentado en la parte trasera.

José miró a Miriam que se había sentado adelante, y pensó que ella era muy joven para morir. Por un momento al tenerla cerca se sintió como un temerario aventurero rescatando a la chica, y, olvidando el peligro, evocó la inmensidad del desierto con sus hermosas dunas. Mientras dejaban la urbe para dar paso a la arena, pensó en el jinete de sus sueños que cabalgaba sin miedo cortando el viento. Entonces, se dijo que un cowboy del lejano oeste no debía detenerse ante nada, y animado por esta reflexión siguió galopando el auto con más ánimo.

En medio de todo ese caos, un vehículo los rozó fuertemente por el costado. José perdió el control del auto y se salió de la pista, pero la confusión sólo duró un instante. Se recupero con la convicción de que el dolor y las heridas eran nada para un jinete aventurero. En seguida se lanzó hacia la conquista del horizonte.

-¡Dios mío! –gritó el hermano Raúl.

El pozo avanzaba, cada vez, más rápido. José esforzaba el auto hasta sus límites, pero pronto serían alcanzados. Tal vez, era el fin del mundo. Tal vez, había llegado el Apocalipsis. Y, sin embargo, José no temía, se sentía como un héroe de película rescatando a la chica y cabalgando libre como el viento. Entonces, entre los lamentos que venían desde el pozo, escuchó a su mujer pidiéndole que no la abandonara.

José no se detuvo. Empezó a llover y un olor a azufre llegaba hasta ellos. Él volteó, un poco, su rostro hacia Miriam y disfrutó su aroma a fresa que contrastaba con el del pozo.

-Pensar que hoy es mi cumpleaños –dijo Miriam sollozando.

-Cálmate, Miriam, no todo está perdido –dijo José mientras pisaba el acelerador a fondo y, a la vez, acariciaba el cabello de la joven, para darle ánimos como lo haría un cowboy.

Escuchó otra vez la voz de su mujer que lo llamaba, esta vez más alto. José siguió acelerando, pero finalmente el auto se detuvo. Y no lograba encenderlo. Desde el pozo llegó un terrible rugido.

-¡Es nuestro fin! –gritó una vez más el hermano.

Inexplicablemente, el pozo se detuvo, también. Pero, al parecer, no porque se compadeciera de ellos o les perdonara la vida, sino porque sabía que ya no podían huir. Posiblemente, sólo les regalaba algo de tiempo, como un depredador antes de saltar sobre su presa.

-Es inútil –dijo José mientras salía del auto.

PABLO ALBERTO TORRES VILLAVICENCIO

 

 

 

 


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