PABLO ALBERTO TORRES VILLAVICENCIO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

EL PLANETA DE LAS SOMBRAS: LOS PERGAMINOS SECRETOS

 

 

 

 

 EPISODIO I: LA ESCAPISTA AZUL

 

 

La Escapista Azul se desliza por agujeros interespaciales. Conoce los secretos del Universo, cada galaxia y cada estrella. El capitán Kirt oriundo de Árfagos gobierna su ser errabundo. La muerte cautelosa, espía a lo lejos apretando entre sus huesos un reloj de arena. Maléficos agujeros negros odian la nave así como los poderosos que su final esperan. El cazador de cruel corazón llega buscando su presa. Las fuerzas del Imperio Intergaláctico la rodean. Nunca más hurtará los recursos de los opresores. Será escarmiento para los piratas de todas las galaxias. Los imperiales fueron antaño burlados por la nave y el capitán, pero hoy las puertas interespaciales están bloqueadas. No hay escape.

-¡Capitán Kirt, tus días de bandido han terminado! ¡Rinde la Escapista Azul!

-¡Yo conozco un escape que no podrán detener!

La bomba, preparada de antemano para un día como éste, despierta de su sueño dentro de la nave pirata y generosa entrega su regalo. Ni las flotas imperiales sobreviven.

 

EPISODIO II : EL PIRATA INMORTAL

 

 Hacía una semana las flotas imperiales encargadas de capturar a la Escapista Azul habían quedado destruidas. Su objetivo se había cumplido, de cualquier manera, ya no existía más la nave pirata llamada Escapista Azul ni tampoco su capitán de nombre Kirt. Todos habían explotado. Ahora Meranklis la principal ciudad donde se elaboraba el elemento Xh estaba tranquila, sin temor a ser atacada de un momento a otro. Quizá solo un loco se hubiera atrevido a atacarla, pero en la galaxia existían locos.

La radiación era altísima. La ciudad estaba aislada con un poderoso campo de fuerza, casi todos sus habitantes eran robots. El único humano, el supervisor Junlimor vivía totalmente cubierto por un traje que parecía armadura, solamente se lo quitaba cuando se encontraba protegido en el edificio aislado que habitaba.

De pronto apareció en el espacio una nave, no parecía imperial.

-Identifíquese –dijo Jumlimor tratando de comunicarse con la nave por medio de un aparato de comunicación que le había alcanzado uno de los robots-. No es tiempo de ninguna entrega.

La nave no envió ninguna contestación, pero empezó a descender sin importarle el campo de fuerza.

-¡Locos! ¡Morirán todos!

No le ocurrió nada a la nave, descendió como si no existiera ninguna barrera que pudiera detenerla. Al verla de cerca, el supervisor, descubrió que estaba deteriorada y cubierta de sangre. En ese momento se abrió una puerta, apareció un hombre cuyo rostro estaba muy lastimado así como su cuerpo; pero Jumlimor pudo reconocerlo.

-¡Capitán Kirt!

El recién llegado lo miró con odio:

-Así me decían hasta hace una semana. Ahora soy el Pirata Inmortal, porque lo que está muerto ya no puede morir ni temer.

Junto al capitán venía toda una tripulación de piratas muertos que se lanzaron al saqueo de los depósitos especiales donde estaba almacenado el elemento Xh. Los robots no pudieron detenerlos por más órdenes que les daba Jumlimor, un maligno poder los protegía.

Así empezaron las nuevas andanzas de la Escapista Azul que ahora estaba maldita y tenía un capitán inmortal.

 

 EPISODIO III : EXPLICACIONES

 

  Las proyecciones holográficas de los recuerdos del supervisor Jumlimor mostraban el asalto a la ciudad de Meranklis por parte de los piratas muertos, siempre podía tratarse de una alucinación, de una confusión de su mente incapaz de distinguir lo real de lo imaginario. El problema era que todos los robots y las cámaras inteligentes registraban la misma escena, el capitán Kirt junto con su legendaria nave habían retornado de la muerte.

-¡Se trata de un complot bien organizado! –dijo el comisionado imperial Hankorot- ¡Una gran farsa!

-El campo de fuerza fue atravesado como si esa nave fuera inmune a su poder –respondió con voz tímida el especialista en tecnología defensiva Joy Klengoret-, cualquier otra habría explotado al chocar con él. Los robots intentaron capturar a los piratas, pero sus intentos fueron vanos. Las armas no los dañaban y era imposible retenerlos.

Hankorot miró a Klengoret compasivamente:

-¡Un virus con sistema de autodestrucción!

-¡Eh! ¿Se refiere a un virus espía?

-Un virus preparado para alterar a la computadora principal de Meranklis, a los robots y a todos los otros sistemas. El modo como llegó a infectar a la computadora, a pesar de sus defensas, no está claro; pero no es algo imposible, algún archivo le debió ser enviado o algo así. Mediante la computadora principal les implantó a todos los sistemas esas falsas imágenes mientras los verdaderos ladrones saqueaban los depósitos del elemento Xh. El campo de fuerza debió ser desactivado y luego de eso el virus se autodestruyó por eso no hay indicios de él.

-Que un virus logre burlar las defensas de la computadora principal de Meranklis me parece poco probable, pero es más creíble que los muertos regresen del más allá. Hasta allí todo bien, pero, ¿y el supervisor Jumlimor?

-Debieron lavarle el cerebro e implantarle esos falsos recuerdos. Quien quiera que haya sido es un enemigo muy astuto.

Después de terminar la reunión Klengoret se retiró del edificio de investigaciones interespaciales ubicado en el centro de Úlganos, la capital del Planeta Luccor y del imperio formado por las galaxias cuya tecnología funcionaba en gran parte a base del elemento Xh. Mientras se dirigía a abordar un vehículo flotante que lo llevaría hasta su departamento escuchó una horrible risa:

-¡Capitán Kirt! –dijo cuando volteó a mirar y se topó con el famoso bandido.

La imagen del pirata se desvaneció y solo quedó una calle vacía.

-¡Solo ha sido una alucinación! –se dijo a sí mismo- ¡Tanto escuchar hablar de piratas me ha sugestionado!

 

EPISODIO IV : LAS SOMBRAS

 

 El muerto viviente que había sido un gran pirata recordaba una mañana en la cual estuvo en Árfagos su lugar de nacimiento y donde vivía, en aquel tiempo, junto a su esposa e hijo.

-Kiro, hay un hombre extraño allá afuera –le dijo su mujer despertándolo-. Dice que quiere hablar contigo.

 El hombre se levantó de la cama y salió de la casa para ver de quien se trataba.

 -¿Es usted el capitán Kirtey Escalandron? –le preguntó un tipo huesudo y calvo vestido con una túnica vieja y descolorida.

 -¿Qué desea de mí? –dijo el interrogado de mal humor.

 -¡Capitán Kirt, usted es el hombre que necesito!

 Se trataba de un aprendiz de mago que le había robado a su maestro un pergamino secreto. Decía llamarse Makorget y tenía un medallón de oro en el cuello.

 -¡Necesito que me lleve al Planeta de las Sombras!

 -Nadie conoce como llegar allí –dijo el pirata mientras empezaba a cerrar la puerta de su casa-. Además si supiera como llegar no iría. Busca a otro que te ayude.

 -Yo sé como llegar. Tengo un pergamino mágico que me indicará el camino, pero ya se lo he dicho a otros y nadie quiere acompañarme. Me dijeron que usted querría.

 -Pues se equivocaron.

 -¿Acaso tiene miedo? ¡Ya veo qué solo es un cobarde como los demás!

 En un instante el aprendiz de mago se vio levantado en el aire, cogido del cuello de su túnica, por la mano derecha del capitán.

 -¡Yo no tengo miedo a nada ni a nadie!

 -¡Le pagaré muy bien si me acompaña con toda su tripulación! ¡Además se sabe que en el planeta se encuentra el Castillo de las Nueve Puertas Secretas! ¡Allí hay muchos tesoros!

 -¡El castillo del rey de las sombras! ¡Eso es solo una fantasía!

 -¡Le pagaré muy bien!

 Después de cruzar un atajo interespacial, siguiendo la ruta indicada por Makorget, la Escapista Azul con toda su tripulación llegó hasta el Planeta de las Sombras. Era de día, pero gruesas nubes ocultaban la luz del sol de aquel sistema planetario. La niebla estaba en todas partes. Los hombres tuvieron que avanzar a pie, un buen trecho, en busca del Castillo de las Nueve Puertas Secretas.

 -¡He visto una sombra moverse! –dijo un pirata- ¡Allí hay otra!

 -No se aparten de mí –habló Makorget-. El medallón de oro nos protegerá.

 Al inicio las negras sombras se apoyaban en el suelo, pero luego se pusieron de pie como si tuvieran existencia independiente. Su oscuridad era tan notoria que la niebla no la ocultaba.

 -¡Hambre! –dijo una de las sombras.

 -¡Mucha hambre! –se escuchó decir a otra- ¡Carne! ¡Sangre! ¡Sangre humana!

 -¡Yo me voy de aquí! –gritó uno de los piratas poniéndose a correr en dirección a donde habían dejado la nave.

 -¡No lo hagas! –le advirtió el Capitán Kirt, pero el asustado pirata no se detuvo.

 Las sombras lo atraparon antes de que pudiera avanzar demasiado. Empezaron a devorarlo.

 -¡No deben separarse de mí! –les dijo el aprendiz de mago- ¡Solo así vivirán!

 Avanzaron vigilantes, temiendo que de un momento a otro las sombras los devoraran. Finalmente llegaron hasta el Castillo de las Nueve Puertas Secretas, el cual era enorme como si lo habitara un gigante. Las sombras se mantuvieron alejadas de él como si tuvieran miedo, pero desde lejos aullaban y los maldecían. Las enormes puertas, del castillo, estaban cerradas; pero Makorget cogió el pergamino que le había robado a su maestro y se puso a leer unas extrañas palabras en voz alta. Al instante las puertas se abrieron. Todos entraron. Unas lámparas iluminaban las estancias, al llegar a la que parecía la principal encontraron un trono negro, sentado sobre él estaba un encapuchado.

 -¿Qué desean? –preguntó el encapuchado.

 -¡Yo deseo cruzar la Puerta de la Atemporalidad! –habló Makorget.

 -¿Cruzar la Puerta de la Atemporalidad? –dijo el ser sentado en el trono mientras se quitaba la capucha dejando ver a todos que no tenía cuerpo, pero era oscuridad, una sombra proyectándose en el aire- ¡Eso tiene un precio!

 -¡Pagaré el precio! ¡Para eso he traído estos hombres!

 -¡Nos has traicionado! –gritó el Capitán Kirt al oír lo que decía el mago- ¡No tienes honor!

 -Para obtener el pergamino tuve que matar a mi maestro, ¿crees qué me importa el honor?

 -¡Te mataré!

 Varias sombras aparecieron en ese momento y atraparon a todos los piratas.

 -¡Hemos venido a morir! –se lamentaban los hombres.

 -¡No! –les dijo el rey de las sombras- No han venido a morir, ahora nunca morirán.

 

EPISODIO V : VISITA IMPREVISTA

 

 Joy Klengoret cogió con una mano el Sol del sistema planetario al cual pertenecía Luccor.

-Dicen que el Sol que ilumina el Planeta de las Sombras es semejante a éste, sin embargo nadie sabe como llegar hasta dicho sistema planetario.

-El Planeta de las Sombras no existe –habló en tono burlón Yalkrein Prencheskoy mientras jugaba con un cometa-. Solo es una historia para entretener a los niños.

-Tienes razón, pero no logro sacar de mi cabeza las historias con respecto a él. Algunos cuentan que el Capitán Kirt con toda su tripulación estuvo en ese planeta, allí le hicieron algo, por eso quedó maldito y no puede morir. Al parecer su mujer y su hijo murieron debido a la maldición, pero él no puede reunirse con ellos por mucho que lo desee.

-Creo que te estás dejando atrapar por la fantasía, mejor pasemos a algo que te ayudará a ver las cosas con más lógica.

Yalkrein Prencheskoy dio algunas órdenes y enseguida aquel sistema solar desapareció dando paso a un campo lleno de enormes fichas de ajedrez.

-¡No deseo jugar ajedrez! –dijo Klengoret.

-Vamos, entonces, ¿qué deseas? ¿Buscar información sobre el capitán Kirt? ¡Bien, pidamos información sobre el capitán Kirtey Escalandron!

A una orden apareció junto a ellos el capitán Kirt cuando era joven mientras les daba información sobre su vida.

-¡Señor Klengoret, el comisionado imperial Hankorot desea comunicarse con usted! –le avisó una voz computarizada.

-¡Muy bien! –dijo Prencheskoy alegremente- Será un placer recibirlo.

-Es una conversación privada entre el comisionado imperial y el señor Klengoret –respondió la voz.

-Solo bromeaba. Ya sé que no entiendes bromas, pero mi amigo me entiende. Bueno, ve a encontrarte con ese aburrido de Hankorot, yo estaré aquí.

Al instante Prencheskoy desapareció dando paso a un hermoso campo lleno de árboles y pájaros de colores. Sentado en una banca se encontraba Hankorot.

-¡El capitán Kirt ha seguido haciendo de las suyas!

-¿El capitán kirt? Pero usted dijo...

-Ya sabes que no creo en muertos que regresan de su tumba. Es cierto que es posible la clonación humana o la animación suspendida, resucitar a muertos en estado de congelación; pero esos piratas explotaron junto con su nave y ahora han regresado con ella. Podríamos pensar en robots con apariencia humana o en personas disfrazadas detrás de la apariencia holográfica de los piratas; pero...

-¿Disfraces holográficos? –lo interrumpió Klengoret mientras un pajarillo azul se posaba en uno de sus hombros.

-Hace tiempo hubiese sido absurdo esconder a una persona o un robot detrás de un holograma, pero actualmente ello no es tan descabellado. El problema es que los robots y las cámaras inteligentes no se dejarían engañar con tanta facilidad, al menos que existiese un virus que los alterase.

-Eso fue lo que usted pensó.

-Sí, solo que ahora han sido otros lugares y también naves los que han sido asaltados. Además de que en ese caso debería tratarse de un virus fuera de lo común para engañar a tantos sistemas cibernéticos, también serían más las personas a las que les habrían implantado el recuerdo de su encuentro con piratas resucitados.

-Pero en ese caso.

-En ese caso está claro que se trata de enemigos muy poderosos. Bueno, pero no te he contactado por eso, sino para preguntarte acerca del profesor Ifergen Tounos. ¿Qué sabes de él?

-Hace mucho que no lo veo, pero era buen amigo mío. Por mucho tiempo fue casi como un padre para mí.

-Bien, quizá sepas algo de él. En el sistema de seguridad imperial estamos muy interesados en sus investigaciones. No olvides mantenerme informado si llegas a contactarlo.

-Solo tiene que visitarlo, él vive...

-Sé donde vive, pero te lo digo a ti porque eres su amigo, ¿entiendes? Bueno, ya nos veremos.

Los árboles y pajarillos desaparecieron dando paso nuevamente a un lugar donde se encontraba Prencheskoy entretenido en un juego con las fichas enormes de ajedrez.

-Ya estás aquí de nuevo, deberías haber visto la paliza que le he estado dando a este programa.

-Bueno, quizá me anime a jugar un poco.

-¡Lamento interrumpirlo, señor Klengoret; pero en el mundo real lo necesitan! –se escuchó en ese momento la voz computarizada.

-Bueno, Yalkrein, otro día seguimos nuestra plática.

-Está bien, yo seguiré aquí todavía –se despidió Prencheskoy.

-Empezando a desactivar sistema de realidad virtual –anunció la computadora.

Todo aquel lugar desapareció de la consciencia de Klengoret. Una cápsula se abrió y un material parecido a una enorme tela de araña abandonó en un instante el cuerpo del hombre que había estado cubierto por ella. Se encontraba acostado y poco a poco consiguió abrir los ojos y empezar a mover su cuerpo.

-¡Veamos quien me busca! –dijo mientras se ponía de pie y se dirigía al sistema de teletransportación.

Pero se sorprendió cuando no encontró ningún pedido de ingreso por teletrasportación al interior de su departamento.

-¡Señor Klengoret, su visita está afuera! –le dijo la puerta de entrada al departamento.

-¡Afuera! –se extrañó todavía más Joy Klengoret- ¿Ha venido caminando? ¿Será el vecino del departamento de al lado? ¡Pero mis vecinos no me visitan!

Miró rápidamente la imagen que le trasmitía el sistema de la puerta de entrada y vio que al parecer era una mujer, una mujer muy bonita pensó él. Al autorizar su ingreso la puerta se abrió dejando ver una figura bien proporcionada.

-"¿Está mujer existe en este mundo? –se preguntó a sí mismo- ¿Acaso seguiré todavía en el mundo virtual?"

-¡Señor Klengoret, he venido para llevarlo conmigo! –le dijo ella con la voz más melodiosa que jamás había escuchado- ¡Yo soy Nigfrila y he recibido órdenes de buscarlo a usted! ¡Tenemos qué viajar!

-Bueno, no tengo ningún problema en hacer un viaje -respondió Joy-. De hecho cada vez que asisto a alguna reunión abordo un vehículo flotante, me gusta pasear por la ciudad subido en uno de ellos.

-¡No me entiende! ¡He venido para llevarlo muy lejos! ¡Iremos al Planeta de las Sombras!

-¡Pero de qué está hablando! –dijo el hombre retrocediendo.

-Lo siento no hay tiempo para explicaciones.

Ella topó con uno de sus dedos la frente de Joy Klengoret y a él le dio mucho sueño, tanto sueño que perdió la consciencia.

 

EPISODIO VI : EL MAESTRO DE LAS DOCE PLUMAS

 

  El viajero venía de muy lejos, estaba sediento y hambriento. Llamó a las puertas de la torre y pidió ser recibido por el mago principal.

-Maestro Balkrumius, hay un árfagor afuera de la torre que pide verlo. Dice que viene de muy lejos y desea se le acepte como discípulo –le dijeron al mago que dirigía la torre.

-Hace mucho que ya no admitimos discípulos desde que Makorget traicionó y asesinó al maestro Joranfiel.

-Ya se lo he dicho, pero él insiste. Se llama Karglum y dice que no se irá hasta no hablar con usted.

Karglum era un árfagor. Era ancho, pequeño y de color violeta como todos los árfagors. Mucho antes de que Árfagos fuera colonizado por los humanos los árfagors ya lo habitaban. Los comienzos de aquella raza se perdían en el tiempo, pero todavía existían vagos recuerdos de la época cuando el gran emperador y mago Komkarmak el Inmortal recibió su gran cetro del poder y la sabiduría de los mismo dioses. Recorrió desiertos y valles hasta que el mágico cetro le indicó detenerse cerca a un gran río, inmenso como un mar. Allí se fundó Komartamar, la capital del imperio de los árfagors de la que ahora quedaban ruinas. En aquella legendaria ciudad habían florecido diferentes escuelas de magia representando tanto a la oscuridad como a la luz. Sin embargo, los poderosos magos árfagors eran cosa del pasado. Actualmente los que deseaban aprender magia formal buscaban ser admitidos en el Torre de los Pergaminos Secretos ubicada en el pueblo de Komardum donde moraban magos humanos.

-¡Lo siento, pero ya no admitimos a ningún discípulo! –dijo Balkrumius mientras ordenaba cerrar la puerta del templo.

-¡Espere! ¡Mi maestro Toljermein me dijo que me recibirían! ¡Antes de morir me dio este collar con doce plumas! ¡Él lo llevaba cuando estudió aquí!

-¡Toljermein! ¡Ese árfagor bandido! ¡Si tú eres su discípulo no te queremos aquí! ¡Adios!

Karglum se quedó solo afuera de la torre. Las provisiones que llevaba estaban agotadas. Árfagos era una sociedad considerada primitiva comparada con otros planetas, a pesar de las naves y otro tipo de tecnología había, también, animales y árboles frutales; pero él no estaba acostumbrado a cazar y era torpe para trepar a los árboles. Se quedó allí sin saber que hacer mientras su hambre iba en aumento. Tenía tanta necesidad de comida que pensó en tragar polvo del suelo. El tiempo pasó, entonces se quitó el collar con plumas y estuvo a punto de comérselo. En ese momento dos jóvenes mujeres pasaron cerca de la torre.

-¡Así es amiga! –le decía una joven a otra mientras caminaban-. ¡No sé si Tamer realmente está enamorado de mí o solo quiere divertirse! ¡Por otra parte Keran es un buen tipo, pero no me gusta!

Karglum ya había empezado a comerse una plumita de color azul, pero al escuchar lo que decían las jóvenes tuvo una revelación.

-¡Espera! ¡Yo puedo ayudarte!

-¿Un árfagor? ¡A mí me han dicho que los árfagors son bandidos!

-Yo soy un mago y puedo adivinar. Te haré una demostración gratuita para que me creas. Puedo hablar de tu pasado, por ejemplo.

-Bueno, si es gratis...

Las jóvenes se aproximaron a Karglum mientras este arrancaba todas las plumas de su collar. Cuando las liberó a todas miró al cielo como pidiendo ayuda divina. A continuación arrojó las plumas al viento diciendo:

-¡Plumas digan la verdad!

Las plumas era cada una de un color diferente o en caso de ser del mismo color, una más clara que otra. Cuando cayeron quedaron esparcidas en el suelo, eran un caos. Sin embargo, Karglum había aprendido muchas cosas con su anterior maestro y conocía adivinos que empleaban las piedras, las hojas, el sonido del viento, el fuego. Para él toda la realidad era un código capaz de revelar sus secretos a quien pudiera descifrarla, pues sabía muy bien que no existe la casualidad y el más mínimo detalle tiene una causa y un efecto. Por supuesto, desde el punto de vista material no es posible ver ello, solo mirando más allá de los ojos físicos es que se puede encontrar significados donde supuestamente no los hay o donde existen significados aparentemente distintos. Es como ver significado donde aparentemente no hay significado o encontrar el significado oculto tras otro significado. El árfagor se puso a examinar las plumas como si leyera un escrito.

-Tu nombre es Birfridal y quedaste huérfana de madre desde muy temprano, tu madrasta ha sido malvada contigo y tu padre no se interesa por ti.

-¿Cómo sabes eso? ¿Quién te ha contado mi vida?

-Veo, también, que tienes un amigo secreto.

-¡No es cierto!

-No le has hablado de él a nadie, temes que te crean loca. Su nombre es Sorinfel.

-¡Ah!

-¿Quién es ese Sori...Sorifeo? –preguntó la amiga de Birfidal muy intrigada-. ¿Es feo o guapo?

-¡Sorinfel!

-Es un hombrecito muy pequeño, algunos humanos lo llaman duende.

-¡Qué cosa! –dijo la muchacha cuyo nombre era Asara.

-Bueno, si quieres que te diga cosas sobre tu futuro dame de comer.

-Está bien –respondió Birfridal.

De ese modo Karglum empezó a predecir el futuro con ayuda de las doce plumas y más gente llegó a pedir su ayuda en las afueras de la torre. Llegaban personas muy enfermas y él diagnosticaba su mal y les indicaba la cura, incluso a los desahuciados. Objetos o niños desaparecidos lograban ser encontrados.

-¡Viva el Maestro de las Doce Plumas! –decía la gente que llegaba- ¡Por fin alguien puede resolver nuestros problemas de manera precisa!

Finalmente todo esto llegó a oídos del mago principal de la torre, el maestro Balkrumius.

-¡Qué hacen todos aquí! –dijo reprendiendo a las personas cuando hubo salido a ver todo lo que pasaba- ¡Deben marcharse!

-Las afueras de la torre no le pertenecen –le respondieron-. Además ustedes se benefician con nuestras ofrendas, pero a partir de ahora ya no les daremos nada. No los necesitamos. Tenemos al Maestro de las Doce Plumas.

-Pero lo que él hace es ocuparse de asuntos de la gente común, eso no tiene que ver con la Magia Velada.

-¿Magia Velada? ¿Y eso qué es? ¿Para qué nos sirve? ¡Nosotros necesitamos alguien que resuelva nuestros problemas!

-Ellos no lo van a entender, maestro Balkrumius –le dijo otro mago, habitante de la torre-. Además hace tiempo que estamos tratando de resolver el problema del contacto con los pobladores. Un mago carismático dentro de nosotros no nos vendría mal.

Al evaluar la situación no le quedó a Balkrumius otro remedio que admitir a Karglum en la Torre de los Pergaminos Secretos no sin antes prometer a la gente de los alrededores que podrían hacer sus consultas al Maestro de las Doce Plumas al menos un día a la semana.

 

EPISODIO VII : EL INMORTAL CAÍDO

 

  Aquella consciencia había trascendido el frágil cuerpo en el cual alguna vez se posara, fueron sus alas las que la elevaron hasta fundirse con el infinito. No había pasado, presente, ni futuro. El calabozo del tiempo ya no era más. El reo era libre, libre, libre. La mente ya no perdía el tiempo en detalles. La consciencia lo abarcaba todo, lo sabía todo, lo contenía todo. Era dios, todo lo podía y nada necesitaba. ¿Alguna vez había sentido apego por algún ser mortal? ¿Alguna vez tuvo hambre o frío? No, todo aquello formaba parte de la ilusión. No existía el ayer para quien era siempre eterno. Sin embargo, algo parecía inquietar a aquella consciencia. Algo la atraía, la limitaba, la retenía, la jalaba. De pronto sintió como un peso, "¿pero el infinito no debería ser afectado por ningún peso?" Y sus alas se quebraron. Abrió los ojos, vio unas manos huesudas. Era un hombre, estaba desnudo y tenía frío. Poco a poco fue recordando, entonces no pudo evitar lanzar un grito desgarrador.

-¡Saquen a ese loco de mi castillo! –ordenó el rey de las sombras a las sombras que le servían- ¡Su carne servirá de alimento a las sombras desquiciadas que están afuera y su sombra se unirá a ellas!

Las sombras se dispusieron a cumplir inmediatamente la orden de su señor. Mientras arrastraban al infortunado para arrojarlo fuera del castillo éste intentó articular palabras. Era difícil para él hablar, su cuerpo estaba muy débil.

-Ma... Ma... Makor...get. Makorget es... mi nombre. No pueden hacerme esto.

-Vaya todavía recuerda su nombre, casi ninguno de los que han regresado por esa puerta ha conseguido recordar su nombre. La verdad es que ninguno de los que han regresado ha conseguido siquiera hablar.

-¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué he regresado? ¡¿Por qué he perdido mi inmortalidad?!

El rey de las sombras iba a responder al pusilánime mago, pero en ese momento llegó uno de sus sirvientes anunciando a unos recién llegados.

-Majestad, allá afuera están esos piratas y desean verlo.

-¡Deja pasar solo al capitán!

El capitán Kirt ingresó hasta el salón del trono. Le falta una oreja y parte de la cara, pero sus ojos estaban intactos. Al ver a Makorget intentó lanzarse sobre él.

-¡Maldito, me las pagarás!

Las sombras contuvieron al pirata y poco a poco recobró la compostura.

-¡Ya hemos hecho todo lo que nos pediste! –dijo el pirata al rey de las sombras- Hemos trastornado al imperio de galaxias dependientes del elemento Xh con nuestro regreso, robado y causado muchos daños. ¡Ahora déjanos morir en paz!

-¡No te atrevas a exigirme nada! ¡Yo soy el que da las órdenes, por eso soy el rey de las sombras!

-¡Al menos déjame verla una vez más! –suplicó el pirata muerto.

-¡De nada te servirá verla! ¡Solo te lastimas a ti mismo!

-¡Te lo suplicó!

-¡Está bien! ¡Qué venga aquí!

Los sirvientes del rey se dirigieron a cumplir su mandato y luego de un momento regresaron con otra sombra. Era una sombra semejante a las otras, oscura, no se apoyaba en ningún muro ni en el suelo, tenía existencia tridimensional y como las otras caminaba. Aquel ser de oscuridad abrió los ojos. Estos tenían apariencia humana, estaban llenos de amargura y de dolor. Era la sombra del capitán Kirt que se encontraba con el hombre al cual alguna vez había pertenecido.

-¡Capitán! –dijo la sombra con una voz que se quebraba.

-¡Sombra! –gritó el capitán emocionado- ¡Sombra, nunca más te abandonaré!

-¡Es suficiente! –gritó el rey- ¡Sombra, regresa a tu celda!

-¡No, no lo permitiré!

El capitán intentó detener la sombra, pero no lo consiguió, ésta se esfumó de sus manos.

-¡Todo esto es culpa tuya! –gritó el capitán lanzando una patada a la cara de Makorget que se encontraba tirado en el suelo, pues lo habían estado arrastrando. Pero el pie del pirata quedó paralizado.

-¡Todavía conservo mi magia! –habló Makorget- ¡Quizá no haya tenido el éxito que deseaba, pero entrar por la Puerta de la Atemporalidad me ha hecho más poderoso!

-¡Ya veo que no enloqueciste! –habló la sombra sentada en el trono negro- ¡Podrías serme útil! ¡Si haces algo por mí, puedo enseñarte como entrar por esa puerta sin retornar nunca más!

Makorget tenía la mente rápida. Sabía que de nada le servirían los reclamos, el rey de las sombras tenía todas las de ganar. Al parecer no era suficiente con entrar por la Puerta de la Atemporalidad para lograr la inmortalidad. El rey de las sombras conocía un secreto que no le había revelado. Ya se vengaría de él a su debido momento, pero ahora le convenía obedecer.

-¡Está bien, acepto!

Después de llegar a un acuerdo con el rey de las sombras y vestirse con unas ropas que le dieron, Makorget abandonó el castillo junto con el capitán Kirt. Al ver al mago los piratas muertos que esperaban afuera se enfurecieron, pero no lograron hacerle daño porque se había vuelto muy poderoso. Avanzaron hasta la Escapista Azul encontrando en su camino a las sombras desquiciadas que, sin embargo, no se atrevían a atacarlos.

Al llegar hasta la Escapista Azul el mago notó que estaba muy deteriorada, sin duda había sido destruida por una explosión así como los piratas que la tripulaban; pero mientras sus sombras estuvieran prisioneras seguirían retornando de la muerte junto con su nave. La pérdida de sus sombras les había acarreado una maldición por la cual sus seres queridos debían estar muertos y los piratas no podían reunirse con ellos.

-Vamos a Árfagos, así lo ha decidido el rey –habló Makorget-. Y no se les ocurra desobedecer si es que desean recuperar alguna vez sus sombras.

 

EPISODIO VIII : POSEÍDO

 

  -¿Y qué te dijo aquel Maestro de las Doce Plumas? –preguntó Sorinfel con su melodiosa voz- ¡Hace tiempo no te veía tan contenta, Birfridal?

-Me habló primero de mi pasado ya te lo dije. Además conocía mi presente, sabía de tu existencia. Pero luego empezó a hablarme de mi futuro. Tu mente está algunas veces preocupada por lo cotidiano, por lo aparente, me dijo. Pero tu alma ha venido a este mundo con una misión especial. Tu mente no lo ve, pero tu alma sabe. Si le preguntaras a tu alma, ella te contaría secretos, te hablaría de otras vidas y realidades. Tu alma te permite ver a ese amigo tuyo Sorinfel cuando otros no pueden verlo.

-¡Oh! Ese árfagor me conoce.

-Me dijo, también, que conocería a alguien diferente. Un hombre venido de otro mundo que al principio no nos entenderíamos, pero que nuestro encuentro está marcado.

Karglum tenía en sus manos un pergamino que le estaba permitido leer. Se encontraba en un salón de la torre al cual podían acceder casi todos sus habitantes, menos el cocinero y los encargados de la limpieza. Estaba escrito en idioma de los árfagors como casi todos los documentos mágicos. Se decía que los legendarios magos árfagors habían abandonado el mundo material por voluntad propia, dejando los pergaminos. Cuando los humanos colonizaron Árfagos encontraron todos esos valiosos documentos. Pero la información que estaba leyendo no sorprendía a Karglum. Era muy elemental y ni siquiera existía un hechizo de protección que impidiera su lectura. Los pergaminos que llamaban secretos se encontraban en otra estancia de la torre a la cual solo podían acceder Balkrumius y algunos magos.

-Es necesario cumplir con los requisitos necesarios, si algún día quieren acceder a mayor información –decía Balkrumius.

Los requisitos, sin embargo, eran bastante largos y requerían de un buen tiempo de servicio antes de poder acceder a información relevante, luego había que pasar una serie de pruebas. ¿Cómo se podía pretender que los aspirantes dominaran las pruebas con facilidad si se les ocultaba información importante? Era lo que se preguntaban algunos a espaldas de Balkrumius. Solo avanzarían hasta donde los que estaban a la cabeza lo permitieran, de ese modo muchos que por su cuenta podrían haber adelantado a sus maestros no lo harían. Por supuesto, existían muchos a favor de esta medida, pues de otro modo existía el peligro de que los conocimientos fueran mal empleados o mal comprendidos. Por ese motivo existían poderosos hechizos protectores en cada pergamino secreto y el salón en el cual se encontraban era permanentemente protegido por terribles entes mágicos. Uno de los que no quería esperar a pasar todas las pruebas, así como tampoco estaba de acuerdo con tanto secreto y quien finalmente se salió con la suya era un antiguo aprendiz de la torre cuyo nombre casi no era mencionado, pero si alguien por algún motivo abría la boca para pronunciarlo, lo hacía con asco y desprecio. Se trataba de Makorget.

-¡Makorget, el maldito! –escupía al suelo Balkrumius.

Makorget había intentado sin éxito ingresar en el salón de los pergaminos secretos, casi murió en el intento. Un ente mágico lo poseyó para luego hacerlo saltar desde una ventana. El mago se rompió una pierna, pero sobrevivió y no le contó a nadie lo que había ocurrido. Esperó el momento adecuado y cuando supo que su maestro Joranfiel tenía en sus manos un pergamino importantísimo el cual había tomado del salón secreto para examinarlo, vio llegada su oportunidad. Puso un potente veneno en la infusión que siempre le servía, al verlo muerto se apoderó del medallón de su maestro así como del importante pergamino y luego huyó de la torre. Nunca más se le volvió a ver por allí.

Karglum tuvo que conformarse con la información que le daban y mientras tanto desarrollaba sus habilidades atendiendo cada semana a las pobladores que llegaban a consultarlo mientras leí su futuro en las plumas que arrojaba al viento. Un día se encontró con una mujer que casi no levantaba la vista del suelo.

-Aquí noto mucho dolor –le dijo a la consultante-. Te aferras demasiado al pasado, por eso vives deprimida.

-Es que he cometido demasiados errores en mi vida, Maestro Karglum. No merezco ser feliz.

-Este mundo es un lugar de aprendizaje, nada de lo vivido es un error. Pero si no nos gusta nuestro pasado siempre hay la posibilidad de empezar de nuevo.

Aquel día pocas personas asistieron a pedir su ayuda, según le dijeron era debido a la presencia de una nave fantasma conocida como la Escapista Azul, se decía que sus tripulantes eran muertos vivientes. Muchos curiosos habían ido a observar el aterrizaje de la nave así como el desembarco de sus tripulantes, al parecer entre los piratas se encontraba un mago que había desertado de la Torre de los Pergaminos Secretos.

En la noche, Karglum, tuvo una horrible pesadilla. Un horripilante monstruo de piel resplandeciente, grandes colmillos y enormes alas lo perseguía para devorarlo. No debía mirar a la fiera a los ojos o terminaría convertido en cenizas. No tenía donde esconderse, se encontraba a campo abierto y sentía el rugido de su enemigo cada vez más cerca. El cielo estaba nublado y la débil luz de la Luna Naranja apenas le permitía distinguir a su alrededor. Unas garras se le clavaron en la espalda, pero no dejó de correr. De pronto, el suelo empezó a hundirse, no podía avanzar. Su perseguidor lo alcanzó finalmente.

-Te he elegido a ti, porque eres nuevo en la Torre de los Pergaminos Secretos –le habló una voz potente que le produjo escalofríos-. Nadie sospechara de ti. Sé que tienes un gran poder espiritual, pero no tienes el entrenamiento suficiente para escapar de mí. Podría entrar personalmente en la torre ahora que soy tan poderoso, pero no me conviene arriesgarme a combatir con todos los magos y entes mágicos juntos.

-¿Quién eres tú? –preguntó el árfagor.

-Soy Makorget, ahora tu mente me pertenece.

 

EPISODIO IX : CAMINO A ÁRFAGOS

 

  Joy Klengoret despertó sobre un asiento, dentro de lo que parecía una nave. Intentó llevarse una mano a la frente, pero no lo consiguió. Tenía las muñecas atrapadas por un mecanismo que salía de cada brazo del asiento. Miró a su alrededor allí se encontraba la mujer que había llegado hasta su departamento. Le había dicho su nombre, pero no lo recordaba muy bien. Era muy hermosa y tenía ganas de hacerla suya. No era el Joy Klengoret de siempre ahora sentía un fuerte deseo sexual y de no estar atrapado en aquel asiento se habría lanzado sobre la joven para tenerla a la fuerza. Sentía además mucha cólera por encontrarse en esa situación y seguramente la habría golpeado de haber podido. La idea de golpearla y poseerla a la vez le hacía sentir mucho placer.

-Lo siento, señor Klengoret, tuve que desactivar el chip en su cerebro que lo mantiene equilibrado para evitar que lo rastrearan –dijo la mujer-. Por eso se desmayó. Ahora ha vuelto a ser un psicópata asesino, pero no se preocupe en cuanto abandonemos este sistema solar volveré a activar el chip.

-¿Psicópata asesino? Pero, ¿de qué está hablando? Todo el mundo me conoce. Soy un ciudadano modelo. Además no entiendo como pudo desactivar algún chip en mi cerebro con solo topar mi frente.

-Tengo lo necesario para activar o desactivar los chips cerebrales solamente con topar a sus portadores. Sé muy bien, que lleva el chip equilibrador de personalidad desde su adolescencia. El problema es que ese complejo circuito sirve para rastrear sus movimientos por satélite. Si bien esta nave ha sido diseñada para bloquear cualquier rastreo en su interior, no podemos correr riesgos.

-¿Correr riesgos? ¿De qué habla? ¿Yo solo quiero irme de aquí? ¡Esto es un secuestro! ¡Libéreme, por favor! ¡Me está confundiendo con otra persona!

-Por el momento su capacidad de empatización dependiente de su corteza prefrontal se encuentra inactiva, eso podría llevarlo a intentar alguna acción violenta y no puedo permitir que resulte lastimado. El profesor Ifergen Tounos me encargó viajar a Árfagos, pero me dijo que antes de ir buscara la ayuda de usted, Joy Klengoret.

-¿Tounos? ¡Tounos tiene que ver con este secuestro! ¡Hankorot me dijo que Tounos me buscaría!

-¿El comisionado imperial? ¿Le dijo dónde está el profesor?

-¡Hankorot deseaba que yo le informara si llegaba a saber algo! ¡Al parecer no tenía idea de su paradero!

-No tenía idea del paradero del profesor o, ¿eso le hizo creer?

-No me extrañaría que me hubiese estado mintiendo. ¡Hankorot es un maldito!

-Si tuviese activado el chip que mantiene equilibrado su cerebro no se expresaría así de él, al menos de esta manera su mente parece más rápida. Bueno, íbamos a viajar a Árfagos con el profesor Tounos para obtener más información sobre el Planeta de las Sombras y quizá por eso desde hace buen tiempo sus pasos eran seguidos por el imperio. El profesor pensó en pedirle ayuda a usted.

-Yo tengo un cargo importante dentro del imperio, ¿por qué iba a ayudarlo?

-Es cierto que trabaja para el imperio, pero también ha sido como un hijo para el profesor. Él confía en usted sobre todo cuando tiene el chip equilibrador de personalidad activado.

En ese momento la nave anunció que uno de los satélites ubicados en las cercanías del Planeta Luccor deseaba establecer contacto.

-¿Cuál es su destino? –preguntó el satélite.

-Viajamos al Planeta Hirtion.

-¡Auxilio! ¡Soy Joy Klengoret, especialista en tecnología defensiva! ¡Trabajo junto al comisionado imperial Hankorot! ¡Esta loca me tiene secuestrado!

-Cálmese, señor Klengoret. Sus gritos son inútiles. La nave trasmite al satélite solo lo que yo le ordeno trasmitir.

Luego de otras preguntas de rutina el satélite los dejó marchar.

-Como le iba diciendo el profesor Tounos me dijo que lo buscara a usted en caso de ocurrir algún imprevisto. Él tenía que someterse a una operación para recibir un nuevo hígado artificial, pero ha desaparecido y en el hospital imperial no dan razón de su paradero. Él me dejó programada para en caso de cualquier contingencia seguir con sus instrucciones. Por lo tanto, Árfagos nos espera y si conseguimos la información necesaria viajaremos al Planeta de las Sombras.

-El Planeta de las Sombras no existe... ¿Dijo qué Tounos la dejó programada?

-Permítame que me presente nuevamente. Yo soy Nigfrila XC 123, una ginoide.

La nave anunció en ese momento la proximidad de un agujero de gusano.

El comisionado imperial Hankorot tenía una amplia sonrisa mientras observaba por la pantalla de su propia nave como la nave en la cual iba a bordo Joy Klengoret y la ginoide se aproximaba al agujero de gusano que habría de llevarlos al sistema planetario al cual pertenecía Árfagos. La nave del comisionado estaba cerca de ellos junto con una flota de naves imperiales, solo que su sistema de invisibilidad y de anti rastreo les permitía no ser detectadas.

-Todo va saliendo según lo previsto, querido profesor Tounos –le habló a un aparato que sostenía con una de sus manos-. Era previsible que usted le ordenaría a esa ginoide buscar a Klengoret. Según los que tienen sus creencias mágico religiosas se necesita un ser no robótico para emplear los dichosos pergaminos secretos que permiten viajar al Planeta de las Sombras y usted no confía en muchas personas, pero le tiene afecto a Klengoret.

-Es para mí como un hijo, eso ya lo sabe. Los magos de la Torre de los Pergaminos Secretos no tratan con robots y no pueden ser engañados fácilmente, por eso pensé en Joy en caso de que yo no pudiera ir a investigar a Komardum en el planeta Árfagos.

-Hace tiempo que las fuerzas del imperio podrían haber invadido la torre que habitan esos magos, pero seguramente ellos quemarían todos sus documentos y en ese caso de nada serviría. Además, nosotros no tenemos sus creencias; pero necesitamos de una vez por todas resolver estos problemas con respecto al capitán Kirt y lo que se dice de su relación con el Planeta de las Sombras. Y supimos que usted estaba investigando sobre eso. Es una pena que no haya querido cooperar con nosotros. Si hubiera sido colaborador no le habría ocurrido todo esto. Es verdad que podríamos haber intentado obtener la información por medio de Klengoret en el cual usted tanto confía, pero no deseábamos perder tiempo y de esta manera tenemos pleno control de la situación. Realmente la información que hemos obtenido de usted ha sido valiosa, aunque esté mezclada de mucha fantasía. Lamento que extrañe su cuerpo, pero mire las cosas positivamente, ahora ya no necesitará un nuevo hígado artificial. Todo usted es un cerebro cibernético.

-¡Eres un miserable, Hankorot! –respondió el aparato con la voz del profesor Tounos y en cual estaba contenida toda la información de su cerebro, pues éste ya no existía. Aquel sofisticado sistema cibernético en el cual estaba ahora alojada su personalidad era capaz de conservar las emociones- A ti te hace falta un chip equilibrador de la personalidad.

-Por favor, estimado profesor, los que tenemos el poder no necesitamos desarrollar la empatía. Dejemos eso de los chips equilibradores de personalidad para tipos como Joy Klengoret. Mientras tanto esperemos que su chica robótica y Joy tengan suerte con esos magos.

 

EPISODIO X : EL ESPÍA ROBÓTICO

 

 La nave con la forma de un plato gigante aterrizó en el pueblo de Komardum en Árfagos, Nigfrila la ginoide y Joy Klengoret descendieron de ella por la escalera metálica que se desplegó automáticamente al abrirse la puerta exterior. Klengoret se sentía extraño y avergonzado ahora que su corteza prefrontal había vuelto a ser estimulada por el chip equilibrador de personalidad. No entendía muy bien como podía haber concebido ideas tan agresivas hacía muy poco. "Ese no era yo", se decía así mismo. La verdad era que los chips cerebrales podían convertir a una persona en un ser totalmente distinto cuando estaban activados, eran la perfecta cura para la esquizofrenia, la depresión aguda e incluso la psicopatía. Por eso, al haber vuelto a ser el Joy Klengoret sensato y equilibrado estaba dispuesto a cooperar con la investigación de su amigo el profesor Ifergen Tounos.

-Saludos, extranjeros –les habló un individuo pequeño de color violeta en el idioma de Árfagos. Estaba junto a una multitud de curiosos, algunos eran humanos y otros criaturas de color violeta como él-. ¿Vienen a investigar la aparición de la nave pirata?

Klengoret conocía el idioma de Árfagos, pero al principio no comprendió de que nave pirata estaba hablando aquel poblador. Habían aterrizado en un terreno desocupado. A lo lejos se veían algunos árboles y las casas del poblado de Komardum.

-No venimos por ningún pirata –respondió Nigfrila que también conocía el idioma del lugar-. Buscamos la Torre de los Pergaminos Secretos.

-Pensamos que venían a investigar la nave pirata que aterrizó en este mismo lugar hace dos días, al parecer era la nave del capitán Kirt.

-¡La Escapista Azul! –dijo sorprendido Klengoret.

-¡No nos interesa, por ahora! –respondió la ginoide- ¡Solo queremos llegar a la Torre de los Pergaminos Secretos!

-¡Oh! –dijo una joven humana con un ramo de flores amarillas- ¡La Torre de los Pergaminos Secretos! ¡Allí atiende el Maestro de las Doce Plumas! Yo puedo llevarlos, justo iba para allá.

Karglum no había logrado levantarse de su cama. Tenía una fiebre muy alta y deliraba. Gritaba a un supuesto demonio que lo soltara.

-Parece que algún ente maligno lo hubiese poseído –dijo un mago de la torre-. Y justo hoy es uno de los días cuando los pobladores vienen a que les diga el futuro mirando sus plumas.

-¡Quizá intentó ingresar en el salón de los pergaminos secretos y uno de los entes mágicos le dio su merecido! –habló Balkrumius-. Intenten, ustedes, curarlo; pero no se preocupen demasiado si es que no reacciona. Mientras tanto iré personalmente a decirle a los pobladores que están esperándolo allá afuera que se marchen.

La joven que iba guiando a Nigfrila y a Joy Klengoret hasta la Torre de los Pergaminos secretos era Birfridal. Algunos pobladores también los seguían mientras que otros se habían quedado mirando la nave. La ginoide estaba atenta a algo que ocurría muy cerca de ellos, Klengoret estaba acostumbrándose al clima del lugar y la joven humana estaba muy contenta de acompañar a seres de otro planeta.

-Disculpen que les pregunte, ¿ustedes son esposos?

-¡Eh! –dijo sorprendido Joy Klengoret- ¿Habla de ella y yo? Bueno es que...

-¡Nos siguen! –dijo Nigfrila en ese momento.

-Bueno son las personas del pueblo, humanos como nosotros y algunos árfagors –dijo Birfridal volteando a mirar mientras un pequeño insecto polinizador empezó a volar alrededor de las flores amarillas que llevaba con ella.

-No me refiero a ellos. ¡Me parece que son robots metamateriales! ¡Nos están vigilando!

-¿Robots de cuerpos metamateriales? –preguntó asustado Klengoret- ¿Aquí? ¡En este planeta semi primitivo! ¡Cuánto mucho conocen las naves espaciales!

-Iré a investigar.

Inmediatamente la ginoide empezó a desplazarse por el camino por el que habían estado viniendo.

-Qué cosas más extrañas dicen ustedes –dijo la joven mientras apretaba el ramo de flores amarillas-. No entiendo que son robots metamateriales.

-Robots metamateriales son aquellos con cuerpos capaces de redirigir la trayectoria de la luz empleando la refracción negativa. En otras palabras significa que son invisibles.

-¡Entiendo!

Después de un rato la chica robot regresó con ellos. Ya no percibía ninguna amenaza. Siguieron avanzando hasta llegar a la Torre de los Pergaminos Secretos donde un grupo de personas afuera de ella pedían ser atendidas.

-¡Queremos al Maestro de las Doce Plumas! –gritaban.

-El Maestro de las Doce Plumas como ustedes lo llaman no puede atenderlos ya se los dije –respondió a las personas un mago de larga y blanca cabellera el cual era Balkrumius-. Se encuentra enfermo.

Al ver a los recién llegados, Balkrumius hizo un gesto de disgusto.

-¡Saludos! Soy Joy Klengoret especialista en tecnología defensiva al servicio del imperio. Necesitamos su ayuda para llegar al Planeta de las Sombras

El mago no le dio ninguna respuesta e hizo ademán de retirarse.

-¡Espere! –le dijo Nigfrila.

-¡No me dirijas la palabra, monstruo! –gritó el mago, al darse cuenta que se trataba de una mujer robot, mientras en su mano derecha aparecía una bola de fuego-. Puedo tolerar la existencia de naves espaciales como las de ese pirata maldito, el capitán Kirt; pero seres como tú son una aberración.

En ese mismo instante lejos de allí a bordo de una nave que había llegado hasta Árfagos, siguiendo a Klengoret y a la ginoide, el comisionado imperial Hankorot se divertía observando aquella situación en una pantalla holográfica mientras se dirigía a sus subordinados.

-Ese viejo mago se ha dado cuenta que habla con un robot femenino. Son pocos los que notan, a simple vista, la diferencia entre una mujer y una ginoide. Y como bien se sabe los magos de ese planeta rechazan la tecnología especialmente a los cyborgs y androides. ¿Qué le harían a Klengoret si supieran que tiene un chip en el cerebro? Bueno, lo que ninguno de ellos ha descubierto es el pequeño insecto robótico polinizador junto a las flores amarillas que sirve para espiarlos. Ordené a los robots metamateriales hacer notar un poco su presencia para distraer a la ginoide, pero al parecer no era necesario, ese robot insecto es indetectable.

Afuera de la Torre de los Pergaminos Secretos la ginoide empleaba en ese momento un escudo energético para bloquear la bola de fuego que le acababa de lanzar Balkrumius.

-¡Acabaré contigo, engendro! –gritaba el viejo mago.

Los pobladores estaban desconcertados. Birfridal asustada apretaba con una mano las flores amarillas en torno a la cual volaba el insecto robótico mientras con la otra se había abrazado al brazo de Klengoret que se había quedado parado sin saber que hacer.

-¡No me obligue a lastimarlo! –le dijo entonces a Balkrumius la dama robot mientras de uno de sus brazos brotaba el cañón de un arma laser.

-¡Magos de la torre vengan a ayudarme a acabar con esta amenaza! –gritó el viejo mago.

Los magos de la torre aparecieron, pero no para ayudarlo sino para intentar persuadirlo a detenerse.

-Maestro Balkrumius es cierto que no nos gustan los seres artificiales, pero no podemos alarmar a la población –le dijo uno de los magos-. Y parece que son extranjeros podríamos tener problemas si les hacemos daño.

El mago estaba furioso, pero luego de reflexionar dijo:

-Está bien, regresen todos a la torre. Hoy ya no atenderemos a nadie.

Todos los magos empezaron a retirarse dentro de la torre.

-¡Esperen! –les dijo Klengoret reaccionando- ¡Necesitamos llegar al Planeta de las Sombras!

Pero por más que gritaba no le prestaron atención estaban concentrados en retirarse lo más rápido posible. Quizá por eso no se dieron cuenta del pequeño insecto polinizador que se había escondido en el cabello blanco de Balkrumius e ingresaba junto con él en la torre.

 

EPISODIO XI : EL HABITANTE DEL OTRO LADO

 

  No había luna en aquel planeta y la gruesa capa de nubes impedía que incluso el débil resplandor de una estrella se infiltrara en las tinieblas. Ningún ser común y corriente podría haberse orientado allí, incluso durante el día la neblina habría impedido a un humano distinguir apenas a su alrededor. Sin embargo, los ojos de un ser más oscuro que la oscuridad de aquel lugar veían claramente cada detalle. Eran los ojos del Rey de las Sombras o Rey del Planeta de las Sombras que como todas las noches había abandonado su castillo para dirigirse a las cercanías del Gran Abismo. No precisaba caminar, flotaba como un fantasma y no necesitaba escolta, pues las sombras desquiciadas le temían. Detrás de él a lo lejos estaba ahora su castillo, al frente el abismo y el puente colgante elaborado con sogas mágicas que llevaba hasta el otro lado, a la entrada al Universo Secreto de los Árfagors. Una vieja leyenda decía que los magos árfagors aliados con los dioses habían creado dicho universo con la esperanza de encontrar allí paz y tranquilidad. A las sombras les estaba impedida la entrada a dicho universo así como a cualquier otro lugar fuera del sistema solar que habitaban. El Rey de las Sombras se encontraba atrapado en aquel planeta. Ninguno de los otros planetas de aquel sistema solar tenía vida ni nubes que ocultaran a las sombras de los desagradables rayos solares, por eso el único planeta habitado allí era el de las sombras.

-Luminoso, luminoso, luminoso es el día que amanece tan glorioso –le llegó un canto desde las profundidades acompañado del sonido de un arpa. Era la Cantarina Eterna a quien los dioses concedieron la inmortalidad para que nunca dejara de cantar y así mantener calmado al monstruo del abismo. De otra manera este hubiese escapado y causado conflictos en los dos universos. Al Rey del Planeta las Sombras le hubiese gustado liberar al monstruo, pero no tenía poder para eso, el decreto divino le impedía hacer algo contra la cantarina.

Como otras noches, el siniestro rey flotó sobre el puente que conducía a la entrada al Universo Secreto de los Árfagors. A lo lejos se veía una pequeñisima luz violeta que fue haciendose más y más grande a medida que el oscuro personaje avanzaba a lo largo del puente. Cuando estuvo cerca se encontró con una gran superficie luminosa, vertical y circular. Tenía un diametro de casi tres metros y era la entrada a otro universo, el universo creado por los árfagors. El Rey de las Sombras no podía ingresar en él, pero sus ojos eran capaces de ver todo lo que ocurría dentro, incluso lo más lejano. Como otra veces, innumerables galaxias le revelaron sus secretos, infinitos soles se mostraron ante su mirada. Contempló seres casi tan poderosos como él, pero también otros que le parecían insignificantes, algunos amaban, odiaban y sufrían como en cualquier otro universo. "Los árfagors han fracasado al intentar crear un mundo donde solo haya paz y tranquilidad", pensó el Rey de las Sombras. Estaba a punto de regresar a su palacio cuando percibió una presencia perturbadora del otro lado, se sintió extrañado de que algo así pudiera sucederle a él que era tan poderoso. Fue en ese momento cuando vio aquellos enormes ojos que lo miraban desde el otro universo. No necesitó reflexionar para darse cuenta que se trataba de un ser maligno, un terrible y poderoso demonio tan siniestro como él.

-Pobre Rey del Planeta de las Sombras –dijo sonriendo aquel ser maldito con una boca enorme y dientes puntiagudos, era bastante oscuro, con algo de morado; pero negruzco, muy, muy oscuro-. Eres señor de un reino que es tu prisión.

El Rey de las Sombras no se encolerizó, sabía que de nada valía enfurecerse.

-Los árfagors crearon ese universo para desterrar todo mal, ¿cómo es posible que tú estés allí? –preguntó al demonio con el cual podía comunicarse como si lo tuviera muy cerca cuando en realidad estaban uno del otro separados por una distancia incomensurable.

-Es cierto, los árfagors crearon este universo para que reinara el bien –respondió el maligno-. Sin embargo, el supremo bien para casi todos ellos era trascender lo material, decían que la verdadera paz se encuentra en la esencia universal e inmutable, no en este mundo de apariencias. Por ese motivo, muchos de ellos abandonaron este lugar para unirse a una realidad que consideraban más amplia y duradera y solo han quedado muy pocos de ellos, poquísimos.

El Rey de las Sombras sabía que los árfagors de antaño, a diferencia de los pilluelos que seguían habitando en Árfagos, estaban interesados en trascender lo aparente, incluso al crear el Planeta de las Sombras para atrapar allí lo más maligno del universo y que sirviera de nexo con el Universo Secreto no dejaron sin esperanza a sus habitantes, por eso crearon el Castillo de las Nueve Puertas Secretas el cual era el Castillo del Rey de las Sombras. Dichas puertas eran de, la Sabiduría, la Profecía, la Curación, la Voluntad, el Amor Universal, la Renovación, la Unidad con la Suprema Ley, la Templanza y la Atemporalidad. Ninguna de estas puertas, sin embargo, interesaba al Rey de las Sombras, el cual no deseaba trascender la forma que tenía sino escapar de su prisión para extender su maldad por todo el universo. Todo ello sería posible si Makorget, el cual al ser un humano no había tenido dificultades para abandonar el Planeta de las Sombras junto con los piratas, conseguía el pergamino secreto por el cual había viajado a Árfagos, un pergamino que permitiría a las sombras abandonar ese sistema solar.

-¡Ja, ja, ja! –rio el ente maligno desde el otro universo- ¡Te has quedado sin habla!

-Dices que quedan poquísimos árfagors en tu universo –dijo reaccionando el Rey de las Sombras-. Entonces, ¿por qué esos pocos no derrotan a la maldad?

El ente del otro lado estuvo sin contestar por un buen momento. La sombra lo miró con sus ojos capaces de abarcarlo todo o casi todo, incluso aquello que para otros era secreto y creyó comprender.

-Yo soy parte de lo que queda de los árfagors –respondió finalmente la perversa entidad, afincada en aquel secreto universo, para luego empezar a reír sin pausa.

 

EPISODIO XII : LOS CUSTODIOS DE LOS PERGAMINOS

 

 Los pobladores de Komardum se habían quedado asustados al descubrir que Nigfrila no era una mujer sino una robot y ahora la miraban con hostilidad.

-Será mejor que nos retiremos a la nave –le dijo Joy Klengoret mientras intentaba soltarse de Birfridal quien se había quedado apretando su brazo con una mano y con la otra el ramo de flores amarillas que llevaba consigo. Al parecer la muchacha no salía de su asombro al haber contemplado al mago principal de la torre combatir contra la ginoide.

-¡Oh! –exclamó la joven saliendo de su estado de pasmo al notar que el hombre intentaba liberarse de ella-. ¡Lo siento!

Klengoret y la ginoide caminaron de regreso a su nave. Al llegar vieron que algunos curiosos aun seguían mirándola. A una orden de Nigfrila la nave extendió la escalera metálica y abrió la puerta para que ingresaran.

-No puedes ingresar con nosotros en la nave, jovencita –dijo la ginoide en ese momento.

Klengoret volteó a mirar y se dio cuenta que Birfridal los había venido siguiendo y todavía tenía el ramo de flores amarillas que posiblemente le había obsequiado algún admirador.

Karglum abrió los ojos y su mirada ya no era la misma. La fiebre había desaparecido. Intentó incorporarse.

-¡Espera! –le dijo el mago que lo estaba cuidando-. No debes levantarte de la cama.

-Ya estoy bien.

-Esto es asombroso, le avisaré al maestro Balkrumius.

-¡No es necesario que se lo digas!

El mago no hizo caso de las palabras de Karglum y abandonando el pequeño cuarto de este fue inmediatamente a avisar a Balkrumius.

-¡Así qué ya estás mejor! –dijo Balkrumius luego de ingresar en el cuarto del árfagor.

En ese momento el insecto robótico que estaba escondido en el cabello del viejo mago se desplazó volando hasta un florero que estaba en la habitación de Karglum y se quedó quieto allí.

-Es mejor que el insecto robótico se oculte en un objeto como ese –dijo desde muy lejos de allí, a bordo de su nave, el comisionado imperial Hankorot mientras observaba en una pantalla holográfica las imágenes que el pequeño espía robótico trasmitía-. En el cabello de ese anciano podrían descubrirlo tarde o temprano. Además desde que ha ingresado en esa torre las imágenes se habían vuelto borrosas. Quizá algo en el cuerpo de ese viejo mago perturba la trasmisión.

Mientras tanto, en la nave en forma de plato metálico, Birfridal había conseguido que Klengoret y la ginoide la dejaran subir. Estaba asombrada al ver el interior de la nave que poseía un sistema tan extraño para ella. Se puso a hacer preguntas sobre la vida de Klengoret hasta que llegó la hora de comer. En ese momento, se dio cuenta que la robot no necesitaba alimentarse y Klengoret ingería unas pastillas como alimento. Al pasar el tiempo y aumentar su hambre se despidió.

-Esa chica muestra síntomas de estar enamorada –dijo la ginoide cuando Birfridal se hubo marchado-. Es probable que haya venido en busca de pareja.

-¡Eh! –exclamó sorprendido Klengoret-. ¿Qué cosa dices? ¿Acaso es una broma?

-He captado en esa muchacha el aumento de su ritmo cardiaco, la aceleración de su respiración, la sudoración en sus manos así como la dilatación en sus pupilas al mirarlo a usted, Joy Klengoret, y no se trata de una broma.

Klengoret pensó en que la chica debía tener unos dieciocho años y en Árfagos vivía en un contexto que para él era primitivo. Los chips cerebrales como el suyo controlaban no solo su psicopatía sino también los apasionamientos amorosos que pudiera tener. Además en sociedades como Úlganos, la capital del Planeta Luccor era posible realizar todas las fantasías y disfrutar de infinitos placeres por medio de la realidad virtual sin peligro de involucrarse en una relación que pudiese exponer a la persona a gérmenes o infecciones. Y si alguien deseaba tener una pareja en la realidad física nada mejor que los robots diseñados para ello, con cuerpos exteriormente casi indiferenciables de los de un humano, equilibrados, inteligentes, divertidos, fieles, programados para adaptarse a la personalidad de su propietario humano. En cuanto a la reproducción de la especie el apareamiento hacía tiempo que había dejado de practicarse como medio para fecundar los óvulos femeninos.

Las horas pasaron y de pronto la nave anunció que tenían un visitante en el exterior. Era Birfridal y había regresado a pesar de lo avanzada que estaba la noche.

-¡Estas blumangras son deliciosas! –dijo sonriendo la muchacha cuando le abrieron la puerta de la nave. Llevaba en cada mano unas frutas de color azul.

En la Torre de los Pergaminos Secretos mientras casi todos dormían el poseído Karglum se levantó silenciosamente. En su mente podía escuchar la voz de Makorget ordenándole apoderarse de unos pergaminos.

-Sí, amo –habló Karglum-. Haré lo que usted dice.

Mientras, el pequeño árfagor, abría la puerta de su habitación el insecto robótico se posó en su hombro sin que se diera cuenta. Karglum pasó por las distintas estancias, subió muchas escaleras, hasta llegar al salón de los pergaminos secretos, el cual era protegido por poderosos entes mágicos y por una ancestral entidad llamada Dolkramom quien era jefe de un batallón de guerreros espirituales que habían jurado matar a quien se atreviera a coger los pergaminos dejados por los árfagors sin ser merecedor de ellos.

 

EPISODIO XII : DOLKRAMON

 

 Aquel salón estaba oscuro, ni siquiera la luz de la Luna Naranja se escurría por las ventanas aquella noche. Cuando los humanos colonizaron Árfagos encontraron aquel salón de la torre con sus ventanas. Allí estaban los pergaminos dejados por los árfagors en sus respectivos estantes. Al darse cuenta que se trataba de valiosa información intentaron llevarlos a un lugar más cerrado sin ningún éxito. Cuando trasladaban grandes cantidades de pergaminos a otro salón estos regresaban mágicamente al salón del cual habían sido tomados. Solo podían tomar individualmente ciertos pergaminos para estudiarlos y debían devolverlos al poco tiempo o estos se devolvían por sí mismos. Al escapar Makorget con el pergamino que le permitió llegar al Planeta de las Sombras, dicho manuscrito había dejado de estar afectado por el poder mágico que moraba en la torre, por eso pudo conservarlo. De todos modos los magos humanos se dieron cuenta que no era necesario trasladarlos, ni siquiera los insectos se atrevían a invadir aquel salón, el viento y la lluvia no lo perturbaban. Los magos que se instalaron en la torre añadieron sus propios hechizos e invocaron poderosos entes mágicos para proteger los pergaminos, aunque no era necesario. Ya existían protectores en aquel lugar que ni los mismos taumaturgos humanos podían ver. Eran los gorklons quienes en vida fueron unos gigantes de casi tres metros y habían sido dejados por los árfagors para cuidar que los conocimientos ocultos en los pergaminos no cayeran en manos equivocadas. Solo los superiores de la torre podían coger los documentos, era una indicación dejada por los árfagors quienes sabían que tarde o temprano la torre tendría nuevos habitantes y era necesario que el conocimiento no se perdiera, por eso dejaron los pergaminos. Sin embargo, existían manuscritos que ni los mismos magos de la torre conocían porque su existencia les era ocultada mediante una poderosa magia superior a la conocida por los humanos. Si alguna vez llegaba un ser digno, a él se le revelarían todos los secretos; pero ese día no había llegado.

Como cada día y cada noche Dolkramom el jefe del batallón de guerreros espirituales dejados por los árfagors para proteger los pergaminos secretos se mantenía vigilante. Una vibración en su costado llamó su atención. Era Xifrila su espada mágica que se encontraba inquieta.

-¿Qué sucede? –le preguntó a su espada mientras la desenvainaba y al hacerlo sintió un calor que habría quemado su mano si esta no fuera una mano espiritual. La vibración de la espada se hizo más intensa al ser liberada de su funda.

-Algo perturba mi descanso –respondió la espada mágica y violeta emitiendo un intenso resplandor como hacía mucho tiempo no lo hacía-. ¡Ten cuidado!

-¡Mi único cuidado es cumplir con mi juramento! –respondió el guerrero gorklon mientras se dirigía a los otros espíritus a su mando-. ¡Dejemos primero qué los entes mágicos se hagan cargo! ¡Solo intervendremos en caso de ser necesario!

-¡Así lo haremos! –respondieron los otros guerreros espirituales levantando sus espadas.

En ese instante desde el exterior se escucharon unas palabras mágicas y la puerta del salón se abrió de par en par. Un pequeño individuo avanzó en la oscuridad mientras los ojos rojos e incandescentes de los entes de formas indefinidas lo observaban, se trataba de un árfagor.

Makorget se encontraba cerca de la Torre de los Pergaminos Secretos mientras su mente se concentraba en Karglum a quien tenía dominado. Sus poderes mágicos habían aumentado desde que cruzara la Puerta de la Atemporalidad en el Planeta de las Sombras. Era capaz de ver lo que Karglum veía, dirigir sus movimientos y hablar por su boca.

-Surgamis Dominabulor –fueron las palabras que salieron de la boca de Karglum dirigiéndose a los entes mágicos. Al hacerlo sus ojos se iluminaron, su cuerpo emitió un poderoso resplandor y por un momento pareció flotar en el aire-. ¡Sométanse ante mi poder!

-Sí, amo –respondieron los entes.

-Imperkratum Diormeus –siguió diciendo el árfagor mientras uno de los pergaminos se iluminaba y empezaba a flotar hasta él.

Lo que ocurría ya no era captado por el insecto robótico, aunque había sido diseñado para permitir ver lo que ocurría en la oscuridad, no era capaz de percibir lo que allí sucedía, quizá la magia lo había bloqueado. Todavía podía volar obedeciendo las órdenes que le eran enviadas, pero lo hacía desorientado.

Dolkramom esperaba que los entes mágicos expulsaran al intruso, pero estos se habían quedado quietos. Los guerreros espirituales gorklons a su mando lo miraron esperando sus órdenes. El jefe de los guerreros espirituales se daba cuenta que algún ser malvado había poseído al árfagor. Debía proteger los pergaminos, pero no podía dejar de ayudar a ese inocente que además era un árfagor, un descendiente de sus antiguos señores.

-¡Por favor, reacciona! –gritó Dolkramom empleando toda su energía espiritual para hacerse oír en la mente de Karglum-. ¡No te dejes vencer por el mal!

El pequeño hombrecillo violeta pareció reaccionar.

-¿Qué? ¿Qué hago aquí?

En ese momento el resplandor de su cuerpo desapareció y el pergamino que flotaba hacia él regresó a su lugar. El hechizo que tenía dominados a los peligrosos guardianes de ojos incandescentes se rompió.

-¡Muerte al intruso! –gritaron los terribles entes mágicos y se lanzaron sin compasión contra el pequeño individuo.

Birfridal se encontraba nuevamente en la nave junto con Klengoret y la ginoide. Apenas había llegado cuando les ofreció a los viajeros unas frutas azules llamadas blumangras. Obviamente la robot no aceptó y tampoco Klengoret cuyo organismo no estaba adaptado para ingerir ese tipo de alimentos.

-Me las comeré yo sola –dijo la joven.

-Mañana esperamos encontrar al Maestro de las Doce Plumas que mencionaste, quizá pueda ayudarnos –le comentó Klengoret.

-Sí, es posible.

-Bueno, ya es tarde deberías irte a descansar a tu casa.

-No tengo sueño.

-Estarán preocupados por ti.

-Mi padre y mi madrasta no me extrañan.

En ese momento las luces de la nave empezaron a vibrar, las pantallas se apagaron, la puerta exterior se abrió y se volvió a cerrar. Klengoret miró a Nigfrila bajo la luz parpadeante.

-¡No sé lo que ocurre! –le dijo la ginoide.

La nave de pronto despegó por sí sola y luego aterrizó bruscamente. Klengoret intentó aferrarse a alguna parte de la nave sin ningún éxito, cayó junto con la chica. Ni siquiera la robot pudo evitar perder el equilibrio.

-¡Lo siento! –dijo Birfridal es mi culpa.

-¿Tu culpa?

En eso la joven empezó a dirigirse a alguien a quien Klengoret y Nigfrila no podían ver ni oír.

-¡Te dije qué no trajeras a tu primo!

-¡El primo Sorinfredo me había prometido que se portaría bien! –respondió Sorinfel mientras jalaba una de las orejas de su pequeño primo. En realidad ambos eran muy pequeños, más pequeños que un árfagor.

-¡Ayayay! ¡Suelta mi orejita! ¡Yo solo quería investigar como funcionaba esta olla voladora!

-¿Y por esa razón la malograste?

-Solo moví unas cosas extrañas, luego intenté ordenar todo y por eso moví más cosas dentro de esta olla gigante.

Un enorme rostro de color verde fosforescente apareció de pronto. Era la computadora principal de la nave que se manifestaba mediante una imagen holográfica.

-¡Un genio! –gritaron los duendes emocionados.

-La... mento los incon... venientes. Iniciando reparación automá... tica –dijo la imagen para luego desaparecer.

-¡Huy! ¡Ya se fue el genio!

En el Salón de los Pergaminos Secretos, Dolkramom había interpuesto su espada mágica entre los entes y el pequeño árfagor. Los otros guerreros espirituales al ver la acción de su líder habían hecho lo mismo.

-¡No te interpongas en nuestro camino! –le dijeron los entes.

-No permitiré que se lastime a un descendiente de los antiguos árfagors.

-¡Entonces, todos ustedes sufrirán las consecuencias! –dijo el ente mágico que parecía ser el líder.

-Yo no lo creo –respondió Dolkramom-. Parece que no tienes idea de a quien te diriges.

Durante mucho tiempo desde que los entes habían sido invocados por los magos humanos, los guerreros espirituales los dejaron actuar libremente, pues tenían un mismo objetivo cuidar de los pergaminos secretos; pero ahora era diferente.

-¡Xifrila corta la oscuridad! –gritó el guerrero espiritual.

-¡Xifrila tiene hambre de entes malvados! –respondió la espada mágica mientras se iluminaba intensamente.

Los fieros entes sintieron la energía que emanaba de la espada y se dieron cuenta de su poder. Si se atrevían a atacar los desintegraría a todos con solo toparlos, quedarían convertidos en algo más insignificante que el humo.

-¡Espera, maestro! –dijeron apartándose-. No te enojes, ya nos retiramos.

Cuando Dolkramom pensaba que ya todo el peligro había pasado el cuerpo del árfagor volvió a resplandecer y hablar con voz rara.

-¡No te librarás de mí fácilmente! –habló Makorget por la boca de Karglum. Había vuelto a dominar su mente.

-¡No, no dejaré que me utilices para tus siniestros propósitos! –respondió el árfagor que luchaba por liberarse del dominio del hechicero.

-¡De nada te servirá resistir, ya estuviste bajo mi control antes!

-¡Malvado, no te saldrás con la tuya!

Si alguien que no estaba enterado de lo que acontecía hubiera visto a Karglum en ese momento lo habría tomado por un orate. Parecía como si el árfagor discutiera consigo mismo empleando dos voces distintas; pero no era así, en realidad luchaba para liberarse del poder de Makorget.

- Imperkratum Diormeus –dijo Makorget y un pergamino resplandeciente volvió a flotar en dirección a él-. No podrán evitar que cumpla mi propósito.

Dolkramom miró el pergamino y se dio cuenta de algo que no había notado antes.

-¡Eh! ¡Pero! ¡Pero si es el pergamino con la información para liberar al Rey del Planeta de las Sombras! ¡No te lo llevarás!

-Así, ¿qué harás para impedirlo?

-¡Árfagor, reacciona! ¡Lucha contra ese malvado!

-¡Es inútil soy demasiado poderoso y a él le falta entrenamiento!

Aunque Dolkramom deseaba proteger al árfagor también sabía que aquel pergamino no podía salir de allí o ocurriría una catástrofe. Debía tomar una decisión. Tenía que hacerlo. Miró a los otros guerreros buscando algún consejo.

-Depende de ti, jefe –le dijo uno de los gorklons.

-Te apoyamos en lo que decidas –habló otro.

-Entonces, solo queda una cosa por hacer –respondió Dolkramom-. Deseaba preservar su vida, pero esto es demasiado importante y el bienestar de todo el universo peligra si lo dejamos llevarse el pergamino.

-Así es.

Levantó su espada para terminar de una vez con aquel peligro. El golpe sería rápido, el pequeño individuo no sufriría.

-¡Xifrila corta la oscuridad!

La espada avanzó como un rayo en dirección al cuello de su víctima. Los ojos espirituales de Dolkramom estaban fijos en su objetivo. Fue en ese momento cuando el arma mágica se escapó de su mano mientras su resplandor se apagaba inmediatamente, una violenta energía lo sacudió lanzándolo por los aires, lejos, muy lejos como si lo atacara un huracán o una legión de demonios.

 

EPISODIO XIV : PERSECUCIÓN

 

  Hankorot era informado por los espías robóticos de lo que acontecía cerca de la Torre de los Pergaminos Secretos. Sin embargo, no tenía idea de lo que ocurría dentro. Su nave, así como otras naves imperiales que lo acompañaban, no había aterrizado en Komardum; pero estaba muy cerca, flotando en el espacio, oculta por su sistema de invisibilidad y anti rastreo. Solo una nave imperial había descendido sin ser detectada para dejar en tierra un grupo de robots espías, de ese grupo provenía el insecto robótico y volador que le había estado transmitiendo lo que ocurría en la torre. Sin embargo, desde que el insecto estaba dentro la transmisión había sido defectuosa. En cierto momento, se había posado en el hombro de un árfagor que avanzaba subiendo muchas escaleras de la torre, en medio de la oscuridad, hasta llegar a un salón. Al entrar en aquel salón la trasmisión empezó a fallar hasta que se cortó definitivamente. A pesar de la oscuridad, el pequeño robot espía había logrado transmitir lo que se encontraba dentro de aquel salón, gracias a su sistema de visión nocturna. El salón estaba lleno de estantes con pergaminos.

-Debe conseguir la información sobre el Planeta de las Sombras cueste lo que cueste –le habían dicho sus superiores imperiales. Hankorot no entendía bien porque se interesaban por un planeta que solo existía en la imaginación de algunas personas, pero debía obedecer. Según la información que tenía en los pergaminos de la torre se hallaba la información para llegar al Planeta de las Sombras y ahora conocía la ubicación exacta de dichos pergaminos gracias al insecto robótico.

-Ejecutor RQTM98, el insecto espía ha identificado el salón donde se encuentra lo que buscamos–dijo Hankorot al androide que dirigía a los otros robots espías. A pesar de la distancia en que se encontraban uno del otro, Hankorot en su nave espacial y el robot cerca de la torre, la transmisión era muy clara-. Invade aquel salón de la torre junto con tu equipo.

-Sus órdenes será cumplidas, comisionado imperial –respondió el androide ejecutor RQTM98.

Al instante el androide junto con los otros robots que lo acompañaban empezaron a elevarse empleando el dispositivo de vuelo que poseían. En poco tiempo llegaron hasta una ventana de madera que correspondía al salón que estaban buscando. La ventana se veía deteriorada y tenía algunos agujeros. Había suficiente espacio para pasar por allí, solo tenían que romperla. Pero no pudieron romperla. Probaron con las otras ventanas de madera y tampoco consiguieron dañarlas por más que las golpearon. Y cada golpe les quitaba energías. El RQTM98 apuntó con su arma láser y disparó un rayo que habría destruido la gruesa pared metálica de una nave espacial, pero no le hizo daño a la ventana que era su objetivo, tampoco tuvieron éxito los disparos de sus compañeros con sus propias armas láser.

-¡Esto no tiene lógica! –dijo Hankorot mientras veía la transmisión de todo lo que ocurría-. ¡La madera no puede resistir al láser! ¡Acaso esas ventanas son hologramas! ¡Quizá toda esa torre es un gigantesco holograma! ¿O estamos en un sueño o en la realidad virtual? ¡De ser necesario destruiremos esa torre atacándola con las armas de nuestras naves!

En ese momento una de las ventanas de madera se abrió y los androides se prepararon para entrar. Pero la ventana no había cedido por el ataque de los robots. Un gran resplandor los sorprendió mientras observaban que por la ventana salía volando un pequeño individuo de color violeta con un pergamino en sus manos.

Dolkramom se encontraba aturdido. Su cuerpo espiritual había sido lanzado por los aires como si fuera un muñeco de trapo. Al reponerse, regresó rápidamente al Salón de los Pergaminos Secretos solo para ver como el poseído Karglum, quien se había apoderado del pergamino con el cual se podía liberar al Rey de las Sombras, se iba volando por una de las ventanas del salón, la cual acababa de abrirse. Los otros guerreros espirituales intentaron detenerlo, pero no tuvieron éxito.

-¡Xifrila! –le habló Dolkramom a su espada que se encontraba tirada en el piso. Su resplandor se había apagado-. ¡Xifrila, lo siento!

Levantó la inerte espada. El arma ya no transmitía calor, estaba fría.

-¡Xifrila!

El guerrero gorklon hizo una oración al cielo. No podía dejar que su gran amiga lo abandonara. Xifrila emitió un débil resplandor. No estaba muerta.

-¡Amo, lamento haberte fallado! –dijo la espada avergonzada.

-¡Fue culpa mía! ¡Debí recordar que fuiste creada para servir a los árfagors no para atacarlos!

Unos gritos llegaron desde fuera de la torre. Los otros guerreros espirituales habían salido a perseguir al árfagor que se alejaba volando con el valioso pergamino.

-¡Vamos a ayudar a los otros! –le dijo el guerrero a Xifrila que había ido recuperando su resplandor-. ¡Pero esta vez tendremos más cuidado!

Al salir vio a un grupo de individuos extraños que intentaban ingresar por la ventana abierta sin ningún éxito, eran los androides imperiales. El guerrero sonrió divertido, pues sabía que aunque estuviera la ventana abierta el poder mágico del salón no dejaría entrar a seres desprovistos de la magia necesaria para ingresar en él. No les tomó importancia a los androides y se fue detrás de sus compañeros espirituales que perseguían a Karglum.

-¡Nuestras armas no pueden dañar al árfagor! –dijo Dolkramom luego de alcanzar a los otros guerreros espirituales-. Debemos encontrar al maligno hechicero que lo tiene dominado.

Mientras se ponían de acuerdo en lo que debían hacer, Karglum se iba alejando cada vez más de la torre. Los guerreros empezaron a seguirlo nuevamente para evitar que se alejara demasiado de ellos, pues no podían impedirle avanzar. Mientras tanto, el árfagor continuaba volando hasta llegar cerca de donde se encontraba la nave, en forma de plato metálico, de Joy Klengoret y la ginoide. Un poco más lejos, un hombre calvo y flaco lo esperaba de pie, era Makorget. Karglum descendió junto a él y le entregó el pergamino que llevaba.

-¡Ese es el hechicero! –gritaron los guerreros reaccionando y se lanzaron sobre el malvado.

El mago intentó huir, pero los guerreros lo rodearon en un instante y empezaron a atacarlo con sus espadas. Su magia apenas lograba protegerlo de los ataques. Al inicio solo recibió leves rasguños, pero luego empezó a sufrir cortes profundos. Iba a morir a manos de los guerreros gorklons cuando una nave fantasma aterrizó muy cerca. La puerta del aparato volador se abrió y apareció un viejo pirata.

-¡Ya estamos aquí! –dijo la voz del capitán Kirt desde su nave.

Makorget reunió las fuerzas que le quedaban y corrió a la nave para salvar su vida mientras era perseguido por los gorklons.

-¡Elévense ahora! –gritó Makorget mientras invocaba un campo de fuerza mágico para seguir resistiendo los ataques de los guerreros espirituales que lo habían seguido dentro de la nave.

La nave pirata se elevó y Dolkramom con los otros espíritus tuvieron que abandonarla, pues no podía alejarse demasiado de la torre.

-¡Se dirige al Planeta de las Sombras! –gritó uno de los gorklons-. ¡Liberará al Rey del Planeta de las Sombras así como a las sombras que le sirven!

-¡Si pudiéramos perseguirlo, pero no podemos alejarnos mucho de la torre y de los otros pergaminos!

-¡Podríamos si un árfagor nos lo ordenará! –dijo Dolkramom mientras miraba a Karglum quien se había quedado tirado en el suelo. Ya no se encontraba bajo el poder del maléfico mago, pero estaba inconsciente.

En ese momento la puerta de la nave en forma de plato metálico, la cual estaba cerca, se abrió y aparecieron Joy Klengoret y Birfridal.

-Ha sido la nave del Capitán Kirt y no hemos podido seguirla porque nuestra nave sigue auto reparándose –dijo Klengoret quien desde su nave había visto como la nave de los piratas aparecía y luego se marchaba.

-¡Ese de allí parece el Maestro de las Doce Plumas! –dijo Birfridal al ver al árfagor tirado en el suelo, iluminado por la luz de la Luna Naranja que acababa de aparecer detrás de una nubes.

Fueron donde estaba el árfagor, pero este tenía los ojos cerrados. Un insecto estaba prendido en uno de sus brazos, pero ellos no lo notaron. Llevaron al desmayado dentro de la nave para tratar de reanimarlo.

-¡Auto reparación completada! –dijo en ese momento la computadora principal de la nave en forma de plato metálico.

Mientras Karglum estaba inconsciente Dolkramom le habló en sus sueños, pues el guerrero gorklon era un espíritu y podía comunicarse con el árfagor de esa manera.

-¡Árfagor, tienes ordenar que persigamos al ladrón del pergamino! ¡La información que ha robado es demasiado peligrosa! ¡Es un pergamino que sirve para liberar al Rey del Planeta de las Sombras!

-¡Pero yo no tengo autoridad! –respondió Karglum.

-¡Claro que sí! –insistió Dolkramom- ¡Eres un descendiente de los antiguos árfagors, a quien yo y los otros guerreros servíamos!

-¡Entonces, les ordeno recuperar ese pergamino!

-¡Así se hará!

Al escuchar que la reparación de la nave estaba completada, Nigfrila le ordenó:

-¡Despega! ¡Todavía podemos alcanzar a esa nave pirata! ¡Es la nave del Capitán Kirt! ¡Quizá nos lleve al Planeta de las Sombras!

-¡Pero no podemos llevar a esta chica con nosotros ni al pequeño individuo desmayado! –dijo Klengoret refiriéndose a Birfridal y a Karglum.

-¡Lo siento! ¡Pero no podemos detenernos!

La nave se elevó inmediatamente y avanzó en persecución de la Escapista Azul, la nave del Capitán Kirt, a la cual podía rastrear, a pesar de la distancia, debido a la potente energía que emanaba de ella.

Mientras tanto, Hankorot estaba enterado de todo lo que sucedía gracias al insecto robótico que se había posado en uno de los brazos de Karglum y nuevamente estaba transmitiendo.

-¡Sigan a la nave de Klengoret! –ordenó el comisionado imperial a todas las naves imperiales que estaban cerca a la suya-. ¡Mi nave también la seguirá! ¡Se dirige al Planeta de las Sombras!

 

EPISODIO XV : CRUZANDO LA ENTRADA

 

  Makorget tenía cortes en distintas partes del cuerpo y estaba desangrándose a un ritmo acelerado, sin pausa. La muerte ya se lo llevaba, empezaba a arrastrarlo y lo tenía cogido de los pies. El mago se había desplomado en el piso de la nave espacial de los piratas, la Escapista Azul, mientras aferraba con fuerza el pergamino con la información para liberar al Rey del Planeta de las Sombras. Sus ojos se habían puesto blancos, el sudor bañaba su frente mientras se estremecía de pies a cabeza.

-¡Deberíamos acabar de una vez con el maldito! –dijo un pirata cuyo brazo derecho era robótico. Se llamaba Dourboum y un rayo láser le había cercenado su brazo humano. Al igual que sus otros compañeros piratas casi mantenía la apariencia que había tenido antes de perder su sombra y de convertirse en un muerto viviente. Por supuesto, al igual que sus compañeros tenía otras partes de su cuerpo dañadas, lo cual les había ocurrido a todos ellos luego de volar en pedazos junto con su nave y regresar nuevamente a la vida. Algunos piratas carecían de orejas, de ojos o tenían la piel quemada.

-¡Mejor dejémoslo que sufra! –dijo otro pirata de nombre Crueldelom el cual no se compadecía de nadie.

-¡Si el mago muere el Rey del Planeta de las Sombras no nos devolverá nuestras sombras para que podamos descansar en paz! –habló el capitán Kirt.

-¡Nos dará lo que queramos si le entregamos ese pergamino! –respondió Dourboum señalando el pergamino que aferraba Makorget-. ¡Eso es lo que desea el Rey del Planeta de las Sombras!

Sin esperar la respuesta de su capitán, el impaciente pirata caminó hacia el moribundo mago y cuando lo tuvo cerca de sus pies se inclinó para quitarle el pergamino. Makorget, sin embargo, no soltó aquel manuscrito. El hombre jaló con fuerza empleando su mano robótica sin conseguir quitárselo. Al no conseguir resultados empleó las dos manos, pero fue inútil. Entonces, se dio cuenta que el hechicero se había quedado rígido. Comprobó si tenía pulso o respiraba.

-¡Está muerto!

-¡Quítale el pergamino!

Sin embargo, aquellos dedos se aferraban al documento como si pertenecieran a una estatua. Dourboum sacó un arma láser con la intención de cortar las manos de Makorget, pero en ese momento el cadáver levantó una de sus manos, en ella tenía el manuscrito y parecía querer entregarlo. El pirata intentó cogerlo con su mano robótica.

-Creo que eso me pertenece –dijo una voz detrás de él-. Ten la amabilidad de quitarte de en medio.

Dourboum volteó sorprendido para ver quien le hablaba y se encontró con Makorget. El mago seguía siendo calvo, pero ahora era musculoso, se veía más alto. El pirata no pudo evitar asustarse y le apuntó con su arma láser, sin embargo antes de que Dourboum pudiera disparar, su cabeza se desprendió de su cuerpo debido a un ataque mágico.

-¡Así aprenderás a respetarme! –dijo Makorget mientras hacía a un lado el cuerpo del pirata sin cabeza y a continuación se aproximaba para coger el pergamino que le estaba entregando su propio cadáver. Es decir Makorget le entregaba el pergamino a Makorget.

Los piratas se habían quedado sorprendidos al ver al mago materializarse en un nuevo cuerpo, pero ahora estaban enojados.

-¡Toma, miserable! –gritó el capitán Kirt mientras atacaba al mago con un disparo de su arma láser-. ¡A los insectos hay que matarlos!

Los otros piratas también unieron sus ataques a los de su capitán. No les había gustado que Makorget atacara a uno de los suyos y además ya no soportaban al mago. No lo necesitaban más, solo debían matarlo las veces que hiciera falta para quedarse con el pergamino codiciado por el Rey del Planeta de las Sombras y este les devolvería sus sombras, de ese modo dejarían de ser muertos vivientes. En tanto ellos combatían su nave avanzaba sin pausa hacia el Planeta de las Sombras, pues no necesitaba que la dirigieran.

Mientras otros peleaban, la nave en forma de plato metálico en la que iba Joy Klengoret aceleraba a máxima velocidad y hasta se teletransportaba con la finalidad de acortar la distancia entre ella y la nave de los piratas; pero no era fácil alcanzar a la nave fantasma. Cuando la nave en forma de plato metálico acababa de teletransportarse hacia un determinado lugar la nave de los piratas ya se había alejado de allí.

-Deberías haberte quedado en Árfagos –le dijo Klengoret a Birfridal.

-No te preocupes mi padre y mi madrasta no me echarán de menos –respondió la chica-. Quizá me extrañen algunos de mis amigos, pero ya me verán cuando regrese.

-Si es que regresamos.

Birfridal iba a responder, pero en ese momento Karglum a quien habían colocado sobre una cama flotante se despertó del desmayo y empezó a preguntar que ocurría. Le informaron que estaban siguiendo a la nave del capitán Kirt la cual seguramente los llevaría al Planeta de las Sombras donde esperaban resolver de una vez el misterio de las apariciones de esta nave pirata y el robo que hacían del elemento XH, lo cual transtornaba a la civilización imperial.

-Un malvado mago me utilizó para robar un pergamino muy peligroso –dijo Karglum mientras empezaba a levantarse de la cama flotante, la cual descendió un poco para que a su pequeño ocupante se le hiciera fácil abandonarla. Al quedar desocupada el piso de la nave se abrió un poco y, cuando la cama hubo ingresado por el espacio abierto, se volvió a cerrar-. ¡Si logra llegar al Planeta de las Sombras con ese pergamino será el fin del mundo!

En la nave pirata, Makorget se defendía con un campo de fuerza mágico de los rayos láser que le estaban lanzando. Pensó en pasar al contraataque lanzando bolas de fuego, pero al notar que podía dañar la nave decidió emplear otro hechizo. Vio como el cuerpo de Dourboum se ponía de pie y luego de levantar su cabeza, tirada en el suelo, se unía a los ataques en su contra. Tenía que emplear un encantamiento efectivo para defenderse. Si invocaba a un dragón este destrozaría toda la nave, así como si hacía aparecer un gigante de piedra.

-¡Entréguennos el pergamino! –se escuchó en ese instante una voz. Un guerrero de cuerpo casi transparente, un fantasma, con una espada violeta y luminosa apareció seguido por otros guerreros con espadas semejantes a la suya.

Los piratas dejaron de atacar a Makorget. No podían permitir que los guerreros fantasmas se llevaran el pergamino. Se enfrentarían muertos contra muertos. El capitán Kirt junto con sus hombres dispararon a los guerreros, pero los rayos los atravesaban como las flechas lo hacen con el aire. Los gorklons se aproximaron a Makorget que cogió con fuerza el pergamino y se preparó para resistir los ataques de las espadas mágicas. En ese momento las luces se apagaron y unos enormes ojos rojos aparecieron en una de las paredes de la nave. Una risa sarcástica retumbó en todos los rincones.

-¡Nos volvemos a encontrar, viejo amigo! –dijo una voz que producía escalofríos-. ¡Veo que todavía conservas a Xifrila! ¡Será un placer enfrentarla a mi espada de las tinieblas, Sombrularia, la atormentadora!

-¡No tengo miedo de enfrentarte, maldito Rey del Planeta de las Sombras! –respondió Dolkramom el guerrero fantasma mientras aferraba con fuerza a Xifrila, su espada mágica-. ¡Pero no permitiré que el pergamino llegue a tus manos!

-¡Ja, ja, ja, ja, ja! ¡Ya es demasiado tarde, amigo mío! ¡La nave está entrando en mis dominios en este momento, por eso he podido proyectar mi imagen!

Era cierto, la Escapista Azul acababa de entrar en la región por la cual se llegaba al Planeta de las Sombras, allí estaba una especie de puerta interdimensional o agujero de gusano. La nave pirata ingresó por aquella misteriosa entrada y desapareció como si la hubieran engullido. Unos instantes después ingresaba por el mismo lugar la nave de Klengoret y al poco tiempo lo hacía la nave de Hankorot junto con las otras naves imperiales que la acompañaban.

 

EPISODIO XVI :EL SECRETO DE LA PUERTA DE LA ATEMPORALIDAD

 

 La nave pirata llegó al sistema solar al cual pertenecía el Planeta de las Sombras. Un siniestro poder la arrastraba rápidamente hacia aquel planeta maldito mientras los guerreros gorklons intentaban arrebatarle a Makorget el pergamino secreto. Cuando la nave estuvo a muy poca distancia del planeta la temperatura comenzó a descender. Unos gritos se escucharon, primero con poca intensidad como a lo lejos, luego parecieron irse acercando cada vez más. Eran aterradores. Las espadas mágicas de los guerreros fantasmas se iluminaron como si percibieran la cercanía de algún maligno enemigo. En ese momento, una furiosas sombras se lanzaron sobre ellos como si quisieran devorarlos. Habían sido enviadas por su amo, el Rey del Planeta de las Sombras para proteger a Makorget y el pergamino. Cuando la nave aterrizó en el planeta las terribles sombras se interpusieron entre los guerreros fantasmas y Makorget quien aprovechó para escapar junto con los piratas muertos hacia el castillo del Rey del Planeta de las Sombras. La nave había llegado a unos trescientos pasos del castillo, pues no le era posible aproximarse demasiado a él. Dolkramom junto con los otros guerreros fantasmas lucharon ferozmente contra las sombras hasta hacerlas retroceder momentáneamente, por eso no se dieron cuenta que una nave en forma de plato metálico aterrizaba muy cerca de allí y luego de ella lo hacían muchas otras más, pues habían venido siguiendo a la nave pirata. El guerrero gorklon no podía fijarse en las naves recién llegadas, pues sus ojos capaces de ver a través de la neblina estaban concentrados en las sombras desquiciadas que se encontraban en los alrededores. Eran miles de ellas y se habían puesto furiosas al ver a los guerreros fantasmas, sabían que eran sus enemigos. Una larga y difícil batalla se entablaría.

-¡Estoy contigo, amo! –dijo Xifrila al guerrero fantasma-. ¡Juntos hasta el fin!

-¡Así sea!

Dolkramom cogió con fuerza el mango de Xifrila su espada mágica y se preparó para seguir luchando.

Mientras tanto en su castillo, el Rey del Planeta de las Sombras aguardaba sentado en su oscuro trono la llegada de Makorget con el pergamino que poseía el secreto para liberarlo de estar confinado en ese planeta. Si todo salía bien, tanto él como sus servidores de sombra podrían tener acceso a todo el universo del cual habían sido desterrados hacía mucho tiempo. Sin embargo, su situación ya no era precisamente la misma. Había recibido una oferta.

-¡Si te vuelves mi aliado te liberaré! –le había dicho un árfagor que ahora era un ser corrompido, muy oscuro. Decía llamarse Imperdagrum y se comunicaba desde más allá de la entrada violeta que conducía a un universo secreto, pues el Planeta de las Sombras era el nexo entre dos universos, el comúnmente conocido y otro más reciente creado por los magos árfagors.

-¡Mientes! –fue en aquel momento la respuesta del Rey del Planeta de las Sombras-. ¡Solo muy pocos árfagors poseen el conocimiento para liberarme y tú no eres uno de ellos!

-¡Ja, ja, ja, ja, ja! –había reído el siniestro árfagor-. ¡Te asombrarías de lo que soy capaz! ¡Pero no me refiero a cualquier tipo de libertad! ¡No te estoy ofreciendo liberarte para que cruces hacía aquel universo del cual procedemos todos! ¡Te estoy ofreciendo la oportunidad de venir hacia este nuevo universo para que seas mi aliado! ¡Juntos derrotaremos a los otros árfagors que todavía quedan! ¡Yo tengo el poder para dejar que pases hasta aquí junto con tus servidores! ¡Este será nuestro reino!

Al Rey del Planeta de las Sombras le había encantado el ofrecimiento, sin embargo, sabía que Makorget estaba próximo a traerle el pergamino que lo liberaría y de ese modo, también, tendría acceso al universo convencional. Podría aceptar la oferta de ir al Universo Secreto de los Árfagors, pero cuando lo deseara podría ir al otro universo para dominarlo. Por eso había pedido a Imperdagrum un tiempo para resolver algunos asuntos con sus sirvientes de sombra. El oscuro árfagor le había dicho que le avisara cuando estuviera listo. Y ahora el Rey del Planeta de las Sombras solo esperaba la llegada del mago y de los piratas con el pergamino.

-Su majestad, el mago y los piratas han llegado –dijo una sombra enorme, con horribles y enormes espinas en su negro cuerpo.

-¡Tráelos aquí! –dijo el siniestro rey.

La sombra se alejó flotando para cumplir la orden de su soberano. Al poco rato regresó con Makorget y los piratas. El mago tenía el pergamino en una de sus manos.

-¡Entrégamelo! –dijo el Rey del Planeta de las Sombras mientras extendía una mano más negra que el fondo del más oscuro abismo.

-¡No! –respondió Makorget aferrando con fuerza el manuscrito.

-¡Entrégamelo o te lo quitaré! –dijo el Rey del Planeta de las Sombras levantándose de su trono. De pronto se había vuelto enorme, una gigantesca sombra. El mago y los piratas parecían pequeños insectos comparados con él.

-¡Te daré el pergamino, pero primero dame lo que me prometiste! –le dijo el mago-. ¡Quiero el secreto para cruzar la Puerta de la Atemporalidad sin retornar de ella!

-¡Nosotros queremos nuestras sombras! –dijo el capitán Kirt refiriéndose a sí mismo y a los otros piratas.

-¡Les daré lo que les prometí! –respondió el maligno rey-. ¡Pero primero entréguenme el pergamino!

-¡Primero el secreto de la Puerta de la Atemporalidad o lo destruiré! –dijo Makorget haciendo aparecer una bola de fuego y acercándola al manuscrito-. ¡No me importa si me matas, pero no tendrás nunca el pergamino!

-¡Acompáñame!

Siguieron al oscuro rey hasta un lugar de la torre donde había una enorme puerta que Makorget reconoció como la Puerta de la Atemporalidad. En el piso de aquella estancia se encontraba una gran roca.

-¡Descuberlux fargeun! –dijo el rey.

En ese momento la enorme roca desapareció y en el piso apareció un gran fuego.

-¡Tienes que atravesar a Gramirch para purificarte antes de pasar por la puerta!

-¡Crees que soy estúpido! –gritó Makorget furioso mientras arrugaba el pergamino con sus manos-. ¡No pretendo morir quemado! ¡Y todos saben que morir así no te libera sino te deja marcado durante muchas vidas! ¡Destruiré este pergamino!

-¡No lo hagas! –dijeron los piratas-. ¡Nosotros queremos nuestras sombras!

-¡Tanto esfuerzo para que quieras engañarme! –siguió diciendo el mago mientras se protegía con su escudo mágico de los intentos de los piratas por quitarle el pergamino y nuevamente volvía a hacer aparecer una bola de fuego para destruirlo.

-¡Espera! –dijo la gigantesca sombra-. ¡No te estoy engañando! ¡Ese fuego no es común! ¡Lo entenderías si conocieras la historia de Órklum el magnífico!

-¿Órklum el magnífico? ¡Quieres engañarme nuevamente!

-¡Te contaré su historia!

-¡Está bien! –respondió el mago-. ¡Escucharé esa historia, pero si no me convence destruiré lo que tanto anhelas!

Todos quedaron en silencio mientras el Rey del Planeta de las Sombras empezaba su relato.

 

EPISODIO XVII : ÓRKLUM

 

  Hasta los agudos oídos del Rey del Planeta de las Sombras llegaban lamentos, maldiciones, gritos de pánico. Se daba cuenta que afuera de su castillo estaba ocurriendo una terrible batalla, pero no podía atender a eso, debía empezar a narrar lo que conocía. En su ser de sombra se ocultaban antiguos secretos, pues incluso la oscuridad puede tener luz, así como la luz puede tener oscuridad o el caos puede tener orden.

-En el origen cuando inexistía la Nada, inclusive entonces existía Órklum el magnífico –dijo el siniestro rey mientras movía su negra mano para acompañar la expresión de sus palabras-. Órklum al tener como única compañera a la Nada que inexistía, pasaba su inmortal existencia en silencio y soledad. La Nada no era una compañera muy alegre, no se emocionaba ni respondía cuando él le contaba de sus anhelos e ideas. Algunas veces Órklum soñaba con otras existencias que lo acompañaban, eso lo hacía feliz. Reía y le contaba sus sueños a la Nada, pero ella no reía junto con él. Otras veces, tenía sueños muy tristes, entonces lloraba y compartía su aflicción con la Nada; pero ella no lloraba junto con él.

-¡Nada, respóndeme! ¡Nada, por favor!

La indiferencia de la Nada terminó por enfurecerlo, por eso lanzó todo su poder de inmortal para agredirla; pero ella no se quejó. Avergonzado por su actitud le pidió perdón, pero tampoco por esto obtuvo respuesta alguna. Decidió finalmente abandonarla pensando que quizá encontraría alguna compañía más comunicativa, pero no importaba el lugar a donde se dirigiera, la Nada lo seguía a todos lados. Órklum le preguntó porque lo seguía, pero no obtuvo respuesta. Al borde del enloquecimiento, empleó todo su poder mágico para darle voz a la Nada. Fue en ese instante cuando empezó a presentir que algo nuevo estaba cerca de él.

-¿Nada, estás allí? –preguntó.

No le respondieron, pero podía sentir que algo lo observaba. Le pareció escuchar un susurro.

-¿Nada, estás allí? –volvió a preguntar.

Nuevamente escuchó un susurro, ¿acaso sería su imaginación?

-¿Nada, estás allí?

Entonces, pudo escuchar con claridad.

-No, no estoy aquí, yo ni siquiera soy.

-Pero si tú ni siquiera eres, ¿cómo puedes estarme contestando? –preguntó asustado.

-Eso es porque tu mente me ha hecho hablar. Todo lo que tu mente conciba cobrará vida, Órklum.

-Pero si es mi mente la que da vida a las cosas, ¿cómo sabré si no estoy loco?

-Eso no importa porque no hay Nada aquí que pueda juzgarte, y las criaturas surgidas de tu mente, no podrán juzgarte tampoco aunque quieran. ¿Cómo podrían juzgarte a ti seres que dependen de tu mente para existir? Y si acaso lo hacen será tu propio pensamiento que se cuestiona a sí mismo. Si alguna de tus creaciones te juzga, serás tú juzgándote a ti mismo.

Fueron en esos tiempos cuando empezaron las primeras creaciones de Órklum. Una de las producciones de su mente fue una criatura semejante a una rosada y brillante nube que apareció en medio del gran vacío. Este ser no tenía ojos ni boca, pero parecía emitir algo como un zumbido. Sin embargo, la primera forma significativa y duradera que se manifestó fue una pequeña bola de fuego semejante a un sol en miniatura. Es necesario advertir que aquella bola era pequeña en la mente de Órklum, pero para los seres comunes era tan grande como un universo. A la bola de fuego le puso un nombre que ya ha sido olvidado, pero le podemos llamar Solarmún. Casi por esos tiempos, apareció en su mente un hermoso tigre de color blanco al cual Órklum le puso un nombre que también ha sido olvidado, pero le podemos llamar Gatogros. Sin embargo, este tigre era diferente a los tigres comunes. Este felino era tan poderoso que con sus dientes y garras hubiese destruido millones de galaxias y acaso todo un universo. Tanto el tigre blanco como la bola de fuego acompañaban a Órklum y no necesitaban de Nada más para subsistir, pues por ser tan cercanos a su creador compartían su inmortalidad. A ellos les contó sus sueños, recibiendo solamente risas de aprobación inicialmente; pero con el transcurrir del tiempo estos seres fueron aumentando en poder y sabiduría, hasta llegar a conversar con quien les había dado origen y darle consejos. Ambos se convirtieron en Magos de Todos los Mundos y eran superiores a los dioses que vinieron a existir después. Ellos estuvieron presentes cuando se crearon los infinitos mundos y universos.

Algunos de estos mundos nacieron bajo la forma de violentas explosiones que dieron origen a galaxias y sistemas solares. Otros aparecieron como una pequeña burbuja que fue haciéndose más y más grande mientras hacia retroceder a la Nada.

Al transcurrir el tiempo, Órklum notó que se iba formando una brecha entre él y sus creaciones menores. Los seres inmortales como él no podían ser comprendidos por las criaturas más limitadas, solo algunas de ellas podían en cierta forma presentirlo; pero no eran capaces de verlo. Era necesario un nexo entre los seres divinos y los de existencia efímera. Alguno de los inmortales debía sacrificarse.

Después de echar suertes entre sus primeros hijos, le tocó al tigre blanco, Gatogros. Este tuvo que unir su esencia con la de los mortales. Desde entonces los seres comunes tuvieron dos naturalezas que los arrastraban hacia dos direcciones distintas, la parte mortal y la inmortal, oscilaban entre las dos.

Algunos de los más adelantados conseguían hacer prevalecer su naturaleza inmortal, pero continuaban teniendo su parte mortal. Con el tiempo Órklum ideó un medio que permitiera a sus criaturas cortar los nexos con la mortalidad para disfrutar definitivamente de su inmortalidad. Engendró un inmortal cuyo nombre no suele ser pronunciado, pero al cual podemos llamar Gramirch, el fuego del despertar. Según los relatos sobre los orígenes, este mundo de existencia efímera es un sueño y quienes ingresan por la Puerta de la Atemporalidad pueden despertar, pero al haber estado profundamente dormidos, es posible que se vuelvan a dormir. Solo Gramirch, el fuego del despertar, puede liberar al soñador, definitivamente, de su profundo sueño.

-¡Solo son mentiras! –interrumpió Makorget al Rey del Planeta de las Sombras-. ¿Cómo podría estar en este mundo oscuro un fuego tan divino como el que mencionas?

-Eso es porque ni siquiera la más profunda oscuridad puede impedir la presencia de este fuego –dijo la enorme sombra mientras señalaba al fuego que se levantaba ante la Puerta de la Atemporalidad-. Ya lo sabes si quieres conseguir lo que deseas debes atravesar a Gramirch, pero antes entrégame el pergamino.

El mago miró a Gramirch. No era diferente en apariencia de cualquier otro fuego, pero supuestamente lo liberaría de la ilusión, lo ayudaría a despertar del sueño en el cual vivía para que pudiera cruzar la Puerta de la Atemporalidad sin retornar. Se convertiría en un inmortal. Pero antes debía entregarle a ese rey hecho de sombra el pergamino y quizá todo lo dicho por él era un engaño.

-¡Aquí tienes! –dijo mientras hacía el ademán de entregarle el pergamino a la enorme sombra.

-¡Espera! –le gritó el capitán Kirt el cual se encontraba a su lado junto con los otros piratas-. ¡Qué antes nos devuelva nuestras sombras!

-No te preocupes, les devolverá sus sombras, ya no necesita de ustedes.

La mano de sombra del oscuro rey cogió el pergamino y empezó a examinarlo. No necesitó más que un instante para comprenderlo.

-¡Por fin conozco el secreto para dejar de estar prisionero en este planeta! ¡Con esto podré ir al universo conocido por todos! ¡Así es! ¡Claro que iré al antiguo universo, pero antes aceptaré la invitación de ir al Universo Secreto de los Árfagors para ayudar a mi nuevo aliado, Imperdagrum! ¡Makorget, eres un elemento valioso, si no consigues cruzar el fuego de Gramirch puedes venir conmigo! ¡Te volverás mucho más poderoso a mi lado!

Makorget se aproximó al fuego del despertar. Sintió calor, pero las llamas no lastimaban su piel. No era un fuego común, era cierto. Sin embargo, experimentó un fuerte rechazo, como si algo dentro de él se resistiera a continuar avanzando. ¿Acaso sería tan difícil pasar por en medio de él? ¿Por qué le había hecho el rey de sombra la propuesta de llevarlo con él si no conseguía cruzarlo? ¿Esperaba verlo fracasar?

-¡Tengo qué hacerlo, por eso he luchado tanto!

Armándose de valor se lanzó en medio de las llamas y no pudo evitar lanzar un terrible grito.

 

EPISODIO XVIII : A OTRO UNIVERSO

 

  Los movimientos de los robots se habían vuelto lentos, algunos se habían quedado inmóviles. Hankorot les gritaba que avanzaran, pero no podían obedecerle. Sus sistemas estaban fallando. Debían avanzar, aunque no sabían a donde iban. No podían quedarse inmóviles mientras las sombras los acechaban. Al parecer los seres artificiales tenían problemas para funcionar correctamente en aquel planeta donde se escuchaban desgarradores lamentos y las entidades oscuras se movían en medio de la neblina. Las naves habían funcionado hasta cierto momento, pero luego fue necesario aterrizar. Pensaron quedarse dentro de las naves por precaución, sin embargo no pudieron hacerlo, las oscuras entidades ingresaron en ellas atravesando las paredes metálicas, obligándolos a todos a salir. Ahora avanzaban caminando, todos los que podían.

Más adelante, sin saber que Hankorot y las fuerzas imperiales los seguían, iba Birfridal la cual intentaba mantener quietos a Sonrinfel y a su primo Sorinfredo. Los dos duendes apenas podían contener sus deseos de aproximarse a observar los seres de sombras que estaban cerca de allí.

-¡En mala hora he venido a este planeta! –dijo Joy Klengoret-. ¡Esas malditas sombras parecen vigilarnos! ¡Al principio pensé que nos atacarían, pero no lo han hecho!

-¡No nos atacan, porque los están atacando a ellos! –le respondió Karglum mientras señalaba con su pequeño dedo violeta hacia delante.

-¿A ellos?

Klengoret miró, al frente, en dirección a donde había señalado el árfagor; pero no vio a nadie. Observó a la ginoide Nigfrila, pero ella tampoco lograba detectar nada y además ahora se movía torpemente como si estuviera sufriendo un desperfecto. También Klengoret se sentía extraño, le era difícil controlar su mente.

-¡Yo también veo a los que están delante con sus espadas resplandecientes! –exclamó Birfridal-. ¡Parecen fantasmas! ¡Y están peleando contra las sombras!

Al aterrizar no tenían idea clara de si debían quedarse donde se encontraban o recorrer aquel planeta, pero luego de ser sacados de su nave por las sombras, una extraña fuerza empezó a dirigir sus pasos. Avanzaron hasta que en medio de la neblina, la cual se iba disipando, empezaron a distinguir un enorme castillo.

-Yo solo puedo ver aquel enorme castillo –dijo Klengoret.

Dolkramom junto con el batallón de guerreros gorklons habían conseguido avanzar muy cerca del castillo. Al llegar a aquel planeta miles de sombras desquiciadas se habían lanzado contra ellos, fue una lucha difícil debido a la gran cantidad de atacantes; pero la facilidad con que se deshacían de cada uno de ellos era un elemento a su favor. Aquellas entidades malignas, capaces de devorar vivos a muchos seres vivientes, se desvanecían apenas eran tocadas por las espadas mágicas de los guerreros. Al irse aproximando más al castillo las sombras desquiciadas se mantuvieron alejadas como si temieran provocar con su presencia la ira del señor de aquella gigantesca edificación. Los guerreros fantasmas se prepararon para ingresar de ser posible a la fuerza en ese siniestro lugar, pero en ese momento sus enormes puertas se abrieron.

-¡Muerte a los extranjeros! –gritó una sombra que acaba de salir del castillo.

-¡Nos apoderaremos de sus almas y estás no tendrán descanso! –dijo una segunda sombra que acababa de aparecer.

Eran los soldados de sombra que custodiaban el castillo, los cuales llevaban espadas más negras que una noche sin luna ni estrellas. Está vez no fue tan fácil deshacerse de ellos como con las sombras desquiciadas. Las espadas tenebrosas de los soldados de sombra se enfrentaron a las mágicas espadas de los guerreros fantasmas. Sin embargo, como si de pronto hubiesen recibido alguna orden se retiraron velozmente dejando a los fantasmas en la entrada.

Los guerreros gorklons ingresaron en el castillo, pero por más que lo recorrían no hallaban a nadie. El Rey del Planeta de las Sombras no estaba en su trono. ¿Qué había ocurrido allí? Al llegar a uno de los salones de aquel castillo descubrieron una gran puerta y ante ella el fuego de Gramirch ardiendo, ni siquiera Dolkramom, él jefe de todos ellos, que era un gran guerrero fantasma se sentía preparado para cruzar en medio de aquel fuego. ¿Alguien se había atrevido a cruzarlo? No podían saberlo.

Dolkramom buscó en todos los salones del castillo y no encontró a ninguna entidad. Finalmente empleando sus ojos capaces de ver lo que para otros es imposible, el jefe de los guerreros fantasmas descubrió que más allá de los gigantescos muros del castillo se marchaba el Rey del Planeta de las Sombras junto con un gran ejército de seres tan siniestros como él. Probablemente el siniestro rey tenía ya el pergamino con el secreto para liberarlo a él y a las otras sombras de estar confinadas en aquel planeta. Sin embargo, aquel ejército de oscuros seres no parecía estar abandonando aquel lugar para escapar hacia el universo conocido, antes bien se estaban internando más en las solitarias regiones del planeta, cubiertas de neblina.

-¡No tiene sentido!

-Todo tiene sentido, amo –le dijo su espada violeta-. Solo hay que descubrir cual es. Tú siempre lo dices.

-¡Tienes razón, Xifrila!

El guerrero dirigió su espiritual mirada mucho más adelante y vio un puente colgante que probablemente estaba hecho con materiales mágicos. Al extremo más distante del puente se observaba lo que parecía una gran puerta a otro mundo, una entrada circular y con un resplandor violeta. Se trataba de la puerta hacia el Universo Secreto de los Árfagors. Dolkramom que había servido durante mucho tiempo a los magos árfagors y conocía muchos de sus planes se dio cuenta de ello.

-¡Es imposible qué ese ejército de sombras pueda entrar por allí! ¡Ni siquiera con la información del pergamino secreto podrían cruzar esa puerta!

Sin embargo, ante el asombro del guerrero fantasma las sombras empezaron a cruzar la puerta de luz hacia aquel mundo secreto, un mundo creado para mantener apartada la luz de la oscuridad. Parecía como si algo o alguien muy poderoso dentro de aquel universo les estuviera permitiendo la entrada.

En ese momento, las sombras desquiciadas que se encontraban fuera del castillo empezaron a ponerse más furiosas. El grupo de Klengoret, Karglum, Birfridal, los dos duendes y Nigfrila, la ginoide llegaron hasta las enormes puertas que nuevamente se encontraban cerradas. No había modo de entrar y las sombras seguían acosándolos, ya no parecían temer la presencia del castillo.

Sorinfel y su primo empezaron a lanzar piedras, pero estas atravesaban a los seres de sombra sin dañarlos.

-¿De dónde han sacado esas piedras? –les preguntó Birfridal a los duendes. En todo el camino no se había topado con ninguna piedra. El suelo de aquel planeta era duro y seco.

-Hay piedras por todas partes –le respondieron.

Karglum iba a decir algo cuando se vio elevado por los aires. A una velocidad impresionante se alejó de sus compañeros de viaje.

-¡Nosotros servimos durante mucho tiempo a los árfagors! –le dijo Dolkramom el jefe de los guerreros fantasmas que se lo estaban llevando-. Nuestros antiguos amos nos necesitan ahora en otro mundo. Debido a nuestro juramento de cuidar los pergaminos secretos en Komardum deberíamos regresar a la torre a cuidar los otros manuscritos, pero si tú que eres descendiente de los antiguos árfagors vas hasta ese otro mundo y nos ordenas seguirte iremos contigo.

-No conozco el mundo del que me hablas.

-Es un mundo creado por tus antepasados y ahora necesitan ayuda, las sombras han entrado allí. No habrá paz para aquel universo ni para el nuestro mientras no se restablezca el orden.

El Rey del Planeta de las Sombras y su ejército habían cruzado ya la entrada hacia el universo creado por los árfagors. Las sombras desquiciadas que quedaban en el planeta estaban furiosas. Los robots ya no podían moverse y eran devorados por los entes oscuros. Hankorot y los pocos humanos que venían con él corrían despavoridos.

Junto al gran castillo Nigfrila, la ginoide, había dejado de funcionar y Klengoret parecía otra persona. La furia lo tenía dominado.

-El maestro Karglum se ha ido volando –dijo Birfridal-. Si tan solo nosotros pudiéramos volar también.

-Eso es muy fácil –respondieron los duendes que la acompañaban y a continuación recitaron unas palabras mágicas.

Al instante Birfridal empezó a flotar junto con ellos.

-¡No se olviden de los demás! –dijo la chica refiriéndose a Klengoret y a la ginoide.

En poco tiempo los viajeros se alejaron del castillo y volaron sobre el puente colgante que se encontraba sobre el abismo. A pesar de que era de día estaba muy oscuro, sin embargo, al final del puente brillaba una luz violeta. Era el portal a otro mundo.

-¡¿A dónde me llevan?! –gritó Klengoret al ver aquella entrada. Estaba descontrolado e intentaba poner los pies en el suelo, pero la magia de los duendes lo mantenía flotando en el aire-. ¡No quiero morir! ¡Bájenme!

-Las sombras vienen detrás de nosotros –le dijo Birfridal intentando calmarlo-. Solo podemos escapar por aquí.

-¡No dejaré que me engañes! ¡Te daré tu merecido!

Klengoret alcanzó con sus manos el cuello de la chica que flotaba cerca de él y empezó a ahorcarla. El chip que lo mantenía controlado había dejado de funcionar totalmente en aquel planeta. Sus impulsos asesinos habían despertado. La chica se resistió, pero su atacante no la soltaba. El hombre se sentía en ese momento poderoso como un lobo ante un corderito y eso le producía placer. Solo debía apretar un poco más para obtener el resultado esperado. Tenía que seguir apretando, apretando.

Una enorme piedra golpeó la parte posterior de su cráneo y lo puso a dormir.

-Hay muchas piedras por aquí –dijo Sorinfel.

Birfridal se llevó las manos al cuello y abrió la boca para respirar mejor.

-Hay que irse de aquí.

Empleando su magia los duendes empezaron a cruzar flotando la entrada hacia el otro universo, el Universo Secreto de los Árfagors, junto con los demás. La ginoide seguía inmóvil. Birfridal se iba recuperando del ataque mientras Klengoret soñaba que debía seguir apretando, apretando y apretando.

 

fin

 


 

 

 

EPISODIO 1 : LA DAMA QUE MIRA DESDE EL OTRO LADO DEL ESPEJO

 

 La dama abrió los ojos y miró a través de la superficie del espejo. Al otro lado todo estaba tranquilo. En diferentes lugares de la estancia ardían lámparas de aceite. Frente a ella, muy cerca de la pared, se encontraba inmóvil, como siempre, una figura de mármol, antropomórfica; pero sin rostro. Representaba a Órklum, el magnífico, a quien nadie había visto nunca; pero el cual era origen de todos. Muy cerca de él, un tigre de mármol que representaba a Gatogros observaba al gran dios creador. En la parte superior del muro de la izquierda se leía una frase escrita en el antiguo idioma de los Úlkros: "Monum espejenen", que significaba "recinto del espejo". Un sacerdote encargado de hacerle las preguntas y trasmitir sus respuestas a las personas se encontraba en el recinto.

El sacerdote se le aproximó con una expresión de rechazo, se notaba que hacía esfuerzos para mirarla.

"Nunca ha podido disimular el asco que le produzco, soy demasiado fea", pensó la dama. "En la Galaxia de los Espejos, todos decían que era bonita; pero solo era una mentira piadosa. Me hubiese gustado tener el cabello de color verde como Afarimela la hija del legendario emperador Sorgum, pero lo tengo blanco como si fuera una anciana. La verdad es que a mi edad ya debería ser una anciana, pero al menos dentro del espejo no envejezco".

La dama no recordaba desde cuando estaba dentro del espejo, solo sabía que en la Galaxia de los Espejos existían muchos seres como ella. Eran capaces de predecir el futuro y responder a casi cualquier pregunta, incluso servían de portales entre diferentes mundos.

-¡Oh, honorable dama del otro lado, concédenos tu visión del futuro!

"A pesar de las desgracias que han traído los espejos todavía hay gente que pide mi ayuda", se dijo a sí misma, la dama. Los espejos mágicos habían sido causa de alegría durante mucho tiempo, pero últimamente no era así. Entidades siniestras los empleaban para manifestarse, incluso últimamente muchos estaban asustados, pues corría el rumor que muchos seres semejantes a sombras habían aparecido en distintas partes del aquel planeta llamado Morebram, que significaba "morada de la felicidad" para los Úlkros. Ella había sido traída allí desde la Galaxia de los Espejos hacía unos doscientos años por los árfagors, desde entonces muchos la consultaban.

-¿Qué desean conocer? –respondió.

-Se trata de un hombre que tiene a su mujer enferma –dijo el sacerdote-. Ella se llama Clara. Quiere saber si se recuperará.

La dama se concentró y se puso a invocar a las voces que de cuando en cuando le llegaban desde su propio lado del espejo.

-"Voy a responder, responder, responder, responder" -dijo una suave voz masculina cerca de su oído.

La dama sintió que alguien estaba detrás de ella.

-"Esto le dirás, le dirás, le dirás, le dirás" -escuchó que seguía hablando la voz.

En los últimos tiempos , la voz a la que se había acostumbrado a lo largo de los años ya no le hablaba. Nuevas voces que algunas veces la confundían ocupaban el lugar de la voz anterior, pero, esta vez, le pareció que el mensaje era coherente.

-"Dile..." -dijo la voz y se detuvo un momento como si necesitara descansar- "Dile que de nada vale sufrir por un ser miserable"·

-"Cada día es peor" –pensó ella-. ¿Eso significa que la mujer morirá?

-"¿Tú que crees, imbécil? ¡Por supuesto, que morirá!" –dijo la voz irritada.

-Entonces, voy a... -empezó a decir la dama.

-"No espera, ella no morirá" –le dijo otra voz, una femenina.

-"Claro que morirá" –dijo la voz de un niño.

Las voces empezaron a discutir entre ellas.

-Dile al hombre que es probable que su mujer se mejore –le dijo al sacerdote-. "O, tal vez, muera".

No deseaba conceder más respuestas ese día, aunque hacía tiempo que ya no concedía respuestas.

-No me siento bien, quizá puedan venir a consultarme otro día...

-¡Nada de otro día! –le gritó una de las voces.

-¡Fea! –gritó otra-. ¡Eres muy fea! ¡Fea! ¡Fea! ¡Fea!

-¡Por favor, no me siento bien! –dijo desesperada.

Hacía tiempo que los buenos espíritus ya no se manifestaban por medio del espejo y otros espíritus oscuros y perversos estaban ahora, incluso se habían atrevido a cruzar de su lado del espejo al otro lado sin que la dama pudiera impedirlo, ocasionando a las personas del reino de Kernish muchos problemas.

Unos gritos se escucharon en la calle, querían entrar en el recinto del espejo a la fuerza.

-¿Qué significarán esas voces?

La dama tuvo miedo. Antes se sentía protegida mientras flotaba en aquella región intermedia entre muchos mundos en la cual vivía sin envejecer y que para las personas del reino de Kernish pertenecía al otro lado del espejo; pero ahora no solo la aterraba el exterior, sino que no tenía paz dentro del espejo.

Se puso a pensar en sucesos de su pasado donde era feliz rodeada por otros espejos como el suyo. No pudo hacerlo durante mucho tiempo. De pronto, se presentó la fatalidad.

Eran muchos hombres de ropas sucias, venían armados con garrotes y mazas.

-¡Hemos venido a terminar con la desgracia de Kernish! –gritaban-. ¡De ese modo esas horribles sombras ya no entrarán en nuestro mundo!

-¡Qué horrible criatura! –dijo uno al verla.

-¡Terminemos de una vez con esto!

-¡No, por favor! –suplicó ella-. ¡Este espejo no es el único portal a otro mundo!

No le hicieron caso, empezaron a golpear con sus armas el espejo intentando romperlo. No era fácil destruir el mágico material del que estaba hecho, pero los golpes no se detenían. "Es el fin, cuando destruyan el espejo, yo moriré también", se lamentó la dama; pero una parte de ella deseaba que sus atacantes tuvieran éxito y la liberaran de su triste destino.

-¡Vas a morir, por fea! –le gritaban las malvadas voces dentro del espejo-. ¡Fea! ¡Fea! ¡Fea!

-¡Ya no sigan, por favor!

-¡Fea! ¡Fea! ¡Fea!

-¡Por fin, hemos encontrado una salida, jefe! –escuchó de pronto una voz desconocida detrás de ella.

-Ha pasado algo de tiempo desde que ingresamos por aquel portal, eso puede significar de un universo a otro una diferencia de tiempo de días o muchos años que nos lleva de ventaja el Rey del Planeta de las Sombras junto con su ejército.

-¡Este lugar está lleno de entes malignos! –escuchó una voz gruesa que le trasmitía mucha calma. Creyó que era su imaginación–. ¡Xifrila, corta la oscuridad!

-¡Xifrila cumplirá tus ordenes, amo!

-¡Déjanos en paz, guerrero! ¡Espera! ¡Noooo!

-¡Ya nos vamos! ¡No nos ataques!

De pronto, la dama sintió una gran paz. Las voces que la insultaban se habían ido. Volteó a mirar y se encontró con un individuo enorme que empuñaba una resplandeciente espada violeta.

-¡Eres hermosa! –exclamó Dolkramom el guerrero fantasma que portaba la espada violeta-. ¡La dama más hermosa que he visto en toda mi larga existencia!

La dama del espejo se sorprendió al escucharlo. Miró a todos lados para ver si allí se encontraba alguien aparte de ella a quien el guerrero se estuviera dirigiendo. Vio a otros guerreros semejantes junto a él y a un individuo violeta que parecía un árfagor, pero sabía bien que no se había dirigido a ellos.

-¡No te burles de mí, por favor! ¡Ya bastante tengo con ser tan fea!

-¿Tú, fea? No te entiendo.

No pudieron seguir conversando, pues en el exterior estaban golpeando con más fuerza el espejo para quebrarlo.

-¡A ellos!

En un instante el batallón de guerreros cruzó al otro lado junto con el árfagor. Los que antes estaban furiosos, huyeron rápidamente al ver salir del espejo a los fantasmas con sus espadas resplandecientes.

Cuando estuvo del otro lado, Dolkramom volvió a mirar a aquella dama de ojos violetas y larga cabellera, blanca como la niebe.

-Te ves preciosa –le dijo mientras parecía querer besar el espejo.

"Está loco", pensó la dama. "Pobre fantasma ha perdido el juicio, pero es el loco más tierno que he visto jamás". Muy emocionada, le sonrió.

 

EPISODIO II : EL PLANETA JOVEN

 

  Aquel planeta era relativamente joven y los organismos que lo habitaban no eran muy complejos. Sin embargo, cada cierto tiempo era recorrido por seres capaces de desplazarse con la velocidad del pensamiento. Es decir, se movían en un instante de una montaña a otra, de un continente a otro, de un planeta a otro, de una galaxia a otra, dentro de aquel universo.

-Este es uno de los pocos planetas que no ha sido tocado por la oscuridad –dijo uno de aquellos seres capaces de trasladarse en un instante al lugar que deseara. No empleó la voz para comunicarse, pues solo necesitaba pensar para hacerse entender, si así lo quería-. ¿Te das cuenta, Crigimenom? Dentro de muy poco las siniestras sombras se manifestarán también aquí.

-Lo sé, Mergoraj –respondió el otro individuo, también, con el pensamiento-. Desde que nuestros oponentes dejaron a las sombras cruzar hasta nuestro universo ya nada es igual.

Ambos personajes hubiesen sido imposibles de distinguir para un humano. En caso de verlos descubrirían que se trataba de árfagors.

-Algún día las sombras iban a presentarse –siguió diciendo Crigimenom-. Pero eso no puede detener nuestra labor creadora. Mira este planeta. Me parece que nuevas formas de vida no le caerían mal.

-Tienes razón.

Ambos árfagors emplearon su poder mágico poco común para dar nacimiento a nuevos seres en aquel planeta. Eran criaturas de todos los tamaños. Su alimentación era variada, pero muchas de ellas bebían agua de un inmenso río, otras de las lagunas que había por allí. De pronto una de las lagunas empezó a burbujear y a emitir un fuerte resplandor.

-Se está abriendo un portal hacía este mundo, aquí las lagunas se parecen a los espejos mágicos..

-¡Quizá es otra de aquellas horribles sombras!

-Hace mucho tiempo que eso no ocurre.

Al abrirse el portal aparecieron cinco individuos, dos duendes, un humano, una mujer y un ser artificial de apariencia femenina.

-Esos no son de este universo.

-¿Serán aliados de las sombras?

-Ahora lo sabremos.

No necesitaron preguntar nada a los recién llegados, pues mediante la magia pudieron ver su pasado y enterarse que habían logrado llegar hasta allí cruzando un portal que se encontraba en el Planeta de las Sombras. Sin embargo, no eran aliados de las sombras.

-Nos llaman desde Arfagoris –dijo Crigimenom-. Debemos irnos.

-También capto la llamada –respondió su compañero-. Pero, ¿no se comerán a los recién llegados los seres de este planeta?

-Tendrán que sobrevivir por sus propios medios, es necesario partir.

En un instante los árfagors desaparecieron de aquel planeta primitivo.

Joy Klengoret debía seguir apretando la garganta de su atacante o moriría. Birfridal se había transformado en un horrible monstruo de enormes colmillos el cual estaba a punto de devorarlo. El desagradable aliento sobre su rostro lo tenía aturdido, una larga lengua semejante a una serpiente parecía querer morderlo. Los enormes dientes se iban aproximando cada vez más.

De pronto, el monstruo se volvió líquido, las manos de Joy parecieron apretar el agua. Todo era agua a su alrededor, agua y más agua. Pataleaba, se hundía, no sabía nadar.

-¡Auxilio! ¡Me ahogo!

Despertó flotando en una laguna. A su lado se encontraba Nigfrila, la ginoide, la cual empezaba a desaparecer en la profundidad del líquido. Intentó ayudarla, pero el peso de la robot casi lo arrastró junto con ella. Tragó agua. Recordó que sabía nadar y se esforzó por alcanzar la orilla. Allí se encontraba Birfridal, quien se iba arrastrando para alejarse del agua, la acompañaban dos hombrecillos de sombreros verdes.

-¡Mira, Birfridal! –dijo Sorinfredo asustado-. ¡El malo viene hacía aquí!

-¡Ya no podemos hacer aparecer piedras para arrojarle, algo le ocurre a nuestros poderes mágicos en este lugar! –añadió Sorinfel, el otro duende-. ¡Será mejor que busquemos la manera de defendernos!

Birfridal recordaba como Klengoret había tratado de matarla en el Planeta de las Sombras. Se comportaba de un modo raro cuando estaban allá, y quizá ahora seguiría con intenciones de hacerle daño.

-¡Hay qué alejarnos cuanto antes! –dijo la muchacha esforzándose por ponerse de pie.

Klengoret vio como la chica se ponía de pie y empezaba a correr junto con los dos pequeños individuos, parecía como si quisieran escapar de algo. Miró detrás de él, pero no vio nada peligroso en el lago. Alcanzó la orilla y empezó a llamarlos. No se detuvieron. Se dirigieron hacia unos árboles. Solamente dejaron de avanzar cuando vieron que las ramas parecían querer atraparlos, los troncos tenían ojos y bocas con grandes dientes. Se quedaron parados sin saber que hacer.

-¡Vengan aquí! –gritó Joy-. ¡No conocemos los peligros de este lugar!

-Él puede vernos ahora –dijo uno de los duendes-. Estamos en problemas.

-¡No dejaré que me mates! –le gritó la chica.

-¿De qué hablas?

-En el Planeta de las Sombras...

De pronto, una enorme raíz salió del suelo muy cerca de ella, luego apareció otra y otra más. Retrocedió a toda prisa junto con los duendes, ya no temían aproximarse a aquel del cual huían inicialmente. Las raíces seguían apareciendo y estaban, cada vez, más cerca.

-Su sistema nervioso se encuentra demasiado alborotado, señor Klengoret –se escuchó una voz, la cual venía de la ropa de Joy-. Se le recomienda serenarse.

-¡Esta ropa!

Escuchar la voz proveniente de su ropa lo irritó al principio, pero luego sintió alivio al darse cuenta que la tecnología funcionaba bien en aquel lugar. Era raro que la ginoide no reaccionara. Presionó un botón en el brazalete que tenía en la muñeca derecha y un rayo salió disparado en dirección a una de las raíces, la cual se escondió dentro del suelo. Se puso a disparar hasta que las raíces de los árboles dejaron de molestarlos. Las ramas ya no se movían y en los troncos no se veían ojos ni bocas.

-¡Préstame atención, Birfridal! –le dijo a la joven, la cual lo miraba asustada-. ¡No recuerdo bien lo que sucedió en el Planeta de las Sombras, pero si traté de hacerte algún daño, ese no era yo! ¡Quizá no lo entiendas, pero en las sociedades con tecnología avanzada, las personas como yo tenemos un chip en el cerebro! ¡El chip falló en el Planeta de las Sombras, por eso perdí el control!

Birfridal, sin embargo, ya no lo escuchaba. Antes se había sentido enamorada de él, pero ahora le temía. No entendía como un chip en el cerebro de una persona podía servir para mantenerla controlada. Se dijo a sí misma que Joy la estaba engañando. Las sombras del planeta anterior le habían parecido horrendas y ahora en este planeta se sentía peor. Estaba muy asustada y se puso a correr esta vez en otra dirección donde todo parecía estar tranquilo.

-¡No corras!

De pronto, algo enorme ocultó la luz del sol de aquel planeta. Unas enormes garras se apoderaron del cuerpo de la chica y se elevaron junto con ella. Klengoret se estremeció al escuchar los gritos de la joven mientras veía a una gigantesca ave alejarse con su presa.

 

 EPISODIO III : LUGAN

 

  Apenas podía respirar, pues el viento soplaba con fuerza sobre su rostro mientras su cuerpo era apretado sin compasión por unas garras que a ella le parecían de hierro. Escuchaba que abajo la llamaban por su nombre. Pensó en resistirse y saltar; pero estaba muy alto. No pasó mucho tiempo y llegaron hasta una montaña. El ave la soltó, de pronto, y ella creyó que si no moría por el primer golpe, lo haría al desbarrancarse; pero cayó sobre un montón de ramas gruesas y secas. No estaba sola. Se encontraba en un nido donde aves bastante grandes para ser pichones se acercaban a ella.

-¡Aléjense de mí!

Intentó escapar del nido por el extremo donde no estaban las crías del ave, pero se dio cuenta que allí solo estaba el precipicio. Abajo la esperaban las rocas. Y los que estaban junto a ella no esperaban, tenían prisa por devorarla.

-¡Crac! –gritaban esas enormes aves-. ¡Crac!

-¡Sorinfel! ¡Joy! ¡Ayúdenme!

Llamó incluso a Joy Klengoret, aunque antes había estado huyendo de él. Ahora no le importaba si él estaba loco o si tenía algo en el cerebro. Había visto su rostro angustiado cuando se la llevaba el ave y sus vanos intentos por ayudarla.

-¡Joy! –continuó diciendo-. ¡Joy! ¡Yo estaba equivocada! ¡No eres malo!

No hubo contestación. Sus compañeros de viaje debían estar aproximándose, pero cuando llegaran sería demasiado tarde. Las aves estaban hambrientas.

-¡Ahhhhhhhhhh! –empezó a gritar como desquiciada-. ¡Noooooo! ¡Apártense de mí!

De nada le sirvió, la picaron en las manos, con las que se protegía el rostro, en los brazos, en la cabeza. La sangre empezó a brotar. Pensó en arrojarse a las rocas que la esperaban abajo, para morir de una vez.

-¡Lugannnnnn! –se escuchó de pronto un sonido. Las colosales crías se quedaron quietas como si tuvieran miedo y hasta la enorme ave que volaba en el cielo pareció asustada.

-¿Joy? –dijo ella al escuchar aquel sonido-. ¿Sorinfel? ¿Sorinfredo?

-¡Lugannnnnnn!

Está vez se escuchó más fuerte. Algo se encontraba muy cerca de allí, en otra parte de la montaña. La enorme ave empezó a aletear. "Quizá se trata de algún animal salvaje", pensó Birfridal. Aunque no conocía ningún animal que hiciera un sonido semejante a "Lugannnnnn". Unas lágrimas invadieron su rostro. "Si estas aves no me devoran, otro animal lo hará".

-¡Crac! –dijo una de las aves hambrientas que estaban cerca de ella y tenían casi su tamaño. No estaba dispuesta a esperar más. Iba a darle un nuevo picotazo.

No lo consiguió. De pronto la temperatura descendió enormemente y en medio de las crías del ave gigante y Birfridal se materializó una criatura semejante a un hombre, aunque más parecía un mono, de color azul claro. Tenía nieve en todo el cuerpo como si viniera de un lugar helado.

-¡Lugannnnnn! –gritó el aparecido.

Birfridal sentía mucho frío por el hielo en el cuerpo del recién llegado, pero cuando miró sus ojos, de un color violeta muy claro, un calor la invadió, se sintió fuerte, renacida. Aquellos ojos parecían tener un extraño poder, poco a poco se fue olvidando de todos sus problemas.

Al principio los duendes habían intentado escapar de él, pero finalmente se dieron cuenta de que si querían rescatar a Birfridal iban a necesitar su ayuda.

-¡Confiaremos en ti por ahora, hombre malo! –le dijo Sorinfel-. ¡Pero te estaremos vigilando!

Klengoret empezó a avanzar lo más rápido que pudo en dirección a la montaña hacia donde había volado el ave gigante. Mientras se desplazaba vio como los dos pequeños hombrecillos lo seguían. No confiaban en él, pero querían rescatar a la chica. En el camino se iban topando con extrañas formas de vida de diferentes tamaños, a algunas que parecían peligrosas, Joy Klengoret las espantaba con los disparos de su arma láser.

-¡Birfridal! –gritaron al llegar al pie de la montaña. En el camino les había parecido escuchar los gritos de la joven, pero ahora no la escuchaban, solamente podían ver al ave gigante volando en lo alto.

-Subir nos tomará todo el día, si es que no nos matamos.

Empezar a ascender no fue trabajo fácil sobre todo para Klengoret, pues su cuerpo era más grande y pesado que el de sus acompañantes. Algunas veces era posible apoyar los pies firmemente en el suelo, otras era necesario trepar.

-¡Señor Klengoret, debo advertirle que esta vestimenta no es la adecuada para practicar el montañismo! –le dijo la ropa que llevaba puesta.

-¡Ya apágate!

-¡Señor Klengoret, si hago eso su salud estará desprotegida! –objetó la ropa.

-Bueno, solo guarda silencio.

El camino era traicionero, cada intento de escalar provocaba el desprendimiento de algunas piedras. Varias veces estuvieron a punto de caer. Sabían que Birfridal debía estar allá arriba y no pretendían abandonarla. Quizá no la encontraran con vida, pero al menos rescatarían su cadáver. La joven seguía sin responderles.

-¡Birfridal! –gritó Klengoret.

-¡¿Birfridal, estás allá arriba?! –gritaron los duendes.

Siguieron esforzándose por subir. Las piernas les dolían, sus manos estaban lastimadas. Un pequeño ruido pareció escucharse.

-¿Birfridal, eres tú?

-¡Lugannnnnn!

-¿Qué?

-¡Lugannnnnn!

Al levantar la mirada vieron a una criatura semejante a un mono, un mono grande y azul que venía descendiendo con Birfridal en sus brazos. Descendía a gran velocidad, no tenía miedo de desbarrancarse. Al verlo casi se caen de la impresión.

¡Espera! –le gritaron mientras la criatura se cruzaba con ellos y seguía de largo hasta llegar al pie de la montaña.

Con mucho esfuerzo tuvieron que descender nuevamente.

-¡Él me salvó! –les dijo Birfridal cuando estuvieron todos abajo. Ella se encontraba de pie junto al simio azul-. ¡Apareció de pronto y me sacó de un nido gigante!

-¿Te encuentras bien? ¿No te lastimó el ave?

-Es raro, pero mis heridas se han curado. Creo que ha sido algo en la mirada de mi salvador.

-¿Tendrá poderes curativos?

-Joy –dijo la chica sin responder a la pregunta de Klengoret-. allá arriba comprendí que no importa lo que seas tú, no eres un hombre malo. Y ahora has estado preocupado por mí.

-Así es, estaba preocupado por ti. No soy tan malo, pero mi cerebro no es como el tuyo. Mientras el chip en mi cerebro no falle todo estará bien. Lo lamento. No soy lo que creías. Quizá te parezco un monstruo.

-No eres un monstruo.

El personaje azul los miraba atentamente mientras conversaban como si pudiera entenderlos.

-¡Nunca había visto algo así! –dijo Klengoret cambiando la conversación-. Parece un mono y también un hombre. ¿Qué animal será?

-¡Lugannnnnn! –gritó una vez más la extraña criatura.

-Creo que podemos llamarle Lugan –dijo Birfridal.

Estaban todos observando al raro individuo azul cuando escucharon una voz. Se sorprendieron. Era Nigfrila, la ginoide.

-¡Pensé que te habías hundido en la laguna! –le dijo Joy al verla llegar-. ¿Cómo me has encontrado?

-Estuve en la laguna, pero luego mi sistema empezó a reaccionar. He llegado a ti gracias a la señal que emite tu chip cerebral.

-Nigfrila, estamos en un planeta primitivo, tenemos que irnos de aquí.

Como si comprendiera aquello que acababan de decir, Lugan señaló a una laguna, la cual en ese momento emitió un fuerte resplandor. Al verlo la chica robot dijo:

-¡Parece que se ha abierto una puerta interespacial o quizá interdimensional en la laguna!

-¿Cómo es posible eso?

-Quizá responda al pensamiento humano, no estoy segura. Tampoco sé a donde conduce. Podría ser peligroso entrar allí. Quizá al otro lado nos encontremos con un agujero negro.

Lugan empezó a avanzar hacia la laguna mientras seguían conversando y cuando estuvo junto a ella se quedó mirándolos. Su mirada trasmitía una gran paz, una energía muy relajante.

-Para ser una criatura primitiva, parece muy inteligente –observó Klengoret-. Esos ojos violetas son tan cautivadores. Me siento como en un sueño.

Y no solo a Klengoret le parecían cautivadores dichos ojos, también a los otros, incluso a la ginoide, era como si algo muy poderoso se hubiera apoderado de su sistema obligándola a obedecer. Ya no le importaba si al otro lado se encontraba un agujero negro. Todos deseaban seguir a Lugan y entraron después de él en la laguna. Todos cruzaron, siguiendo al simio azul, la puerta que los llevaría a un lugar desconocido.

 

 EPISODIO IV : LAS SOMBRAS ENFURECIDAS

 

 Había purificado el espejo y ya no estaban las sombras allí, pero con sus ojos capaces de descubrir lo oculto advirtió que estas se encontraban muy cerca. Su visión atravesó los muros de aquel recinto para observar una gran población atemorizada, terribles enfermedades, dolor, llantos, asesinatos. Muchos esclavizaban a otros, pero ignoraban que todos eran esclavos de sombras a las cuales no podían ver.

-¡Pobres individuos! –escuchó decir a una sombra-. ¡Ignoran qué nosotros nos alimentamos de su temor!

-¡Tiene razón nuestro rey! –dijo otra sombra-. ¡Nadie puede escapar a nuestra influencia!

Dolkramom continuó mirando con sus ojos fantasmales. Deseaba descubrir donde se ocultaba el maligno Rey del Planeta de las Sombras, pero no se le veía por ningún lado.

-Son demasiadas sombras –dijo el guerrero fantasma-. Han aumentado increíblemente.

-No importa el número de las malignas sombras –le dijo Xifrila, la espada violeta-. Yo estoy contigo siempre, para cortar la oscuridad.

-Xifrila, no tengo miedo de las perversas sombras que ahora se esconden detrás de individuos de carne y hueso. Ahora, sin embargo, me interesa encontrar a su rey.

De pronto los ojos de las sombras se fijaron en lo que ocurría dentro del Recinto del Espejo. Las malignas entidades eran capaces de ver a través de los muros, por eso descubrieron a Dolkramom y a los otros guerreros fantasmas. Se pusieron furiosas al observar que la dama del otro lado del espejo estaba, en cierto modo, libre de su oscura influencia. Debían defender su territorio. No tenían, sin embargo, el valor de enfrentar directamente a los guerreros espirituales y a sus espadas mágicas. Tampoco era necesario, pues tenían la mente de los habitantes de Kernish bajo su dominio. Emplearían sus miedos para obligarlos a destruir definitivamente el espejo, de ese modo no habría posibilidad de que llegaran a ver, alguna vez, el reflejo de la verdad.

-Esos hombres vienen para acá –dijo uno de los guerreros mientras desenvainaba su espada mágica-. Se ven muy furiosos.

-Podemos enfrentar a las sombras –dijo Dolkramom-, pero los seres de carne y hueso a los cuales tienen poseídos podrían morir.

-¡No me abandonen! –suplicó la dama del otro lado del espejo-. ¡Si rompen el espejo, yo moriré!

-¡Jamás te abandonaría, hermosa dama! –le respondió Dolkramom-. ¡Pero no sé bien como llevarte conmigo, pues soy un fantasma!

"Definitivamente, este fantasma está loco o quiere burlarse de mí", pensó la dama. "No soy atractiva, aunque desde que él ha aparecido ya no me siento tan fea"

La dama empezó a notar que no solo Dolkramom parecía mirarla con agrado sino los otros fantasmas y también el pequeño individuo violeta, el cual parecía un árfagor sin poderes. Todos ellos habían llegado hasta allí atravesando el espejo. Eran muy extraños. La dama, como todos los otros espejos, era capaz de observar distintos mundos en aquel universo donde no existían gigantes con espadas violetas como aquellos fantasmas. ¿Acaso venían de otra galaxia o quizá de otro mundo?

En el pasado, sin embargo, los árfagors que poblaban los distintos sistemas solares llevaban siempre sus espadas violetas, aunque no las mostraran en toda ocasión, pues como eran mágicas podían esconderlas. Muchos de ellos cambiaban su apariencia para mostrarse a los demás seres, pero se les podía reconocer por el color violeta de sus ojos. Esos tiempos eran solo recuerdo. Hacía mil años la maldad que se había estado desarrollando desde mucho antes empezó a invadir aceleradamente aquel universo. Ciertos árfagors ensoberbecidos por su poder dejaron que el mal se apoderara de ellos. Mediante los espejos mágicos permitieron el ingreso de la oscuridad dentro del universo que ellos mismos habían creado con ayuda de los dioses. Los árfagors bondadosos que quedaban lucharon contra las sombras, sin éxito. Un árfagor, el más viejo que quedaba partió en busca de sus antepasados, aquellos que habían trascendido la realidad aparente; pero para esto debía cruzar el Espejo sin Retorno, atravesar la región helada, y retornar. Nunca volvió y los árfagors buenos fueron disminuyendo. Dejaron de convivir con las otras criaturas y se refugiaron en Arfagoris. Una de los últimas veces que se les vio fue cuando la trajeron a ella hacía doscientos años desde la galaxia de los espejos hasta Morebram, pues aunque las sombras se habían apoderado de este planeta, mucho antes, desde la caída del Imperio Ulkro y del Emperador Verde Sorgum en el año 2032 del calendario de los Ulkros, el reino de Kernish en el año 2930 parecía ofrecer una nueva esperanza de derrotar a las sombras. Durante cien años fue así, pero luego las sombras volvieron a trastornarlo todo. Ahora estaban en 3045 y cuando pensaba que su destino era la destrucción había aparecido aquel fantasma que la miraba de un modo extraño.

-¡Creo que es posible desempotrar el espejo de la pared! –dijo el fantasma gigante mientras jalaba el espejo mágico, pero sin éxito-. Si lo consigo podremos llevarte con nosotros.

-¡Espera! –le dijo la dama-. ¡Existe un conjuro para liberar el espejo de la pared!

Ella pronunció unas palabras extrañas e inmediatamente el espejo quedó liberado. Dolkramom lo separó con facilidad de la pared para a continuación mantenerlo flotando en el aire.

-Vámonos de aquí, debemos encontrar al rey del Planeta de las Sombras.

-Se escuchan los gritos de muchas personas, parecen estar furiosas –dijo Karglum quien al no ser un fantasma recién advertía la proximidad de las personas encolerizadas.

-No te preocupes, escaparán en cuanto nos vean.

-Si quieres encontrar a ese rey del Planeta de las Sombras y llevarme contigo debemos abandonar la ciudad y buscar cualquier laguna en el bosque, ellas pueden servir de portales así como los espejos.

-Salgamos de este lugar, entonces –dijo Dolkramom observando a los otros guerreros fantasmas-. Tendré las manos ocupadas en llevar el espejo, pero no necesitarán mi ayuda.

-Xifrila, desea entrar en acción, amo.

-Xifrila, lo lamento.

-Yo puedo cuidar el espejo mientras combates –le ofreció Karglum-. Es grande, pero si lo dejas de pie sobre el suelo, puedo mantenerlo en esa posición.

-Si fuera necesario te avisaré, pero por el momento no pienso dejar este espejo en el suelo. Es mejor que salgamos de este lugar.

Afuera la gente maldecía y amenazaba con romper el espejo, pero la dama ya no temía, solo se preguntaba por qué aquel gigantón seguía mirándola con ojos de enamorado mientras la transportaba con sus manos fantasmales.

 

EPISODIO V : AFARIMELA

 

   Afarimela ingresó en su habitación con una sonrisa. Había bailado casi toda la noche con Gerdan, el apuesto hijo del gobernador de Sureman, más allá de la gran montaña. Era el último mes del año 2031 del calendario Ulkro. Ella celebraba su cumpleaños, aquel mes y al ser la hija del Emperador Verde muchos personajes importantes acudían a homenajearle. Le gustaba Gerdan, aunque sabía que nunca podría casarse con él, pues su destino era convertirse algún día en emperatriz y gobernar junto a su hermano Aldrein. Ese era su destino por ser descendiente de los emperadores Ulkros así como su padre Sorgum.

El Emperador Verde, Sorgum era el último de una larga cadena de emperadores Ulkros que comenzó cuando Alfron, el valiente, y primero de los emperadores reunió un gran ejército con el cual derrotó a los guerreros varkrios y a los terribles yamis quienes habitaban la zona norte de Morebram. Antes de eso el pueblo de Alfron Ulkro era como los otros pueblos de personas errantes y pobres que no podían dedicarse a la agricultura ni criar animales sin ser asaltados por sus enemigos. Un día en el cual Alfron estaba muerto de hambre intentando cazar algún animal en el bosque sin tener éxito, se puso a descansar bajo la sombra de un árbol. En ese momento, tuvo un sueño que cambiaría su vida. Vio a un ser prodigioso con una gran espada violeta en la mano aproximársele, era un dios. Alfron tuvo miedo, pero el dios le ordenó tomar la espada y reunir un gran ejército, pues él le daría la victoria sobre los salvajes y bandidos, porque Órklum el magnífico así lo quería. Cuando Alfron despertó la maravillosa espada estaba a su lado y supo que no se había tratado solo de un sueño.

El Imperio Ulkro materializó los ideales divinos, antes de este los kalifei se relacionaban con ciertas divinidades; pero no se preocupaban por el desarrollo de toda la sociedad. Fue solo en la época de los ulkros cuando los dioses empezaron a juntarse con los mortales comunes, aparecieron, también, para facilitar esta comunicación los primeros espejos mágicos traídos al planeta Morebram desde la Galaxia de los Espejos, los cuales junto con las lagunas mágicas sirvieron de portales entre el mundo espiritual y el mundo de materia más densa. Bajo la protección divina florecieron todas las artes y ciencias. Gigantescas construcciones fruto de una arquitectura esmerada dieron vida a museos, teatros y coliseos. También la astronomía y las matemáticas se desarrollaron bajo aquel imperio, sin embargo en los últimos tiempos se notaba en las nuevas generaciones un decaimiento por el interés hacia la cultura. Las comodidades materiales que les proporcionaba vivir en la majestuosa nación de los ulkros hacía que las fiestas y el placer fueran cada vez más atractivas. Atrás iban quedando los tiempos de los grandes sabios, de los maestros espirituales, de los escritores, poetas, y profetas de inspiración divina, y de los héroes legendarios. Los dioses nobles se juntaban cada vez menos con los hombres, y se veía cada vez más a dioses problemáticos y frívolos. Todavía así, Sorgum sabía que al menos el imperio evitaba que los hombres volvieran a caer en estado salvaje, pues para que floreciera lo mejor de la cultura humana era necesario organizar a los hombres en una sociedad que mantuviese los ideales más nobles, aunque no siempre fuese fácil de lograr. Por eso, para poder gobernar de acuerdo a tan altos ideales a todos los pueblos de la maravillosa nación ulkra, era necesario mantener la pureza de la sangre en aquellos que gobernaran, es decir todos los descendientes de Alfron el valiente se casaban entre ellos. Esta selección endogámica era efectuada estrictamente salvo algunas excepciones como la del propio emperador Sorgum que era hijo del emperador Mórglum con la diosa Saryigeba y de la cual había heredado el cabello verde al que debía su apelativo, herencia que también le había pasado a su hija Afarimela.

Se contaba que el emperador Mórglum un día al ir de cacería al bosque se había alejado mucho de sus súbditos por perseguir una presa y luego no supo encontrar el camino de regreso. Buscando como salir de aquel laberinto natural Mórglum escuchó entonar una canción con una voz que lo atrajo de modo irresistible. Al llegar hasta el lugar de donde venía la canción pudo ver a una hermosa mujer de cabello verde bañándose en un lago. La joven apenas vio a Mórglum lo invitó a bañarse con ella. El emperador fascinado aceptó inmediatamente y en poco tiempo los dos se juntaron como si fueran marido y mujer. Después de que él hubo apagado las llamas de su pasión en el agua y en brazos de aquella preciosa mujer le preguntó como se llamaba y que hacía en medio de aquel bosque.

-¡Oh! ¡Yo vengo a bañarme siempre en este lago! –dijo la joven- Y mi nombre es Saryigeba.

-¡Te llamas igual qué la diosa de los bosques! –dijo el emperador sorprendido.

La joven se lo quedó mirando a los ojos mientras sonreía, y entonces Mórglum se dio cuenta que ella era la misma diosa, y se puso a temblar.

-¡Eres una diosa puedo sentirlo!

-¡Cálmate, no te haré daño!

-No eres de color violeta como imaginaba.

-Los arfagors son violetas, yo soy una diosa del bosque. No te preocupes, te ayudaré a salir de aquí. Ya sé que estás perdido.

Ella lo llevó hasta donde él podía orientarse y los dos se despidieron. El emperador se olvidó de la diosa por un tiempo, pero luego ella se presentó en su palacio con un bebé en brazos.

-Yo soy una diosa –le dijo a Mórglum-. No tengo tiempo para educarlo. Encárgate tú de él.

Al niño lo llamaron Sorgum que luego fue conocido como el Emperador Verde, pues tenía el cabello verde como su verdadera madre; pero la mujer de su padre el emperador lo crió como si fuera su propio hijo.

El emperador Sorgum era un gobernante justo y Afarimela había heredado el color verde de su cabello, todos los hombres que la veían se enamoraban de ella. También Gerdan se sentía irresistiblemente atraído por ella, aunque sabía que aquello era imposible.

-¡Estoy condenada a casarme con mi hermano Aldrein! –se lamentó Afarimela recostada sobre su cama-. ¡Nunca podré tener un gran amor ni vivir una gran aventura! ¡Seré una amargada emperatriz!

Se incorporó para mirarse en el espejo que estaba cerca a su cama y vio lo joven y hermosa que era. Su hermano no había heredado el color del cabello de su padre. Era retraído y muy poco interesante.

-Podría escaparme con Gerdan a algún lugar donde nadie nos conozca, a un sitió donde podamos vivir nuestro amor.

Mediante las lagunas mágicas era posible viajar a otros mundos. No todos eran habitables para personas como ella. Estaba la Galaxia de los insectos inteligentes, el Mundo de Fuego, el Mundo de agua, el mundo de tecnología avanzada, la Galaxia de los Espejos y otros mundos.

-Encontraremos uno al que podamos ir, aquí a nadie le interesa mis sentimientos.

-¡A mí me interesan tus sentimientos, princesa Afarimela! –dijo una voz.

Afarimela observó a aquel que le hablaba desde el otro lado del espejo. Era un individuo cuyos ojos parecían arder con un fuego que no los dañaba. Trasmitía cierta luz y también oscuridad, una siniestra sombra lo acompañaba. Ella no temía, quizá porque estaba dominada por algún poder oculto.

-¡Vengo de muy lejos, princesa! He venido para cambiar tu vida.

-Eso deseo, cambiar mi vida –dijo ella fascinada por la mirada del desconocido.

-Tus deseos se harán realidad.

 

EPISODIO VI : EL REGRESO DE MAKORGET

 

 El mago calvo sonrió desde el otro lado del espejo al ver la facilidad con la cual, Afarimela, la ingenua princesa de cabello verde se encontraba ahora bajo su mágico dominio. Hacía ya tiempo un descendiente de los árfagors también había caído presa de su influencia maligna. Probablemente el mago no hubiese conseguido imponerse a uno de los legendarios árfagors, pero sus descendientes no dominaban tanto la magia y por eso tuvo éxito. Ahora, sin embargo, el calvo hechicero era mucho más poderoso que antes. Era más fuerte desde que estuvo a punto de atravesar el fuego liberador de Gramirch y desde su unión con el Rey del Planeta de las Sombras. En el castillo de aquel siniestro rey se encontraba la Puerta de la Atemporalidad y situada frente a ella una enorme roca escondía un fuego que nunca se apagaba. Al aproximarse a esas llamas que no quemaban su piel, pero sí lo más profundo de su ser, Makorget, el hechicero escuchó que ellas le hablaban.

-Antes de la manifestación no existía arriba ni abajo, ni derecha ni izquierda, no había movimiento ni tiempo, ninguna imagen se hallaba reflejada en el espejo de la mente –le dijeron las llamas-. El fuego de Gramirch no había sido convocado, pues ninguna ilusión requería ser destruida. El descanso eterno de Órklum el magnífico no había sido perturbado por ningún sueño ni pesadilla, en su lugar de reposo nada lo afligía. En cierto momento de su eternidad, sin embargo, ciertas ideas aparecieron en su mente, al inicio fueron insignificantes como una gota de agua que cae en el mar, luego aparecieron muchas gotas que dieron origen a ríos de pensamientos, a mares de sueños.

-¡Tengo miedo! –gritó el mago calvo-. ¡Tu fuego quema lo más profundo de mí!

-Déjanos liberarte, Makorget –volvieron a repetir las llamas-. Te salvaremos del mar de ilusiones en el cual estás perdido. Retornarás a la unidad con Órklum el magnífico.

-¿Por qué hablas en plural?–dijo el mago mientras parecía retorcerse de dolor. Intentaba retroceder; pero algo muy poderoso le impedía escapar de ese fuego-. ¿Acaso no eres el dios conocido como el fuego de Gramirch?

-Somos uno y varios a la vez, para nosotros no hay diferencia entre lo individual y lo colectivo, no existen esos límites para el inmortal conocido como Gramirch.

Makorget en ese momento se dio cuenta que empezaba a desvanecerse, la verdadera eternidad estaba a punto de alcanzarlo, ya no era solamente una percepción parcial como la primera vez que cruzara la Puerta de la Atemporalidad, sino que en este caso estaba a punto de desaparecer para siempre, alcanzaría la inmortalidad; pero el Makorget que hasta ese momento había sido, ya no sería más. Su efímera forma de vida se diluiría como una gota de agua en el mar de la eterna existencia de Órklum el magnífico. Tuvo miedo, mucho miedo.

-¡Auxilio! ¡Auxilio!

-Ya estás aquí, de nada vale que te resistas.

-¡Auxilio! ¡No quiero desaparecer!

El mago luchaba con sus últimas fuerzas por aferrarse a su insignificante existencia, mientras lo hacía escuchó otra voz.

-Si no quieres desaparecer aléjate de allí ahora –le dijo el Rey del Planeta de las Sombras, quien en ese momento todavía se encontraba en su castillo.

-¡No puedo retroceder! –gritó Markorget-. ¡Las llamas no me dejan ir, me atraen hacia ellas!

-¡Tú puedes! –le gritó el siniestro rey-. ¡Aférrate a la sombras, solo así conseguirás escapar de ese fuego!

-¡Aferrarme a las sombras! ¡Toda mi vida mi corazón ha estado envuelto en tinieblas!

-¡Tú corazón ha estado envuelto en tinieblas, pero no ha sido parte de las mismas tinieblas! ¡Has deseado el conocimiento que no tenías! Aferrarse a las sombras significa tener luz, tener conocimiento. La más profunda oscuridad no carece de luz sino que se apodera de ella como hace un agujero negro. Para ser parte de las sombras hay que obtener el conocimiento y no dejar que este ilumine a los otros. La sombra esta llena de conocimiento, pero no lo comparte y si acaso lo comparte no es con todos, solo lo hace con quienes considera merecedores de dicho conocimiento y poder. Yo he compartido mi conocimiento contigo y sé que no me defraudarás. Ahora tienes el conocimiento, Makorget, no te falta nada para unirte a la verdadera sombra.

Fue así como Makorget se aferró a las sombras para evitar desaparecer en el fuego liberador de Gramirch. Sucedió a continuación que junto con el Rey del Planeta de las Sombras y todo su oscuro ejército había cruzado el mágico portal que llevaba hacia el Universo Secreto de los Árfagors. Al ingresar por esta entrada se encontraron en una dimensión donde el tiempo y el espacio estaban alterados. Era díficil saber donde era arriba y donde era abajo en aquel lugar surrealista. Al principio parecían perdidos y creyeron que no saldrían de allí; pero luego una energía siniestra empezó a atraerlos hacia una determinada dirección. Supieron, entonces, que eran conducidos hacia el Universo Secreto de los Árfagors; pero así como habían entrado en ese raro lugar por una mágica entrada, debían encontrar una salida. No les costó mucho darse cuenta que las lagunas y los espejos mágicos eran dichas salidas. El árfagor corrupto, aliado del Rey del Planeta de las Sombras, Imperdagrum, quien les había facilitado el ingreso a este extraño mundo los estaba esperando y les advirtió que otros individuos venían siguiéndolos; pero que él se encargaría de retrasarlos en el tiempo, así no aparecerían al menos dentro de mil años. Cuando sus perseguidores consiguieran cruzar finalmente a este mundo, las sombras lo dominarían casi por completo.

Ahora mientras miraba a la princesa Afarimela desde el otro lado del espejo, Makorget, fue abandonando sus recuerdos para concentrarse en lo que había venido a hacer. Extendió los brazos e hizo que cruzaran el espejo hasta que pudo topar a la chica con sus manos, tocó sus mejillas, su frente.

-Podría salir del espejo y manifestarme entre los tuyos bajo mi apariencia; pero he pensado en otra cosa –le dijo con voz muy suave a la joven como si fuera una nena a la que estuviera arrullando-. Solo tú me verás princesa Afarimela y harás lo que yo te diga.

-Haré lo que tú digas –dijo ella-, haré lo que tú digas, haré lo que tú digas.

-Eres una buena chica –dijo el mago mientras salía del espejo.

-Eres bello –dijo la joven al verlo junto a ella.

El calvo mago tomó entre sus brazos a la princesa de cabello verde y la besó largamente en la boca.

 

EPISODIO VII : EL PASADO EN EL ESPEJO

 

"Un buen espejo nos muestra hasta lo que no queremos ver"

Expresión popular en la Galaxia de los Espejos

 

 Incluso en la aparente oscuridad la luz era reflejada por los espejos. Un buen espejo debía mostrar con la mayor fidelidad aquello que se proyectaba en su superficie, existían espejos que distorsionaban; pero todos cumplían la función de reflejar. Las taimadas sombras estaban tratando de cubrir con su manto siniestro el conocimiento universal que es herencia de todos, pues la luz ilumina sin discriminar a quienes tienen ojos para ver, y en cierto modo lo estaban consiguiendo, muchos espejos parecían no reflejar más.

-¡Podrás retrasar su avance, pero ni siquiera tú, poderoso señor de sombra, impedirás que la luz llegue a su destino! –dijo Perpetrión uno de los espejos más antiguos de aquella galaxia que reunía a millones de espejos, los cuales estaban siendo afectados por las malignas sombras.

-No desconozco lo que sucederá en el futuro –respondió el malvado Rey del Planeta de las Sombras y mientras lo hacía el salón principal del Castillo de los Espejos Dirigentes pareció volverse más oscuro, aunque los antiguos espejos residentes en dicho lugar luchaban por mantener su resplandor-. Dentro de mil años posiblemente la luz disipe mis tinieblas, pero ahora ha llegado mi momento de gloria.

"Y posiblemente Dolkramom para ese tiempo consiga finalmente llegar a este mundo, pues ahora se encuentra atrapado en la dimensión que une este universo con aquel otro del cual provenimos, lo sé porque mi espada Sombrularia, la Atormentadora, sintió la cercanía de Xifrila la espada violeta mientras estábamos cruzando hasta aquí", pensó el poderoso personaje hecho de sombras.

-¡Ya te he dicho que no te preocupes, nadie más logrará cruzar hasta este universo antes de que logremos nuestro propósito! –dijo una voz telepática.

-¿Ahora lees mis pensamientos, Impedagrum?

-Siempre lo he hecho, Rey del Planeta de las Sombras –dijo un siniestro árfagor mientras se manifestaba. Se trataba de Imperdagrum, el aliado que había permitido a las sombras cruzar hasta el universo secreto-. Sé cada cosa de ti, incluso como piensas, recuerda que fuimos los árfagors quienes te creamos.

-Es cierto –admitió la malvada sombra mientras recordaba-. Los árfagors dieron nacimiento a muchas formas de existencia.

Mientras el malvado personaje decía ello, Perpetrión, el antiguo espejo, empezó a mostrar en su superficie imágenes de otros tiempos.

-¡No necesito ver esas imágenes en tu superficie de espejo, no ignoro todo aquello!

-¡Solo reflejo aquello que tu mente invoca, siniestro Rey del Planeta de las Sombras!

La maligna sombra pareció disgustada, pero se puso a mirar aquellas imágenes que le traían recuerdos de otras épocas. En el distante pasado, aunque tiempo después de, Komkarmak, el Inmortal, cuando en Árfagos no moraba ningún humano, Mérfrix, el herrero de nueve ojos, había forjado distintas armas mágicas. Mérfrix era pequeño como los árfagors, pero el color de su piel y el de sus cabellos no era violeta sino blanco. Él se dedicaba a elaborar, principalmente, espadas. Existían, dentro de las forjadas por este herrero, aquellas espadas que permitían a su portador ver los distintos futuros, otras le daban el conocimiento del infinito pasado, otras no tenían filo para herir; pero tenían la facultad de curar. Fascinados, en esos lejanos tiempos, ante semejante poder, los árfagors pidieron a Mérfrix nuevas y mejores espadas a lo que el hábil herrero respondió:

-Puedo forjar espadas más perfectas si cooperan conmigo en su elaboración, pero les advierto que ellas pueden tener inclinación para el bien o para el mal, serán beneficiosas o muy peligrosas.

En efecto muchas de las espadas resultaron bondadosas, pero otras eran siniestras. Así fue forjada la que luego llegaría a conocerse como Sombrularia, la Atormentadora. Cada espada solo podía tener a un único portador al cual ella reconocía, así los árfagors se identificaban con sus espadas comúnmente violetas que forjaban en cooperación con Mérfrix, pero no había aparecido el portador para Sombrularia. Ella era muy peculiar no solo por la oscuridad que la rodeaba sino porque casi todas las espadas mágicas hablaban y ella no decía palabra alguna. Quienes estaban cerca a ella percibían inteligencia, quizá hasta sabiduría, una sabiduría que no deseaba compartir y por ello no se comunicaba. En cambio Xifrila su contraparte, pues muchas espadas mágicas tenían otra que se les oponía, no cesaba de hablar mientras con su intenso resplandor violeta iluminaba a quienes tenía cerca. Algunas veces, parecía incluso comunicarse con su opositora.

-¡Xifrila no está de acuerdo contigo, hermana! –decía la espada violeta como si conversara con Sombrularia-. ¡El conocimiento debe ser compartido!

Con el tiempo los árfagors se dieron cuenta de que posiblemente Xifrila y Sombrularia realmente conversaban, aunque nadie, aparte de ellas dos, comprendiera como sucedía ello. Por ser tan especiales ninguna de ellas tuvo portador durante algún tiempo hasta que alguien se presentó en la cueva donde Mérfrix forjaba las espadas, se trataba de un encapuchado vestido con ropas de oro. En cuanto el desconocido apareció, la oscuridad alrededor de Sombrularia se hizo más intensa.

-¡Reclamo para mí la espada oscura! –dijo el recién llegado señalando a la tenebrosa espada.

-¿Quién eres tú? –dijo el herrero de nueve ojos-. ¿Con qué autoridad reclamas para ti esa espada?

-¡Con la autoridad de ser tan oscuro como ella, somos los dos de una misma substancia! –respondió el interpelado mientras se quitaba la capucha.

El rostro de un anciano árfagor de largos cabellos se mostró ante todos los presentes en la cueva, pero para los más sagaces y, sobre todo, para los nueve ojos de Mérfrix no pasó inadvertido que aquello era solo apariencia.

-¿Quién eres en realidad?

-Eso no importa, herrero, solo te digo que la espada me pertenece.

En respuesta a dicha afirmación la tenebrosa espada empezó a emitir un sonido semejante al zumbido de muchos insectos.

-¡Eres un ser malvado, pero Xifrila se encargará de cortar tu oscuridad! –dijo, entonces, la espada violeta.

-¡Tú no tienes portador! –respondió el anciano con ropas doradas-. ¡No eres una amenaza para mí! ¡Además tú jamás atacarías a tus forjadores, pero Sombrularia sí, pues ella no tiene límites!

-¡No te daremos la espada oscura! –dijeron los árfagors presentes en la cueva-. ¡Eres malvado!

-¡No es necesario, ella misma vendrá a mí!

De un modo inexplicable, la negra espada apareció en manos del anciano. La oscuridad en torno a ellos empezó a aumentar. De pronto, ya no había ningún anciano sino una sombra que empezó a crecer junto con la temible espada.

-¡Yo te bautizo como Sombrularia, la Atormentadora! –dijo la enorme sombra.

El siniestro personaje abandonó la cueva junto con la espada Sombrularia y desde ese día la maldad empezó a extenderse con mayor intensidad por todo el universo. Los árfagors llegaron a descubrir con el tiempo que aquella terrible sombra la habían creado ellos mismos, pues aunque eran virtuosos, también algunos de ellos eran egoístas, orgullosos y ambiciosos de poder. Todo ello junto con su magia había dado vida a la malvada sombra. Aquello no quedó allí, sino que inesperadamente nuevas sombras cobraron vida y reconocieron a la sombra portadora de Sombrularia como su rey. Los árfagors bondadosos intentaron detener todo ello con sus espadas mágicas, pero era difícil controlar a las sombras salvajes y traicioneras. Finalmente llegó el día en el cual un ejército de furiosas sombras se reunió para enfrentar a un ejército de árfagors. Sombrularia se había vuelto gigantesca tanto como la sombra que la portaba. Incluso los gorklons, individuos de casi tres metros, quienes estaban al servicio de los árfagors apenas llegaban a lo que podría considerarse la rodilla de la enorme sombra que junto con la espada continuaba desarrollándose.

-¡Vengan aquí, árfagors! –decía burlona la sombra-. ¡Sombrularia y yo queremos almas para devorar!

Los que eran atacados por las sombras, en algunos casos, olvidaban todo recuerdo, en otros eran poseídos por ellas y empezaban a comportarse como fieras salvajes y descontroladas. En el caso de los que eran atacados por Sombrularia, eran absorbidos por la gigantesca sombra y solo contribuían a su desarrollo. Por su parte, los árfagors contraatacaban con la luz violeta de sus espadas cuyo resplandor hacía retirarse a las tinieblas, aunque no era suficiente para vencerlas. Hasta ese momento los gorklons no portaban espadas, en cambio tenían con ellos poderosas antorchas, cuyo fuego nunca se apagaba, con las cuales hacían retroceder a la oscuridad.

-¡Xifrila desea entrar en acción! –dijo de pronto una voz en medio del campo de batalla.

Dojnar el líder de los árfagors buscó con la mirada y vio que quien había hablado era Mérfrix, el herrero de nueve ojos. Dojnar sabía que algunos de los ojos de Mérfrix le servían para visualizar las formas más sutiles y aparentemente inmanifestadas las cuales no todos eran capaces de ver, así como otros de sus ojos le permitían poder ver el mundo visible para el común de los mortales, de esa manera captaba armas mágicas existentes solo de forma sutil semejantes a un sueño o una ilusión y las iba forjando hasta poder visualizarlas con sus ojos de visión común y corriente. Mérfrix estaba tan concentrado en su labor que casi nunca abandonaba su cueva, por ello Dojnar se sorprendió al verlo, en medio de todo aquel caos.

-¡Es peligroso estar aquí, Mérfrix! ¡Mejor regresa a tu cueva!

-La espada oscura y la violeta nacieron para oponerse, por ello si una actúa la otra también desea entrar en acción.

-Pero, Mérfrix, todavía no ha aparecido portador para esa espada que se llama a sí misma Xifrila.

-¡Pídele a cualquiera de los árfagors que sea su portador, la espada no luchará con toda su potencia; pero tampoco dejará de ser un factor importante en la batalla contra las sombras!

-Tienes razón, las sombras no pueden derrotar nuestra magia, sin embargo, la portadora de la espada Sombrularia ha alcanzado un desarrollo considerable y es difícil de controlar. La ayuda de esa espada podría ser decisiva para vencer.

De inmediato, Dojnar pidió a uno de los árfagors más valientes que portara a Xifirila.

-¡Tú no has sido hecho para Xifrila! –dijo la espada violeta al ser empuñada, dentro de la cueva de Mérfrix, por el árfagor-. ¡Pero Xifrila no dejará de luchar!

Finalmente, Xifrila entró en el campo de batalla junto con su portador y se lanzaron contra las sombras, las cuales se desvanecían al ser tocadas por la mágica espada.

-¡Podrás hacer eso con mis hijos! –dijo la gigantesca sombra al ver el ataque de Xifrila-. ¡Pero no podrás contra mí ni contra mi espada Sombrularia, la Atormentadora!

-¡No te temo, insignificante sombra! –respondió Xifrila.

-¡Te haré tragar tus palabras! ¡Yo soy el rey de todas las sombras!

-¡Solo eres el rey de la basura!

Xifrila y el arfagor que la portaba eran diminutos ante Sombrularia y su amo, pero lucharon muy bien. La sombra empezó a debilitarse, pero al sentirse perdida, en lugar de seguir atacando a su oponente empezó a alabar su poder.

-¡Eres semejante a un dios, maestro árfagor! ¡Perdóname por haberte causado dificultades! ¡Me rindo ante alguien más poderoso que yo!

-¡Cuidado que algo pretende! –dijo Xifrila.

La terrible sombra se inclinó ante el pequeño árfagor y empezó a encogerse en muestra de sumisión.

-Solo se ha dado cuenta que no puede contra nosotros –dijo el árfagor.

-Permíteme estrechar tu mano –dijo la sombra.

-¡No dejes que te tope! –le dijo la espada violeta.

-No representa ningún peligro para mí, recuerda que los árfagors somos los magos más poderosos que existen.

Cuando la gigantesca mano de sombra estrechó la diminuta mano violeta de su oponente, en apariencia no sucedió nada; pero poco a poco el árfagor empezó a comportarse de otra manera.

-¡No entiendo qué hago perdiendo mi tiempo en este campo de batalla, cuando debería estar conquistando nuevos mundos! ¡Por algo soy tan poderoso!

-Así es, magnifico señor –le dijo la sombra-. Eres muy poderoso.

El árfagor en ese momento soltó a Xifrila.

-¡No puedo seguir sosteniendo esta espada, me lastima, me quema!

Casi al mismo instante otros árfagors ensoberbecidos por su poder empezaban a soltar sus propias espadas violetas que empezaban a quemarles.

-¡Ja, ja, ja, ja! –rió el rey de todas aquellas sombras-. ¡Ellos mismos se han derrotado!

Solo unos cuantos árfagors seguían luchando, pues muchos de ellos había arrojado sus mágicas espadas y se disponían a conquistar nuevos mundos donde los consideraran como dioses. Los gorklons que eran unos simples servidores y seguían luchando con sus antorchas se sintieron angustiados al verse abandonados por sus señores.

-¡Lárguense de aquí, si quieren seguir viviendo! –les advirtió la sombra.

-¡No pienso rendirme! –dijo Dolkramom el líder de los gorklons.

-¡Entonces, muere! –le gritó la sombra mientras se lanzaba a devorarlo.

Sin embargo, el guerrero se defendió con el fuego de su antorcha. La malvada sombra retrocedió un momento sintiéndose lastimada, pero en seguida volvió al ataque. Al ser rechazada, por segunda vez, por el guerrero retrocedió nuevamente para tomar impulso.

-¡De esta no te salvas! –dijo la sombra mientras levantaba en alto a la enorme Sombrularia y la oscuridad lo envolvía todo.

-¡Recógeme si quieres vencer! –escuchó en ese momento Dolkramom, la voz que le hablaba venía del suelo.

El gigante se agachó y recogió del suelo una espada violeta abandonada.

-¿Quién eres? –le interrogó el gigante.

-¡Soy Xifrila y he sido hecha para ti! –dijo la espada violeta mientras aumentaba de tamaño y brillaba intensamente.

-¡Entonces, Xifrila, corta la oscuridad!

-¡Así lo haré, amo!

-¡No importa que tengas esa espada mágica, no podrás evitar morir! –le gritó la despiadada sombra.

-¡Pero tú también serás derrotado! –le gritó Dolkramom mientras se lanzaba al ataque junto con Xifrila.

El oscuro Rey del Planeta de las Sombras continuó mirando las imágenes del pasado en el espejo mágico, luego de aquella batalla había sido derrotado y desterrado al planeta que fue su prisión, el Planeta de las Sombras. Su oponente Dolkramom junto a otros gorklons murieron, pero terminaron venciéndolo, quizá porque al no ser tan poderosos no cayeron en la soberbia.

-¡Ya deja de mostrar esas imágenes del pasado! –le dijo a Perpetrión la oscura sombra-. ¡Recuerdo cada detalle! ¡En esa ocasión me vencieron con ayuda de esa espada que se hace llamar Xifrila! ¡Ahora, Sombrularia se ha vuelto más poderosa, no hay rival que pueda competir con ella!

-¡Eso crees tú! –dijo el espejo-. ¡No estés tan seguro!

Nuevas imágenes aparecieron reflejadas, eran armas capaces de exterminar las más negras tinieblas.

-¡No pretendas amedrentarme con eso, no hay en este universo quien pueda derrotarme!

En ese instante, una misteriosa espada apareció muy cerca del Rey del Planeta de las Sombras y apenas le dio tiempo para empuñar a Sombrularia. El resplandor del arma era tan poderoso que la sombra estuvo a punto de desvanecerse.

 

 

    EPISODIO 8


SOMBRAS EN EL PALACIO

 

El emperador avanzaba por un camino seco y duro. La densa niebla apenas permitía ver alrededor. Unos gritos aterradores se escuchaban muy cerca, así como maldiciones y terribles palabras.
-¡Carne! ¡Carne y sangre! ¡Carne y sangre de poderoso! ¡Queremos comer carne de poderoso y beber su sangre!
-¡Alto! –dijo una voz autoritaria-. ¡El rey no quiere que se le cause daño!
-¡Nosotras no obedecer al rey! –respondió una horrible voz-. ¡No obedecer al rey! ¡No obedecer al rey!
-¡Rey tener sus servidoras dentro del castillo! –habló otra voz que parecía provenir de un ser desquiciado-. ¡Además hace mucho tiempo que ya no se ve al rey por aquí! ¡Ji, ji, ji, ji, ji! ¡Jo, jo, jo, jo, jo, jo! ¡Nosotras no obedecer al rey! ¡El rey se ha ido! ¡Nosotras libres! ¡Ji, ji, ji, ji, ji!
-¡Alimentarnos ahora mismo de poderoso! ¡Ahora mismo! ¡Ahora mismo!
El emperador no sabía quienes hablaban, pero sabía que se referían a él. Tenía la sensación de que iba muy pronto a morir.
-¡Alto! –escuchó decir nuevamente a la voz autoritaria-. ¡Para el rey no hay límites! ¡Si no obedecen las encadenará a todas en el abismo!
-¡Noooo! –dijeron muchas voces al unísono-. ¡En el abismo no! ¡En el abismo no! ¡En el abismo no!
-¡Obedezcan, entonces!
Todo quedó en silencio. El Emperador Verde miró a todos lados intentando identificar a los que habían hablado antes, pero apenas lograba ver algo semejante a sombras moviéndose entre la neblina. Conforme fue avanzando, sin embargo, logró ver algo más nítido. Poco a poco empezó a mostrarse en el horizonte una forma más definida, un castillo. Al darse cuenta de ello Sorgum aceleró el paso hasta llegar junto a la misteriosa edificación. Las puertas estaban abiertas y nadie custodiaba la entrada por lo cual ingresó sin problemas. Mientras avanzaba dentro de aquella oscura construcción le pareció ver ojos que lo miraban, escuchó voces que le hablaban en un idioma desconocido. Sin saber por donde dirigir sus pasos optó por seguir un resplandor, llegó hasta una estancia donde encontró un fuego que salía del piso, al otro extremo de las llamas había una enorme puerta que parecía ser la entrada a otro mundo, se sentía una gran energía emanar de ella. Movido por un impulso irresistible el Emperador Verde intentó cruzar las llamas para ingresar en la mágica puerta, pero no pudo, algo más poderoso que el miedo a ser quemado lo detuvo como si entre él y su objetivo se levantara un muro invisible.
-¡Ay! –se escuchó un lamento-. ¡Sombra! ¡Sombra! ¡Nunca volveré a verte sombra!
Sorgum observó que cerca de él se encontraba un alma en pena y quiso escapar, pero sus pies no le obedecieron.
-¡Aléjate de mí, horrible aparición!
-No voy a hacerte daño, hombre de cabello verde –le dijo el fantasma-. Solo que no puedo abandonar este castillo, pues soy prisionero en él junto con todos mis compañeros.
-¿Quién eres tú?
-Soy el capitán Kirtey Escalandron, conocido también como el capitán Kirt y estoy prisionero en este oscuro lugar. La sombra que lo gobernaba nos dejó atrapados aquí.
-¿Kirtey Escalandron? ¿capitán Kirt? –dijo extrañado el emperador-. Nunca había escuchado hablar de ti.
-Nunca habías escuchado hablar de mí porque tú no eres de este mundo, pero los que sueñan pueden cruzar la barrera del espacio y el tiempo.
-¿Soñar? ¿Acaso yo?
-No te has dado cuenta, ¿acaso no has escuchado esa voz angustiada intentando despertarte?
En ese momento, el emperador pudo escuchar en su mente: "Emperador, todo el reino ha enloquecido, también la princesa ha caído prisionera de un hechizo, tiene que despertar, debe venir conmigo si quiere vivir".
-Es la voz de Tólgrem –se dijo así mismo Sorgum-. Tólgrem, el mago del anillo rojo.
"Mi anillo mágico no detendrá por mucho tiempo a quienes desean hacerle daño, debe despertar ya", escuchó nuevamente.
-¡Debo despertar!
-¡Es inútil que despiertes, Emperador Verde! –escuchó una potente voz que le hablaba desde otro lugar de aquel siniestro castillo- ¡Mejor te irá si continúas dormido y mueres en tu cama!
Al ir en busca de quien hablaba, pues una fuerza irresistible lo atraía hacia el lugar de donde provenía la voz, llegó hasta una estancia iluminada por lámparas donde un oscuro personaje sentado en un trono le mostraba un reloj de arena que llevaba en la mano.
-¡Tu tiempo se ha terminado, Sorgum! ¡Ahora tu reino me pertenece a mí y a todas las sombras que me sirven!
-¿Quién eres tú?
-¡Soy el Rey del Planeta de las Sombras y ahora me estoy apoderando de tu reino!
-¿Cómo puedes apoderarte de mi reino ahora, si estamos en este oscuro castillo?
-Eso es lo que tú crees, pero esto es solo un sueño. Tu realidad es más oscura de lo que piensas, te conviene no despertar.
-¡Tengo que despertar de este sueño! ¡Tengo que despertar de este sueño! ¡Tengo que despertar de este sueño!
Cuando despertó del sueño encontró sombras ingresando y saliendo de las paredes, del techo, del piso, se veían furiosas, sus ojos eran de un rojo incandescente, sus negras bocas se abrían y mostraban un interior incandescente como sus ojos, parecían querer devorarlo; pero todavía no lo hacían porque se los impedía la barrera protectora que salía del anillo de Tólgrem, el mago kalifei, el del anillo rojo.

 

Afarimela no dejaba de suspirar por quien consideraba el hombre más bello del mundo. Se decía a sí misma que había tenido mucha suerte de conocerlo. Solo pensaba en besarlo y abrazarlo, pero ahora él no parecía tener tiempo para ella, se hallaba ocupado dando órdenes a unos seres semejantes a sombras que no necesitaban apoyarse en ningún cuerpo sólido simplemente se proyectaban en el aire, nada de eso le importaba a ella. A ella solo le importaba ganar el amor de Makorget.
-¡Por favor, bésame otra vez! –suplicó la joven al calvo mago.
-Tranquila, vamos primero a buscar a tu padre.
Mientras avanzaban por el palacio imperial algunos soldados que intentaban luchar contra las sombras reconocieron a Afarimela.
-¡Venga con nosotros, princesa Afarimela! –le dijo apresuradamente uno de los hombres- ¡Tenemos que escapar de las sombras!
-Lo siento voy a buscar a mi padre.
-Es peligroso.
-Mi amado me protegerá, él es poderoso y está junto a mí.
Los soldados imperiales no podían ver al calvo mago, el cual era invisible a sus ojos, por lo que creyeron que ella había enloquecido e intentaron llevársela a la fuerza; pero Makorget aprovechó la ventaja que tenía sobre ellos para eliminarlos sin ninguna compasión.
-¡Bueno, así les ahorro el trabajo a las sombras!
-¡Sí, mi amor, todo lo que tú haces es perfecto! –dijo la princesa mirándolo embobada.
Llegaron hasta la habitación de Sorgum, las sombras lanzaban espeluznantes alaridos alrededor de ella.
-¡Traigan aquí al emperador! –ordenó Makorget a las sombras.
-¡No podemos, amo Makorget! ¡No podemos!
-¡No quieren obedecer mis órdenes! ¡Si no me obedecen el rey de todas ustedes las castigará cuando retorne de la Galaxia de los Espejos!
-¡Perdónanos, amo! ¡No podemos!
Makorget empleó su visión de mago para distinguir más allá de las paredes y se dio cuenta que en el interior de la habitación otro mago con un resplandeciente anillo rojo impedía el avance de las sombras.
-¡Rojo! –dijo el calvo hechicero-. ¡Ese anillo debe tener dentro de sí la sangre de un ser muy poderoso!
A continuación el nigromante trazó un pequeño círculo en el aire con el dedo índice de su mano derecha y apareció una superficie luminosa, al otro lado de ella se encontraban Sorgum junto al mago del anillo rojo, el cual luchaba contra las sombras. Aprovechando que sus víctimas estaban de espaldas a él, Makorget introdujo su mano a través de la pequeña superficie circular que había creado y atrapando a su enemigo más peligroso empezó a apretarlo con toda su fuerza.

 

Cuando el emperador Sorgum despertó, Tólgrem le dijo que escaparían fuera del palacio con ayuda de la magia.
-No podemos abandonar a mi hija –le había dicho Sorgum-. Tienes que ayudar a Afarimela.
-Cuando lo haya sacado de aquí regresaré por ella.
-¡No! ¡Haz que desaparezcan esas sombras y ve por mi hija!
Tólgrem había estado pensando en como podría hacer desaparecer las sombras, a las cuales apenas podía detener con el campo de fuerza generado por su anillo cuando empezó a presentir que una poderosa energía maligna se aproximaba. No resistiría mucho tiempo si es que no escapaba junto con el emperador de ese lugar se dijo así mismo, la única forma de quedarse a luchar sería emplear el poder secreto del anillo herencia de sus antepasados los kalifei; pero había jurado jamás usar ese poder oculto a menos que estuviera próximo el fin del mundo.
-No hay forma de quedarse a combatir –había empezado a decir Tólgrem.
Fue ese momento cuando una gigantesca mano aparecida de la nada lo atrapó y lo apretó con tanta fuerza que el joven kalifei estuvo a punto de morir.

 

 

EPISODIO 9


EL ESPEJO DE LA ESPERANZA

 

 

 

El Rey del Planeta de las Sombras se desplazaba cargado de unas misteriosas cadenas por un camino largo y estrecho. Ya no tenía sus poderes y se encontraba muy débil. La luz de un potente sol amenazaba con extinguir sin compasión a la miserable sombra. De pronto llegó al final del camino donde se topó con una puerta gigantesca.

-¡Auxilio! –gritó el siniestro personaje encadenado-. ¡Ayúdenme, por favor!
¡Abran la puerta!
Nadie le contestó, la voz de la sombra no tenía la intensidad suficiente para ser escuchada por quien quiera que habitase tras aquella puerta gigante.
-¡Abran la puerta! –gritó la sombra con todas sus fuerzas-. ¡La luz de este sol acabará conmigo! ¡Ayuda, por favor!
-¡Si quieres qué abra dime la contraseña! –dijo una voz atronadora desde el otro lado de la puerta.
-¿Contraseña? ¿Pero yo no conozco ninguna contraseña?
-¡Entonces, te quedarás afuera! ¡Todos los qué quieren pasar por aquí deben decir la contraseña!
-¡Espera! –dijo la sombra a punto de desvanecerse ante la potente luz solar-. ¡Una casa sin puertas ni ventanas es como una persona sin ojos ni boca!
-¡Esa no es!
-¡No hay puerta cerrada qué nunca se abra!
-¡Esa tampoco!
-¡Todos quieren abrir la puerta de la felicidad, nadie quiere abrir la puerta del sufrimiento!
-¡Esa mucho menos!
La sombra desesperada echó mano de todo su conocimiento, pero por más frases que dijo no acertó. Estaba a punto de desvanecerse cuando la puerta se abrió.
-¡Entra! –le dijo un individuo enorme como una montaña-. ¡De todos modos debes ingresar!
El soberano de las sombras ingresó inmediatamente en aquel lugar con paredes enormes, el cual era iluminado por poderosas antorchas.
-¡Un momento, por favor! –dijo la sombra mientras acompañaba al gigante-. ¿Cuál es la contraseña?
-Bueno, ahora que estás dentro puedo decírtela. Ella es: Ati toda mere pet cot net us dat ati fret mere ol cot chit.
-¡Ese es el idioma de los antiguos guardianes de la puerta que une los distintos universos! –dijo el maligno personaje encadenado mientras recordaba que en el Planeta de las Sombras a su propio castillo algunos lo conocían como el de las Nueve Puertas Secretas, por las puertas mágicas ocultas en él, entre ellas la Puerta de la Atemporalidad.
-¡Así es! –le respondió el gigante-. Hay una puerta que une los distintos universos, la cual es protegida por nosotros, sus guardianes.
-Entonces, yo había acertado desde el primer momento. La clave significa, una casa sin puertas ni ventanas es como una persona sin ojos ni boca.
-Tenías que decirla en idioma de los guardianes no en el de los árfagors.
-Pero tú hablas el idioma de los árfagors.
-Puedo hablar cualquier idioma, tú llamaste a la entrada en el idioma de los árfagors y así te he respondido, pero el idioma principal aquí es el de los guardianes.
El gigante lo condujo por largos pasadizos donde el rey de todas las sombras que iba arrastrando sus cadenas pudo ver gran cantidad de celdas, en las cuales estaban encerrados los malhechores de los distintos universos.
-¡Ésta es tu celda! –dijo de pronto el gigante mientras señalaba un calabozo que estaba abierto.
La sombra no quería ingresar, pero una fuerza irresistible la obligó a hacerlo. La puerta de la celda se cerró y el siniestro personaje encadenado intentó escapar atravesando los barrotes con ayuda de la magia que le quedaba, pero sin ningún éxito, pues aquella celda era especial, no podía escapar de allí nadie, ni siquiera un mago o un espíritu. En el suelo de la prisión empezaron a emerger unas llamas que al principio el Rey del Planeta de las Sombras no reconoció, pero luego se dio cuenta que se trataba del fuego de Gramirch, un fuego capaz de disolver su ser de sombra para siempre.
-Ha llegado tu hora –le dijeron las llamas.
-¡No! ¡Ayuda! ¡Sáquenme de aquí!
El fuego alcanzó a la sombra que intentaba protegerse en un rincón de la celda y empezó a devorarla.
-Todo empezó con un pensamiento en la mente de Ólkrum y a él regresa.
Mientras estaba a punto de desaparecer la poderosa sombra hecho mano de todo su poder mental para sobrevivir. Su cuerpo se había vuelto transparente cuando se preguntó como había caído en esa peligrosa situación y de pronto recordó que momentos antes se hallaba en el salón principal del Castillo de los Espejos Dirigentes, en la galaxia de los Espejos, donde el resplandor de una poderosa espada violeta lo había dejado paralizado. Poco a poco fue dominando su mente hasta darse cuenta de que todavía se hallaba frente a esa espada, la cual era portada por un individuo alto de color azul parecido a un humano o un simio, pero cuyos ojos violetas permitían reconocerlo como un árfagor con una apariencia poco común. Y, ahora, en el salón se encontraban otros árfagors, los cuales tenían diferentes formas, solo se les reconocía por sus ojos violetas.
-¡Abandona el Castillo de los Espejos Dirigentes! –le ordenó al Rey del Planeta de las Sombras el árfagor que portaba la espada violeta y cuyo resplandor había sido capaz de trasladar la conciencia de la sombra hasta el mundo de los antiguos guardianes de la puerta que une los distintos universos.
-Nosotras... somos más que ustedes. Somos... millones de sombras y ustedes solo unos cuantos árfagors.
-¡Ya viste lo que soy capaz de hacer! –le respondió el árfagor con una voz que la sombra escuchó dentro de su mente-. ¿Quieres que te regrese con el fuego de Gramirch?
El Rey del Planeta de las Sombras quiso hacer callar al árfagor con su tenebrosa espada, Sombrularia la Atormentadora, con la cual muchas veces había derrotado a la luz; pero un gran terror se apoderó de él y no se atrevió a usarla.
-¡Auxilio! ¡Ayúdame, Imperdágrum!
Nadie respondió al pedido de ayuda de la malvada sombra, el maligno árfagor que era su aliado se había ido.
-¡Abandona el Castillo de los Espejos Dirigentes o te prometo que esta vez no regresarás de donde te envíe! –dijo nuevamente el árfagor que portaba la espada que había desconcertado a la sombra.
El señor de todas las sombras no espero que le ordenaran marcharse por tercera vez, inmediatamente avanzó hacia la salida de aquel lugar. Las sombras escapaban aterrorizadas y lanzando terribles lamentos mientras seguían a su rey. Cuando estuvieron fuera del castillo se pusieron a gritar:
-¡Nosotras somos más que ustedes, insignificantes árfagors! ¡Somos millones y millones! ¡Nada impedirá que nos apoderemos de este universo!
Las malvadas entidades continuaron gritando así durante mucho tiempo, sin embargo, no se atrevían a volver a ingresar al Castillo de los Espejos Dirigentes.
En el salón principal del castillo los árfagors seguían cuidando que todo estuviera en orden.
-¡Gracias por ayudarnos ilustre, Magésnamar! –dijo el espejo Perpetrión dirigiéndose al árfagor que había hecho huir al rey de las sombras.
-Es nuestro deber, teníamos que venir a protegerlos.
Magésnamar miró alrededor del salón, allí se encontraba Videntir, el espejo que todo lo ve, el cual tenía forma semejante a un ojo. Algunos decían que se trataba de uno de los ojos de Órklum, el magnífico. Todo lo sabía, pero no todo lo revelaba. Algunos espejos en el salón mostraban el pasado, otros el futuro. En un extremo poco iluminado por las lámparas mágicas, que allí se encontraban, estaba el Espejo de la Muerte o del fin de la existencia. Si alguien lo consultaba podía así conocer como sería el final de su vida. En otros tiempos, magos de los distintos lugares de aquel universo habían visitado la galaxia de los espejos para consultar alguno de ellos, actualmente eso, ya no ocurría. Magésnamar, sin embargo, estaba interesado en un espejo, Esperéndor, también llamado el Espejo sin Retorno. El Espejo sin Retorno era el nombre con el cual lo conocía la mayoría, quienes sabían su nombre secreto lo llamaban el Espejo de la Esperanza.
-Las sombras ya no los molestarán, sabio Perpetrión. No te preocupes. Desearía quedarme a protegerlos, sin embargo, debo ir en busca de mis antepasados, los árfagors más antiguos y si es posible traerlos de vuelta de la dimensión donde ahora moran.
-¡Espera! –le dijo Perpetrión al ver lo que el árfagor pretendía hacer-. Si empleas a Esperéndor como un portal hacia tus antepasados deberás atravesar lo que se conoce como la región helada. Nadie ha regresado de allí, por eso Esperéndor es conocido como el Espejo sin Retorno, algunos lo comparan con el fuego de Gramirch, solo que este último disuelve, en cambio Esperéndor conserva.
-Por eso lo he elegido a él, porque pase lo que pase nos permitirá conservar la esperanza. Quizá no consiga retornar con los millones de árfagors y dioses que alguna vez poblaron este universo, pero alguna solución encontraré para derrotar a las sombras.
Y diciendo esto Magésnamar empleó como un portal a Esperéndor para cruzar a una región no conocida por los mortales y donde esperaba encontrar respuestas y soluciones.

 

 

EPISODIO 10


LA CANCIÓN DEL CAOS

 

 

 

 

 -¡Otra más, cantarina! –dijo la criatura que habitaba en las tinieblas-. ¡Deseo escuchar otra de tus canciones! ¡Si no cantas, ahora mismo, galaxias, enteras arderán como la paja seca, el universo llorará sangre y los lamentos de las almas alcanzarán el infinito!

-Inmediatamente, señor –respondió la cantarina-. Yo estoy aquí para servirlo.
Los dioses habían concedido a la cantarina la inmortalidad con el único propósito de que aquietara con su dulce voz a la criatura prisionera en el abismo. El nombre de la dama era Britermel y en otros tiempos había sido mortal como otros gorklons, a cuya especie pertenecía. En su remota existencia pasada había tenido muchos pretendientes y también un hermano a quien amaba mucho, Dolkramom.
-Si realmente me sirvieras, entonces, entonarías la Canción del Caos.
-Ya sabe que no soy capaz de cantar esa canción, señor. No existe en el universo quien pueda hacerlo.
-Órklum lo hizo en el inició de los tiempos –dijo la criatura empezando a recordar mientras la cantarina entonaba una nueva melodía en medio del abismo del Planeta de las Sombras-. Solo él pudo entonar esa melodía y de ese modo calmar el caos que habitaba en su alma y en la mía. Así fue como empezó todo.
En medio de la nada se encontraba Órklum, pero incluso entonces descubrió que algo se movía incesantemente. El vacío se movía y sus pensamientos se movían con él en un confuso y desquiciado vaivén.
-Aquí hay algo –dijo Órklum-. Aquí hay algo. No estoy solo. No estoy solo. No estoy solo.
Y su mente inmaterial parecía responderle como un eco mágico:
-Aquí hay algo, Órklum. Aquí hay algo. No estás solo. No estás solo. No estás solo, solo, solo, solo.
-¡Mi mente! –gritó Órklum atormentado por el torbellino de ideas que se trasmitían desde él al vacío y desde el vacío hacia él-. ¡Como le devuelvo la calma a mi mente ahora que he adquirido consciencia de mi existencia! ¡Como recupero la tranquilidad en medio de este caos!
Y el caos, el cual habitaba en su alma, así como también se encontraba en el vacío, respondió:
-Entona la Canción del Caos, Órklum. Solo tú puedes entonarla, en medio de este mar de inexistencia, solo tú pues has adquirido conciencia de ti mismo, mientras te rodea la nada junto con el caos, y tú eres parte de ellos. Cuando entones la Canción del Caos, mundos emergerán desde el confuso vacío, la silenciosa nada dará nacimiento a bulliciosas manifestaciones, la vida se expandirá por todas partes; pero también la canción te dará el poder de regresar tus creaciones a la inexistencia, tendrás el poder de otorgar vida y causar la muerte, de organizar universos y destruirlos. Todo dependerá de cómo entones la canción.
Y fue así como poco a poco, Órklum, conocido como el magnífico, aprendió a entonar una melodía que llegó a conocerse como la Canción del Caos, de ese modo descubrió que el caos no era tan caótico. El orden y el caos eran uno solo como lo llegó a comprobar Órklum.
-¡Solo Órklum entonó perfectamente la melodía! –exclamó la criatura prisionera en el abismo del Planeta de las Sombras, la cual no tenía una forma determinada, pues era el caos mismo-. Todos aquellos que se llaman magos lo han hecho en cierto modo. Los árfagors con sus poderes alcanzaron a entenderla y el primero de los kalifei al cual le fue encomendado custodiar un anillo con una gota de mi sangre llegó casi a dominarla, pero la energía que lo invadió fue tan poderosa que terminó matándolo y casi destruye el universo en el cual habitaba. Sus descendientes decidieron conservar el anillo como un recuerdo; pero con un hechizo protector para mantener sus poderes dormidos.
"No sé quienes son esos kalifei, aunque siempre habla de ellos. Quizá el anillo rojo al que se refiere, es aquel anillo guardado por los árfagors, según se decía, un anillo con la sangre vertida por el caos luego de combatir con Órklum" –pensó Britermel mientras entonaba una melodía, una de las cuales llevaba siglos cantando debido a su inmortalidad-. "Solo recuerdo que al poco tiempo de ser condenado, el Rey del Planeta de las Sombras con todo su ejercito, a vivir en este maldito planeta, uno de los oráculos más importantes de árfagos vaticinó el descontrol de la criatura atrapada en el abismo por el mismo Órklum, la cual volvería a traer el caos en todo el universo a menos que una dama virtuosa se sacrificara a cantarle eternamente, y esa dama, por elección del oráculo, fui yo"
-¡Por fin! –gritó el temible caos inesperadamente cortando los pensamientos de la cantarina-. ¡Nuevamente el anillo está despertando, ahora otro tendrá la oportunidad de entonar la Canción del Caos!
Muy lejos de allí, en el universo creado por los árfagors, una terrible batalla se desarrollaba. Dentro del palacio del emperador verde, Afarimela, la de verdes cabellos, no sabía si apoyar a su padre el emperador o al malvado Makorget el cual la tenía encantada y mientras tanto Tólgrem, el último de los kalifei, luchaba por su vida.
-¡Te aplastaré como a un insecto! –escuchó Tólgrem, a punto de desmayarse, mientras una gigantesca mano, la mano creada por Makorget, el poderoso hechicero, lo tenía atrapado.
-¡Escapa de aquí, Afarimela! –le gritó Sorgum a la joven cuando la vio aparecer junto con Makorget por la puerta de la habitación. El emperador verde se encontraba rodeado por las sombras en el cuarto donde también estaba Tólgrem atrapado por la mano gigante aparecida de la nada-. ¡Emplea la salida secreta!
-Esa conduce por varios túneles, algunos de ellos son peligrosos –les respondió su hija-. Además no es necesario escapar Makorget no desea hacerte daño, él es bueno.
-¡Así es, emperador! –dijo Makorget burlón a la vez que seguía concentrado en el hechizo de la mano gigante con la cual estaba asesinando a Tólgrem-. ¡Yo soy muy bueno y solo deseo ser tu amigo!
-¡Maldito, libera a mi hija de tu hechizo! –le gritó furioso Sorgum.
-¡A mí nadie me habla de esa manera!
Algo parecido a los rayos que se producen en las tormentas salieron de los ojos del mago e impactaron en el cuerpo del emperador, el cual se convirtió en cenizas.
-¡Nooooo! –se escuchó gritar a Afarimela-. ¡Mi padre! ¡Qué le has hecho a mi padre!
-¡Lo mismo que te haré a ti si no dejas de gritar! ¡Pensaba que podrías serme útil, pero en realidad no te necesito!
Makorget estaba a punto de acabar también con la vida de la princesa, pero en ese momento sintió algo extraño que llamó su atención. Su cuerpo empezaba a volverse más ligero, parecía como si flotara. Su mano derecha la cual estaba empleando para dominar la gigantesca y mágica mano con la cual tenía atrapado a Tólgrem, el joven kalifei, empezó a adormecérsele, la sentía hormiguear.
¡Qué sensación más extraña! –dijo el mago.
En ese instante algo parecido a una melodía, la cual nunca había escuchado empezó a sumirlo en una ensoñación, en un raro trance.

Tólgrem sentía sus huesos partirse y sus órganos a punto de reventar, la gigantesca mano mágica que lo apretaba más y más, lo había tomado por sorpresa. Aquel poder al cual se enfrentaba le parecía demasiado para él. Se estaba muriendo y mientras lo hacía sentía que estaba defraudando a sus antepasados. Él era el último de los de su estirpe de magos, aquel a quien le habían encomendado la custodia del anillo rojo, un anillo que había pertenecido primero a los árfagors y luego a sus antepasados kalifei. ¡No podía perder!
"No vas a perder" –le dijo una voz en su mente-. "Solo mantén la calma y escucha la melodía".
"¿Quién eres tú" –preguntó Tólgrem a la voz que hablaba en su mente.
"Soy el espíritu que mora en el anillo, déjame enseñarte una antigua canción, una canción liberadora"
Una poderosa energía comenzó a vibrar en la mente del joven kalifei, ella venía desde el anillo que se encontraba en su mano y empezó a curar todo su cuerpo. El anillo con la sangre del caos le fue mostrando la canción que solo Ólkrum había logrado entonar en los orígenes y lo liberó. Fue en ese momento cuando la mano gigantesca desapareció, pero no solo desapareció esta sino empezó a desaparecer todo alrededor de Tólgrem.
-¡Socorro! –gritó Makorget saliendo del trance en el cual estaba-. ¡Me desvanezco!
-¡Ayúdanos, amo Makorget! –le gritaron las sombras al malvado mago mientras desaparecían rápidamente.
Todo en el palacio de Sorgum estaba pasando a la inexistencia, las paredes, las personas, las sombras, todo tipo de existencia. No es que las construcciones se cayeran como en un terremoto u otro tipo de catástrofe, simplemente en un instante dejaban de ser. Afarimela aterrada no se atrevía a escapar.
-¡Huye de aquí, Afarimela, si no te has desvanecido tú también es porque yo estoy luchando por impedirlo! –le gritó Tólgrem esforzándose por contener el poder que salía de él, aquella melodía vibrando en su mente capaz de destruirlo todo-. ¡No puedo controlar por mucho tiempo este poder! ¡Es el poder del anillo rojo con la sangre del caos! ¡Aquel que solo debía utilizar cuando llegara el fin del mundo!
-¿De qué hablas?
-¡El fin del mundo ha llegado, huye mientras puedas o te desvanecerás como todo lo demás en este lugar!
-¡Si el fin del mundo ha llegado, no hay lugar a donde pueda huir!

PABLO ALBERTO TORRES VILLAVICENCIO

 

 

EPISODIO 11

 

LA PRISIÓN DE CRISTAL

 

 

-Solo hay una salida –le dijo él a la aterrada joven-. No tengas miedo, yo no permitiré que te ocurra nada. Solo que cuando ya no esté, deberás escapar de aquí. Entidades malignas se encuentran por todos lados y no puedo quedarme a combatirlas porque destruiría todo el universo.

El joven mago empleó su poder mágico provocando que un portal circular y luminoso apareciera flotando de repente junto a él.

-No puedo quitarme el anillo rojo, está adherido a mí; aunque lo arrojara lejos, él volvería conmigo; así que no hay otra salida.

-¿De qué hablas? –le preguntó Afarimela intentando controlar su terror.
Casi todo el palacio se había desvanecido y a lo que estaba alrededor le estaba ocurriendo lo mismo, a los árboles, a las casas cercanas. Únicamente el suelo permanecía todavía, pero ya no era sólido, se había vuelto blando.
-Me hubiese gustado que el poder oculto del anillo no se manifestara –dijo Tólgrem mirando de un modo afectuoso a la chica como nunca lo había hecho-. Hasta ahora solo lo había empleado para defenderme, pero con sumo cuidado, para evitar despertar su verdadero poder. Sabes, princesa, no me importa que se destruya el universo; pero me importas tú, debo morir para que tú vivas, debo cruzar a la región sin retorno, de la cual ningún mortal ha regresado jamás. Adiós.
Y diciendo esto el joven mago cruzó el mágico portal flotante, luego de ello este empezó a desaparecer; pero antes de que sucediera Afarimela creyó escuchar las palabras: "Te amo".
En otra galaxia de aquel universo, el Rey del Planeta de las Sombras quien había sido expulsado del Castillo de los Espejos Dirigentes sabía muy bien lo que sucedía en el lugar donde se encontraba Afarimela.
-Mejor así, si ese mago con su anillo rojo no se hubiera ido quizá hubiésemos tenido que escapar de este universo –dijo el maligno rey-. En el abismo del Planeta de las Sombras habita una criatura que trasmite una energía semejante a la de ese anillo, ni siquiera yo me he atrevido nunca a perturbarla.
-Nosotras estamos esperando sus órdenes, amo –dijeron las sombras que lo rodeaban.
-Mis órdenes, ya las conocen –dijo el soberano de todas las sombras-. Deben extenderse por todo este mundo y apoderarse de sus habitantes, incluso hacerlo sin que ellos lo sepan. Dominarán la voluntad de los seres de este universo y ellos creerán que hacen las cosas por su propia iniciativa.
-Así se hará.
Casi instantáneamente el mal empezó a extenderse por todas las galaxias. Afarimela, la cual, era muy sensitiva y se estaba reponiendo de los sucesos ocurridos en su desaparecido palacio vio como las sombras empezaban a moverse por todos lados; en ese momento, se dio cuenta que debía escapar; pero no podía hacerlo caminado por la superficie. Buscó la entrada secreta a los caminos subterráneos, la cual solo era conocida por ella y por su padre el emperador, y vio que esta ya no estaba oculta como antes; pero tenía, como siempre, una escalera por la cual era posible descender y la joven así lo hizo.
-¡Ven aquí, Afarimela! –escuchó que la llamaban unas voces mientras iba avanzando por uno de los caminos-. ¡Queremos ser tus amigos!
Los subterráneos estaban iluminados por unas mágicas antorchas que se encontraban a lo largo del camino suspendidas de las paredes. Nunca se apagaban, pero de pronto se apagaron y Afarimela se quedó rodeada por la oscuridad mientras ya no solo escuchó las voces que la llamaban sino unas horrendas risas.
-¿Qué quieren de mí? ¡Ustedes son las sombras que atacaron mi palacio!
-¡Queremos ser tus amigos, ya te lo dijimos!
La joven empezó a avanzar a toda prisa sin saber hacia donde estaba yendo, de pronto chocó contra una pared rocosa y casi se cayó al suelo. Extendiendo los brazos hacia adelante siguió caminado mientras temía estar tomando la dirección equivocada. Ella deseaba seguir el camino que la llevaría a un lago maravilloso, el cual era un portal a otras partes de aquel universo; pero en la oscuridad podía tomar por error la ruta a Curnamil, la prisión subterránea de almas en pena y seres demoniacos.
-¡Ven aquí, déjanos ser tus amigos! –escuchó nuevamente a sus espaldas y se dio cuenta que las terribles sombras no iban a dejarla en paz.
Entonces, ya no le importó si se estaba adentrando en Curnamil o en el camino que conducía al lago, solo deseaba dejar atrás a sus perseguidoras. Avanzó en la oscuridad por aquella ruta sin dar lugar a las dudas. En cuanto a Curnamil, se decía que había sido construida por los propios dioses para encerrar a las entidades oscuras, y que allí estaba prisionera todavía la bruja de cristal llamada así porque convertía los cuerpos de sus víctimas en cristal, pero el dios Yúmior, quien era una de las divinidades que en el pasado apoyaba a los árfagors, enojado por esto la castigó atrapándola eternamente con el mismo material que a ella tanto le gustaba, el cristal.
La joven, de pronto, tropezó con un obstáculo y cayó al suelo lastimándose el cuerpo y los brazos.
-Déjenme salir de aquí, por favor –escuchó un susurro que parecía la voz de un hombre.
Se levantó como pudo y siguió avanzando sin prestar atención, ignoraba lo que encontraría al final del camino; pero tenía claro que deseaba estar lo más lejos posible de las malignas sombras. Cuando el emperador Sorgum su padre estaba vivo no se hubiesen atrevido a perseguirla, pero ahora todo había cambiado.
-¡Por favor, ayúdame! –escuchó ahora más fuerte.
-¿Quién eres? –preguntó ella tratando de no parecer asustada, aunque en realidad lo estaba.
-Ya he olvidado mi nombre –respondió la voz.
-¿Dónde estás?
-No lo sé, ni siquiera tengo un cuerpo definido –volvió a responder la entidad desconocida-. Puedes llamarme la voz.
Afarimela se dio cuenta de que quizá se encontraba en la prisión mágica de Curnamil, pero ya era tarde para retroceder, solo podía seguir caminando a ciegas. Recordó que aparte de la bruja de cristal, de la cual se decía había sido atrapada viva en aquella mágica cárcel, aquel lugar era famoso por ser la prisión de espíritus oscuros cuya existencia se remontaba hasta un pasado infinitamente remoto. Sin embargo, aquella voz no parecía ser hostil.
-¿Sabes qué hay, más allá? –le preguntó ella.
-Si sigues caminando verás una luz, pero yo no puedo acercarme demasiado hay una fuerza muy poderosa allí.
-¡Es cierto lo que dices! –dijo ella luego de avanzar por un rato- Puedo ver una pequeña luz blanca a lo lejos.
La voz no le contestó, pero ella no prestó atención a eso. Su mente se puso a pensar en Tólgrem, el joven mago del anillo rojo.
-¿Por qué no te diviertes en las fiestas como los otros jóvenes? –le había preguntado ella un buen día al verlo en el palacio donde se encargaba de custodiar al emperador.
-Yo soy un mago, no puedo invertir mi tiempo en esas actividades –fue la respuesta que le dio entonces Tólgrem.
-Yo soy la princesa y me doy tiempo para ello.
-Eso es porque sin tu presencia las fiestas no serían las mismas, princesa; pero no creo que mi presencia sea necesaria.
-Claro que sí, esta noche habrá una fiesta en el palacio, me gustaría que vayas.
-Solo iré si aceptas bailar contigo.
Ella le dijo que sí, buena parte de las canciones las había bailado con Tólgrem aquella noche; pero de eso hacía buen tiempo.
-¡Frío, oscuridad, mucho frío! –se escuchó una voz que ella no reconocía.
-¿Voz, eres tú? –preguntó ella.
-¡Aquí todos somos voz, solamente voz, ya no hay cuerpos solo oscuridad y dolor! ¡Dolor! ¡Dolor! ¡Dolor!
Esta vez estaba realmente atemorizada, pero ya no podía volver, debía seguir avanzando hacia la luz que cada vez se hacía más clara a medida que se acercaba a ella. Decidió, por lo tanto, no prestar atención a las voces, solo avanzar.
Mientras seguía adelante con firmeza, pero también sin apuro para no tropezar en la oscuridad siguió recordando. Le vino la imagen de la anciana mujer que llegó a su palacio pidiendo un poco de comida. Los sirvientes le dieron algo, pero la mujer al verla a ella, pues Afarimela se encontraba cerca a la cocina en aquel momento, le dijo:
-Pobrecita, el hombre del cual te enamorarás perdidamente solo te usará para sus malvados planes.
Afarimela enojada le iba a decir que ella no creía en esas cosas, pero la mujer siguió hablando:
-Otro hombre te ama de verdad, pero la desgracia lo persigue. Cuando llegues a descubrir que tú también lo amas quizá sea demasiado tarde.
La joven en ese, entonces, había creído que la pobre mujer estaba loca y por eso le había seguido la corriente; pero todavía recordaba la predicción que le había hecho.
-¡Miren ella tiene un cuerpo! –se escuchó una voz que parecía ser la de una mujer y sacó a la princesa de sus recuerdos.
La chica trató de no prestarle atención. Había llegado a la conclusión que lo mejor era ignorar aquellas voces.
-¡Yo quiero ese cuerpo, para mí! –se escuchó la voz de un varón- ¡Con él podré escapar de aquí!
-¡No, yo lo quiero!
-¡No, lo quiero yo!
Afarimela sentía que las voces se escuchaban cada vez más fuertes. Al principio habían sido susurros, y las escuchaba como si estuvieran cerca de ella, pero ahora las oía dentro de su mente.
-¡Ya cállense! –dijo la joven.
Las voces se hicieron más intensas, y ahora sentía que le tiraban de los cabellos, le jalaban los brazos, y le oprimían el pecho. Intentó correr para llegar hasta la luz, la cual ahora se veía mucho más cercana, sin preocuparse ya por tropezar; pero sintió que apenas podía seguir adelante.
-¡Debo llegar! –se dijo así misma con la sensación de que si conseguía llegar hasta la luz ya no podrían seguirla.
-¡No la dejen escapar! –dijo una de las tantas voces- ¡Podemos compartir este cuerpo todos nosotros!
Trató de zafarse, de correr una vez más; pero sintió que la levantaban y sus zapatos dejaban de tocar el suelo. Luchó en el aire desesperada y, de pronto, la soltaron. Se hizo daño al caer, pero no le importó. Aprovechó ese momento para huir a toda carrera hacia la luz. Ya no escuchaba las voces dentro de su mente, ahora las escuchaba detrás de ella rogándole que no se fuera; pero no dejó de correr hasta que llegó al lugar de donde procedía la luz.
No había lámparas ni antorchas, pero la luz parecía provenir de todos lados, del suelo, del techo, de las paredes, de las columnas de cristal. Era una hermosa luz blanca que trasmitía una aparente calma. Al inició tuvo que cerrar los ojos para acostumbrarse a la luz, pues había estado por muchas horas en la oscuridad. Ahora estaba más calmada, pues no escuchaba ninguna voz extraña que la acosara. Observó su cuerpo y se dio cuenta que tenía las rodillas lastimadas por la caída, pero además tenía arañazos en las piernas y los brazos que acaso le habían ocasionado sus invisibles perseguidores. Se pasó una mano por su cabello verde y sintió que estaba muy despeinado.
-¡Se sorprenderían mucho si me vieran así en el palacio! –se dijo a sí misma.
Luego recordó que su palacio ya no existía y se puso triste. Además había tenido una pequeña esperanza de que aquel camino la condujera al maravilloso lago, el cual era un portal a otros lugares de aquel mundo; pero no estaba allí.
Todo el lugar estaba lleno de columnas de cristal, y parecía haber sido hecho por un artista. Afarimela avanzó entre aquellas columnas hasta que llegó a una que por su ubicación estaba casi al centro de todas las otras. Pero ésta era diferente de las otras porque, además, tenía lo que parecía ser una mujer dentro de ella. La joven observó con detenimiento a la mujer que estaba dentro de la columna y le pareció que tendría unos treinta años de edad y además era muy hermosa. La mujer tenía los ojos abiertos y parecía estar viva.
-¡Debe ser la bruja de cristal! –dijo la joven hablando, nuevamente, consigo misma- No parece ser tan mala como decían. No entiendo porque Yúmior la encerró aquí.
En ese momento, le pareció que los ojos azules de la mujer prisionera la miraban con cariño como agradeciéndole que tuviera aquellos buenos pensamientos para con ella. Sintió entonces deseos de tocarla, y extendió su mano derecha para topar la columna de cristal en la que la bruja se hallaba, pero en los momentos siguientes lamentaría mucho haber hecho eso. Cuando tocó la columna, ésta permitió que su mano se introdujera dentro de ella como si en lugar de cristal estuviera hecha de gelatina; pero cuando trató de retirar su mano, ya no pudo hacerlo.
-¿Qué ocurre? –dijo asustada la princesa Afarimela.
Nadie le contestó en ese momento, pero pudo ver como los labios de la bruja empezaban a moverse hasta formar una gran sonrisa. Luego todo el cuerpo de la mujer empezó a recuperar el movimiento hasta que poco a poco consiguió salir de su prisión, mientras la joven princesa de cabello verde seguía con la mano atrapada en la columna.
-¡Lindo cabello! –le dijo la bruja acercándose a ella.
-¡Ayúdame, por favor, tengo la mano atrapada en la columna!
-Eso ya lo sé, pero no puedo hacer nada por ti.
-¡Qué dices!
-Esta columna ha aceptado el intercambio entre tú y yo, dentro de poco te absorberá dentro de ella y quedarás en el lugar en el cual yo me encontraba.
-¡Pero eso no es posible! –protestó Afarimela- ¡Yo en ningún momento acepté este intercambio!
-Lo hiciste cuando pusiste tu mano en la columna, así son estas prisiones mágicas. ¿Nadie te advirtió que este lugar era peligroso?
-¡Pero yo no quiero esto! –gritó la joven de cabellos verdes con los ojos llorosos.
-Es una pena que una criatura tan hermosa tenga que pasar por esto, pero así es la vida –dijo la bruja mientras con un dedo secaba una de las lágrimas que se deslizaba por el rostro de la muchacha.
La hechicera dijo unas palabras en un idioma extraño y enseguida desapareció en el aire.
La joven se quedó llorando sola, mientras la columna iba jalándola, cada vez más, dentro de ella. Al final iba a terminar sus días encerrada dentro de una prisión de cristal. En ese momento Afarimela odió su pasado y todas sus ilusiones. Sintió rabia de haber sido tan boba al enamorarse de Makorget el malvado mago que había asesinado a su padre. Sintió angustia porque ahora sabía que amaba a Tólgrem, el joven mago kalifei, y este ya no estaba en su vida. Ahora a ella solo le esperaba la muerte eterna atrapada en una terrible prisión de cristal donde nadie podía rescatarla ni siquiera su amado, el joven mago del anillo rojo, pues este se había sacrificado por ella atravesando un mágico portal del cual nunca podría volver.

PABLO ALBERTO TORRES VILLAVICENCIO

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

Este cuento fue publicado en el año 2010 en la antología "Atravesando la Nada"

del Grupo Literario Isla Blanca.

 

 

EL POZO

 

José volvía al hogar después del trabajo. Era el camino y la rutina de todos los días, así era su vida. Llegó hasta su casa en el centro de la ciudad e ingresó. Pasó por la sala y buscó en las otras estancias de la casa. Su mujer no se encontraba. Entonces, volvió a la sala para sentarse en el sofá y tomar el control remoto con el que encendió el televisor. Recorrió los canales hasta detenerse en una película de "cowboys".

... Los corceles, cual veloces correcaminos, levantaban, a su paso, el polvo del desierto. Los tristes cactus eran mudos testigos de una inmisericorde persecución, donde la victoria coronaría al más rápido. Las balas buscaban la carne presas de una pasión enfermiza. El destino sólo deseaba devorar el alma del condenado. No había salvación para el jinete que huía. Una bala le arrancó, groseramente, el sombrero; una bala más, y esta vez el caballo sangró de una oreja; otra más y se tiñó de rojo una de las mangas, de la blanca camisa del hombre con el destino marcado...

-¡José, despierta! –se escuchó una voz, pero no hubo respuesta.

-¡Despierta, José! –nuevamente, la misma voz.

-¡Ah! ¿Qué ocurre? –respondió José, despertando.

-Te has quedado dormido con el televisor encendido.

Era su mujer quien, después de despertarlo, le preguntó cómo le había ido en el trabajo.

Aquella noche hizo el amor, pero sin muchas ganas. Luego, como otras veces, tuvo dificultades para dormirse. Finalmente, luego de fumarse varios cigarrillos, y levantarse, varias veces, para pasear de un lado a otro por la casa, se rindió a la comodidad de la cama y se quedó dormido. Entonces, soñó con el viejo oeste norteamericano, donde él era como en la película un jinete que huía en un negro corcel. Lo superaban en número. Eran como cincuenta contra uno. Ya no le quedaban balas. También, el caballo había caído. Y ahora tendría que huir corriendo por el desierto.

Finalmente, llegó el amanecer llevándose los sueños. La realidad era segura y cotidiana. Fue al baño a asearse y vio, en el espejo, su rostro de hombre común, castigado cruelmente, por el insomnio. Y sintió, entonces, con pesar, que su vida era rutinaria y aburrida. Salió del baño y fue al jardín, que estaba casi al fondo de su casa, para relajarse con el olor de las flores. Sin embargo, en su jardín, algo había cambiado. Se trataba de un pozo del diámetro de un balón de fútbol en el centro y, tal vez, lo había cavado algún animal; pero, extrañamente, no había indicios de tierra removida. Se acercó para mirarlo bien. A pesar de la luz de la mañana, el pozo estaba totalmente oscuro, no se veía nada dentro. Trajo una linterna de mano y alumbró directamente en la oscura boca, pero él se tragó la luz cual agujero negro nacido del subsuelo. Intentó taparlo llenándolo con tierra, pero no se llenaba. Entonces, colocó una tabla encima, para cubrirlo.

Pasó una semana y su mujer, como siempre, administraba los ingresos y egresos del hogar. Él no se involucraba en aquello, pues prefería ser tan sólo el proveedor. Y así pasaba, sin mayor novedad, sus días y sus noches. Noches en las que le costaba dormir, pero, también, en las que finalmente llegaban los sueños en donde había un jinete a punto de morir en lejano oeste; pero milagrosamente el caballo no había muerto, sólo estaba herido, y ahora se había levantado. Él apuntó con su revólver hacia sus perseguidores y jaló el gatillo, aunque sabía que ya no tenía balas; pero sólo lo hizo por sentir el poder del arma en sus manos. Siguió galopando, disfrutando de ser ligero como el viento.

La mañana trajo un perfume de jazmines. José se levantó relajado. Pero aquello, sólo, duró un breve instante. Al salir de su habitación y pasar por su jardín encontró una tremenda sorpresa. Sus latidos se aceleraron. La tabla con que cubrió al pozo ya no estaba, y, ahora, éste era amplio como un elefante que se había tragado las plantas del jardín.

El fue a ver a sus vecinos a preguntarles si en su jardín había, también, un pozo; pero no obtuvo una respuesta positiva. Algunos quisieron verlo y se quedaron fascinados ante su misterio. El pozo era hipnótico como la mirada de una serpiente. Tal vez, porque significaba lo desconocido. Tal vez, porque representaba una liberación.

Aquella noche, también, demoró en dormirse, pero el oeste lo esperaba con el inmenso desierto en el que derramaría su sangre sobre la arena. Aún seguía cabalgando gloriosamente, demostrándole a la vida que era inmortal; pero muy pronto las balas lo contradecirían. Volvió el rostro para mirar a sus perseguidores y descubrió que ellos, también, eran perseguidos. Los seguía a todos un siniestro pozo que los quería llevar al averno.

Ese día despertó muy tarde como si se hubiera recobrado de una borrachera y se enfrentó a la angustia de ver a su mujer junto con otros que avanzaban como hechizados hacia el oscuro pozo que ahora tenía un diámetro de casi ocho metros, y había devorado parte de su casa y la del vecino. Algunos se arrojaban de cabeza al abismo. El cogió con fuerza a su mujer tratando de detenerla, pero ella lo arañó y lo mordió en la mano, luego se unió al pozo.

Luchando contra el dolor de su pérdida y contra el deseo de arrojarse al abismo, José fue a la cochera a buscar el auto recién salido del taller, el cual apenas manejaba, y se fue antes de que el pozo terminara de engullirse toda su casa y a las personas.

Mientras se alejaba despavorido, intentó recuperar el control de sí mismo. Medio atontado empezó a elaborar ideas. Debía ser fuerte y encontrar una explicación lógica a lo que sucedía. Probablemente alguna corriente de agua subterránea había debilitado el suelo. Sería necesario emplear maquinaria, volquetes cargados de tierra para cubrir el pozo. Luego, tendría que solicitar un préstamo para reconstruir su casa. Pensando, en todo esto, encendió un cigarrillo para relajarse, y, entonces, miró por el espejo retrovisor y descubrió que el pozo lo venía siguiendo. Las construcciones se hundían penosamente detrás de él. Fue, en ese momento, cuando supo que tendría que acelerar.

En la ciudad, los autos y las personas no escapaban. Se ofrecían todos al pozo que se expandía y avanzaba como si quisiera tragarse todo el planeta. Al parecer muy pocos podían resistir su atractivo. José tuvo que coger la Panamericana y manejar hacia el sur. Debía aprovechar para alejarse lo más que pudiera antes que la amenaza se extendiera fuera del centro de la ciudad. Por el momento, no se le veía. En el trayecto iba observando vehículos que avanzaban de sur a norte, pero nadie viajaba al sur a excepción de él. Más adelante, sin embargo, conforme iba avanzando, logró ver algunos vehículos delante de él, con dirección al sur. Y les gritó, entonces: ¡Avancen más rápido que ya viene el pozo! No le hicieron ningún caso por más que gritaba. Había personas en el camino, pero cuando se detenía para decirles que ya venía, se reían y otras lo insultaban. Decidió, por eso, preocuparse sólo por avanzar más rápido. Pasó en poco tiempo por el estadio y el terminal terrestre, y siguió de largo hasta un grifo donde se abasteció de combustible y mencionó lo del pozo sin que nadie le creyera, pues al parecer éste se había detenido por el momento. José infirió que el pozo tenía periodos de descanso, y tenía que aprovechar eso. Pagó el combustible y se fue a toda prisa, cruzando el puente entre dos distritos. Ya no se veían vehículos viajando al sur.

En el camino encontró a una joven mujer y a un hombre con una Biblia en la mano. Se detuvo y les dijo:

-¡Suban si quieren vivir!

No le hicieron caso, pues pensaron que era un loco; pero se precipitaron dentro del auto cuando vieron que, a lo lejos, venía algo, casi tan inmenso como el mar, tragándose a su paso las casas y los postes. Hubo más personas que al ver lo que venía quisieron subir y corrieron hacia la pista, pero él ya había acelerado. Algunos autos que viajaban de sur a norte viraron temerariamente en medio del camino, y aquello se convirtió en un caos. La mayoría de los vehículos, no obstante, siguieron de largo hacia la extinción. Entre la gente, se veía a unos pocos correr y se escuchaban gritos de pánico, a lo largo del camino. Casi todos, sin embargo, cayeron bajo el hipnótico dominio del pozo y lo esperaban sin resistencia alguna. Felizmente pudo rescatar a dos personas.

A Miriam y al hermano Raúl, un predicador católico.

-¡Tenían razón los protestantes cuando decían que venía el fin del mundo! –se escuchó histérico al hermano Raúl que se había sentado en la parte trasera.

José miró a Miriam que se había sentado adelante, y pensó que ella era muy joven para morir. Por un momento al tenerla cerca se sintió como un temerario aventurero rescatando a la chica, y, olvidando el peligro, evocó la inmensidad del desierto con sus hermosas dunas. Mientras dejaban la urbe para dar paso a la arena, pensó en el jinete de sus sueños que cabalgaba sin miedo cortando el viento. Entonces, se dijo que un cowboy del lejano oeste no debía detenerse ante nada, y animado por esta reflexión siguió galopando el auto con más ánimo.

En medio de todo ese caos, un vehículo los rozó fuertemente por el costado. José perdió el control del auto y se salió de la pista, pero la confusión sólo duró un instante. Se recupero con la convicción de que el dolor y las heridas eran nada para un jinete aventurero. En seguida se lanzó hacia la conquista del horizonte.

-¡Dios mío! –gritó el hermano Raúl.

El pozo avanzaba, cada vez, más rápido. José esforzaba el auto hasta sus límites, pero pronto serían alcanzados. Tal vez, era el fin del mundo. Tal vez, había llegado el Apocalipsis. Y, sin embargo, José no temía, se sentía como un héroe de película rescatando a la chica y cabalgando libre como el viento. Entonces, entre los lamentos que venían desde el pozo, escuchó a su mujer pidiéndole que no la abandonara.

José no se detuvo. Empezó a llover y un olor a azufre llegaba hasta ellos. Él volteó, un poco, su rostro hacia Miriam y disfrutó su aroma a fresa que contrastaba con el del pozo.

-Pensar que hoy es mi cumpleaños –dijo Miriam sollozando.

-Cálmate, Miriam, no todo está perdido –dijo José mientras pisaba el acelerador a fondo y, a la vez, acariciaba el cabello de la joven, para darle ánimos como lo haría un cowboy.

Escuchó otra vez la voz de su mujer que lo llamaba, esta vez más alto. José siguió acelerando, pero finalmente el auto se detuvo. Y no lograba encenderlo. Desde el pozo llegó un terrible rugido.

-¡Es nuestro fin! –gritó una vez más el hermano.

Inexplicablemente, el pozo se detuvo, también. Pero, al parecer, no porque se compadeciera de ellos o les perdonara la vida, sino porque sabía que ya no podían huir. Posiblemente, sólo les regalaba algo de tiempo, como un depredador antes de saltar sobre su presa.

-Es inútil –dijo José mientras salía del auto.

PABLO ALBERTO TORRES VILLAVICENCIO

 

 

 

 


wigs for women wig types short wigs for black women human hair wigs for white women paula young wigs best wig types wig types < /div>