EL MIEDO A SUFRIR

 

por Roberto Assagioli

 

Nació en Venecia el 27 de febrero de 1888 y murió en Capolona, provincia de Arezzo, el 23 de agosto de 1974.
En 1910 se doctoró en medicina en la Universidad de Florencia, especializándose en psiquiatría y dedicándose a la práctica de la psicoterapia. Tras investigar y experimentar larga y extensamente, desarrolló su propio método psicológico, que en 1926 recibió el nombre de psicosíntesis.

Fue amigo personal de Alice y Foster Bailey.
Discípulo aceptado del Maestro DK.

Su texto:

Uno de los mayores obstáculos que se oponen a nuestro desarrollo espiritual es el miedo a sufrir.

Este nos hace retroceder ante las dificultades y nos impide luchar, cortándonos las alas y paralizando nuestros más generosos impulsos. Pero también hace algo peor: con frecuencia nos induce a abandonar nuestros deberes, a faltar a nuestros compromisos internos o externos y nos hace pecar de omisión, lo cual no es a veces menos grave que caer en el exceso. Por consiguiente, es imprescindible para todo hombre que aspire a recorrer la vía del espíritu el proponerse superar este obstáculo, venciendo, o al menos atenuando, su miedo a sufrir.

Pero, para conseguir vencer este miedo fundamental y tan arraigado en nosotros, hay que conocer la verdadera naturaleza, el significado y la función del sufrimiento. Es necesario aprender cuál es el mejor comportamiento que podemos adoptar frente a aquel, pero sobre todo también debemos aprender cómo transformarlo para que llegue a ser una verdadera fuente de bien espiritual.

La primera lección que debemos aprender con respecto al dolor es una lección de consciencia y de sabiduría. De hecho, mientras sigamos considerando el sufrimiento como un mal, como algo injusto y cruel, o por lo menos incomprensible, no seremos capaces de dominar el arte que se requiere para acogerlo, transformarlo y convertirlo en algo positivo.

En el pasado, muchos se conformaban con explicaciones dogmáticas o renunciaban a comprenderlo, amparándose en Dios; a algunos todavía les basta con ello. Pero, actualmente, la mayoría de los hombres no puede ni quiere permanecer dentro de esos límites, y quiere conocer, comprender y llegar al menos hasta donde su razón humana y su intuición espiritual se lo permita.

A esta irrenunciable exigencia del hombre moderno y a su hambre interior, los grandes conceptos espirituales ofrecen un sano y vital alimento que le proporciona una total satisfacción, tal y como pueden atestiguar por experiencia quienes han encontrado en ellos la luz, la fuerza y la paz. Dichos conceptos son bien conocidos, por lo que tan sólo acentuaremos la luz con la que alumbran el problema del dolor.

La humanidad se encuentra ahora en el arco ascendente de su evolución. Tras haber descendido hasta lo más profundo de la materia, ahora está subiendo lenta y fatigosamente hacia el espíritu, hacia su patria eterna.

El hombre, tras haber alcanzado el máximo de la separatividad, de la auto limitación y del egocentrismo, ahora debe ir ampliando gradualmente los confines de su propio yo personal, restableciendo la comunicación armónica con sus semejantes, con el universo y con lo Supremo.

Cuando empieza a sentir esta íntima necesidad y este deber, se inicia en él una ardua e intensa lucha: el impulso y la tendencia a la ampliación y a la expansión chocan contra las rígidas y duras barreras de la separatividad y del egoísmo.

El alma se siente entonces como un pájaro enjaulado: prisionera en una estrecha celda; en consecuencia, se debate y sufre. Este es el estado critico y doloroso que precede necesariamente a la liberación - o mejor dicho, a una primera liberación - del alma.

En el actual período de despertar espiritual, muchas personas se encuentran atravesando precisamente esta fase. A la luz de esta exposición sintética, la cual nos demuestra que el sufrimiento es algo necesario e inevitable para nuestro proceso de evolución, podremos comprender más profundamente y aceptar con más facilidad los distintos significados particulares y las diferentes funciones específicas del dolor.

En primer lugar, podemos darnos cuenta de que el sufrimiento constituye una expiación ligada a la inevitable ley de causa y efecto. Pero dicha expiación no constituye la única función del sufrimiento, ni es tampoco la más importante o esencial. El sufrimiento ayuda poderosa y directamente al ascenso y liberación del alma: la purifica, quemando con su benéfico fuego muchas de las escorias terrenas; y la esculpe, liberando del bloque de materia informe al dios que estaba encerrado. Como dice la bella expresión: «Los dioses se forman a golpe de martillo».

Así pues, el sufrimiento templa y refuerza, desarrollando en nosotros este difícil y admirable poder de resistencia interior que es condición indispensable para el crecimiento espiritual. Muchas personas no se dan cuenta que el espíritu es algo tremendamente poderoso y que carecemos todavía de la suficiente fuerza y resistencia para acogerlo y soportarlo. Ambas cosas se desarrollan sobre todo mediante el dolor.

Además, el sufrimiento hace madurar todos los aspectos de nuestra consciencia, especialmente los más profundos y sutiles. El dolor nos obliga a que desviemos la atención del fantasmagórico mundo exterior, nos libera del apego hacia él y nos hace profundizar en nosotros mismos: nos hace más conscientes y nos incita a buscar consejo, luz y paz en nuestro interior y en el espíritu que anida en cada uno de nosotros. En resumen, el dolor nos despierta y hace que nos revelemos ante nosotros mismos.

Nuestro dolor, en fin, nos permite comprender mejor y compartir el dolor de los demás, lo que nos hace más sabios y dispuestos a prestar ayuda a los que nos rodean, Como dice el hermoso verso virgiliano: «Non ignara mali, miseris succurrere disco». (No ignorando el mal, aprendo a socorrer a los infelices).

Sin embargo, llegados a este punto se podría objetar: ¿Por qué entonces el dolor produce tan a menudo el efecto contrario? ¿Por qué a veces nos irrita, nos exaspera y nos empuja al mal, al odio y a la violencia?

Que esto es así, y con lamentable frecuencia, es innegable; pero no debe considerarse como un efecto necesario y fatal del dolor. Una observación psicológica mucho más profunda demuestra claramente que la mayoría de las veces estos efectos se deben a la actitud de oposición que solemos adoptar ante los acontecimientos dolorosos.

Descubriremos que este es un hecho importantísimo sobre el cual debemos concentrar nuestra atención: las consecuencias del sufrimiento y su cualidad dependen más que nada de la actitud que
asumimos frente a él, de cómo lo recibimos interiormente y de nuestras reacciones externas. San Pablo ya expresó sintéticamente esta verdad: «Hay dolores que ensalzan y dolores que abisman».

Por ello vamos a examinar a continuación las diversas actitudes que podemos asumir ante el dolor y las consecuencias que de ellas se derivan.

Si nos sentimos impotentes ante el dolor - que es lo que sucede con frecuencia - nos rebelamos contra él y el resultado es una exacerbación del dolor, un nuevo dolor que se añade al dolor primitivo formándose un círculo vicioso que da lugar a errores, culpa, obcecación, desesperación, violencia, etc.

Con las pruebas se sufre menos, al evitarse algunas de las consecuencias negativas externas; pero seguimos conservando las internas, como el abatimiento, la depresión o la aridez. De este modo, no se aprenden de ellas buenas lecciones, sino meramente soportar y aguantar.

La aceptación del dolor presupone, por el contrario, esa consciencia de la que hemos hablado anteriormente o un acto de fe: fe en Dios y en la bondad de la vida; pero para ser eficaz debe ser una fe viva y activa.

Es aceptando inteligentemente el dolor como se aprende de sus múltiples lecciones; se coopera, y ello reconforta y abrevia considerablemente el sufrimiento. Además, no es raro que suceda un hecho sorprendente: apenas es bien aprendida la lección, la causa del dolor desaparece.

En todos y cada uno de los casos, tras la aceptación del dolor sobreviene una maravillosa serenidad, una gran fuerza moral y una profunda paz. En ciertos casos se puede llegar a una tan plena comprensión de la función y del valor del sufrimiento, a una aceptación tan voluntaria, que se experimenta un sentimiento de alegría incluso en medio del mayor sufrimiento.

Santa Teresa - que habla de su experiencia personal a este respecto en su autobiografía - califica de misterio a este hecho. Pero, a la luz de estas concepciones, el aparente misterio tiene una clara explicación.

Sabemos que el hombre no es algo simple sino que está compuesto de una multiplicidad psicológica. Existen en nosotros diversos niveles, por lo cual es perfectamente factible que mientras que el nivel emotivo - por ejemplo - sufre, otro nivel más elevado pueda estar feliz.

Es posible, entonces, que en algunos casos el gozo y la alegría inherentes a la aceptación espiritual puedan prevalecer hasta el punto de superar el dolor y de hacerlo desaparecer directamente de la consciencia.

Estos datos, aunque demasiado sucintos e incompletos debido a la vastedad del tema y a su complejidad, pueden al menos ayudar a comprender la profunda justificación del dolor en la vida de los hombres y su necesaria función evolutiva, así como a sentir la elevada y preciosa tarea a la que podamos ofrecerlo y consagrarlo.

 


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